Norcorea y otros absurdos. / Miguel Iturria Savón

Los Kim de Norcorea…

Margaret Thatcher, tan aguda y precisa, dijo que “Lo peor del socialismo no es la libertad, sino la realidad”. Norcorea, Cuba y Venezuela acreditan la certeza de la ex gobernante británica. Al cargarse las libertades para edificar el paraíso igualitario, estos países fabricaron una realidad infernal, muy por debajo de las expectativas pregonadas.

La península de Corea, dividida en dos tras la Segunda Guerra Mundial, configuró sus fronteras con la Guerra de Corea (1950-1953) desatada por Kim Sun Il, el dictador apuntalado en la parte norte por la Unión Soviética -y abuelo del actual Mandarín comunista Kim Jong-un, quien enmascara sus crímenes y el deterioro de la realidad con amenazas nucleares contra Corea del Sur, Japón y los Estados Unidos.

Veamos algunos datos sobre la realidad entre Corea del Norte y Corea del Sur:

  • Corea del Norte tiene una extensión de 120.540 km cuadrados, su población asciende a 25 millones de personas con una esperanza de vida de 71 años y una tasa de homicidios de 4,41 %, avalado en parte por sus limitadas exportaciones -1.637 millones- y el PIB per cápita (466 euros).
  • Corea del Sur tiene una extensión de 100.280 km c, una población de 51 millones -el doble con menos de 20,260 kms cuadrados-, el PIB per cápita asciende a 26.341 euros, las exportaciones son de 507.000, la esperanza de vida llega a 82 años y la tasa de homicidios es de 0,71.

En los casos de Cuba o Venezuela, las estadísticas avalan el brutal descenso económico y mercantil, más el éxodo de millones de personas que huyen de manera continua de las penurias y la represión. En solo unos meses, más de un millón de venezolanos se refugiaron en Colombia y otros tantos escaparon hacia Perú, Brasil y países colindantes.

Existen otros absurdos, por supuesto, bastaría describir brevemente la cotidianidad de la vida en países musulmanes como Pakistán, Irán, Arabia Saudí, Siria o Turquía donde las normas del Corán son un instrumento de dominación política y de acoso contra los infieles, como si vivieran en el siglo VII cuando el profeta Mahoma desveló los preceptos de Alá, un Dios tan terrible y omnipresente como el Dios del Antiguo Testamento.

La realidad es elocuente, pero no visible para la mayoría de las naciones representadas en la ONU, ciegas y sordas ante lo que sucede en Norcorea, Cuba o Venezuela.

Nuestros antepasados según Italo Calvino. / Miguel Iturria Savón

Tras releer Las ciudades invisibles, Los amores difíciles y las tres novelas que configuran Nuestros antepasados, de Italo Calvino, dejo al narrador en el bosque de los letrados pero ofrezco al lector un breve comentario sobre su saga novelesca, escrita entre 1952 y 1959, después de sus primeros relatos y novelas neorrealistas, de cierto impacto editorial en la Italia de postguerra.

Italo Calvino nació en 1932 en la periferia de La Habana, donde su padre ejercía como biólogo. Su vida no transcurrió en la isla caribeña sino en la tremendista y erosionada Italia de pre y postguerra, centro de su labor periodística y literaria hasta su muerte en Siena en 1985. Por suerte, Calvino optó por una literatura más imaginativa y fantasiosa que sociológica, evidente en su trilogía Nuestros antepasados, formada por El vizconde demediado, El barón rampante y El caballero inexistente, tres novelas breves de excelente factura, poder alusivo y enorme sentido del humor.

El barón rampante es la historia de un niño de doce años que en 1767 se encaramó a un árbol y no volvió a pisar la tierra. Desde esa atalaya el autor mira al mundo con la perspectiva del niño narrador, hermano de Cosimo Piovasco, el baroncito rebelde y terco que asoció la vida con la huida y convirtió al árbol en escenario de aprendizajes, aventuras y desventuras, amores, combates y locuras. La entrañable descripción del barón con ínfulas de marqués, la madre Generala, la hermana Battista -monja doméstica-, la voluble marquesita Violante, el bandido lector Gian dei Brughi y otros personajes nutren el lienzo de antagonismos y certezas de la Europa del siglo XVIII.

Como advirtió el creador en 1960, estas tres historias “tienen en común el hecho de ser inverosímiles y de ocurrir en épocas remotas y en países imaginarios”, por lo que constituyen un “ciclo cerrado”, ante lo cual se pregunta por el sentido de ese tipo de narrativa y anota: “… He querido hacer una trilogía de experiencias sobre cómo realizarse en cuanto seres humanos: en El caballero inexistente la conquista del ser, en El vizconde demediado la aspiración a sentirse completo por encima de las mutilaciones impuestas por la sociedad, en El barón rampante un camino hacia una plenitud no individualista alcanzable a través de la fidelidad a una autodeterminación individual: tres grados de acercamiento a la libertad. Y al mismo tiempo… tres historias “abiertas”,… de pie como historias por la lógica del sucederse de sus imágenes,… (y por) … el imprevisible juego de preguntas y respuestas… vistas como un árbol genealógico de los antepasados del hombre contemporáneo, en el que cada rostro oculta algún rasgo de las personas que están a nuestro alrededor, de vosotros, de mí mismo.”

Italo Calvino fue un escritor prolífico, reeditado y llevado al cine. Su vasta obra incluye Ermitaño en París y el ensayo ¿Por qué leer a los clásicos?

Las palabras con filo de Diego Capusotto. / Miguel Iturria Savón

Actor Diego Capusotto

Diego Capusotto, actor y comediante argentino

Cuando alguien menciona al actor y humorista argentino Diego Capusotto nos viene a la mente la  sarcástica serie televisiva Peter Capusotto y sus vídeos, o el policía encarnado por él en las comedias negras Kryptonita, Nafta Súper y 27: el Club de los malditos, dirigidas por Nicanor Loreti; la última es memorable por el rastreo de varias estrellas de rock asesinadas. En el 2018 Capusotto volvió a los medios en Buenos Aires con una sátira fílmica sobre el kirchnerismo y el macrismo. El actor, controversial por sus opiniones públicas, ha “definido” una serie de palabras que vale la pena leer para sonreír, con perdón, por supuesto, de las feministas y los Guardianes de las Normas y la Corrección Política.

  • Amiga: Dícese de la mujer que tiene ese “no sé qué” que elimina toda intención de acostarse con ella.
  • Amor a primera vista: Lo que ocurre cuando se encuentran dos personas poco exigentes y excepcionalmente calientes.
  • Banquero: Es un tipo que te presta su paraguas cuando hay sol radiante y te lo reclama cuando empieza a llover.
  • Abogado: Es alguien que te saca el reloj de tu muñeca, te dice la hora y te cobra por ello.
  • Cura: Persona al que todos llaman padre menos sus hijos, que lo llaman tío.
  • Desilusión: Cuando el bonito trasero no coincide con la espantosa cara.
  • Fácil: Dícese de la mujer que tiene la moral sexual de un hombre.
  • Hombre: Aquel individuo humano que durante sus primeros nueve meses de vida, quiere salirse del útero y el resto de su vida intenta entrar en él.
  • Intelectual: Individuo capaz de pensar por más de dos horas en algo que no sea sexo.
  • Lengua: Órgano sexual que algunos degenerados usan para hablar.
  • Boy Scout: Un niño vestido de estúpido, comandado por un estúpido vestido de niño.
  • Sweater: Prenda que usan los niños cuando la madre tiene frío.
  • Trabajo en equipo: Posibilidad de echarle la culpa a otros.
  •  Urólogo: Especialista que te mira el pajarito con desprecio, te lo agarra con asco y te cobra como si te lo hubiera chupado.

El infierno de Virgilio Piñera. / Miguel Iturria Savón

Releía Los cuentos completos de Virgilio Piñera, editados en La Habana en 2002 y 2004, cuando reparé en “El infierno”, de solo un párrafo y 195 palabras, pero de tal agudeza, hondura humana y sentido paródico que se lo ofrezco al lector para que lo disfrute y lea otras obras del mítico creador. ¿Y quién es o fue Virgilio Piñera?, preguntarán algunos antes de leer “El infierno”, tan diferente del Infierno descrito en la Divina Comedia por el poeta italiano Dante Alighieri (1265-1321).

Nacido en Cárdenas en 1912 y fallecido en La Habana en 1979, Virgilio Piñera Llera fue el “más kafkiano” de los literatos de aquella isla por su escritura coloquial y sarcástica de estilo vanguardista y experimental. Los relatos, dramas, novelas y poemas de este autor sorprenden por su originalidad, irreverencia y maestría expositiva. “Soy ese que hace más seria la seriedad a través del humor, del absurdo y de lo grotesco”, dijo. Tal certeza es evidente en sus dramas Electra Garrigó, Jesús, Los siervos o Dos viejos pánicos; las novelas La carne de René y Pequeñas maniobras; los Cuentos fríos y relatos inauditos como “El viaje”, “Tadeo”, “La caída” o “La rebelión de los enfermos”, cuyos protagonistas son seres fantasmales y en acecho que oscilan entre lo paródico y el vacío, el absurdo existencial, el cuerpo y el ambiente homofóbico sufrido por el autor en los años 60 y 70, esas décadas de gritería estática y estética sobre “el hombre nuevo”.

Al escribir en 1946 “El infierno”, Virgilio Piñera tenía 34 años y no sabía que viviría para contar su propio infierno con “honestidad suicida”, es decir, con mirada herética, disparatada y sarcástica de imaginación profética. Lean, piensen y disfruten.

 

El infierno

Cuando somos niños, el infierno es nada más que el nombre del diablo puesto en la boca de nuestros padres. Después, esa noción se complica, y entonces nos revolcamos en el lecho, en las interminables noches de la adolescencia, tratando de apagar las llamas que nos queman -¡las llamas de la imaginación!- Más tarde, cuando ya no nos miramos en los espejos porque nuestras caras empiezan a parecerse a la del diablo, la noción del infierno se resuelve en un temor intelectual, de manera que para escapar a tanta angustia nos ponemos a describirlo. Ya en la vejez, el infierno se encuentra tan a mano que lo aceptamos como un mal necesario y hasta dejamos ver nuestra ansiedad por sufrirlo. Más tarde aún (y ahora si estamos en sus llamas), mientras nos quemamos, empezamos a entrever que acaso podríamos aclimatarnos. Pasados dos mil años, un diablo nos pregunta con cara de circunstancia si sufrimos todavía. Le contestamos que la parte de rutina es mucho mayor que la parte de sufrimiento. Por fin llega el día en que podríamos abandonar el infierno, pero enérgicamente rechazamos tal ofrecimiento, pues, ¿quién renuncia a una querida costumbre?

Un cadáver en aeropuerto de La Habana. / Miguel Iturria Savón

El 1 de octubre hubo un asiento vacío en el vuelo de las siete de la mañana Habana-Montreal. El viajero ausente fue un turista estadounidense que cayó al piso y murió tras preguntarle algo a la empleada que chequea los pasaportes y boletos antes de acceder al salón de espera. La caída y el intento de reanimación sorprendió a la funcionaria y a los pasajeros de la cola, entre ellos el amigo que me llamó al llegar a Montreal, impresionado por el suceso, “tan trágico que parece irreal”, pese al cadáver -tapado con una sábana transparente- y la presencia de un médico, dos enfermeros y una decena de policías agilizando la salida e impidiendo filmar o fotografiar al difunto.

-¿Averiguaste algo sobre el muerto”? ¿No han colgado fotos suyas en Facebook, Twitter u otro soporte virtual”?

-“Hasta ahora, nada. Todo fue tan insólito y rápida la presencia policial que dudo la existencia de vídeos y fotos, salvo las imágenes tomadas después por los peritos y forenses. Los rumores del avión fueron distorsionados por la diatriba de un pasajero alcohólico o drogadicto reducido por dos policías canadienses al aterrizar en el aeropuerto de Montreal”.

Quizás haya pasado antes, la muerte no avisa y sorprende a cualquiera lejos de casa, pero el hecho de ser un ciudadano estadounidense en territorio cubano despierta suspicacias, sobre todo por más de medio siglo de rabieta del régimen insular contra la gran nación norteña  ¿Quién era, qué hacia en la isla, estaba enfermo o…? EPD

 

Boudin y Monet en el Thyssen. / Miguel Iturria Savón

Eugene Boudin, pintor francés

Desde junio y hasta el 30 de septiembre la Sala de exposiciones temporales del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, instalado desde 1992 en el Palacio de Villahermosa del Prado de Madrid, casi al frente del célebre Museo Nacional del Prado, exhibe una muestra exhaustiva de la obra pictórica de los paisajistas franceses Eugene Boudin y Claude Monet.

Tras apreciar los lienzos, acuarelas y escritos sobre los artífices del naturalismo y el impresionismo galo, les dejo mi breve comentario y una sugerencia: no visualizar antes las vastas colecciones de la primera y segunda plantas, pues quedarían fascinados con las maravillosas figuraciones cromáticas de los grandes pintores italianos, neerlandeses, españoles, alemanes, flamencos y los representantes del barroco y de la pintura europea, norteamericana o inglesa de los siglos XIX y XX.

El pintor francés Eugene Boudin (1824-1898) evolucionó del romanticismo al naturalismo, mientras su amigo y discípulo Claude Monet (1840-1926) transitó del naturalismo al impresionismo, plasmando ambos los efectos atmosféricos en paisajes y marinas asentados en bocetos previos al aire libre para apresar la luz y la naturaleza de El Havre, los alrededores de París y lugares del sur de Francia. El naturalismo y el impresionismo, considerados a fines del XIX como géneros menores con demanda ascendente, incluyó las marinas y escenas de playa, las variaciones en pastel sobre bosques, ríos y otros espacios naturales, pintados con colores claros y brillantes para apresar, además, a pescadores y veraneantes, burgueses, aristócratas y coleccionistas que admiran y pagan bien a estos virtuosos del arte ajenos a rostros, dramas, mitos religiosos y anécdotas de interés social.

Monet y Boudin expusieron sus lienzos, acuarelas y pasteles en la Primera Exposición Impresionista de 1874. En la década de 1890 Monet dio un giro a su obra creando series de diversos lienzos con un motivo específico y encuadres que recrean las condiciones atmosféricas durante horas o instantes del día, como lo hiciera antes de manera intuitiva su maestro Boudin para “captar” los efectos de la luz en los muelles de Trouville. Para ambos artistas, “formados bajo los grises y cambiantes cielos de Normandía, el encuentro con la luz del Mediterráneo fue una revelación”, evidente en “el empleo de una paleta más colorida” y luminosa, sobre todo en los lienzos de la Costa Azul, la Riviera italiana y en Venecia, donde Monet pintó más de 70 lienzos, su “canto de cisne”.

Claude Monet, pintor francés

El curioso incidente…/ Miguel Iturria Savón

Cartel de la obra teatral El curioso…

Madrid es una ciudad que impresiona y enamora a quienes pasean por sus calles, plazas, museos, cines y teatros. La capital de España, enorme y festiva hasta en sus mercados de barrio, no solo fascina por su maravillosa e imponente arquitectura, sus gentes amables y la diversidad de comercios y espacios  recreativos, sino por sus medios de transporte y la red de estatuas, fuentes e instituciones culturales, algunas muy célebres -Biblioteca Nacional, Academias de la Lengua, de la Historia, las Artes-, otras por su estrategia de seducción y utilidad urbana -cines, teatros, clubes, jardines-.

El Teatro Marquina, ubicado en la calle Prim, ofrece El curioso incidente del perro a media noche, basado en la novela del escritor inglés Mark Haddon, adaptada por Simons Stephens y llevada al tablado por José Luis Arellano García quien cuenta con la escenografía de Gerardo Vera, decisiva por el uso de pantallas digitales que ilustran e interactúan con los actores que dialogan y se desplazan frente al público, atrapado por el dilema de Christopher, el joven autista de inteligencia extraordinaria atraído por una aventura detectivesca que lo induce a franquear otros enigmas, centros del viaje escénico: tierno, emocionante, complejo y acariciador como un relato moderno de gran hondura humana.

“Me llamo Christopher John Francis Boone. Me sé todos los países del mundo y sus capitales, y todos los números primos hasta el 7.5007…Uno siempre sabe que está pensando un perro. Tienen cuatro estados de ánimo: contento, triste, enfadado y concentrado. Además, los perros son fieles y no dicen mentiras porque no hablan”.

Desde esas frases iniciales, el espectáculo apuesta por sacudir nuestra desidia o ignorancia frente al “síntoma” o “problema” llamado autismo, interpretado al borde de la perfección por Álex Villazán acompañado por Marcial Álvarez, Lara Grube, Mabel del Pozo, Carmen Mayordomo, Anabel Maurín, Boré Buika, E. Villota, A. Frías y Eva Egido, quienes giran en torno al protagonista y asumen diversos roles y voces en una dinámica de susto, sorpresas, risas y emociones que nos obliga a reflexionar.

No digo más, os invito a comprar y leer El curioso incidente del perro a medianoche, convertido en best-sellers y traducido a varias lenguas, o disfrutar de su adaptación teatral en Madrid u otra ciudad de España, Reino Unido o los Estados Unidos. Esta obra mereció 5 Premios Tony (Broadway) y 7 Premios Olivier (Londres). Más información en WWW.elcuriosoincidente.es

La utilidad de lo inútil. / Miguel Iturria Savón

Hay ensayos y relatos atractivos por su título: La vida inútil de Pito Pérez, de José R. Romero; El sacrificio inútil, de Jean Duvignaud; Conquista de lo inútil, Werner Herzog; Apología de lo inútil, De la vida de un inútil, Un viaje inútil, Trabajo inútil, La voz inútil, El placer de los libros inútiles y La facultad de las cosas inútiles, de Yuri Dombrovski.

Recordé algunos de esos títulos al hojear en una librería de Castellón La utilidad de lo inútil, del  profesor italiano Nuccio Ordine, estudioso del Renacimiento y autor de Clásicos para la vida y varios ensayos sobre Giordano Bruno. Confieso que dudé en comprarlo por el oxímoron evocado en el título y por el subtitulo –Manifiesto-, que suena a panfleto. Me decidí tras leer nota de Fernando Savater quien recomienda la lectura porque N. Ordine “…repasa las opiniones de filósofos  y escritores sobre la importancia de seguir tutelando en escuelas y universidades ese afán de saber y de indagar sin objetivo inmediato práctico en el que tradicionalmente se ha basado la dignitas hominis”.

Entre esos filósofos y escritores que defendieron “la utilidad de lo inútil”, es decir, del arte, la literatura y otras expresiones del saber humano que no reportan un beneficio práctico evidente, Nuccio expone lo expresado por el clérigo revolucionario calabrés Vicenzo Padula, los escritores Dante y Petrarca, Tomás Moro -autor de Utopía- y Tomaso Campanela -La Ciudad del Sol-, Shakespeare, Cervantes -“Héroe de lo inútil y lo gratuito”-, Aristóteles y Platón, Kant, Ovidio y Montaigne, Leopardi, Gautier, Baudelaire, Víctor Hugo y personajes contrapuestos al pragmatismo del inglés John Locke como el profeta comunista Carlos Marx, todos sensibles al arte y críticos con el comercio, la propiedad privada, el desarrollo industrial y demás inventos “peligrosos” para el ocio, la lectura y la espiritualidad humana, como si dicha espiritualidad no dependiera en gran medida del desarrollo tecnológico logrado.

Nuccio Ordine critica la supuesta desaparición de las bibliotecas históricas y de los estudios del griego y el latín a favor del inglés, los recortes de presupuestos de gobiernos europeos que en tiempo de crisis afectan al arte y la cultura, cuestiona a la “universidad-empresa”, los “estudiantes-clientes”, la ilusión de riqueza y la prostitución de la sabiduría. Como si fuera poco, añade de Apéndice “La utilidad de los conocimientos inútiles”, de Abraham Flexner.

Sé que La utilidad de lo inútil, cuya XVII edición acabo de leer en España, es un libro políticamente correcto y con certezas y preocupaciones válidas sobre el humanismo, las lenguas y la necesidad de preservar el arte y la literatura, nunca inútiles desde mi percepción.

Me preocupa, sin embargo, el exagerado criticismo de autores bien pagados por sus clases y sus obras, pues al menos en Europa, Estados Unidos, Canadá, Australia y hasta en Singapur, el desarrollo tecnológico no tira al vertedero la creación literaria y artística. Es cierto que hay más mercaderes y obreros que escritores pero, ¿no sea han multiplicado los Museos de arte, las Ferias de libros, los Festivales de cine, los desfiles de moda, los espectáculos musicales y deportivos o las redes sociales como medio de expresión? ¿No es gratuita y obligatoria la enseñanza primaria y media en Europa, América y en algunos países de Asia, África y Oceanía?

 

 

Cubaba… / Miguel Iturria Savón

Me da mucha pereza hablar o escribir sobre Cuba, la isla donde nací, estudié, tuve hijos y un manojo de amigos que recuerdo con cariño desde el mediterráneo español. Quizás escribí mucho sobre aquel país devastado por la revolución y el colectivismo. No es que yo sea demasiado impersonal, inteligente, crítico, sensible o contemplativo. Tal vez mi pereza se deba a que pertenecí a la inmensa, musculosa y popular mayoría, esa que llaman pueblo y posa de ingenua, cómplice u optimista, sumándose con avidez o temor a causas propias o ajenas, casi siempre a causas ajenas soñadas como propias por la necesidad de autoengaño.

Cuba no es ni fue el centro de América, aunque La Habana fue el centro de reunión de las naves españolas que salían en grupo con las mercancías de América hacia Sevilla o Cádiz entre los siglos XVI y XVIII. Pero eso es historia al igual que las tardías y mitificadas guerras de independencia, ganadas por los indepes gracias a la intervención en 1898 de las tropas de los Estados Unidos, que higienizaron y reordenaron la isla, en manos del Homo Cubensi desde 1902, es decir, 57 años antes del triunfo de la revolución de Castro, ese huracán que haitianizó al país con la complicidad de la musculosa y oportunista mayoría, además de la imperial Unión Soviética y otros socios de ocasión, útiles o desechables.

Me da pereza hablar o escribir sobre Cuba, aunque tengo amigos que exploran y narran, a veces con lupa de aumento, la inhóspita realidad insular, llena de humo, basureros, derrumbes, mendigos, policías y otras secuelas del incesante experimento socialista, llamado utopía revolucionaria por los progres equidistantes, como si la utopía no fuera una línea en el horizonte, brumosa e inalcanzable.

Por suerte, aquella isla atenazada por la dictadura más burda y larga de América, no necesita de escépticos o perezosos para seguir con su cruz a cuesta, es decir, con la casi invisible evolución interna hacia el puerto llamado libertad, tan asociado al sistema democrático, anhelado solo cuando no lo tenemos.

Si Juan Rulfo creó la ficticia Comala para pintar la desmesura fantasmal de Pedro Páramo, metáfora de México tras la revolución, y Bernardo Atxaga ideó a Obaba al recrear el ambiente rural vasco desde lo legendario en su Obabakoak, creo que es hora de crear a Cubaba, es decir, imaginar a esa Cuba sumergida y agónica que se aproxima a otra realidad, menos patética y nostálgica, pero compulsiva como el mundo de la infancia, con sus misterios y orbes fantásticos que la universalizan. Cubaba, los de Cuba, hablarían al mundo desde la fabulación cubensis, incluidas, por supuesto, las inquietudes primarias -soledad, marginación, muerte, etc-.

La ficción como enlace que apresa fragmentos de la realidad, menos ríspida que el relato castrador del Castrismo, aburrido e increíble.

 

Bolívar y otros libertadores despóticos. / Miguel Iturria Savón

Retrato de Simón Bolívar, el despótico Libertador y Caudillo de A. L

Quizás el vacío creado por la orfandad -mi padre se fue a Bilbao cuando yo tenía cinco años y mi madre murió en Cuba dos años después- me liberó del fervor patriótico en aquella isla de guerrilleros, milicianos, comandantes y demás  personajillos que parloteaban sin cesar sobre la Patria, el Socialismo, la Libertad y otros temas ríspidos y cansinos, mientras multiplicaban las cárceles, los campos de trabajo forzoso y expropiaban a comerciantes y productores independientes. Los héroes ocuparon un espacio especial en medio de la opresión, unos desde el micrófono, otros desde sus estatuas, hieráticos y silentes, tal vez abrumados por la nueva comedia con matices históricos.

Entre los héroes multiplicados de mi infancia y juventud, los más reverenciados fueron José Martí Pérez (La Habana, 1853-1895), poeta y Héroe Nacional, y Simón Bolívar (Caracas, 1783-1830), alias el “Libertador”, dos rostros del vasto santoral indepe de América Latina, quizás los más mitificados y usados hasta el hastío por los egregios gobernantes de la región. De Martí se ha escrito tanto que aburre hasta su obra lírica. De Bolívar hay tantas estatuas, retratos, plazas, libros y monedas con su rostro de tísico que hasta Karlos Marx escribió un panfleto contra él, comparándolo con el Emperador Napoleón Bonaparte, otro Héroe insoportable por sus excesos, crímenes y ambiciones.

Cuando escucho el nombre de Bolívar recuerdo la novela El General en su laberinto, de Gabriel García Márquez, quien pese a ser colombiano y exaltar a dictadores como Fidel Castro, bajó al “Libertador” del caballo de bronce y describió sus miserias, miedos, enredos amatorios y su devastación física. Hurra por el Gabo, nos invitó a tirar la hojarasca sobre héroes y libertadores despóticos, bien vendidos y santificados.

No invito a historiadores y políticos de Argentina, Cuba, Chile, Venezuela, Colombia, México o Perú a revisar las biografías de sus próceres libertarios, algunos ya lo hicieron, otros lo harán, a la mayoría no les interesa una biografía crítica de personajes del pasado, pues sirven de base a sus fantasías historicistas. En Caracas un caudillo comunista creó la República Bolivariana de Venezuela, aún en pie pese al desastre.

Pienso y escribo sobre Bolívar y otros caudillos despóticos de América Latina -Francisco de Miranda, Antonio J. de Sucre, José A. Páez, José Fco de San Martín, Bernardo O’ Higgins, Juan M. de Rosas, José G. Artigas, Manuel J. Belgrano- tras leer las reseñas de cada uno y visualizar en You Tube los videos La verdadera figura de Simón Bolívar y La negra verdad sobre Simón Bolívar, documentales que exponen con seriedad la vida y las acciones militares y políticas del famoso caudillo. Os invito a visualizarlos en Internet. O leer y repensar la historia que nos cuentan. Ni el tribal y narcisista Dios del Antiguo Testamento merece nuestra frívola obediencia.