La mitad del cielo. / Miguel Iturria Savón

Pilar de roca venerado en Georgia

Cada persona es un planeta infinito en sí mismo. Somos únicos e inigualables: nuestro olfato, el iris de los ojos, las huellas dactilares y otros detalles corporales y psicológicos nos distinguen de los ancestros y contemporáneos: sean hermanos, hijos, la pareja escogida, los amigos y vecinos. Somos exclusivos pero vivimos en sociedad, condicionados por leyes e instituciones, libros y periódicos, grupos y tribus urbanas o rurales que influyen hasta en nuestra forma de ser, decir, actuar…

Pienso así tras leer el catálogo Ellas tienen la palabra. Un recorrido por el papel de la mujer en la sociedad y en la literatura. Lo reviso y anoto títulos de autoras fascinantes, pero me repele el enfoque neomarxista y feminazi de obras excluyentes para “empoderar a las mujeres”, lo cual sería bueno en la India, Pakistán, Arabia Saudí, Irán, Irák, Siria y otras teocracias islámicas o satrapías de África que proscriben la libertad y los derechos de las mujeres; no en Europa, ese oasis de cultura, paz, riquezas, derechos e igualdad donde las mujeres estudian, trabajan, votan en las elecciones, ascienden en la pirámide estatal y no necesitan permisos para casarse, divorciarse o viajar libremente, lo cual las diferencia de las aguerridas feministas de principios del siglo XX .

El catálogo citado ofrece títulos cañeros para el “mercado de género”: El feminismo en 100 preguntas, de Pilar Pardo; Educar en el feminismo, de Iria Marañón; El Club de la lucha feminista. Manual de supervivencia…, de Jessica Bennet; Todos deberíamos ser feministas, de Chimamanda Ngorzi Adichie; Feminismo para principiantes, de Nuria Varela y Antonia Santolaya; El hombre que no deberíamos ser, de Octavio Salazar, o El valor es cosa de mujeres, de Silvia Casasola y Juan A. Cebrián.

Otros volúmenes propagan el papel de la mujer en las ciencias, la historia o la sociedad en contraposición al predominio masculino: Mujeres en las ciencias: 50 intrépidas pioneras que cambiaron el mundo, de Rachel Ignotofsky; Las mentiras científicas sobre las mujeres, de Eulalia Pérez Sedeño; Marie Curie. Una vida para la ciencia, Historia de las mujeres filósofas, de Gilles Ménage, y Feminismo ilustrado. Ideas para combatir el machismo, de María Murnau y Helen Sotillo; Heroínas de la II Guerra Mundial, de Kathryn J. Atwood, y Lo que aprendí viviendo, de Eleanor Roosevelt.

No faltan reediciones de escritoras esenciales en la historia de la literatura: Diarios (Vol. 1, 1915-1919) de Virginia Woolf, autora de La señora Dalloway, Orlando, sobre la cual Lyndall Gordon publica Virginia Woolf. Vida de una escritora; Espejismos. Diario inexpurgado (1939-1947), de Anais Nin; más Jane Austen en la intimidad, de Lucy Worsley; El cuento de la criada y La semilla de la bruja, de Margaret Atwood; La librería, de Penélope Fitzgerald; La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexiévich; El segundo sexo y Memoria de una joven formal, de Simone de Beauvoir; El cuaderno dorado, de Doris Lessing y clásicos con personajes femeninos: Madame Bovary, de Gustave Flaubert; El amante de Lady Chatterley, de D.H. Lawrence; La casa de Bernarda Alba, de F. García Lorca; Demasiada felicidad, de Alice Munro, así como Españolas del Nuevo Mundo, de Eloísa Gómez-Lucena; América y sus mujeres, de Emilia Serrano, y El misterio de la vida y de la muerte de Mata Hari, escrito por Enrique Gómez Carrillo.

Sería infinito recrear el vasto recorrido de la mujer por la sociedad y la literatura. Tan infinito como las entretelas de sucesos históricos, sociales y familiares, simplificados desde la cultura de la queja, la idealización femenina y la simplificación binaria de escritoras y escritores, como si el sexo condicionara el talento. Yo, por lo menos, cuando pienso en las mujeres, evoco a mi madre, a mis novias y esposa; luego me vienen a la mente féminas memorables que vindicaron a la mujer como tal: Christine de Pizan, Teresa de Ávila, Sor Juana Inés de la Cruz, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Jane Austen, Lou Andreas Salomé, Simone Weil, Anaïs Nin, Rosario Castellanos o Gabriela Mistral, todas complejas, sensibles, auténticas y de espíritu libre.

La mujer no es el universo, sino la mitad del cielo. El género humano es cosa de dos. Ambos oscilan entre el cielo y la tierra.

 

El oro de Moscú. / Miguel Iturria Savón

Filme El oro de Moscú, 2003

No voy a escribir sobre la película El oro de Moscú, la comedia española de 2003 que bajo la dirección de Jesús Bonilla reunió a varias generaciones de cómicos -Santiago Segura, Concha Velasco, Antonio Resines, Alfredo Landa, Alexis Valdés- que satirizaron el suceso histórico acaecido en 1936 y protagonizado por personajes del Gobierno de la República afines a Stalin y la Unión Soviética. En el filme, un anciano moribundo le confiesa al celador del hospital donde agoniza que el oro del estado español no fue enviado al exterior, lo cual desata la disparatada y misteriosa búsqueda por parte de personajes pintorescos ávidos por hallar la pista del enorme tesoro.

La película frivoliza aquel atraco histórico sucedido en Madrid que debió generar novelas, testimonios, óperas y obras teatrales pero, como fue perpetrado por personajes de la República al desatarse sublevación militar que desencadenó la Guerra Civil (1936-1939), apenas es difundido, quizás para no desacreditar a “los buenos” y preservar el discurso de la superioridad moral de las víctimas del Caudillo: el General Francisco Franco resultó vencedor y estableció una dictadura fascistoide, lo cual humilló a “los rojos”, cuyos descendientes reescribieron la historia…

¿Qué sucedió en realidad? ¿Envió el Gobierno Republicano las reservas de oro del estado español hacia Moscú? ¿Lo devolvieron los sucesores de Stalin a España o sigue en Rusia?

“En la madrugada del 14 de septiembre de 1936 un grupo de cerrajeros, sindicalistas y pistoleros de la motorizada (la guardia personal del líder del PSOE Indalecio Prieto que meses antes habían asesinado a Calvo Sotelo) asaltaron el Banco de España que estaba donde ahora, en la Plaza de Cibeles. Los enviaba el ministro de Hacienda del PSOE, Juan Negrín. El Gobierno lo presidía Francisco Largo Caballero, también del PSOE.”

Cuentan que España poseía entonces las cuartas reservas de oro del planeta. Dicen que el Presidente Azaña no fue informado y tampoco las Cortes, lo que despeja cualquier duda: no fue una operación económica política, sino un atraco monstruoso que abrumó al Cajero mayor quien se suicidó de un disparo en su despacho.

Según fuentes consultadas, “el 25 de octubre los buques soviéticos Kine, Kursk, Neva y Volgoles, zarparon de Cartagena con el oro, cientos y cientos de toneladas rumbo a Odesa. Stalin se quedó con todo”. Aún en Rusia.

Como si fuera poco, los mandarines del PSOE ordenaron el asalto sucesivo a las cajas de seguridad de los bancos de Madrid. Meses después de aquellas operaciones de desfalco el Gobierno de la República partió hacia Valencia y de esta a Barcelona, luego a Francia y a México.

La comedia El oro de Moscú no relata la historia, sino uno de sus atajos: el humor en clave de esperpento, tan español, irreverente y hasta “políticamente correcto”. Ah, la memoria, hecha y rehecha como la historia. Que siga la historia pero sin atracos, al menos desde el poder.

En la foto, dos personajes esenciales del envío del oro español a Moscú en sept de 1936.

De neo-Castros y feministas. / Miguel Iturria Savón

La realidad se repite hasta el hastío. Las noticias resbalan para no caer. Si leo Cubanet, Diario de Cuba o Primavera digital,  los titulares sobre la isla varada en el tiempo ofrecen casi lo mismo: los domingos de marcha y represión policial contra las Damas de Blanco, el deterioro urbano, la incertidumbre ciudadana, la estampida de gays hacia Holanda, las propuestas de plebiscito de Rosa María Payá en Cuba Decide y el itinerario de acciones contra Castro y el neo-Castrismo de Estado de Sats, la plataforma audiovisual liderada por Antonio González-Rodiles en La Habana. Hay más, por supuesto, pero bajo aquel régimen corporativo militar predominan el aburrimiento y las técnicas de sobrevida de la masa cuya nulidad moral favorece el último fraude: pasar de los Castros a los neo-Castros sin elección ni cambios hacia la tierra prometida de la democracia.

He dicho democracia y pienso en España, donde vivo entre sorpresas y mitos. En la península ibérica y sus archipiélagos la realidad es menos aburrida que en Cuba, pero hay sucesos que se repiten hasta el hastío y resbalan entre los diarios y los telediarios: la rebelión en Cataluña, el anuncio del fin del terrorismo vasco, el postureo pre electoral de los partidos políticos y el desborde del feminismo ortodoxo, capaz de obtener un millón de firmas en dos días para que el Gobierno y el Congreso revisen el Código Penal y aumenten las condenas contra violadores y maltratadores. Hay más, por supuesto, pasan muchas cosas en las 50 provincias de España pero la ira de las féminas copa los telediarios y las redes sociales, además de acomplejar a los hombres “políticamente correctos” de su condición masculina, convertida en pecado mortal salvo los gays por su sensibilidad femen y los machistas que miran la oleada como un espectáculo del mercado político y mediático ligado a las pasiones y la costumbre hispana de vivir en continuo estado de opinión.

Para un extranjero como yo, hijo y nieto de españoles pero con Tarjeta de extranjero, el oleaje feminista con lenguaje marxista me parece excesivo, pues soy testigo del Matriarcado en España: las mujeres mandan en casa, disponen de trabajo, automóviles, viajan solas o en compañía, ocupan puestos claves en los ayuntamientos municipales, las diputaciones provinciales, los gobiernos autonómicos, el gobierno central, el Congreso de los Diputados, los tribunales de justicia, los partidos políticos y las empresas, además de predominar en la enseñanza y en las entidades de salud. El Congreso es presidido por una mujer, la Vicepresidenta del Gobierno es mujer, varias ministras son mujeres y hay autonomías con liderazgo femenino. Algunas son ejecutivas de bancos y otras son famosas por su ascenso y caída de la pirámide del poder tras ser pilladas en fraudes o corrupción.

¿Qué tienen en común el neo-Castrismo cubano y las feministas hispanas? El lenguaje neo marxista, la supuesta superioridad de la izquierda y los mitos, esos atajos de la realidad que encubren fobias, filias y enmascaran ambiciones.

M. Carmena y Ada Colau, alcaldesas de Madrid y Barcelona

Pedir perdón. / Miguel iturria Savón

Pedir perdón por una torpeza -un tropezón o una palabrota, por ejemplo- ,  es común en casa y en la calle. Sorry en inglés. Pero pedir perdón por crímenes propios o ajenos es palabra mayor, sobre todo si lo hace un un presidente, un general o el Papa.  Nunca entendí porqué Barack Obama, ex presidente de los Estados Unidos, pidió perdón en Egipto a principios de su mandato. Me pareció “políticamente correcto” pero innecesario por el excesivo orgullo de los musulmanes y su tradición de ocupar y conservar durante siglos a los territorios que invadieron desde la península arábiga.

Pedir perdón está sobredimensionado, como el futboll y el vedetismo de actores, cantantes, modelos, periodistas, escritores y hasta políticos. Casi siempre se pide perdón bajo circunstancias extremas y por conveniencia propia, no por evolución moral del sujeto que creó problemas. Pienso en esto tras leer el titular de El País “ETA pide perdón insuficiente”. Según el diario español, “La banda terrorista ETA, que mató a más de 850 personas a lo largo de medio siglo de asesinatos, secuestros y sabotajes, reconoció ayer “el daño causado” y admitió su responsabilidad. Pero… solo “a los que no tenían una participación directa en el conflicto…” O sea: excluyen a los políticos y a los soldados y oficiales que mataron por enfrentar a la banda, cuyos miembros aún los llaman txacurra -perro-, como los secesionistas catalanes a los charnegos -perros- que llegan de otras regiones de España.

El titular agrega “Los obispos vascos piden también perdón por sus complicidades con ETA”, mientras el lehendakari -presidente- Urkullu se une a las críticas de las víctimas discriminadas -esposas e hijos de los guardias civiles y políticos asesinados-.

La solicitud de perdón por parte de ETA me recuerda los carteles de exaltación del terrorismo que vi en Bilbao, Guernica, Portugalete y Santurce en junio de 2017 cuando fui a presentar mi libro Los vascos en Cuba y ofrecí entrevistas a dos programas de radio y dos periódicos de Euskadi, término que incluye a las provincias de Álava, Guipuzkoa y Vizcaya. En la proximidad del Cementerio de Santurce, donde reposan los restos de mi padre y mis hermanos vascos, hallé dos carteles con el rostro y textos sobre “héroes” etarras, en cuya camiseta figuraban la imagen de Fidel Castro y E. Guevara, el dictador cubano y su escudero argentino, símbolos de los terroristas que intentan doblegar al estado español.

Recuerdo que Otegui, líder de EH Bildu, fue recibido años atrás dos o tres veces por Fidel Castro Ruz, quien murió a los 90 años sin pedir perdón por sus miles de crímenes, por destrozar la economía de Cuba, exportar el terrorismo y empujar al exilio a tres millones de cubanos. ¿Elecciones para qué?, dijo Castro en 1959. ¿Perdón por qué? dicen los chicos de EH Bildu, presentes en las instituciones democráticas de España para minarlas por dentro, como los separatistas catalanes.

ETA pide perdón porque es un cadáver mal enterrado que cambia de estrategia: crear en localidades mediadas o pequeñas una hegemonía separatista, de “corte ideológico festivo” -lengua y folclor mediante- que acorrale a quienes se sienten españoles en Navarra, sede del antiguo reino, y en el resto de las provincias vascongadas, mal llamadas País vasco. La golpiza a varios guardias civiles en un bar de Alsasua el año pasado y la manifestación masiva de los terroristas y sus cómplices contra los “txakurras” revela la hipocresía del perdón de ETA y hasta del PNV y el lehendakari vasco, siempre presionando al Estado a favor de “más libertades y autonomía”, como si no fueran libres y autónomos en el país de las autonomías.

Si algún lector desea ahondar en el fanatismo y el horror desatado por los herederos políticos de Sabino Arana, les sugiero leer la novela Patria, del donostiarra Fernando Aramburu.

El perdón. La soberanía del yo, de Javier Sádaba, es otro libro esencial sobre el perdón y sus límites, “porque el perdón que se presenta diariamente como exclamación, etiqueta o modo culto de hablar, esconde toda la carga de lo que toca la raíz de nuestra existencia en común” y “no se confunde con el amor, la caridad” ni otros conceptos de la teología cristiana. En fin, “el perdón es virtud moral… la parte más extrema y exigente de la justicia”.

 

 

 

Homeland. / Miguel Iturria Savón

Desde Black Mirror -Espejo negro-, de Netflix, a la cual dediqué dos comentarios en julio de 2017 y enero 2018, evadí engancharme a otras series de la televisión por cable con éxitos de público y crítica por el diseño de los personajes, la solidez dramática e interpretativa y la capacidad de sus guionistas y realizadores para contar sin tapujos las historias de sucesos y personajes vigorosos, reales o ficticios pero creíbles por desentrañar la complejidad de personajes enfrentados al amor, el odio, el miedo, las obsesiones y manías, egoísmos, traiciones y tradiciones, las dependencias afectivas y delirios que, bien interpretados, resultan auténticos, atractivos y adictivos.

Sigo anclado en la lectura, pero tras la literatura me inclino por el cine, medio desplazado por los shows post 11 de septiembre -del 2003-, es decir, por las sagas de la televisión por cable que retoman a la mafia, la adicción por el sexo, las drogas, los asesinos en series, algunos hechos o personajes históricos y el espionaje, las nuevas tecnologías al servicio de terroristas y agentes encubiertos, condimentados por las percepciones religiosas y culturales en conflicto, entre otros temas, por supuesto.

En eso anduve en los días de “Semana Santa”, atrapado en casa frente al televisor, incapaz de apagar el aparato -salvo para comer o dormir unas horas- ante Homeland, la serie dramática de la televisión estadounidense con formato de thriller político y psicológico, realizada por Howard Gordon y Alex Gansa en base a la serie israelí Hatufim (Secuestrados), creada por Gideon Raff.​​ Comenzó en octubre de 2011 y lleva siete temporadas de 12 capítulos cada una. Casi todos fascinantes.

Disfruté mucho las soberbias actuaciones de Claire Danes (la agente de la CIA Carrie Mathison), Mandy Patinkin (Saul Berenson), Rupert Friend (Peter Quinn), Damian W. Lewis (Nicholas Brody), Morena Silva Baccarin (Jessica Brody), David Harewood (David Estes, Jefe de Contraterrorismo de la CIA), Diego Klattenhoff (Mike Faber), Jamey Sheridan (Vicepresidente de USA), Navid Negahban (el terrorista Abu Nazir), todos en locaciones de Charlotte, Tel Aviv, San Juan (Puerto Rico) escogidos por los productores de la cadenas Showtime y distribuidos por Fox 21.

Homeland está protagonizada por Claire Danes como Carrie Mathison, la eléctrica e intuitiva agente de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) que creyó que el marine estadounidense Nicholas Brody, hecho prisionero de guerra de Al-Qaeda, se convirtió en el enemigo y ahora representa un riesgo para la seguridad nacional. Es el comienzo y el nudo de varios capítulos de espionaje, traumas y acciones galopantes con giros sorpresivos y escenarios convincentes.

Como en toda serie, el primer episodio estuvo disponible en Internet varias semanas para explorar el impacto y seguir la producción hasta la séptima entrega (72 capítulos en total), premiado al principio con el Globo de Oro a la mejor serie-Drama en 2012, base de las sucesivas renovaciones por Showtime hasta el 2018. El éxito de público y crítica descansa, por supuesto, en la excepcional actuación de Claire Danes, la impulsiva agente que persigue a terroristas y lucha contra sus demonios psicológicos, bajo la supervisión de Mandy Patinkin (Saul Berenson) “el inteligente y políticamente correcto Jefe de División de la CIA”.

¿Qué hace superior a Homeland? ¿Por qué se eleva al nivel de Los Sopranos,  Boardwalk Empire, True detective y The Ware? Todos coinciden en la actuación estelar de Danes como Carrie, “el personaje femenino más fuerte de la temporada” y en las emociones contrapuestas que ella desata, seguida por los protagonistas citados, los temas escogidos, el excepcional trabajo de los guionistas, el realismo de las escenas y el balance logrado entre las entregas. No en vano fue distinguida con los Premios WGA a Mejor Serie dramática, Mejor serie nueva, Mejor episodio-drama, más los Golden Globe Awards a Mejor serie-drama, Mejor actriz-drama (Claire), Mejor actor-drama (Damian Lewis) y el Premio American Film Institute Awards a Top 10 series TV.

En el ranking de esas series que fascinan, además de Homeland, hay varias de la cadena Showtime:

  • Californication (2007). Narra la historia de Hank Moody, un escritor en crisis y entrañable atraído por el alcohol, las mujeres y las drogas.
  • Shameless (2011) Versión de la historia homónima de una familia inglesa desestructurada.
  • The Tudors (2007 a 2010). Basada en el reinado de Enrique VIII de Inglaterra.
  • Episodes (2011). Creada por David Crane y encarnada por Matt LeBranc.
  • Masters of Sex (2013). Una historia con dos temporadas sobre el estudio científico del sexo y sus efectos en el cuerpo humano, visto en los años sesenta.
  • Dexter (2006-2013), Ocho temporadas sobre un asesino en serie protagonizado por Michael C. Hall.

Un poema de Wyslawa Szymborska. / Miguel Iturria Savón

W. Szymborska, Nobel de Literatura 1996

Releer la poesía de Wyslawa Szymborska (Kórnik, Poznan, 1923-Cracovia, 2012) es una experiencia espiritual que nos emociona y enriquece por esa mirada sensible, precisa, detallista e incisiva que utiliza al describir actos y emociones, sutil y alegórica a veces, irónica o tierna, casi siempre sorpresiva en su percepción de la muerte, el pasado o instantes de vida, personajes -“Primera fotografía de Hitler”- y símbolos.

Graduada en Sociología y en Literatura polaca, la autora de Busco la palabra, Por eso vivimosPreguntas planteadas a una misma, Apelación al Yeti, etc., se situó a mediados del siglo XX entre los primeros poetas de su país y fue traducida en países de Europa, de aquella Europa erosionada por guerras y postguerras que bordaron su vida personal y creativa por partida doble: sobrevivió a la ocupación alemana y rusa y no naufragó bajo la cultura cautiva del régimen comunista instituido en Polonia por las tropas soviéticas.

Antes de recibir el Premio Nobel de Literatura en 1996, obtuvo el Premio del Ministerio de Cultura Polaco (1963), el Premio Goethe (1991), el Premio Herder y el título de Doctor Honorífico de la Universidad Adam Mickiewicz en Poznan, ambos en 1995.

De la vasta producción lírica de Wyslawa Szymborska me impresionó “El odio”, del poemario Fin y principio, incluido en la antología Saltaré sobre el fuego, editado en España por Nórdica Libros en 2015 con traducción de Abel Murcia y Gerardo Beltrán. Lo releo y comparto por la vigencia de ese sentimiento primario en las redes sociales y en la cotidianidad de muchísimas personas.

“El odio”

Miren qué buena condición sigue teniendo
qué bien se conserva
en nuestro siglo el odio.
Con qué ligereza vence los grandes obstáculos.
Qué fácil para él saltar, atrapar.

No es como otros sentimientos.
Es al mismo tiempo más viejo y más joven.
Él mismo crea las causas
que lo despiertan a la vida.
Si duerme, no es nunca un sueño eterno.
El insomnio no le quita la fuerza, se la da.

Con religión o sin ella,
lo importante es arrodillarse en la línea de salida.
Con patria o sin ella,
lo importante es arrancarse a correr.
Lo bueno y lo justo al principio.
Después ya agarra vuelo.
El odio. El odio.

Su rostro lo deforma un gesto
de éxtasis amoroso.

Ay, esos otros sentimientos,
debiluchos y torpes.
¿Desde cuándo la hermandad
puede contar con multitudes?
¿Alguna vez la compasión
llegó primero a la meta?
¿Cuántos seguidores arrastra tras de sí la incertidumbre?
Arrastra solo el odio, que sabe lo suyo.

Talentoso, inteligente, muy trabajador.
¿Hace falta decir cuantas canciones ha compuesto?
¿Cuántas páginas de la historia ha numerado?
¿Cuántas alfombras de gente ha extendido,
en cuántas plazas, en cuántos estadios?

No nos engañemos,
sabe crear belleza:
espléndidos resplandores en la negrura de la noche.
Estupendas humaredas en el amanecer rosado.
Difícil negarle patetismo a las ruinas
y cierto humor vulgar
a las columnas vigorosamente erectas entre ellas.

Es un maestro del contraste
entre el estruendo y el silencio,
entre la sangre roja y la blancura de la nieve.
Y ante todo, jamás le aburre
el motivo del torturador impecable
y su víctima deshonrada.

En todo momento, listo para nuevas tareas.
Si tiene que esperar, espera.
Dicen que es ciego. ¿Ciego?
Tiene el ojo certero del francotirador
Y solamente él mira hacia el futuro
con confianza.

 

Pasión y orgullo imperial. / Miguel Iturria Savón

China y Rusia se expanden sobre América Latina

Como en los tiempos de Mao Zedong, el Politburó del Partido Comunista de China y su monocorde aparato legislativo avalaron al Presidente Xi Jinping para sucesivas reelecciones, convirtiéndolo de hecho en sucesor del Mandarín rojo, quien solo masacró a 100 millones de personas entre 1949 y 1976, además de arrasar con la industria, el comercio y las libertades individuales; tradición a preservar por el personalista y ambicioso Xi sin olvidar el contexto de apertura tecnológica, expansión comercial y el control sobre la prensa y las redes sociales.

La pasión imperial china no sorprende a historiadores ni politólogos, pero preocupa a millones de súbditos del gigante asiático atrapados por monopolios estatales, la polución atmosférica y otros problemas silenciados por el mandarinato con el desarrollo del tercer país más extenso del mundo -9 596 960 km²- y el más poblado del planeta -1, 379 millones-.

Tras la consagración dinástica del “Padre Xi”, en la Federación Rusa -nación más extensa del planeta con 17 098 242 km²- el 76% de los votantes reeligieron al egocéntrico Presidente Vladímir Putin para un cuarto mandato sin reparar en su expediente criminal, la corrupción o las invasiones a países de la antigua Unión Soviética donde ejerció como oficial de la temible KGB.

El cheque en blanco al déspota ruso le permitirá llevar las riendas del país durante 24 años en total, es decir, el segundo líder más longevo tras la abolición de la dinastía zarista. Solo Stalin, en el Kremlin durante tres décadas, le habrá superado en permanencia en el poder. Casi nada si pensamos en los hermanos Castro, satélites de Moscú desde 1959 cuando llegaron al poder en Cuba y ofrecieron el paraíso socialista.

No vale la pena adentrarse en las causas del sortilegio de los bendecidos Xi Jinping -mandarín de China desde el 2013- ni de V. Putin, nieto del cocinero de Lenin y Stalin y Presidente de Rusia desde el año 2000. Según la prensa occidental, la fascinación radica en que ambos “recuperan el orgullo nacional” y asumen reformas que generan expectativas de progreso y suple sus atropellos contra opositores y críticos.

Tras el veleidoso “orgullo nacional” están la máscara imperial de China y Rusia, ancladas en su maquinaria de exaltación nacionalista y el culto a personajes aborrecibles. Bastaría echarle un vistazo a la historia de China o Rusia para entender la vastedad de su mapa y la tradición bélica. China, por ejemplo, posee fronteras con catorce Estados, entre ellos la hermética Norcorea que limita también con Rusia, sus valederos.

Los autócratas personalistas no son exclusivos de China, Rusia, Turquía, Arabia o Cuba, pero llama la atención, por reiterada, los métodos que utilizan para perpetuarse en el poder en nombre del “orgullo perdido”, las glorias nacionales, la Patria, la Nación o el socialismo.

A penas preocupa a la comunidad internacional la perpetuidad en el poder de caudillos como Kim o Castro en países fallidos, pero en gigantes como China o Rusia el dilema es extraordinario por el potencial bélico y la posible expansión de modelos políticos y económicos que desequilibran a naciones de Occidente.

 

Héroes, bestias y mártires de España. / Miguel Iturria Savón

Libro A sangre y fuego, de M Chaves Nogales, 2011

No soy especialista en Historia de España, pródiga en mitos y exégesis de sucesos antiguos y modernos estudiados por hispanistas ibéricos, ingleses y americanos. Es tan poliédrica y sugestiva la historia de España, tan variopinta la saga de reinos, guerras, conquistadores, generales, obispos y caudillos redentores de la Patria y/o el proletariado que prefiero a los clásicos de la literatura y el arte.

Solo he leído la Historia general de España, una colección de monografías, algunas novelas históricas y un ensayo y testimonios sobre la mitificada Guerra Civil Española (1936-1939), esa erupción de pasiones, odios y muerte iniciada con la II República (1931), desbordada por el rencor de pistoleros anarquistas, comunistas -stalinistas y trokistas-, socialistas, sindicalistas, falangistas, parte del clero y los militares sublevados, reducidos como “rojos” y “fachas”, términos vapuleados por Manuel Chaves Nogales en A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, escritos en 1936 y publicados en periódicos de Chile, Cuba, Francia, México, Inglaterra y Nueva Zelandia, además de editarlo como libro en Chile, New York, Londres y Toronto entre 1937 y 1938. En España fueron rescatados y editados en 2011 con Prólogo de Andrés Trapiello, y en 2013 con Introducción de la investigadora María Isabel Cintas.

Al leer los testimonios novelados de Chaves Nogales sobre la Guerra civil española entendemos la razón del “olvido” de esta obra excepcional de un demócrata “enemigo de los extremismos de izquierda y derechas; partidario del diálogo que había sido pisoteado por ambos bandos contendientes…” y defensor de una postura situada por encima de “dos ideologías, foráneas ambas, prepotentes y ambiciosas, que utilizaron el suelo español para medir sus fuerzas y dirimir sus diferencias… Fascismo contra comunismo y anarquismo. Hitler contra Stalin. Y en el medio, el español inerme…”

El autor nació en Sevilla en 1897 y murió en Londres en 1944, ejerció el periodismo y dirigió el diario madrileño Ahora, afín al Presidente Manuel Azaña, cuyo gobierno abandonó la capital en 1937, momento en que Chaves Nogales partió con su familia a Francia donde siguió escribiendo sus crónicas, reportajes y testimonios sobre las atrocidades cometidas por uno y otro bando, seguro de que “España no sería nunca ni comunista ni fascista”, aunque uno de esos bandos triunfaría en detrimento del resto.

Solo un intelectual pequeño burgués y liberal, “antifascista y antirrevolucionario por temperamento” que odia la estupidez y la crueldad, es capaz de escribir esos relatos vividos y veraces por los que entonces pudo ser fusilado por los unos y por los otros. Luchó contra el fascismo pero despreció el terror rojo y no sintió compasión por los asesinos de ningún bando, descritos desde su condición humana e ideológica.

El sentido de la justicia, la honestidad, la solidaridad y compasión por quienes sufren los horrores de la guerra, “permiten a Chaves Nogales observar los acontecimientos de la contienda con una equidistancia y una lucidez asombrosa”, además de inteligente y llena de vida, convirtiendo las páginas de A sangre y fuego en un clásico de la literatura española del siglo XX.

Los nueve relatos que componen este libro -cada uno inspirado en hechos y héroes verídicos- han sido considerados por críticos como A. Muñoz Molina y Andrés Trapiello como lo mejor que se ha escrito en España sobre la Guerra civil. Sin embargo, aún son relegados por los herederos ideológicos de aquellos pistoleros -víctimas y victimarios- que intentan reescribir la historia desde el victimismo y la parcelación.

Para estimular la lectura sin hacer spoiler, le dejo al lector el título de los capítulos:

  • ¡Masacre, masacre!
  • La gesta de los caballistas
  • Y a lo lejos, una lucecita
  • La Columna de Hierro
  • El tesoro de Briesca
  • Los guerreros marroquíes
  • ¡Viva la muerte!
  • Bigornia
  • Consejo obrero
  • El refugio
  • Hospital de sangre

N. Guillén, el poeta vendido. / Miguel Iturria Savón

Caricatura de Nicolás Guillén

Orlando Luis Pardo comenta en Cibercuba la antología No me dan pena los burgueses vencidos, compilada por el poeta-funcionario Luis Suardíaz y editada en La Habana en 1991, año de la “caída” de la Unión Soviética y de la apretura interior en Cuba para evitar la caída del satélite caribeño al vacío tras la debacle del bloque socialista europeo. Orlando es incisivo pero no contradictorio, aunque su texto -“Burgueses vencidos y poetas vendidos”- parte de la sorpresa de quien descubre con pavor el poder de fascinación y humillación de una cultura cautiva donde los poetas escriben poemas-panfletos por servilismo, compromiso o por inercia y cautela.

Recuerdo el poema “Burgueses” de Nicolás Guillén, escrito para congraciarse con Fidel Castro, quien le obsequió un penhouse en un edificio moderno frente al mar, una residencia de recreo en la playa y el puesto vitalicio de Presidente de la monopolista Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Al igual que Máximo Gorki en la Rusia soviética de principios del XX, Guillén podía y debía maldecir a los burgueses expropiados mientras disfrutaba de sus bienes. “No me dan pena los burgueses / vencidos. Y cuando van a darme pena, / aprieto bien los dientes y cierro bien los ojos”, escribió Guillén rodeado de obras de Picasso, botellas de Whisky y la despensa llena de manjares traídos por empleados que conocían sus gustos gastronómicos y su pasión por las rimas y las mujeres elegantes. Había escrito antes “odas paupérrimas” a Stalin, E. Guevara y F. Castro. “Stalin, Capitán, a quien Changó proteja y a quien resguarde Ochún…”

No sabía de la existencia de la antología de Luis Suardíaz, otro poeta-gozador, poeta menor en comparación con el autor de Songoro cosongo, Cantos para soldados, Tengo y otros poemarios de resonancia popular reeditados y cantados por pasión y pulsión política.

Pese a su vasta entrega lírica y periodística, Nicolás Guillén es una “celebridad” polémica y despreciable, apta para el olvido salvo algún verso de amor. Es lógico que un rimador comunista sirva a una dictadura comunista, pero es paradójico que pose de proletario, viva como un gran burgués y escriba panfletos contra la burguesía “desaparecida”. El Poeta Nacional y Censor Poético supo rimar “emoción con revolución” y atraer a los jóvenes creadores al carromato lírico del Castrismo.

Al igual que Orlando Luis, yo no juzgo ni critico a esos líricos que por “emoción” o cautela -esa variante del miedo- escribieron poemas de ocasión que resurgen en antologías de aplausos y complicidades. No los critico, los leo y admiro por desafiar a la  Bestia que los tentó. Nicolás Guillén, sin embargo, merece el escarnio, no por comunista sino por servil y utilizar la poesía como instrumento doctrinal.

No yo, ajeno a la alta poesía, sino Pablo Neruda, otro cantor de Stalin y Castro, despreció a “Guillén el malo” y lo llamó Comisario, comisario político al igual que Roberto Fernández Retamar, alias Trepabien.

En manos de la Historia. / Miguel Iturria Savón

La Tribu. Retratos de Cuba

Dicen que los periodistas escriben la primera versión de la historia, lo cual es una verdad a medias si pensamos en los cronistas de Indias y los relatos de exploradores de océanos y lugares remotos que reportaron sus viajes y avivaron la curiosidad premoderna.

En el caso de Cuba, tras los cronistas españoles hubo “reporteros del tiempo” que narraron historias en diarios y revistas, desde Domingo Del Monte y el Padre Feliz Varela hasta José Martí, pasando por el poeta José M. Heredia, el ensayista José A. Saco y otros labradores de la Patria, la Nación, la Independencia, la Anexión a Estados Unidos, la Revolución, la Causa, el Enemigo, el Pasado, el Futuro, la Libertad y un manojo de sustantivos con mayúscula que modelaron el relato histórico sobre la singularidad de la isla, su papel en América y algo más.

Si, los cubanos siguen en manos de la Historia, vapuleados por la Historia, a contrapié de la Historia, entre la Historia política y las historias de las gentes sin Historia pero con sus propias historias; es decir, entre el discurso y la realidad, ávidos por sobrevivir al relato solemne de la Castradura con muros y escarnio doctrinal.

Pienso en el manoseo histórico tras revisar tres libros de Historia que le restan culto a la Historia contada por los Historiadores y ofrecen historias de personas no centradas en el relato histórico, sino en sus circunstancias personales. O sea, en hechos minúsculos, diversos, dispersos y ajenos a sermones políticos o historiográficos. Crónicas con gafas más humanas que la Historia hecha, deshecha y rehecha desde el poder y para beneficio de cierto grupo de poder.

Me refiero a La Tribu. Retratos de Cuba, de Carlos Manuel Álvarez Rodríguez, editado por Sexto Piso en enero de 2018; Cuba en la encrucijada, de la periodista argentina Leila Guerrero, editado por Debate en 2017, y La revolución fracasada, del historiador y bloguer Dimas Castellanos, quien reúne textos suyos que “movilizan ideas” por sus “enfoques y análisis agudos, frescos y originales, integradores”, no comunes en los medios de prensa y publicaciones del entorno cubano, tan manipulador como interesado en hechos y relatos legitimadores.

A diferencia de los subversivos ensayos de Dimas Castellanos, Carlos M. Álvarez recrea en La tribu. Retratos de Cuba, una serie de historias en forma de crónica sobre atletas famosos -José A. Contreras-, músicos de éxitos -Juan Formell-, buscavidas que resisten la cotidianidad y prófugos estadounidenses amparados por la dictadura de Castro -Charles Hill-, entre otros que pasan de la Historia oficial. Mientras Leila Guerrero reúne en Cuba en la encrucijada una decena de textos de autores que “trazan el retrato poliédrico de un lugar tradicionalmente dibujado con brocha gorda: infierno y paraíso”.

La revolución fracasada

Cuba en la encrucijada