La Hispanibundia. / Miguel Iturria Savón

Escuchar y leer al escritor hispano alemán Mauricio Wiesenthal es un placer estético por el aliento musical de sus poemas, su erudicion y esa prosa que celebra y disfruta el derecho a soñar, viajar y reflexionar, razones de su existencia y de su cosmopolita cultura, resumida en uno de sus versos: “la vida es el hilo de la cometa”.

Los libros de este sabio viajero y trotamundos configuran un puzle desplegado entre España, América y Europa. Su obra poética, narrativa, ensayística es una especie de híbrido de su vasta cultura, encuentros con personajes reales y literarios, lecturas, experiencias marítimas y estudios de temas y autores excepcionales. Esa atmósfera de otro tiempo y otro universo paralelo a la previsible vida contemporánea, gravita en  títulos como: El viejo león: Tolstoi, un retrato literario; Rainer María Rilke: el vidente y lo oculto, El esnobismo de las golondrinas, Luz de vísperas, Libro de réquiems (memoria y personajes), El gran diccionario del vino, etc.

De enorme interés por su exploración sociológica, histórica y cultural es La Hispanibundia, de 38 ensayos eruditos y amenos que mesclan sensatez, extravagancia, datos y verdades en dosis magistrales que recuerda: “los asuntos españoles tienen que ver con la frontera, la zona intermedia, el experimentalismo humano”, es decir, un recorrido por la historia, la cultura española y su capital simbólico compartido con Europa, América, Asia y África.

Esta obra, como su autor, brilla por su ironía, inteligencia expositiva, la melancolía y la alegre y desjuiciada voluntad de vivir intensamente. La Hispanibundia es una mirada interesante de los restos de aquella nación, sus laberintos y cambios de perspectivas desde tiempos remotos al Imperio, la Ilustración, la fractura y otros instantes de profundidad simbólica, reveladores de “una cultura activa, crítica, punzante, que interpreta el pasado y lo convierte en reflexión del propio presente…”

«Es posible que la hispanibundia no sea más que la vehementia cordis (vehemencia del corazón) que, según Plinio, distinguía a los hispanos. Con hispanibundia reaccionaron los teólogos de la Contrarreforma frente a las tesis de Lutero. Movidos por la fiebre de la hispanibundia se aventuraron los conquistadores en los desiertos, en las santas cordilleras y en las selvas del Nuevo Mundo. La hispanibundia arrojó a nuestra armada Invencible contra las costas de Gran Bretaña y de Irlanda. Y con un dolor hispanibundo se escribieron las mejores páginas de nuestra literatura. La hispanibundia es la energía vibrante que produce el español al vivir, ya se crea español o no, lo acepte o no, se encuentre en el exilio forzado o pretenda ser extranjero en su patria y extraño a los suyos». Convencido de que los pueblos sólo pueden cambiar cuando hacen un honesto esfuerzo por conocer su historia, Mauricio Wiesenthal trata de aportar su grano de arena para comprender esa compleja realidad que se ha ido configurando a lo largo de siglos y  de la que, para bien o para mal, formamos parte y somos herederos.

Ancla insular cumple 10 años. / Miguel Iturria Savón

El 27 de junio del 2008 colgué el primer post de Ancla insular, una bitácora creada en La Habana y llevada a España en noviembre del 2012. Ha pasado una década desde aquella reseña sobre la etnóloga Lydia Cabrera, autora de El Monte y Cuentos negros de Cuba, hasta “El viaje de Tania Díaz Castro”, poeta y periodista anclada en la isla. Un tiempo intenso y creativo para testimoniar hechos insólitos y cotidianos, relatar la vida de personas sin agenda, evocar a personajes del arte y la literatura, glosar  libros, ferias, festivales, exposiciones, películas y conciertos.

En diez años de travesía por el ciberespacio la desmesura no ha sido la nota, el tono ni la frecuencia de estas páginas en las que convergen crónicas, artículos de opinión y sucesos y personajes que enlazan pasado y presente sin ñoñería ni ambigüedades, salvo en lo estético, aunque Ancla insular no ha sido neutral ni visceral en sus enfoques pese a navegar por una realidad claustrofóbica que hiere, duele y salpica las emociones de cualquiera.

Ha pasado una década pero Cuba sigue en circunstancias similares, por eso la deriva insular adopta títulos obsesivos, algunos de interés:

  • “El capítulo más negro de la Primavera negra”, del 5.01.2010
  • “Cinco prisioneros del Castrismo”, 20 y 21.9.2010
  • “Los huelguistas y el tirano”, 3.5.2011
  • “Combatientes olvidados”, sobre Bahía de Cochinos, 26.4.2011
  • “Pobres de solemnidad”, 10.10.2011
  • “La última odisea de Laura Pollán”, 20.10.2011
  • “Duro de matar”, sobre el Guinness a F.C, el 22.12.2011
  • “Cuba, ¿una barca en medio del mar?”, 10.8.2013
  • “Cuba, baúl del naufragio”, 30.12.2013
  • “Bienaventurados los que partieron”, 27.12.2014
  • “La guerra de Cuba”, 16.1.2015
  • “Cuba, estadísticas y malabarismos”, 20.5.2015
  • “El Mariel, votar con los pies”, 7.4.2015
  • “Cuba, titulares de un acto simbólico”, 17.8.2015
  • “Cuba, gafas virtuales”, 10.5.2016
  • “Cuba, ¿isla extraordinaria?, 23.3.2017
  • “Cuba, tiempo de hastío”, 22.11.2017

En Ancla, sin embargo, predomina la vocación cultural, la cultura como espacio de libertad, la forma y la diversidad temática por encima de la inmediatez informativa. En casi mil entradas -hubo un “naufragio” que “evaporó” en el ciberespacio los post editados entre marzo y octubre de 2014- imperan los artículos informativos y de opinión (175), seguidos por reseñas de libros (115), crónicas (111), notas de cine (52), blogs y revistas digitales (29), historia (24), artes plásticas y fotografías (22), teatro, danza y televisión (21), cultura general (15), asuntos jurídicos (14) música (13), deporte (8) y otros temas y personajes de interés político, social, mediático, religioso, arquitectónico, paisajístico…

Para no marear con repaso de post, aprendizaje tecnológico y abordajes de hackers y censores que diezmaron a esta bitácora y al autor, invito a los internautas a despertar en las páginas e imágenes de Anclainsular.com  a figuras del cine, la literatura, el arte, la música, el teatro, la historia y las gentes sin historia que vuelan o planean sobre la realidad como pájaros exóticos.

En esa pista extendida entre la isla del Caribe anclada en el pasado y la península que patina en los senderos globales, aparecen nombres de  personajes reales y ficticios, libérrimos o amorfos, modernos y prehistóricos, humanos o fantasmales. Se llaman Eduardo Mendoza, W. Szymborska, D. Trump, M. Chaves Nogales, N. Guillén, L. Cohen, F. Aramburu, M. Díaz Martínez, K. Kieslowski, J. D. Ferrer, G. Fariñas, Antonio E. Rodiles, Orlando L. Pardo, García Lorca, R. Arenas, O`Connor, Ángel Santiesteban, Chaplin, Nina Simone, Chacón y Calvo, Kurosawa, Lenin, N. Fuentes, Juan Rulfo, Lezama Lima, M. Cervantes, Frank Correa, Pío Baroja, Pablo Méndez, Vargas Llosa, José M. Heredia, Jodorowsky, Silvestre de Balboa, José Martí, Hemingway, Zoe Valdés, R. Bragado, Cabrera Infante, B. Atxaga, L. Padura, Proust, Heberto Padilla, J.L Borges, Raúl Rivero, A. Camus, Gastón Baquero, Walt Whitman, Virgilio Piñera, Tzvetan Todorov, Gorki Águila, Sócrates, K. Armstrong, Yoani Sánchez, Emil Cioran, Ernesto Santana, Gombrowicz, Gina Picart, Czeslaw Milosz, Eliseo A. Diego, Alice Munro, Rafael Alcides, Almodóvar, Eduardo del Llano, L. Buñuel, Raphael, Uva de Aragón, Wajda, Alicia Alonso, Moustaki, Olga Guillot, Moliere, Shakespeare, Pablo Milanés, Polanski, Luis Cino, Ángela Aznar.

Nombres de personas y lugares, de series, obras teatrales, playas y canciones que oxigenan páginas volátiles como el éter. “Cubalandia”, “Homeland”, “Black Mirror”, “Villa Manuela”, “Aquelarre”, “Showtime”. Crónicas de viaje. La Habana y Madrid, Atenas y Milán, Valencia y Bilbao, Barcelona y Guernica, Sagunto y Zaragoza. Clic mediante.

Ancla insular aún navega por los mares de ciberespacio. Sin nostalgia de Cuba ni búsqueda de paraísos y elefantes blancos. Clic mediante.

El viaje de Tania Díaz Castro. / Miguel iturria Savón

Tania Díaz Castro es más conocida por sus crónicas en Cubanet y otros medios que por sus poemarios, sin embargo, la mejor pólvora de esta escritora irreverente y memoriosa no está en sus excelentes entregas a la prensa del exilio, sino en su lirismo anticonvencional, signado por el desenfado, la expresión cruda con tendencia al absurdo, a veces grotesca, tremendista, veraz y casi violenta.

Nacida en 1939 en Camajuaní, Las Villas, Tania atravesó la poética de los sesenta sin sucumbir a la eufórica “poesía bajo consignas” que enmascaró la domesticación del “hombre nuevo” y el “compromiso” con las metas, consignas y la gritería revolucionaria que empujó a muchos creadores a la cárcel, el exilio y los campos de trabajo forzoso. Su modo de asumir la poesía atisba la antipoesía acuñada después por el chileno Nicanor Parra.

Apuntes para el tiempo (1964), Todos me van a tener que oír (1970) y Mientras giran las hojas del arce (escrito en Japón en 1972 y publicado en La Habana) son sus cuadernos más difundidos en la isla. El segundo fue ampliado, traducido al inglés y reeditado en 1990, cuando Tania sufría la embestida de la policía secreta de Castro por sus críticas y activismo cívico.

Les dejo un fragmento de “El viaje”, poema dedicado al poeta y ensayista Alberto Rocasolano, autor de la antología Yo te conozco, amor, publicada en La  Habana en 1999 y 2011.

El viaje

Hacemos el amor. Ya no estás vestido.

Escribo nuestra historia junto a tu cuerpo.

Me pregunto qué hacia sin él,

entre los negros pájaros de tu memoria y la mía,

sobre los árboles grises por donde anduve perdida siempre.

Hacemos el amor. Te asombras ante las brasas

de mi fragua diabólica.

Recuperas el olor olvidado de la mujer.

Decides volverte loco entre mis brazos,

dulcemente loco…

Yo me siento virgen en este momento,

inexperta… Confundo al cielo

con tu frente de pez,

el aire con que tu voz ineluctable

de viejo lobo de mar.

Ignoro si viajo al pasado o al futuro.

No sé como saldarnos, tocar tus muslos, tus caderas,

cómo lograr equilibrio por los bordes

de tu corazón marino,

de tu sexo,

saludable como un niño,

mientras el amor nos vuelve menos animal de monte.

Pero recobro mi vieja memoria de salitre

y preparo mi viaje, el más importante:

de un salto llego hasta tu cuerpo

sobre el lomo de un maravilloso hipocampo.

Salto de mi cuerpo al tuyo!

Me hundo hasta los hombros en tu boca.

………………………………………………………..

 

En verdad eres un hombre de costa a costa,

al que buscaba con una lámpara a cuesta en plena noche.

¿Cómo te sientes, amor, después de tan largo viaje?

Al menos yo, soy un animal doméstico satisfecho.

No sé si reposo o estoy muerta,

si me sobra el cuerpo;

pero puedo gritar a toda voz que hago el amor

entre guijarros dorados y algas mágicas

con un hombre que jamás fue siervo.

………………………………………………….

 

 

La misma estupidez. / Miguel Iturria Savón

Obra Historias de bronce, de Pedro P. Oliva

Miro el cuadro Historias de bronce, del pintor cubano Pedro Pablo Oliva, y pienso en la estupidez humana. El 14 de junio, por ejemplo, celebraron en Rosario, Argentina, el 90 aniversario de un guerrillero que asesinó a cientos de personas en Cuba, además de destruir la banca y la industria en la isla caribeña, de donde salió a “expandir” el pastel revolucionario y cambiar el mundo. En Granada, España, una exposición evoca a otro campeón de la muerte: Stalin, cuyos tanques y oficiales llegaron a “defender” al Gobierno de la República en 1936.

Imagino el escándalo mediático que despertaría celebrar en Argentina la llegada al poder de Videla y otros generales golpistas en 1976. O la algarabía de los medios de comunicación si alguien evoca en España la llegada de los aviones de Mussolini y Hitler que bombardearon ciudades para favorecer la victoria del general Franco durante la Guerra inCivil de 1936 al 39.

Nada extraño, ¿verdad? Amnesia selectiva. Cara o cruz. Odios. Empatias. Exaltar a personajes y sucesos convenientes, desdeñar su leyenda negra. Echarle mano al pasado, activar rencores. O pasar página…

Ah, la política y sus versiones ideológicas. Memoria y desmemoria. Campeones de la ética. Discursos, leyendas y mitos para bordear los límites. Historias de bronce, acero, aluminio… La misma estupidez frente a la complejidad humana y social.

 

Los laberintos paródicos de Eduardo Mendoza. / Miguel Iturria Savón

Eduardo Mendoza, escritor y Premio Cervantes.

Si en La ciudad y los perros, Conversación en la Catedral y La casa verde Mario Vargas Llosa recrea la intrahistoria y la complejidad de Lima, Cochabamba y otras ciudades y regiones de Perú en el siglo XX, Eduardo Mendoza Garriga convierte a su natal Barcelona en centro del crucigrama de hechos y personajes inmersos en historias reales e imaginarias que muestran una apoteosis de lo detectivesco y lo paródico en la mejor tradición cervantina, es decir, “la escritura que contiene en sí su propia caricatura”.

Eduardo Mendoza, Premio Cervantes de Literatura, inició su travesía creativa con La verdad sobre el caso Savolta (Seix Barral, 1975) que obtuvo el Premio de la Crítica en España y fue llevada al cine en 1979; siguió con dos novelas policiales –El misterio de la cripta embrujada, 1979 y El laberinto de las aceitunas, 1982- en las cuales reanuda la sorprendente intriga policial, pero desde la perspectiva de un detective improvisado y delirante que explora y encadena crímenes y enigmas recientes en tanto franquea escenarios sórdidos e insólitos. El reino del humor y el absurdo resurge en la extensa y ambiciosa Ciudad de los prodigios (1986), “un singularísimo avatar de la novela picaresca y un carrusel imaginativo” que, pese a convocar a mitos y figuras locales,  nacionales y europeas, aborda la vida de personajes reales situados en Barcelona entre las exposiciones universales de 1888 y 1929.

En la misma línea urbana de fabulación libérrima figura la hilarante novela Sin noticias de Gurb (1991), protagonizada por dos extraterrestres que desembarcan en Barcelona y, mientras el primero busca al segundo, adopta diversas apariencias y narra cuanto le acontece en el laberinto urbano que acogerá a los atletas y visitantes de las Olimpiadas de 1992.

Esa mirada tierna, irónica e implacable de los marcianos sobre Barcelona, regodea matices históricos y humanos de mayor hondura en El año del diluvio (1992), una novela de entorno rural y tono agridulce en la que combina la irrupción del amor entre una monja y un terrateniente con la debacle del tiempo en los sombríos años cincuenta, marcados por la clausura provinciana con trasfondo bélico, historias de bandoleros, elementos teológicos y atisbos de compasión, cordialidad y melancolía desde la invención expresiva y la mezcla de estilos y géneros.

La saga de universos urbanos poblados de personajes creíbles y fascinantes crece en Una comedia ligera (1996), centrada en un mediocre y exitoso dramaturgo barcelonés que escribe farsas para el público de clase media de mediados del XX, pero es enredado en amoríos e intrigas políticas y policiales que zarandean su placidez, obligándolo a investigar un crimen que lo pondrá en contacto con personajes y realidades ignoradas por él. Esta obra obtuvo en París el Premio al Mejor Libro Extranjero en 1997.

En el 2006 Eduardo Mendoza publicó Mauricio o las elecciones primarias, novela no paródica de tono grave, provocador e iconoclasta, basada en una tríada de personajes de clase media situados en la Barcelona posterior a la transición donde cobrará protagonismo político el controversial Jordi Pujol. Esta pieza de incursión política, magistralmente expuesta, es un “retablo de una comunidad en espera del fin de la utopía” y “el ácido balance moral e ideológico de una época, un país y unas gentes que están tomando decisiones…”

En Tres vidas de santos, editada en el 2006 por Círculo de Lectores, Eduardo Mendoza glosa, a imagen y semejanza de las grandes hagiografías, las vidas anodinas y los milagros de tres personajes tan anodinos como singulares -el Obispo Fulgencio Putucás, varado en la Barcelona de 1952; el viajero Dubslav y Antolín Cabrales Pellejero, un delincuente convertido en escritor de éxito- no admitidos por el santoral cristiano, pero acogidos con deleite por la narrativa española contemporánea. Los relatos novelados de Tres vidas de santos tienen ese toque de picaresca, humor y prodigio de las breves y maravillosas Novelas ejemplares de Miguel de Cervantes.

Tal vez la mayor muestra del manejo de diversos lenguajes narrativos y estructura creativa del autor sea El asombroso viaje de Pomponio Flato, editado en 2008 y merecedor del Premio Terenci Moix y Pluma de Plata de la Feria del Libro de Bilbao. En este libro insólito, el viaje por los confines del imperio romano y la paródica aventura del protagonista en Nazaret donde fue contratado como detective por el pequeño Jesús, es un juego lúdico e irónico para satirizar a géneros y libros, sobre todo a las novelas de consumo. Eduardo Mendoza logra en El asombroso viaje de Pomponio Flato el “cruce de novela histórica, novela policíaca, hagiografía y parodia de todas ellas…”

Mendoza es autor, además, de La isla inaudita (1989), la obra teatral Restauración (1990), La aventura del tocador de señoras (2001), Premio al Mejor Libro del Año del Gremio de Libreros de Madrid; El último trayecto de Horacio Dos (2002), Riña de gatos. Madrid 1936 (2010), Premio Planeta y Premio del Libro Europeo; El enredo de la bolsa y la vida (2012), El secreto de la modelo extraviada (2015), Las barbas del profeta (2017), obra publicada con motivo del Premio Cervantes que le fue conferido en 2016; así como el ensayos Baroja, la contradicción, y la compilación de textos sobre escritores en lengua española ¿Quién se acuerda de Armando Palacio Valdés?

Tras leer la mayoría de los libros del escritor y traductor Eduardo Mendoza, pensamos en cómo aplica y combina la estructura del relato, la música interna de las palabras y el ritmo del conjunto a los personajes -reales o ficticios- y a los laberintos paródicos -citadinos, rurales o míticos- utilizados, llegando a caricaturizar su propia escritura. En ese sentido, expresó a través de uno de sus personajes:

“…La literatura puede rescatar vidas sombrías y redimir actos terribles; inversamente, actos terribles y vidas degradadas pueden rescatar a la literatura insuflándole una vida que, de no poseerla, la convertiría en letra muerta”.

 

La mitad del cielo. / Miguel Iturria Savón

Pilar de roca venerado en Georgia

Cada persona es un planeta infinito en sí mismo. Somos únicos e inigualables: nuestro olfato, el iris de los ojos, las huellas dactilares y otros detalles corporales y psicológicos nos distinguen de los ancestros y contemporáneos: sean hermanos, hijos, la pareja escogida, los amigos y vecinos. Somos exclusivos pero vivimos en sociedad, condicionados por leyes e instituciones, libros y periódicos, grupos y tribus urbanas o rurales que influyen hasta en nuestra forma de ser, decir, actuar…

Pienso así tras leer el catálogo Ellas tienen la palabra. Un recorrido por el papel de la mujer en la sociedad y en la literatura. Lo reviso y anoto títulos de autoras fascinantes, pero me repele el enfoque neomarxista y feminazi de obras excluyentes para “empoderar a las mujeres”, lo cual sería bueno en la India, Pakistán, Arabia Saudí, Irán, Irák, Siria y otras teocracias islámicas o satrapías de África que proscriben la libertad y los derechos de las mujeres; no en Europa, ese oasis de cultura, paz, riquezas, derechos e igualdad donde las mujeres estudian, trabajan, votan en las elecciones, ascienden en la pirámide estatal y no necesitan permisos para casarse, divorciarse o viajar libremente, lo cual las diferencia de las aguerridas feministas de principios del siglo XX .

El catálogo citado ofrece títulos cañeros para el “mercado de género”: El feminismo en 100 preguntas, de Pilar Pardo; Educar en el feminismo, de Iria Marañón; El Club de la lucha feminista. Manual de supervivencia…, de Jessica Bennet; Todos deberíamos ser feministas, de Chimamanda Ngorzi Adichie; Feminismo para principiantes, de Nuria Varela y Antonia Santolaya; El hombre que no deberíamos ser, de Octavio Salazar, o El valor es cosa de mujeres, de Silvia Casasola y Juan A. Cebrián.

Otros volúmenes propagan el papel de la mujer en las ciencias, la historia o la sociedad en contraposición al predominio masculino: Mujeres en las ciencias: 50 intrépidas pioneras que cambiaron el mundo, de Rachel Ignotofsky; Las mentiras científicas sobre las mujeres, de Eulalia Pérez Sedeño; Marie Curie. Una vida para la ciencia, Historia de las mujeres filósofas, de Gilles Ménage, y Feminismo ilustrado. Ideas para combatir el machismo, de María Murnau y Helen Sotillo; Heroínas de la II Guerra Mundial, de Kathryn J. Atwood, y Lo que aprendí viviendo, de Eleanor Roosevelt.

No faltan reediciones de escritoras esenciales en la historia de la literatura: Diarios (Vol. 1, 1915-1919) de Virginia Woolf, autora de La señora Dalloway, Orlando, sobre la cual Lyndall Gordon publica Virginia Woolf. Vida de una escritora; Espejismos. Diario inexpurgado (1939-1947), de Anais Nin; más Jane Austen en la intimidad, de Lucy Worsley; El cuento de la criada y La semilla de la bruja, de Margaret Atwood; La librería, de Penélope Fitzgerald; La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexiévich; El segundo sexo y Memoria de una joven formal, de Simone de Beauvoir; El cuaderno dorado, de Doris Lessing y clásicos con personajes femeninos: Madame Bovary, de Gustave Flaubert; El amante de Lady Chatterley, de D.H. Lawrence; La casa de Bernarda Alba, de F. García Lorca; Demasiada felicidad, de Alice Munro, así como Españolas del Nuevo Mundo, de Eloísa Gómez-Lucena; América y sus mujeres, de Emilia Serrano, y El misterio de la vida y de la muerte de Mata Hari, escrito por Enrique Gómez Carrillo.

Sería infinito recrear el vasto recorrido de la mujer por la sociedad y la literatura. Tan infinito como las entretelas de sucesos históricos, sociales y familiares, simplificados desde la cultura de la queja, la idealización femenina y la simplificación binaria de escritoras y escritores, como si el sexo condicionara el talento. Yo, por lo menos, cuando pienso en las mujeres, evoco a mi madre, a mis novias y esposa; luego me vienen a la mente féminas memorables que vindicaron a la mujer como tal: Christine de Pizan, Teresa de Ávila, Sor Juana Inés de la Cruz, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Jane Austen, Lou Andreas Salomé, Simone Weil, Anaïs Nin, Rosario Castellanos o Gabriela Mistral, todas complejas, sensibles, auténticas y de espíritu libre.

La mujer no es el universo, sino la mitad del cielo. El género humano es cosa de dos. Ambos oscilan entre el cielo y la tierra.

 

El oro de Moscú. / Miguel Iturria Savón

Filme El oro de Moscú, 2003

No voy a escribir sobre la película El oro de Moscú, la comedia española de 2003 que bajo la dirección de Jesús Bonilla reunió a varias generaciones de cómicos -Santiago Segura, Concha Velasco, Antonio Resines, Alfredo Landa, Alexis Valdés- que satirizaron el suceso histórico acaecido en 1936 y protagonizado por personajes del Gobierno de la República afines a Stalin y la Unión Soviética. En el filme, un anciano moribundo le confiesa al celador del hospital donde agoniza que el oro del estado español no fue enviado al exterior, lo cual desata la disparatada y misteriosa búsqueda por parte de personajes pintorescos ávidos por hallar la pista del enorme tesoro.

La película frivoliza aquel atraco histórico sucedido en Madrid que debió generar novelas, testimonios, óperas y obras teatrales pero, como fue perpetrado por personajes de la República al desatarse sublevación militar que desencadenó la Guerra Civil (1936-1939), apenas es difundido, quizás para no desacreditar a “los buenos” y preservar el discurso de la superioridad moral de las víctimas del Caudillo: el General Francisco Franco resultó vencedor y estableció una dictadura fascistoide, lo cual humilló a “los rojos”, cuyos descendientes reescribieron la historia…

¿Qué sucedió en realidad? ¿Envió el Gobierno Republicano las reservas de oro del estado español hacia Moscú? ¿Lo devolvieron los sucesores de Stalin a España o sigue en Rusia?

“En la madrugada del 14 de septiembre de 1936 un grupo de cerrajeros, sindicalistas y pistoleros de la motorizada (la guardia personal del líder del PSOE Indalecio Prieto que meses antes habían asesinado a Calvo Sotelo) asaltaron el Banco de España que estaba donde ahora, en la Plaza de Cibeles. Los enviaba el ministro de Hacienda del PSOE, Juan Negrín. El Gobierno lo presidía Francisco Largo Caballero, también del PSOE.”

Cuentan que España poseía entonces las cuartas reservas de oro del planeta. Dicen que el Presidente Azaña no fue informado y tampoco las Cortes, lo que despeja cualquier duda: no fue una operación económica política, sino un atraco monstruoso que abrumó al Cajero mayor quien se suicidó de un disparo en su despacho.

Según fuentes consultadas, “el 25 de octubre los buques soviéticos Kine, Kursk, Neva y Volgoles, zarparon de Cartagena con el oro, cientos y cientos de toneladas rumbo a Odesa. Stalin se quedó con todo”. Aún en Rusia.

Como si fuera poco, los mandarines del PSOE ordenaron el asalto sucesivo a las cajas de seguridad de los bancos de Madrid. Meses después de aquellas operaciones de desfalco el Gobierno de la República partió hacia Valencia y de esta a Barcelona, luego a Francia y a México.

La comedia El oro de Moscú no relata la historia, sino uno de sus atajos: el humor en clave de esperpento, tan español, irreverente y hasta “políticamente correcto”. Ah, la memoria, hecha y rehecha como la historia. Que siga la historia pero sin atracos, al menos desde el poder.

En la foto, dos personajes esenciales del envío del oro español a Moscú en sept de 1936.

De neo-Castros y feministas. / Miguel Iturria Savón

La realidad se repite hasta el hastío. Las noticias resbalan para no caer. Si leo Cubanet, Diario de Cuba o Primavera digital,  los titulares sobre la isla varada en el tiempo ofrecen casi lo mismo: los domingos de marcha y represión policial contra las Damas de Blanco, el deterioro urbano, la incertidumbre ciudadana, la estampida de gays hacia Holanda, las propuestas de plebiscito de Rosa María Payá en Cuba Decide y el itinerario de acciones contra Castro y el neo-Castrismo de Estado de Sats, la plataforma audiovisual liderada por Antonio González-Rodiles en La Habana. Hay más, por supuesto, pero bajo aquel régimen corporativo militar predominan el aburrimiento y las técnicas de sobrevida de la masa cuya nulidad moral favorece el último fraude: pasar de los Castros a los neo-Castros sin elección ni cambios hacia la tierra prometida de la democracia.

He dicho democracia y pienso en España, donde vivo entre sorpresas y mitos. En la península ibérica y sus archipiélagos la realidad es menos aburrida que en Cuba, pero hay sucesos que se repiten hasta el hastío y resbalan entre los diarios y los telediarios: la rebelión en Cataluña, el anuncio del fin del terrorismo vasco, el postureo pre electoral de los partidos políticos y el desborde del feminismo ortodoxo, capaz de obtener un millón de firmas en dos días para que el Gobierno y el Congreso revisen el Código Penal y aumenten las condenas contra violadores y maltratadores. Hay más, por supuesto, pasan muchas cosas en las 50 provincias de España pero la ira de las féminas copa los telediarios y las redes sociales, además de acomplejar a los hombres “políticamente correctos” de su condición masculina, convertida en pecado mortal salvo los gays por su sensibilidad femen y los machistas que miran la oleada como un espectáculo del mercado político y mediático ligado a las pasiones y la costumbre hispana de vivir en continuo estado de opinión.

Para un extranjero como yo, hijo y nieto de españoles pero con Tarjeta de extranjero, el oleaje feminista con lenguaje marxista me parece excesivo, pues soy testigo del Matriarcado en España: las mujeres mandan en casa, disponen de trabajo, automóviles, viajan solas o en compañía, ocupan puestos claves en los ayuntamientos municipales, las diputaciones provinciales, los gobiernos autonómicos, el gobierno central, el Congreso de los Diputados, los tribunales de justicia, los partidos políticos y las empresas, además de predominar en la enseñanza y en las entidades de salud. El Congreso es presidido por una mujer, la Vicepresidenta del Gobierno es mujer, varias ministras son mujeres y hay autonomías con liderazgo femenino. Algunas son ejecutivas de bancos y otras son famosas por su ascenso y caída de la pirámide del poder tras ser pilladas en fraudes o corrupción.

¿Qué tienen en común el neo-Castrismo cubano y las feministas hispanas? El lenguaje neo marxista, la supuesta superioridad de la izquierda y los mitos, esos atajos de la realidad que encubren fobias, filias y enmascaran ambiciones.

M. Carmena y Ada Colau, alcaldesas de Madrid y Barcelona

Pedir perdón. / Miguel iturria Savón

Pedir perdón por una torpeza -un tropezón o una palabrota, por ejemplo- ,  es común en casa y en la calle. Sorry en inglés. Pero pedir perdón por crímenes propios o ajenos es palabra mayor, sobre todo si lo hace un un presidente, un general o el Papa.  Nunca entendí porqué Barack Obama, ex presidente de los Estados Unidos, pidió perdón en Egipto a principios de su mandato. Me pareció “políticamente correcto” pero innecesario por el excesivo orgullo de los musulmanes y su tradición de ocupar y conservar durante siglos a los territorios que invadieron desde la península arábiga.

Pedir perdón está sobredimensionado, como el futboll y el vedetismo de actores, cantantes, modelos, periodistas, escritores y hasta políticos. Casi siempre se pide perdón bajo circunstancias extremas y por conveniencia propia, no por evolución moral del sujeto que creó problemas. Pienso en esto tras leer el titular de El País “ETA pide perdón insuficiente”. Según el diario español, “La banda terrorista ETA, que mató a más de 850 personas a lo largo de medio siglo de asesinatos, secuestros y sabotajes, reconoció ayer “el daño causado” y admitió su responsabilidad. Pero… solo “a los que no tenían una participación directa en el conflicto…” O sea: excluyen a los políticos y a los soldados y oficiales que mataron por enfrentar a la banda, cuyos miembros aún los llaman txacurra -perro-, como los secesionistas catalanes a los charnegos -perros- que llegan de otras regiones de España.

El titular agrega “Los obispos vascos piden también perdón por sus complicidades con ETA”, mientras el lehendakari -presidente- Urkullu se une a las críticas de las víctimas discriminadas -esposas e hijos de los guardias civiles y políticos asesinados-.

La solicitud de perdón por parte de ETA me recuerda los carteles de exaltación del terrorismo que vi en Bilbao, Guernica, Portugalete y Santurce en junio de 2017 cuando fui a presentar mi libro Los vascos en Cuba y ofrecí entrevistas a dos programas de radio y dos periódicos de Euskadi, término que incluye a las provincias de Álava, Guipuzkoa y Vizcaya. En la proximidad del Cementerio de Santurce, donde reposan los restos de mi padre y mis hermanos vascos, hallé dos carteles con el rostro y textos sobre “héroes” etarras, en cuya camiseta figuraban la imagen de Fidel Castro y E. Guevara, el dictador cubano y su escudero argentino, símbolos de los terroristas que intentan doblegar al estado español.

Recuerdo que Otegui, líder de EH Bildu, fue recibido años atrás dos o tres veces por Fidel Castro Ruz, quien murió a los 90 años sin pedir perdón por sus miles de crímenes, por destrozar la economía de Cuba, exportar el terrorismo y empujar al exilio a tres millones de cubanos. ¿Elecciones para qué?, dijo Castro en 1959. ¿Perdón por qué? dicen los chicos de EH Bildu, presentes en las instituciones democráticas de España para minarlas por dentro, como los separatistas catalanes.

ETA pide perdón porque es un cadáver mal enterrado que cambia de estrategia: crear en localidades mediadas o pequeñas una hegemonía separatista, de “corte ideológico festivo” -lengua y folclor mediante- que acorrale a quienes se sienten españoles en Navarra, sede del antiguo reino, y en el resto de las provincias vascongadas, mal llamadas País vasco. La golpiza a varios guardias civiles en un bar de Alsasua el año pasado y la manifestación masiva de los terroristas y sus cómplices contra los “txakurras” revela la hipocresía del perdón de ETA y hasta del PNV y el lehendakari vasco, siempre presionando al Estado a favor de “más libertades y autonomía”, como si no fueran libres y autónomos en el país de las autonomías.

Si algún lector desea ahondar en el fanatismo y el horror desatado por los herederos políticos de Sabino Arana, les sugiero leer la novela Patria, del donostiarra Fernando Aramburu.

El perdón. La soberanía del yo, de Javier Sádaba, es otro libro esencial sobre el perdón y sus límites, “porque el perdón que se presenta diariamente como exclamación, etiqueta o modo culto de hablar, esconde toda la carga de lo que toca la raíz de nuestra existencia en común” y “no se confunde con el amor, la caridad” ni otros conceptos de la teología cristiana. En fin, “el perdón es virtud moral… la parte más extrema y exigente de la justicia”.

 

 

 

Homeland. / Miguel Iturria Savón

Desde Black Mirror -Espejo negro-, de Netflix, a la cual dediqué dos comentarios en julio de 2017 y enero 2018, evadí engancharme a otras series de la televisión por cable con éxitos de público y crítica por el diseño de los personajes, la solidez dramática e interpretativa y la capacidad de sus guionistas y realizadores para contar sin tapujos las historias de sucesos y personajes vigorosos, reales o ficticios pero creíbles por desentrañar la complejidad de personajes enfrentados al amor, el odio, el miedo, las obsesiones y manías, egoísmos, traiciones y tradiciones, las dependencias afectivas y delirios que, bien interpretados, resultan auténticos, atractivos y adictivos.

Sigo anclado en la lectura, pero tras la literatura me inclino por el cine, medio desplazado por los shows post 11 de septiembre -del 2003-, es decir, por las sagas de la televisión por cable que retoman a la mafia, la adicción por el sexo, las drogas, los asesinos en series, algunos hechos o personajes históricos y el espionaje, las nuevas tecnologías al servicio de terroristas y agentes encubiertos, condimentados por las percepciones religiosas y culturales en conflicto, entre otros temas, por supuesto.

En eso anduve en los días de “Semana Santa”, atrapado en casa frente al televisor, incapaz de apagar el aparato -salvo para comer o dormir unas horas- ante Homeland, la serie dramática de la televisión estadounidense con formato de thriller político y psicológico, realizada por Howard Gordon y Alex Gansa en base a la serie israelí Hatufim (Secuestrados), creada por Gideon Raff.​​ Comenzó en octubre de 2011 y lleva siete temporadas de 12 capítulos cada una. Casi todos fascinantes.

Disfruté mucho las soberbias actuaciones de Claire Danes (la agente de la CIA Carrie Mathison), Mandy Patinkin (Saul Berenson), Rupert Friend (Peter Quinn), Damian W. Lewis (Nicholas Brody), Morena Silva Baccarin (Jessica Brody), David Harewood (David Estes, Jefe de Contraterrorismo de la CIA), Diego Klattenhoff (Mike Faber), Jamey Sheridan (Vicepresidente de USA), Navid Negahban (el terrorista Abu Nazir), todos en locaciones de Charlotte, Tel Aviv, San Juan (Puerto Rico) escogidos por los productores de la cadenas Showtime y distribuidos por Fox 21.

Homeland está protagonizada por Claire Danes como Carrie Mathison, la eléctrica e intuitiva agente de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) que creyó que el marine estadounidense Nicholas Brody, hecho prisionero de guerra de Al-Qaeda, se convirtió en el enemigo y ahora representa un riesgo para la seguridad nacional. Es el comienzo y el nudo de varios capítulos de espionaje, traumas y acciones galopantes con giros sorpresivos y escenarios convincentes.

Como en toda serie, el primer episodio estuvo disponible en Internet varias semanas para explorar el impacto y seguir la producción hasta la séptima entrega (72 capítulos en total), premiado al principio con el Globo de Oro a la mejor serie-Drama en 2012, base de las sucesivas renovaciones por Showtime hasta el 2018. El éxito de público y crítica descansa, por supuesto, en la excepcional actuación de Claire Danes, la impulsiva agente que persigue a terroristas y lucha contra sus demonios psicológicos, bajo la supervisión de Mandy Patinkin (Saul Berenson) “el inteligente y políticamente correcto Jefe de División de la CIA”.

¿Qué hace superior a Homeland? ¿Por qué se eleva al nivel de Los Sopranos,  Boardwalk Empire, True detective y The Ware? Todos coinciden en la actuación estelar de Danes como Carrie, “el personaje femenino más fuerte de la temporada” y en las emociones contrapuestas que ella desata, seguida por los protagonistas citados, los temas escogidos, el excepcional trabajo de los guionistas, el realismo de las escenas y el balance logrado entre las entregas. No en vano fue distinguida con los Premios WGA a Mejor Serie dramática, Mejor serie nueva, Mejor episodio-drama, más los Golden Globe Awards a Mejor serie-drama, Mejor actriz-drama (Claire), Mejor actor-drama (Damian Lewis) y el Premio American Film Institute Awards a Top 10 series TV.

En el ranking de esas series que fascinan, además de Homeland, hay varias de la cadena Showtime:

  • Californication (2007). Narra la historia de Hank Moody, un escritor en crisis y entrañable atraído por el alcohol, las mujeres y las drogas.
  • Shameless (2011) Versión de la historia homónima de una familia inglesa desestructurada.
  • The Tudors (2007 a 2010). Basada en el reinado de Enrique VIII de Inglaterra.
  • Episodes (2011). Creada por David Crane y encarnada por Matt LeBranc.
  • Masters of Sex (2013). Una historia con dos temporadas sobre el estudio científico del sexo y sus efectos en el cuerpo humano, visto en los años sesenta.
  • Dexter (2006-2013), Ocho temporadas sobre un asesino en serie protagonizado por Michael C. Hall.