Una cita de Gombroswicz. / Miguel Iturria Savón

El escritor Witold Gombrowicz (Varsovia, 1904-Vence, Francia, 1969), autor de diarios, dramas y novelas, vivió más de dos décadas en Buenos Aires a partir de 1939 y ganó celebridad por su Peña del Café Rex, tan irreverente y atractiva como su azarosa vida. Su obra más reeditada es la novela Ferdydurke, traducida a diversas lenguas. Tras su retorno a Europa en 1963 fue redescubierto en París con Ferdydurke y en Varsovia con el drama Ivonne, princesa de Borgoña. Su celebridad creció por las reediciones de Trasatlántico, Los poseídos, Memorias del tiempo de la inmadurez, Cosmos, Diarios y Curso de filosofía en seis horas y cuarto.

Gombrowicz, nominado varias veces al Premio Nobel de Literatura, se consideró un outsider. Fue un noble culto y talentoso que vivió la precariedad existencial del creador exiliado, libre e irreverente.

Les dejo una cita tomada de Ferdydurke y la invitación a leer esa novela y otros libros suyos.

 “… existen sobre la tierra ambientes menos o más ridículos, menos o más infamantes, vergonzosos y humillantes, y asimismo la cantidad de la estupidez no es igual en todas partes… Pero lo que sucede en el medio artístico del orbe supera todos los récords de la estupidez y la infamia, hasta tal punto que un hombre decente y equilibrado no puede dejar de inclinar su rostro, inundado por el sudor de la vergüenza, frente a esas orgías infantiles y pretenciosas. ¡Oh, esos cantos sublimes que nadie escucha! ¡Oh, los coloquios de los enterados, y el frenesí en los conciertos y aquellas íntimas iniciaciones, y aquellas valorizaciones y discusiones, y los rostros mismos de esas personas cuando declaman o escuchan, celebrando entre sí el santo misterio de lo bello! ¿Por qué dolorosa antinomia todo lo que hacéis o decís, justamente en este terreno, se convierte en ridiculez y vergüenza?

Las mujeres no mueren en las líneas de fuego. / Belkis Cuza Malé

Las mujeres no mueren en las líneas de fuego,
no ruedan sus cabezas como pelotas de golf,
no duermen bajo un bosque de pólvora,
no hacen ruinas el cielo,
no hay nieve que enfríe sus corazones.
Las mujeres no mueren en las líneas de fuego,
no expulsan el diablo de Jerusalén,
no vuelan acueductos, ni vías férreas,
no dominan el arte de la guerra,
ni el arte de la paz.
No llegan a generales,
ni a soldados desconocidos de piedra
en el centro de una plaza mayor.
Las mujeres no mueren en las líneas de fuego.
Son estatuas de sal en el Museo del Louvre,
madres como Fedra,
amantes de Enrique VIII,
Mataharis,
Evas de Perón,
reinas asesoradas por un Primer Ministro,
niñeras, cocineras, lavanderas
o poetisas románticas.
Las mujeres no hacen la Historia,
pero a los nueve meses la expulsan de su vientre
y luego duermen veinticuatro horas
como el soldado que regresa del frente.

Belkis Cuza Malé es autora de los poemarios El viento en la pared y Los alucinados, editados en 1962; Tiempo del sol y Cartas a Anna Frank (1963), Juego de damas (1968), La otra mejilla (1987), Los poemas de la mujer de Lot (2011) y la novela Lagarto, lagarto (2013). Es, además, pintora y dirige la revista Linden Lane Magazine y el centro cultural Casa Azul, ambos en los Estados Unidos donde radica desde 1979.

Dos poemas de Belkis Cuza Malé. / Miguel Iturria Savón

Imágenes de Belkis Cuza Malé

Les presento a Belkis Cuza Malé, poeta, periodista y pintora nacida en Guantánamo en 1942. Estudio en la Universidad de Oriente y en la Universidad de La Habana donde se licenció en Letras. Es autora de los poemarios El viento en la pared y Los alucinados, editados en 1962; Tiempo del sol (1963), Cartas a Anna Frank (1963) y Juego de damas (1968), que recibieron Mención en el Concurso Casa de las Américas, la cual publicó y censuró en 1971 su Juego de damas, sumándose al aquelarre político contra la artista y su marido, el poeta, periodista y profesor Heberto Padilla (1932-2000), cuya fama planea aún sobre Belkis.   

Aquella joven atravesó su viacrucis creativo en circunstancias extremas. De 1965 al 67 escribió en los diarios Hoy y Granma, de donde la echaron por sospechas ideológicas. Ese año se unió al irreverente Heberto Padilla con quien tuvo un hijo; el 20 de marzo de 1971 ambos fueron detenidos por “actividades subversivas” tras la lectura por parte de Norberto del poemario Provocaciones en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, que premió y censuró al autor de Fuera de juego (1968), convertido en referente intelectual fuera de la isla al ser sometido a la Autocrítica Pública por las instituciones de la satrapía roja del Caribe. Belkis partió al exilio en 1979, Norberto en 1980 gracias a la mediación del senador estadounidense Edward Kennedy.

Hay muchas flores, luz, color y amor en la pintura y en la poesía de Belkis Cuza Malé quien siguió escribiendo en el exilio, fue editora y fundó en Princeton, en 1982, la revista Linden Lane Magazine, especializada en literatura y arte cubanos. Un lustro después creó el centro cultural La Casa Azul , en Fort Worth, Texas. Además de publicar Woman on the Front Lines, edición bilingüe con selecciones de Juego de damas y El patio de mi casa (título provisional del poemario La otra mejilla), editado por Unicorn Press (1987); Elvis: La tumba sin sosiego o La verdadera historia de Jon Burrows, testimonio, E. Press, 1994 ; Los poemas de la mujer de Lot -Linden Lane Press, 2011-, El clavel y la rosa: biografía de Juana Borrero (Cultura Hispánica, Madrid, 1984), la novela Lagarto, lagarto, y la antología Heberto Padilla. Puerta de golpe, ambas en 2013 por Linden Lane Press.

Nada mejor que conocer a los poetas por sus versos. Os invito a leer dos poemas de Belkis Cuza Malé: “Niñez” y “La Patria de mi madre». 

Niñez

Cuando fui una niña
salía a la calle
a soñar despierta,
jugaba a la rueda,
detestaba el parque,
me dormía sentada en la puerta.
Quería que el mundo
de verde, de tul,
de azul, de cerezas
tiñera, vistiera
su palidez muerta.
Me dolía que la gente
no quisiera
a los perros,
a los conejos,
a los gatos.
Los veía tiernos,
hambrientos,
juguetes humanos.
Y nadie quería
que los guardara en mi patio.
Ver lindas
alas de mariposas,
dejarlas volar,
dejarlas que jueguen
también con nosotras.
Coger florecillas
silvestres y raras.
¡Y pensar que ser niño
dura lo que una mañana!

La Patria de mi madre

Mi madre decía siempre
que la patria era cualquier sitio,
preferiblemente el sitio de la muerte.
Por eso compró la tierra más árida
y el paisaje más triste
y la yerba más seca,
y junto al árbol infeliz
comenzó a levantar su patria.
La construía a pedazos
(un día una pared, otro día el techo,
y, a ratos, huecos para dejar colar el aire).
Mi casa es mi patria -decía-
y yo la veía cerrar los ojos
como una muchacha llena de ilusión
mientras escogía, de nuevo, a tientas,
el sitio de la muerte.

Ruido de piedras. / Miguel Iturria Savón

Desde hace una década escucho a menudo palabras sonoras como menjar, paella, fideguá, finestra, pacarrer, pacaban, pollastre, pucha y otras que proceden del español, el italiano y el francés. Yo entendía el 60 o el 70 % de los vocablos, más un 10% por asociación, lo que unido a mi desinterés equivalía al silencio. A veces algún hablante percibía mi presencia y preguntaba: “¿tú entiendes el valenciá?”. Más o menos, nos os preocupéis, seguid, les respondía.  

Todos hablan el español, pero se sienten cómodos con las voces aprendidas en casa o en la escuela y santificadas por los nacionalistas; algunos la estudian para obtener plaza en la administración pública o en la enseñanza, pues las élites de Barcelona, Baleares y Valencia usan la lengua regional -y cooficial- con sentido político, al igual que en las provincias gallegas y vascas, donde la exaltación del vascuense acuña el matonismo de ETA y el ruido de piedras de sus socios nacionalistas, socialistas y comunistas.

Al principio me gustaba el euskera, quizás por mi padre, que nació en Navarra y murió en Bilbao, o por ser una lengua onomatopéyica ajena al latin. Saboreaba también vocablos con olor a huerta mediterránea y hasta decía bona nit en vez de buenas noches o good night; más no comparto la superstición identitaria ni el tribalismo en nombre de lenguas que enmascaran planes contra la convivencia democrática.

Toda lengua es respetable. Cada cual se comunica en los idiomas que aprende. En México, por ejemplo, además del español, hablan 271 lenguas autóctonas. Nadie discrimina al español desde México hasta Chile o Argentina. En España, sin embargo, a muchos españoles adoctrinados se les atraganta la lengua de su país, pese a ser el tercer idioma más hablado en el mundo, tras el mandarín y el inglés, seguidos por el francés, el alemán, el ruso, el portugués…

Leer, viajar, pensar… / Miguel Iturria Savón

Escultura El viajero, estación de trenes de Atocha, Madrid.

A falta de algo mejor, he hojeado mis libros, no los publicados, sino los que siguen en el ordenador esperando la luz, cual críos en el vientre materno, ávidos por el concurso o la editorial que le extienda el boleto para transitar entre lectores, sus destinatarios. Sé que cada libro tiene su momento, como la increíble ventura de la existencia individual, tan única como “la increíble insignificancia y falta de importancia de la existencia individual, única”, según Kertész.

Es preferible leer, pensar y viajar que visualizar las series de Netflix y los esquizoides telediarios de cadenas que infantilizan a la población con titulares sobre vidas ajenas, el cambio climático y la guerra mediática y sanitaria en torno a un Virus universal con picos, olas, bozal, vacunas y prohibiciones; la guerra por otros miedos: el miedo como arma de control que nos deja sin alma ni libertad para viajar o expresarnos.

Los grandes poderes contra la libertad de movimiento y de expresión, el borreguismo programado con su repertorio de tópicos y frases hechas, coreadas como mantras para adocenar a la masa y descalificar a quienes no creemos en los Guardianes de la Fe, tan global que induce a muchos a comprar su Pasaporte Progre con Visas de Igualdad, Feminismo, Libertad, Solidaridad y otros vocablos de la neolengua política que enmascara la dictadura ideológica del tipo humano más vil.

Pero vuelvo a los libros y pienso en mi poemario inédito Prisionero del límite y en los cuadernos Retrato hablado, La tribu y otros relatos y Tanatorios de insectos, todos en el vientre del ordenador, listos para el despegue. A saber… Y los viajes esperan por el inacabable Cuento chino. ¿Cómo viajar disfrazado como asaltadores de banco, con máscara y entre gentes con miedo y bozal?

Mientras tanto, leo los relatos de Oil on Canvas, el “Encuentro con el paje de la muerte” y la novela La casa del Alibi, todos de Gina Picart Baluja, una artista de prosa poética e intensidad dramática, ajena al canon realista y a la perenne inmediatez de los mortales.

Leer a Kertész y tropezar con la misma piedra. / Miguel Iturria Savón.


Algunos libros de Imre Kertész

Cuando en el 2002 le otorgan el Premio Nobel de Literatura a Imre Kertész, el Tribunal de la Academia Sueca expresó a modo de resumen: “por una redacción que confirma la experiencia frágil del individuo contra la arbitrariedad bárbara de la Historia”.

Esa “arbitrariedad de la Historia” estuvo en las propias circunstancias vitales de Imre Kertész (Budapest, 1929-2016), quien sobrevivió a los campos de concentración de Auschwitz y Buchenwald a donde fue deportado a los catorce años por su origen judío; al regresar a Hungría en 1945 vive otra experiencia totalitaria, el socialismo impuesto por las tropas de ocupación rusas; no obstante concluye sus estudios, incursiona en el periodismo y escribe piezas teatrales y guiones cinematográficos, mientras sobrevive como traductor, entre la censura y la vigilancia policial.

Desde su primer libro –Sin destino, 1975- la prosa de Kertész planea sobre inquietudes éticas generadas por las sombras del totalitarismo. Entre sus obras destacan Fiasco (1988), Kaddish por el hijo no nacido (1990), La bandera inglesa (1991), Diario de la galera (1992), Yo, otro (1997), Liquidación (2003), Un relato policíaco (2005) y Dossier K, todas traducidas y publicadas en España por Acantilado entre 2001 y 2007.  

La sarna del nazismo y del socialismo, que no es lo mismo pero son casi idénticos, abruma a muchos lectores, pero quien las padece no suele olvidarlas, sino recrearlas con ingenio. Es el caso de Kertész, aunque su estilo no es catatónico ni didáctico al respecto. Así, por ejemplo, en su novela Sin destino, aborda como un testigo desapasionado, con objetividad y distancia irónica el año y medio de su adolescencia en los campos de concentración nazis. “Muestra en su historia la hiriente realidad de los campos de exterminio en sus efectos más perversos: aquellos que confunden justicia y humillación arbitraria, y la cotidianidad más inhumana con una forma aberrante de felicidad”. Quizás por esa distancia irónica y por la excelencia literaria Sin destino impacta e influye en el lector.

Uno de sus últimos libros, El espectador: apuntes (1991-2001) y los diarios de Imre Kértész, publicados en diversos volúmenes por Acantilado, comprenden medio siglo de una vida asombrosa y ofrecen un íntimo relato del pensamiento y de la obra del escritor. A Diario de la galera (2004), el desgarrador testimonio de tres décadas de aislamiento en la Hungría socialista -1961 y 1991-; les siguen La última posada (2016), que hilvana sus apuntes de 2001 a 2009, cuando le diagnostican la enfermedad que sufrió hasta su muerte; El espectador reúne sus notas y reflexiona en torno a la última etapa vital, examina el cambio de régimen político tras la disolución de la URSS y el papel de intelectual público asumido por su creciente popularidad. Pasan los años y el creador repasa y se despide de las personas queridas, penetra en la soledad y se desliga de anhelos previos al adiós.

En Diario de la galera nos dice:

“A falta de algo mejor, he hojeado mis diarios. Mi vida es una novela peculiar. Hay una indudable coherencia. Por otra parte, si bien estos apuntes revelan una forma de vida bastante digna de atención en medio del derrumbamiento centroeuropeo, precisamente las circunstancias centroeuropeas los inutilizan totalmente como documento de una forma de vida merecedora de atención: resultan inútiles porque no sirven (no pueden ni quieren servir) de consuelo para seguir”. 

Y agrega con la lucidez y equidistancia:

“Hay que comprender dos cosas al mismo tiempo: la increíble importancia y significancia de la existencia individual, única, así como la increíble insignificancia y falta de importancia de la existencia individual, única”.

En Yo, otro, Kertész pregunta “¿Es el yo algo inamovible, o está sujeto al cambio? ¿Es quizás un fluir constante? Las respuestas son, en cierta medida, el viaje existencial a través de ciudades europeas que se transforman y afectan al individuo en su interior. Esa búsqueda del yo interior de quien padeció el nazismo, el stalinismo y el kadarismo (por János Kádar, Primer Ministro y líder del Partido Socialista Obrero Húngaro) quizás sea una pérdida o el intento de comprensión de los cambios padecidos tras sus vivencias y sufrimientos. El intento es válido pues “nos guía, a través de las grandes voces de la literatura y el pensamiento occidental, por la historicidad del yo desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días”.

El espectador es una trilogía muy reseñada, calificada de páginas magistrales, llenas de desgarro y escepticismo, de aliento ético y poético. Es el último esfuerzo artístico de un escritor enfermo que escribe un testimonio visceral y a veces perturbador de sus experiencias, y de la lucha del ser humano por la dignidad en circunstancias extremas. “Kertész transforma así la crónica de su “antesala de la muerte” en una obra de una sinceridad radical y una lucidez abrumadora, con la escritura siempre en el horizonte, como justificación de su existencia”. 

Mientras en Kaddish por el hijo no nacido, el tema es tan íntimo como objetivo y desgarrador, un autoanálisis brutal conectado a traumas sociales. El hombre que habla de sí mismo, confesión que apunta a lo colectivo. “La historia colectiva toma a menudo en lo individual y sus sufrimientos valor de ejemplo”.

En uno de esos diarios afirma:  

“Los principios actuales del poder muestran a las claras que quien ha sobrevivido es el peor de los tipos; así como, según dicen, las bacterias y los seres vivos más bajos sobrevivirán cualquier catástrofe natural que aguarda al hombre, también los sobrevivientes de la sociedad provienen del tipo humano más vil y más indigno que se asegura luego su conservación mediante la contraselección”.

Y observa la mediocridad intelectual:

“Da la impresión de que una mayoría decisiva de los intelectuales… quieren la dictadura ideológica. Nunca he visto con tal nitidez y simplicidad el porqué. La lógica funciona mediante una contraselección, y toda existencia mediocre o incluso de capacidad inferior a la media le supone una garantía de supervivencia segura.”  

¿La guerra por otros miedos? / Miguel Iturria Savón

¿Alguien imagina un faro en la cima de una montaña? No, pues los faros suelen estar en un acantilado agreste para orientar a los barcos que cruzan bahías, fiordos y costas peligrosas. ¿Alguien ha visto molinos de viento en las costas? No, aunque algunas islas griegas exhiben esos artilugios antiguos. Los molinos de viento son comunes en la llanura de la Mancha donde Don Quijote los confundió con gigantes. Hay, sin embargo, artefactos eólicos, altos y blancos, en planicies y montañas de España; no son exclusivos del entorno rural de Hispania ni instrumentos de ficción especulativa.   

¿Alguien ha leído Utopía?, escrita en 1516 por el inglés Thomas More, al cual Erasmo de Rotterdam le dedicó el Elogio de la locura. Por su origen griego la palabra utopía se asocia con “buen lugar”, inversa al vocablo distopía, igual a “mal lugar”. Pero, Groenlandia, el Sahara y otros espacios nevados o desérticos del planeta Tierra no son buenos lugares para vivir pese a  estar habitados.  

La Utopía de Tomás Moro recrea una isla hipotética, un “no lugar”, irreal y ficticio, con un sistema político, legal y social perfecto según el imaginativo noble inglés, quien fue plagiado por Saint Simon y otros socialistas utópicos, y luego por el distópico Karl Marx, propagador del sistema social instrumentado por sus partidarios en Rusia, China y una isla del Caribe.   

Si la Utopía es un mundo ideal con seres iguales, seguros y asegurados por el trabajo, la salud y otros bienes garantizados por el Gobierno; la distopía desborda ese ámbito de apariencias, no porque desdeñe lo estático y lo homogéneo, sino porque novela un mundo imperfecto con brechas sociales, gobierno opresivo, censura,  vigilancia y prohibiciones.

Moro fue lector de Platón, aquel filósofo griego que escribió La República, donde narró una sociedad perfecta y utópica. Al género utópico de Moro se inscriben, por ejemplo, Una utopía moderna (1905), del inglés H.G Wells; El fin de la infancia (1953), de Arthur C. Clarke; La isla (1962), de Aldous Huxley, quien en 1932 publicó la distópica Un mundo feliz, antecesora, entre otras, de Nunca me abandones, del narrador anglo japonés Kasuo Ishiguro, distinguido con el Premio Nobel de Literatura.

La lista es tan ingente como el imaginario distópico de escritores, pintores, cineastas y productores de series audiovisuales atraídos por mundos raros y ensueños felices o monstruosos.

Las historias distópicas se inspiran en conflictos y desafíos que alteran la dinámica de un país o una región. Casi nadie asocia a Jack London, autor de Colmillo blanco, El lobo de mar y La llamada de la selva, con el género distópico, en el cual clasifica su memorable La peste escarlata y otros relatos de ciencia ficción, tan apocalípticos y angustiantes que no es posible leerlos de un tirón.

Las novelas Nosotros (1924), de Yevgueni Zamiatin; 1984 y Rebelión en la granja, de George Orwell; Fahrenheit 451, de Ray Bradbury; El cuento de la criada (1985), de Margaret Atwood; Los juegos del hambre, de Suzanne Collins y otras visiones apocalípticas, algunas llevadas al cine o a series de televisión como Black Mirror.

¿Pero por qué hablo de un tema tan literario? Quizás porque a  principios del siglo XXI la realidad empequeñece a la ficción y decenas de gobiernos decretaron estados de alarma en torno a un Virus, un virus entre los virus, pero usado como arma de parálisis social. ¿La guerra por otros miedos?

¿Alguien imaginó a millones de personas varados en aeropuertos? ¿Alguien supuso a medio mundo caminando con mascarillas? ¿Alguien imaginó los partidos de fútbol o de baseboll sin público, ciudades sin discotecas, cines, teatros, festivales de música; Semanas Santas sin procesiones, playas sin bañistas, gobiernos sin oposición? ¿El planeta silenciado por el miedo?

Centenario de Astor Piazzolla. / Miguel Iturria Savón

Pocos genios de la música han sido tan denostados como Astor Piazzolla Manetti (Mar del Plata, 1921-Buenos Aires, 1992), quien arriba a su primer centenario de vida con homenajes en Argentina y otros países. El bandoneonista, compositor y arreglista renovó el tango con elementos del jazz y la música clásica; fue un virtuoso que vivió en New York y viajó por Europa donde estudió armonía, música clásica y contemporánea, evidente en sus aportes al ritmo, el timbre y la armonía de un género cuyos cultores tradicionales parecían hundirse en la nostalgia, el dolor y el desarraigo de cantores y orquestas.

Piazzolla no fue un snob irrespetuoso que compuso piezas híbridas de armonías disonantes, sino un artista sensible y febril de enorme talento y cultura musical, ajeno a compadritos, farolitos, esquinas de barrios bajos y otros tópicos recreados por los cantores de tangos y repetidos hasta el hastío después de Carlos Gardel, con quien tocó y actuó en uno de sus filmes siendo un adolescente.

“Vas a ser algo grande, pibe, te lo digo yo. Pero el tango lo tocás como un gallego”, le dijo Carlos Gardel en Manhattan al “canillita” de su filme El día que me quieras. Y fue profético. No imaginó, por supuesto, los tangos sinfónicos de aquel chico que triunfaría a pesar de los tangueros.

No voy a reseñar la vida y la carrera musical del gran Astor Piazzolla, sus maestros, influencias, composiciones y orquestas, pues ha sido redimido por jazzistas, interpretes de tango, de rock y cineastas -compuso decenas de piezas para el cine-, además de críticos, poetas y productores que lo consideran entre los músicos argentinos de mayor influencia internacional.

Ángel Pérez Cuza, ¿escritor del sur? / Miguel Iturria Savón

Ángel Pérez Cuza nació en 1955 en Guantánamo, ciudad y capital homónima del sudeste de Cuba, pero reside y ejerce como profesor de matemática en La Habana donde escribe crónicas y reseñas literarias en su blog. Entre sus libros aún circulan la novela Delito mayor y los cuadernos de relatos Ternera macho y otros absurdos y Anita y las cinco gordas, difundidos en España por Ediciones Espuela de Plata en 2005, 2007 y 2009. La Habana es el escenario esencial de su novela, en sus cuentos gravita lo rural, el mundo arcaico con acento paródico, un road movie con personajes que bordean el folklor y las tradiciones de la zona oriental de Cuba.   

Hay que tener talento, cultura asociativa, sensibilidad, agudeza y sentido del humor para escribir una obra como Delito mayor, cuyo centro estructural es La Habana, eje de aquella isla a la deriva entre 1990 y 2005, cuando la crisis devastó casi todo y la corrupción, el éxodo masivo y la represión sortearon la caída. Es difícil novelar con vigor y aparente sencillez expresiva la travesía cotidiana del personaje y la red de funcionarios y seres marginales que brotan en esta fantasía onírica que atrapa por igual al protagonista y su familia, a los vecinos, amigos y colegas de trabajo que pactan para subsistir en circunstancias adversas.

Como advierte el editor, Delito mayor “es la novela de un hombre que sueña para escapar de las angustiosas condiciones de su vida cotidiana. Las peripecias picarescas que realiza en el ambiente corrupto en que sobrevive lo llevan a buscar soluciones permanentes desesperadas, percibiendo la pobreza y la corrupción, su medio natural, como detalles del entorno, simple utilería de un escenario en que transcurren sus sueños. Pero sueña más de lo que supone, y debe pagar, como todos los que han cometido el delito mayor del hombre”.  

Si filmáramos Delito mayor, el guión adaptaría los sueños diarios del protagonista -Jorge Luis Falcón- con imágenes de su mísera vida y breves diálogos con personajes de su entorno real. En el primer plano un hombre pedalea al amanecer sobre la bicicleta, cruza ensimismado la ciudad hasta el almacén donde trabaja, la cámara lo sigue al bajarse, muestra a quienes saluda, la oficina con papeles dispersos, las naves de metal con mercancías, el timbre que suena… En los paneos sucesivos Falcón retorna abstraído, mira al asfalto e imagina escenas de una película, una mansión, la cárcel; al llegar al edificio sube la escalera con la bici al hombro, besa a la mujer y a los niños, limpia la jaula de los pollos y les echa pienso, después se ducha y, al cenar, los sorprende el apagón. En otras escenas, el protagonista visita en la cafetería del barrio a la amante negra que le ofrece ron y comida; es testigo del registro policial en la casa del vecino enriquecido; visita al Jefe de la empresa en su lujoso piso de la playa y acepta irse al Campamento del Plan alimentario (agrícola) donde todos trapichean al igual que en la gasolinera de Miramar, su nuevo empleo. Al final, la cámara recrea fragmentos de la última peripecia de Falcón: la construcción de la balsa y la trágica travesía marítima hacia la Florida, ¿real o soñada?  

“Sueña el que a medrar empieza, sueña el que afana y pretende”, evoca Falcón y pensamos en La vida es sueño, El gran teatro del mundo y otros dramas de Calderón de la Barca (Madrid, 1600-1681) manejados con originalidad por el imaginativo escritor cubano que explora los problemas sin ofrecer solución, quizás porque sabe, como Henry Beyle (Stendhal), que “Las novelas son espejos que pasean por la vía pública y reflejan tanto el purísimo azul del cielo, como el cieno de los lodazales de la calle”. 

El asombro, lo paradójico y alegorías que infieren hechos o tuercen realidades desde la fantasía componen la treintena de textos de Ternera macho y otros absurdos, un muestrario que deleita al lector e “invita a pensar en un mundo que es exótico para algunos e imposible para otros. Un mundo… con moralejas erróneas” y preguntas paródicas: “¿Puede un buey ser preñado? ¿Regresarían en masa los balseros? ¿Hasta dónde llega la fidelidad de un individuo maltratado por su señor?”

En Anita y las cinco gordas reúne varios relatos centrados en el reencuentro familiar de cuatro hermanas en el caserío del cual partieron para mejorar sus vidas. Como en algunos filmes cubanos de los años noventa, al retornar a la ciudad, la travesía deviene en odisea de carreteras. Brillan por su estructura, ritmo narrativo y sentido paródico los relatos “El Santo de San Luis”, “El hombre que viajaba demasiado”, “Matavacas” y las tres “Historias del Botero”. Según el editor, “Anita y las cinco gordas es una aproximación a los temas que han marcado la vida de muchos cubanos y conforman la peculiar idiosincrasia que les permite sobrevivir con dignidad en medio de las ruinas de sus sueños”.

Ángel Pérez Cuza tiene más libros inéditos que publicados en su país, quizás por ser un “electrón libre” y vivir al margen del monopolio cultural cubense. Tal vez por eso el blog es su “prueba de vida” y narra en sus post las angustias y ensueños de ese “pueblo virtual que parece un juego de la Deuda Eterna”. Ángel dispara a la inmediatez en “Clima e información”, de valor ensayístico, sobre el Calentamiento Global y la IPCC-Al Gore, cuestionada por científicos por ser “un grupo político que solo financia los proyectos que apoyan sus posiciones”; en “Rojo y negro” usa al mítico personaje de Stendhal al glosar la corrupción y los muertos por frío e inanición en el hospital siquiátrico de La Habana. El blog, bien, pero mejor sus libros, clic mediante en Internet.