Un libro de Gandhi. / Miguel Iturria Savón

Cada vez que veo imágenes de la India pienso en Mahatma Gandhi quien experimentó el milagro de la unidad en ese país asiático lleno de sectas, dioses, castas, cismas y antagonismos raciales, lingüísticos, religiosos y políticos. Tras el asesinato de Gandhi por terroristas islámicos de Pakistán, la India siguió su cauce, quizás en peor que durante el dominio inglés, culturalmente superior a los ocupantes musulmanes, mongoles, persas y marathas, franceses y portugueses. Los ingleses crearon la red de ferrocarriles, la extracción de petróleo y otros minerales, las plantaciones de algodón, promovieron la banca y asociaciones para anular la quema de las viudas, los suicidios rituales y demás costumbres del sistema de castas instaurado por brahmanes y marajás contra millones de parias, moviendo los estamentos sociales, el comercio, la industria y la enseñanza, lo cual, paradójicamente, fue fuente de inquietudes y revueltas entre los nativos enriquecidos, ávidos por gestionar a la India para su provecho.

Setenta años después de la independencia, la India sigue siendo un conglomerado de razas con millones de parias, miles de dioses, más de cien lenguas y rituales tan espirituales como absurdos, mientras los marajás viven como reyes, las niñas son obligadas a casarse y el 70% de la población carece de agua, baño, alimentos y otros servicios básicos. ¿Qué pasó entonces con el rico legado del sabio Mahatma Gandhi?

No bastan profetas, apóstoles ni sabios como Gandhi para transformar a una nación de más de tres millones de kilómetros cuadrados y más de mil doscientos millones de habitantes atrapados en culturas milenarias, guerras y circunstancias socioeconómicas adversas. Gandhi fue un líder convertido en mito, un héroe no violento con un arsenal espiritual que vibra en el panteón de la ética del siglo XX. Su pensamiento resuena y fascina en Occidente y en quienes van a la India “en busca de elementos misteriosos entre los encantadores de serpientes y los faquires o en los secretos ritos de los brahmanes”.

Releo Quien sigue el camino no tropieza. Palabras a un amigo, de Mahatma Gandhi, editado por Sal Terrae, en Santander (1998) y reeditado después en otras ciudades de España. El libro recopila las frases dichas por MG a Hingorani entre 1944 y 1946. Es, por supuesto, un homenaje al hombre que “levantó la obra de su vida sobre una máxima: la unidad ente pensamiento, palabra y acción”.

Se lee bien porque son pensamientos sencillos y agudos sobre la vida diaria, nutridos de la experiencia. Abordan temas como la no violencia, la verdad, el autoconocimiento, la paciencia, las pasiones, la humildad y otros de quien “no adoptó a ciegas las tradiciones hindúes” y “fue un protestante de su religión” al desechar la asistencia al templo, los ritos y la veneración de imágenes.

Contiene frases obvias: “Donde brilla el sol también hay sombras…, la mentira destruye el alma; la verdad fortalece…, superstición y verdad no van juntas; un ser humano sin ideal es como un barco sin timonel, la fe es el sol de la vida, la religión no es algo aparte de la vida”, etc. Otras de mayor calado filosófico y social: “Tener buenos pensamientos es una cosa; obrar de acuerdo con ellos, otra”, “La no violencia se ve sometida a prueba cuando se encuentra frente a la violencia. La no violencia se caracteriza por una falta total de odio”. O éticos y espirituales: “El egoísmo es un constante suplicio; el miedo solo desaparece con la extinción del yo; la verdadera alegría está en la renuncia; el silencio es el mejor discurso; Dios es uno y no tiene figura ni forma. Nosotros somos su espejo”.

De mayor sentido practico para los desafíos reales de la India resulta esta máxima de Gandhi: “El pasado nos pertenece, pero nosotros no pertenecemos al pasado. Pertenecemos al presente…, preparamos el futuro, pero tampoco pertenecemos al futuro”.

Cualquier libro de o sobre Mahatma Gandhi, Nelson Mandela, Ortega y Gasset u otros referentes del pensamiento siglo XX suelen ser atractivos, pero ninguno es ni será un catálogo de soluciones para la praxis de sus respectivos países. Basta mirar a la India o Sudáfrica para intuir que el maravilloso legado ético, filosófico o espiritual de los mesías no sustituye la evolución social, económica y espiritual de las personas y las naciones.      

Kafka y Sancho Panza. Miguel Iturria Savón

Releo los cuentos de Franz Kafka, el famoso escritor checo de origen judío que escribió en alemán pese a nacer en Praga en 1883, lo cual parece contradictorio pero es cuestión de lengua y cultura; en Austria, donde murió a los 41 años, también se habla alemán.

Kafka vivió poco pero escribió mucho y es uno de los escritores más influyentes de la literatura universal, quizás al nivel de los geniales William Shakespeare, Miguel de Cervantes, Balzac, Dostoievski, Chejov o Marcel Proust; tal vez porque sus temas y arquetipos humanos apresan y expresan la caótica y opresiva realidad de principios del siglo XX, signada por la Primera Guerra Mundial y el triunfo de la Revolución rusa de 1917, además de sus dilemas existenciales y familiares: el padre autoritario que le exigió doctorarse en leyes, sus empleos en oficinas lúgubres, evidente en “La metamorfosis” y en las profusas cartas al padre, a Felice, a Milena y a otras mujeres, parientes y amigos como Max Brod, quien publicó las novelas inconclusas de Franz Kafka –América, El proceso, El Castillo,- y decenas de relatos que el autor destinó al fuego.

Al igual que Proust, Albert Camus, J.L Borges y otros literatos célebres, Kafka es más citado que leído. Sus novelas -breves e inconclusas, inauditas y proteicas- fueron llevadas al cine y traducidas y reeditadas en casi todas las lenguas. ¿Quién no recuerda al personaje que amanece convertido en un insecto enorme? O al agrimensor que gestiona en vano el puesto asignado en un castillo que controla una comarca.

No voy a glosar la obra literaria de Franz Kafka, pues el creador enroscado en ese mundo gris subyugado por mecanismos burocráticos absurdos ha sido estudiado por críticos e historiadores de diversos países. Además, existen la Fundación, el Museo, varias cátedras y el Premio Franz Kafka. Pero como releo sus libros de cuentos –Contemplación, Un médico rural y Microficciones-, apenas conocidos pero deleitables, los invito a detenerse en algunos de ellos, del primero: “El paseo repentino” y “El pasajero”, del segundo: “Un médico rural”, “Un folio viejo”, “Ante la ley” y “Chacales y árabes”, y del tercero: “Prometeo” y “La verdad sobre Sancho Panza”. Les copio el último. Leed y pensar en este Sancho kafkiano, gracias.

“La verdad sobre Sancho Panza”, de Franz Kafka.

Sancho Panza, quien por cierto nunca se jactó de serlo, logró con el paso de los años, aprovechando las tardes y las noches, alejar de sí a su demonio -al que más adelante dio el nombre de Don Quijote- por el método de proporcionarle gran cantidad de libros de caballerías y novelas de bandoleros, hasta el punto de que aquel, desenfrenado, se vio llevando a término las acciones más demenciales, aunque sin causar daño a nadie, gracias precisamente a la ausencia de objetivo predeterminado, que hubiera debido ser Sancho Panza. A pesar de ser un hombre libre, Sancho Panza decidió, quizá por culpa de cierto sentido de la responsabilidad, seguir plácidamente a Don Quijote en sus tropelías, y disfrutó de esta manera, hasta el fin de su vida, de un provechoso entretenimiento.

  

Luz es Luz Casal. / Miguel Iturria Savón

Luz Casal, imagen de uno de sus discos.

Luz es light, es luce, lumiére, licht, cbet. Luz rima con uz, cruz, contraluz, avestruz… Luz es luna sobre el escenario. Luz es la voz de contralto María Luz Casal Paz, la Luz Casal del pop-rock español, pasional, intensa, magnética, susurrante, segura…

Luz Casal gravita en el pentagrama emotivo de sus grandes, pequeños y medianos éxitos. Luz pide un beso que dure toda la noche, un beso y un nuevo día para quedarse en los recuerdos aunque no le importa nada, pero piensa en mí -en sus amantes- desde Santiago hasta París, plantada en su cabeza, excitada y obsesiva como un estigma.

Luz guarda palabras que desnudan el invierno. Y no aguanta más, pero besa el suelo y pide que la quieran tras un día marrón porque “el amor es un misterio que importa solo a dos”. Luz canta en ritmo de fado a la Negra sombra. Y vuelve, entre mis recuerdos –sus recuerdos- a la pena que cae sobre el día sin presa, nostalgia de inocencia en el amanecer. Más no le importa nada y despierta donde la luz y el fuego son parte del mismo color.

No te vayas, suplica. Pueden ser tantas cosas. Ecos. A veces un cielo o el bosque animado. ¿Quién sabe?

Luz es light, es luce, lumiére, licht, cbet. Luz rima con uz, cruz, contraluz, avestruz… Luz es luna sobre el escenario. Luz es la voz de Luz Casal, la Dama del pop-rock español, pasional, intensa, magnética, susurrante, auténtica, inolvidable en sus discos, escenarios y silencios.

Veganos y difuntos. / Miguel Iturria Savón

Imagen del Museo de los seres humanos.

Ví en la televisión a unos veganos canadienses que paraban a camiones cargados de vacas destinadas al matadero, los chicos subían a darles “el último adiós” y sensibilizarse con la “desdicha de morir” para satisfacer a los consumidores de carne, como si muchísimos animales no se mataran entre sí o consumieran hierbas y árboles. El audiovisual, colgado primero en las redes sociales, forma parte de una campaña sobre la protección y los derechos de los animales, un tema tan válido como exagerado pues los humanos conviven con los animales desde tiempo inmemorial.

No discutiré la legitimidad de veganos, vegetarianos y omnívoros; hay mucha bibliografía al respecto, además, todo vale en la postmodernidad por lo cual dudo de los Gurús y los Guardianes de la Fé, la Ética y lo políticamente correcto. Hay tantas imágenes y razones en las redes como postureo, filias, fobias, banderías y noticias falsas.

Ví y leí después un audiovisual sobre la Exposición “Bodies”, inaugurada en un Museo de Madrid, donde los asistentes pueden ver músculos, nervios, arterias y cuerpos humanos sometidos a una técnica que los “conserva” plastificados. El fin es didáctico, macabro e impresionista, quizás por los tabúes creados en torno a la muerte; hay una cultura de la muerte que nace de las costumbres y las religiones e incluye rituales, ceremonias y soportes materiales -túmulos, cementerios, crematorios, etc-.

Más impresionante aún es el Museo de los seres humanos, creado en Berlín por Gunter von Hagens, alias el “Doctor Muerte”, quien preserva y exhibe de forma inalterados a una veintena de cuerpos y 200 órganos de personas difuntas. Hagens usa la técnica de plastinación e infiere lo complejo y vulnerable del ser humano, sin prejuicios ni sentimentalismos.

No sigo pero les dejo una imagen e invito a leer, visualizar y reflexionar sobre veganos, animalistas y difuntos.

 

 

Un brindis por Cuba. / Miguel Iturria Savón

Apenas pienso al escribir si estoy inspirado, pero si intento exponer un tema abordado antes y lleno de tópicos y vaguedades, me resulta ríspido y difícil. Cuba, por ejemplo, es poco digerible para mí por haber escrito decenas de artículos sobre aquella isla anclada en el tiempo y sin noticias de interés, salvo los efluvios hipnóticos de su vieja dictadura: derrumbes, represión, carencias, desfiles, censura, promesas, éxodos… Lo mismo una y otra vez, como si no pasara nada y el absurdo cotidiano y sus máscaras sellaran la nota, el tono y la frecuencia.

En días navideños, al despedir el año entre amigos y parientes que acompañan la última cena con copas de vino y ramos de uvas, solemos pensar o llamar a los seres entrañables que siguen en la isla amurallada. Entonces duele, hiere y asusta la política del adiós y la realidad paralela. Cuba duele y abruma porque la vida no es lo que soñamos, la realidad no es la ficción que cada cual elige, ni el haz de historias que manan en nuestro entorno. Cualquier sociedad es más compleja que el relato trágico, heroico, cómico o esperpéntico ofrecido por un partido, una ideología o un gobierno.

Pienso en el lógico el hastío de los reporteros independientes de aquel país inmerso en la opresión mitificada por las banderías revolucionarias. Si hasta la belleza cansa, ¿cómo no van a cansarse quienes viven y escriben en un entorno abúlico?

Cansa escuchar las sesiones del Parlamento que no parla pero vota por unanimidad las decisiones del Gobierno, los tribunales que reciben órdenes antes de dictar sentencias, los generales endiosados, los policías corruptos, los funcionarios obedientes. Hieden las calles llenas de basura, los hospitales bombardeados por la desidia, las zanjas y desechos que adornan el paisaje urbano de la capital y otros pueblos.

Fastidia la elocuencia de la opresión, la carencia de transporte público que obliga a esperar o caminar. Hiere la espera sin esperanza. Irritan los telediarios que presentan los sucesos del mundo como una pesadilla y los problemas de Cuba como secuela de supuestas agresiones enemigas. Hieden la mendicidad planeada desde palacio, los locos y ancianos que hurgan en la basura, las calles rotas y los edificios en ruina.

Incomoda el culto a los “héroes” y la obstinación utópica del grupo de ancianos asidos al pasado para eternizar congojas y encerrar a las voces críticas, ajenas a los espejismos de esa cotidianidad sin opciones que estimula éxodos y fugas.

Esa Cuba de paranoide inducida cansa por la desmesura de sus mitos y el paternalismo diseñado para urdir la madeja del horror. Hay restricciones y decepciones que provocan llantos, gritos e indiferencias, pero nada es eterno, allí también sale el Sol al amanecer y la Luna al anochecer.

Habrá que empujar la carreta para que el próximo año se lleve la espesura de tanta hojarasca cubana y desacralice el servilismo y la inútil gravedad que atenaza a millones de personas en aquella isla del Caribe. ¡Brindemos por el fin de la Castradura!

 

Contracastro vs contra Alcides. / Miguel Iturria Savón

La novela Contracastro, de Rafael Alcides, editada por Eriginal Books y presentada en la Feria del Libro de Miami, circula medio siglo después de recibir Mención en el Concurso Casa de las Américas de 1965, declarado desierto por razones extraliterarias, es decir, por sutileza editorial en aquella isla erosionada por confiscaciones, desfiles, discursos, censura y otras expresiones del terror revolucionario. La obra, sin embargo, relata una historia de amor entre personajes exiliados tras involucrarse en sucesos recientes contra el régimen de Castro. El título -conciso e irreverente- y el intento por ficcional la realidad asustaron a los comisarios culturales quienes desecharon la edición.

Rafael Alcides escribió y publicó varios poemarios, novelas y crónicas antes de reescribir Contracastro cuya edición póstuma constituye un “testamento ético y político” del autor, aún censurado en Cuba donde la Aduana descomisó los ejemplares enviados a Luz Escobar, periodista del diario independiente 14ymedio.com Nada nuevo, por supuesto, pues censurar es un instrumento habitual del arsenal represivo que castra toda expresión de libertad.

No voy a reseñar Contracastro ni su  trasfondo crítico o  erótico, ya lo hicieron en la Feria del Libro de Miami Marlene Moleón, directora de Eriginal Books; Regina Coyula, esposa de Alcides; Ramón Fernández Larrea y otros escritores y amigos de ese literato “incómodo” y tenaz que en vez de exiliarse “se recluyó en su casa durante décadas y falleció de un cáncer a los 85 años el 19 de junio pasado”. Ofreceré mi visión personal del peripatético y creativo poeta de Gitana, Agradecido como un perro, La pata de palo y tantos poemarios que avalan su sensibilidad, talento y circunstancias socio personales.

Si Alcides, como reveló Regina Coyula, reescribió la historia de los exiliados Tom -quien desembarcó en abril de 1961 por Bahía de Cochinos para derrotar a Castro- y Carla, sus razones tendría; quizás aquella novela de juventud en campo minado no valdría la pena ahora tal y como la presentó al Concurso Casa en 1965; tal vez la reescritura armonizó la historia de entonces con su evolución sociopolítica y su cambio de perspectiva. De todas formas, Contracastro se volvió contra Alcides, por lo cual la reescribe y edita 53 años después. La muerte del escritor y la resurrección del libro censurado son, pues, un “acto de justicia poética”.

Dicen que Rafael Alcides, retirado del ámbito letrado insular tres décadas antes de morir, fue un escritor de borradores que archivaba o desenterraba sus escritos según la oportunidad de editarlos. Fue redescubierto por el poeta y editor andaluz Abelardo Linares, director de la editorial Renacimiento, quien le publicó la antología lírica GMT, Conversaciones con Dios y Un cuento de hadas que termina mal -entre el 2009 y 2014-, seguidas por la miscelánea Libreta de viaje y El anillo de Truman Capote, Memorias de un soñador, poemas escogidos -en la editorial Verbum, Madrid, 2015-, más las  crónicas Memorias del porvenir -premiada y publicada en Logroño-, así como poemarios y relatos en otras ciudades de España y los Estados Unidos, como Miami, capital del exilio cubense.

Si Jorge Luis Borges vivió entre la poesía, la narrativa breve y la ceguera, Rafael Alcides sobrevivió entre la poesía y el inxilio interior del cual brotan sus borradores líricos. Aquel poeta de la intimista Generación de 1950 recreó de forma peculiar más de medio siglo de amores, conatos sociales y frustraciones, expresadas en textos que testimonian circunstancias propias de un náufrago o del viajero varado en un tiempo cíclico, modelado por el mar y las ruinas de incesantes tragedias, usadas como puente por un autor que evadió los tópicos y vaguedades políticas de su época y nos entregó poemas de ritmo impecable, relatos y crónicas de estructura concisa que redimen vidas sombrías y actos terribles con agudeza, humor y música internas.

Valga pues, la resurrección del bardo apacible de voz de trueno y versos límpidos y expresivos que desterró a sus fantasmas. Al decir de Virgilio Piñera:

“Rafael Alcides, con sus fuerzas poéticas (sean estas las que fueren) es un hombre del siglo XX (de sus finales) y como tal se manifiesta. Escribe […] con las palabras de su siglo y con sus intenciones”.

 

Black Mirror en las calles. / Miguel Iturria Savón

En diciembre del año pasado, tras visualizar la cuarta entrega de Black Mirror, escribí un comentario sobre la serie de Netflix que hurga en la mente humana y en los predios del continuo desarrollo tecnológico, es decir, del futuro inmediato, palpable en Europa, Norteamérica, parte de Asia y América Latina donde Internet y otros soportes reales y virtuales nos permite actuar con libertad, transferir dinero, comprar y vender desde un teléfono móvil, enviar mensajes y audiovisuales, manipular a personas e influir en decisiones de políticos y grupos que lo mismo se movilizan para repudiar un crimen o crear el caos en una ciudad.

El universo imaginario y aleatorio recreado en los capítulos de Black Mirror parece sacudir los espejos y desandar con sus propios pies, pero no como zombis con microchip en la cabeza o espías con equipos imperceptibles, sino como jóvenes y adultos normales y corrientes que, seducidos por personajillos y campañas mediáticas actúan contra la lógica y ponen en jaque la capacidad operativa de cuerpos policiales y estatales. Si la causa de la movida fuera real, bien, pero no es así. Pienso, por ejemplo, en las decenas de drones que irrumpieron en el aeropuerto de Gatwick –Londres- y paralizaron los vuelos, dejando a millares de personas en el limbo. La policía investiga pero aún no sabe quiénes son los autores de la fechoría. ¿Un productor de Black Mirror?

Otra alternativa no aleatoria ni imaginaria, sino paródica y absurda, sucede en una región de España llamada Cataluña, sobre todo en las ciudades de Barcelona y Gerona, donde grupos de xenófobos pintan lazos amarillos en las calles y plazas, chillan contra el gobierno del país, interrumpen la circulación de vehículos por algunas carreteras e inundan de cruces las playas en memoria de políticos encarcelados por intentar un golpe de estado.

Esa masa, musculosa y manipulable, repite como robots los titulares de un canal de televisión y hablan de ocupación extranjera, a pesar de vivir en una nación desarrollada y libre con derechos y oportunidades impensables en medio mundo, tan libre que les permite obstruir la convivencia en nombre de bulos desmesurados e idílicos, como en la saga de Black Mirror.

El mundo real no es ese mundo postapocalíptico de “Metalhead”, el capítulo de Black Mirror en que los humanos apenas existen y unos robots-perros de metal persiguen, localizan y acaban con quienes se aproximan a su radio de acción. No vale la pena seguir, más recuerdo lo expresado por Sócrates: la democracia se autodestruye si abusa de derechos como la igualdad y la libertad, si considera la impertinencia como un derecho, el no respeto a las leyes como libertad, la imprudencia como igualdad y la anarquía como felicidad.

El desarrollo tecnológico es incesante y a veces tremendista, pero existen unos mínimos de convivencia ciudadana que evitan pesadillas y experimentos sociales fallidos. Si en la serie de Netflix hay muchos guiños a escenas, noticias, artefactos y personajes de la vida real; en la vida real, los episodios de abducción masiva suelen ser nefastos y por tanto, enfrentados. Los ciberpiratas no son héroes, los separatistas no son diosecillos aunque prometan la tierra prometida. Como audiovisual Black Mirror es aleccionador pues la tecnología es imparable, pero ¿qué pasará en regiones y países donde personajes inescrupulosos usan las redes sociales y otros soportes tecnológicos para movilizar a las gentes y saltarse las leyes? La tecnología no debe gestionar nuestro comportamiento ni usarse para dejar a miles de viajeros esperando, mientras drones programados obstruyen las pistas de un aeropuerto londinés.

Habana blues. / Miguel Iturria Savón

Escucho, una tras otra, las dieciséis canciones del Cd Habana bues y recuerdo escenas de la película sobre la historia de Ruy y Tito, dos amigos que orquestan sus melodías y sueñan con ser estrellas de la música, pese a vivir en una ciudad adormecida y llena de ruinas donde hay que “luchar con el sol, con la política y con Dios”.

Como en las historias felices, un buen día aparecen dos productores españoles -José Luis Garrido y Juan Antonio Leyva- que descubren el talento de Ruy y Tito y, tras un lustro de intercambios y preparación de músicos y actores, escriben el guión y ruedan el largometraje que cambió la vida de estos chicos y la relación con sus amigos y familiares. La película, dirigida por Benito Zambrano, fue un éxito internacional.

Al escuchar la banda original de Habana blues apenas evoco las actuaciones de Alberto Yoel García, Roberto San Martín, Yaileni Sierra y otros actores y realizadores, pues la sonoridad de los grupos de rock fusión –Habana blues, Cuba libre, Tribal, Porno para Ricardo, Escape y Tierra verde– es magnética, contagiosa y explosiva, por lo que deviene un referente de calidad del pop y el rock fusión en aquella isla, como lo fue para el son el documental Buenavista Social Club.

En las canciones de Habana blues hay eclecticismo sonoro, virtuosismo vocal e instrumental y letras que narran exorcismos personales. Rebosan sabor y duende, pasión y alegría, sentimientos y mucha dignidad, sobre todo en la sutil, directa o ambigua forma de contar la realidad del país y su impacto en los conflictos personales, sin victimismo ni tópicos.

Tanto en la música como en las escenas fílmicas pesan la amistad, la realidad y el cambio de expectativas con el paisaje de La Habana y el ritmo cubano como trasfondo, adobado por la risa, el humor y pasiones expresadas con naturalidad, sin soslayar el desarraigo cultural y emocional. Hay mucha música en la banda sonora de Habana blues, pero la película no es una comedia musical, sino un drama emotivo y simpático para un país de supervivientes con ritmo y sentido del humor.

Esa Habana Underground con música alternativa vibra en las voces de X Alfonso, Kelvis Ochoa, Amílcar Pérez, Léster A. Martínez, Francisco Montejo, Ewar Acosta y Anaís Abreu; los instrumentistas Dayán Abad, Enrique Ferrer, Lola Román, Ahmed M. Ponce, Julio Padrón, Roberto Carcasses, Wilmer Castillo y Ciro J. Díaz entre otros que transportan “al espectador en vuelo directo a La Habana sin moverse del cine”, o escuchando los temas del Cd, llenos de ritmos fusionados que desatan olor, sabor y pasiones contenidas.

Hay frases inolvidables en la banda sonora de Habana blues, en “Cansado”, por ejemplo: “entre la calle y el ron, pedaleando vuelvo en el tiempo al pasado”. “Habaneando”, sinónimo de “pregonando, gozando… calle abajo por La Habana oculta de un sistema que aprieta y no quiere ceder”. En esa Habana “dormida y cansada que besa las heridas”, el futuro es cuestión de ponerse a correr”.

 

La Historia de las drogas y otros clásicos de la adicción. / Miguel Iturria Savón

Antonio Escohotado, autor de Historia de las drogas, Los enemigos del comercio…

Quien visualice algún audiovisual de Antonio Escohotado sobre los enemigos de la realidad, el liberalismo o las drogas, queda impresionado por su penetrante voz de barítono, la sapiencia sin alardes y ese rostro de anciano apacible y sin máscara que ha exprimido la vida hasta límites impensables para un académico con obra de ingente impacto sociológico, histórico, filosófico y literario: Historia de las drogas, Los enemigos del comercio, ambas de tres tomos; Rameras y esposas, El espíritu de la comedia, Caos y orden, Majestades, crímenes y víctimas, Sesenta semanas en el trópico y otros que revisitan ediciones anteriores como Aprendiendo de las drogas, Frente al miedo, Retrato del libertino, etc.

Historia general de las drogas es considerada la obra principal en dicha materia pues “aúna el enfoque histórico con el fenomenológico mediante un apéndice que examina casi todos los ángulos de la adicción”, desde sus antiguos orígenes, las formas de consumo y expansión hasta los actuales dilemas y expectativas que generan leyes y posturas contrapuestas sobre liberar los estupefacientes bajo normas de control o seguir la prohibición y el acoso a las redes y capos de distribución. Otros títulos convierten en triada la Historia general de las drogas, entre estos Las drogas: de los orígenes a la prohibición (Alianza Editorial, 1994) y el compendio Aprendiendo de las drogas, editado varias veces en papel y luego en Ebook y como audio libro.

Aprendiendo de las drogas “incluye casi 10 horas del audiolibro de Antonio Escohotado, narrando él mismo el texto de Aprendiendo de las drogas… En su voz… amplía la dimensión del ya conocido manual sobre el uso y abuso de las drogas, prejuicios y desafíos; una disección de meticulosidad quirúrgica sobre el mayor tabú de nuestro tiempo: el miedo a estas sustancias, reflejo del miedo a nosotros mismos”.

Desde “el bioensayo y acudiendo siempre al estudio de fuentes primarias, el pensador español proporciona información veraz y objetiva de máxima utilidad para el manejo de  fármacos de cuyo uso -sobrio o compulsivo, elegante o maníaco- depende en gran medida su aprovechamiento por parte del individuo”… “Usé la modificación química de la conciencia como una manera de conocer…, como una ventana a lo interno y externo”, dijo en el prólogo tras experimentar con dosis bajas, medias y altas de buena parte de las sustancias descritas, algunas en combinación con otras.

Obvia decir que Antonio Escohotado Espinosa, nacido en Madrid en 1941, investigó las drogas no solo por su incesante curiosidad y experiencia personal, sino por la afirmación de libertad que caracteriza sus actos. Su apuesta es antiprohibicionista y considera el consumo “como antídoto contra el miedo o las coacciones que empujan al ser humano hacia toda clase de servidumbre”. El consumo como opción personal y desde el conocimiento, como se bebe cerveza, vino o whisky.

El 23 de enero comenté Los enemigos del comercio, la obra que redimensiona la figura de Antonio Escohotado, entrevistado por diversas cadenas e instituciones que lo consultan como a un gurú contemporáneo que diserta sin postureos sobre problemas diversos que inciden en la sociedad.

Como sabemos, antes que Antonio Escohotado investigara y expusiera sus acuciosos puntos de vista sobre la Historia de las drogas, diversos autores escribieron y mitificaron el uso de de alucinógenos y estupefacientes. El hachís, el opio, la mezcalina, la heroína, la cocaína, las pastillas de drogas sintéticas y otras sustancias y bebidas fueron “vendidas” como placebo de la creatividad. El mito asociado a las drogas, las drogas como espejismo de lucidez configuran la obra de escritores “trascendentes”, desde Charles Baudelaire –Los paraísos artificiales– y G. Apollinaire –Alcoholes– a Henry Miller y sus seguidores. Veamos algunos:

  • William T. Vollmann escribió “13 perturbadoras historias pobladas de drogadictos y ángeles” que residían en barrios y tugurios.
  • Burroughs, autor del mítico Yonqui e Historias del arcoíris, fue el profeta de los hippies y los ciberpunks.
  • Dennis Johnson, autor de Árbol de humo y de diversos relatos de sobredosis y marginación.
  • Oliver Sacks publicó Alucinaciones donde intentó fusionar el mundo onírico con lo real.
  • Aldoux Huxley: La puerta de la percepción y Cielo e infierno.
  • Hunter S. Thompson: Miedo y asco en las vegas.
  • Charles Bukowski: Los escritores, Escritos de un viejo indecente e Hijo de Satanás, una autoparodia sobre narradores estrafalarios.
  • Guillermo Cabrera Infante. Puro humo, auto traducción de su libro Holy Smoke.

Si leyéramos a alguno de los “escritores malditos”, comprenderíamos que Antonio Escohotado no intenta en su Historia de las drogas ser un clásico de ningún tipo de adicción, al contrario, desmonta los mitos e intentos de apropiación cultural de un problema tan complejo y humano como las drogas. A diferencia de los literatos precedentes, el ensayista español, ameno y agudo como pocos, no asocia las drogas al bienestar ni al espejismo de la “original excentricidad creativa”, quizás porque sabe que las drogas castigan al lenguaje y convierten en juguetes rotos a quienes la consumen sin control ni conocimiento de sus efectos en el organismo.

 

La bailarina de Auschwitz. / Miguel Iturria Savón

La bailarina de Auschwitz, de Edith Eger, editado por Planeta en 2017, es “una inspiradora historia de valentía y supervivencia” sobre la vida de un familia húngara de origen judío enviada al campo de exterminio creado por los nazis en Cracovia, Polonia, donde hubo más de un millón de muertos, entre ellos 75.000 polacos, 21.00 gitanos, 15.000 rusos y casi cinco mil cadáveres en cada uno de los crematorios, por lo que el actual Museo de Auschwitz es el cementerio más grande del mundo, aunque allí “no hay ni una sola tumba”, sino espacios vacíos en los desmantelados hornos crematorios y las cámaras de gas.

Aún vive Edith Eger, aquella joven gimnasta y bailarina de ballet que décadas después de pasar por el infierno relató su tragedia en cuatro capítulos: la prisión, la huida, la libertad -se refugió en USA porque los rusos ocuparon a Hungría- y la curación. La estructura compositiva del libro le permite contar lo vivido y su crecimiento espiritual al formarse como psicóloga con Viktor Frankl, otro sobreviviente del Holocausto y autor de El hombre en busca de sentido-, por lo que añade casos de algunos pacientes suyos a modo de espejo.

La bailarina de Auschwitz es uno de esos libros que fertiliza nuestra sensibilidad, nos ayuda a crecer y abandonar tópicos ideológicos y culturales. Sus 412 páginas, escritas sin ñoñería ni victimismo, son un lienzo del horror y del deseo de sobrevivir sin evadir las miserias propias y ajenas, incluidas los límites y errores de familiares, amigos y colectivos humanos en circunstancias extremas. Un lienzo dibujado con palabras sabias y precisas, sin censura, diatribas, complacencias ni deseo de aleccionar a nadie.

No se trata de un libro más entre cientos de testimonios, filmes y fotografías sobre la barbarie nazi o comunista antes, durante o después de la Segunda Guerra Mundial, sino de una obra excepcional, escrita con ritmo y precisión, sin trampas, repeticiones, vaguedades ni metáforas inútiles. Una obra que rescata vidas sombrías y redime actos terribles.

La autora advierte: “…lo sucedido no puede olvidarse ni cambiarse”, aunque “huimos de trampas y sufrimientos pasados y conflictos actuales…”, pero “la vida mundana también es vida…” y “tenemos hambre de aprobación, de atención, de afecto. Tenemos hambre de libertad para aceptar la vida…”, y es preciso evitar el victimismo que “procede del interior” y no “aferrarnos a nuestra victimización”, sino ver las opciones y elegir.

A pesar de no ser amigo de revivir tragedias y testimonios desatados por guerras e ideologías, yo elegí leer La bailarina de Auschwitz e invito al lector a disfrutar de esta historia conmovedora y aprender del vasto mundo vivencial de Edith Eger.