El “camino” de un libro inédito y censurado. / Miguel Iturria Savón

“Cada libro tiene su camino, el tuyo saldrá por otra vía…”, le dijo el director de Letras Cubanas al narrador Frank Correa delante de mí en la primavera del 2010. Mientras bajábamos la escalera de mármol del Palacio colonial que ocupa el monopolista Instituto Cubano del Libro, le propuse al amigo desdramatizar con cervezas en uno de los bares con músicos de la lujuriosa calle Obispo. Frank publicó después dos novelas en Miami o New York y una premiada en Praga; no sé si su colección de relatos halló el camino profetizado por el censor-funcionario.

Recordé desventura literaria de Frank Correa al leer y glosar la semana pasada dos libros sobre vascos en Cuba publicados por la Colección Urazandi (allende los mares) en 2014 y 2015, una década después de escribir y gestionar la edición de mi libro Los vascos en Cuba, editado pero no publicado por la Fundación Fernando Ortiz de La Habana -donde cobré hasta el derecho de autor-, y luego por la editorial Pamiela de Pamplona, que le exigió al patrocinador Teodoro Bastida -entonces Presidente de la Asociación de empresarios vascos en Cuba- el pago por retirar la obra de la imprenta después de “ser llevada a arte final”.

“El camino” de mi ensayo, aún inédito, tropezó con el costo especulativo de la Fundación Ortiz -8.800 dólares-, por lo cual el patrocinador lo reenvió a la editorial de Pamplona -3.400 euros-. Pero casi al salir la obra, Don Teodoro visitó en Madrid al Embajador de Cuba en España y le habló del libro, el curioso diplomático -y coronel de la Policía Política de Castro- le pidió una copia y, tras leerla, le sugirió no “arriesgar sus negocios en la isla” por un autor independiente.

No fue la censura expresa, sino uno de sus brazos colaterales: la costumbre de penalizar a quienes no dependen del Estado-Establo, la causa del fin del segundo camino editorial de mi ensayo histórico-cultural, ajeno por su  tema y estilo a exaltar al corral castrense. ¿Fue culpable el señor Bastida? No, quizás fue ingenuo y prudente -acojonado- ante el posible declive de sus intereses en la isla. Por eso evadió el encuentro conmigo sin imaginar que yo asociaría su actitud con la entrevista que sostuvo con el Diplocoronel, cuyo Agregado cultural le contó la “insólita decisión del Jefe” a un colega mío.

Cansado de explorar caminos, dejé reposar a Los vascos en Cuba en mi ordenador, aunque ya es hora de sacudirle el polvo y editarlo de “manera independiente”, quizás en Internet, esa galaxia universal Diplocoronel ni Consejo editorial. Adjunto el Índice del ensayo que trastocó su camino, aún incierto.

 

Prólogo……………………………………………………  9

Introducción ………………………………………………………………….  13

Antecedentes …………………………………………………………………  16

Un pueblo milenario ………………………………………………………  16

Los vascos en el contexto europeo de los siglos xv y xvi ….  27

Presencia vasca en América …………………………………………….  34

Los componentes vascos en la estructura de dominación colonial

de Cuba ………………………………………………………..  48

Génesis y tendencias de la inmigración vasca en Cuba ………  48

Descubridores, navegantes y conquistadores …………………….  61

Gobernantes, funcionarios y militares ………………………………  69

Protagonistas vascos de la Iglesia cubana …………………………  85

Piratas, corsarios y contrabandistas ………………………………..  101

Comerciantes y negreros ……………………………………………….  108

Señales de identidad. Cultura material ……………………………  121

Aspectos antropológicos generales ………………………………  121

La alimentación ………………………………………………………….  121

El vestuario ………………………………………………………………..  124

Las técnicas e instrumentos de trabajo ………………………….  126

El transporte y las comunicaciones ………………………………  130

La arquitectura: vivienda …………………………………………….  132

Minería, construcción naval y otras industrias ………………  137

La minería ………………………………………………………………  137

La construcción naval ………………………………………………  142

El tabaco ………………………………………………………………..  145

La industria del café ………………………………………………..  147

Otras industrias ……………………………………………………….  148

Del trapiche al central azucarero …………………………………  152
Señales de identidad. Cultura espiritual ………………………….  165

Aspectos de la vida social y espiritual ………………………….  165

Familia y matrimonio …………………………………………………  165

Creencias, supersticiones y augurios …………………………….  169

Mitos, rituales y costumbres ………………………………………..  173

Juegos, fiestas y ceremonias ………………………………………..  176

Manifestaciones artísticas ……………………………………………  182

Poesía y otros géneros literarios …………………………………………  182

Las danzas ……………………………………………………………….  190

Las huellas musicales ………………………………………………..  191

El teatro …………………………………………………………………..  197

Las artes plásticas …………………………………………………….  198

Ciencia e ilustración ………………………………………………….  201

La lengua euskara en Cuba ………………………………………..  208

Topónimos vascos en la geografía insular …………………..  216

La prensa periódica de los vascos en la isla ………………….  225

Las asociaciones representativas de la colonia vasca en tierra cubana….. 233

 

Los vascos en los avatares históricos de la nación cubana ..  240

La colonia vasca ante las guerras independentistas ………..  240

Del exilio republicano a la revolución de 1959 ……………..  263

Nuevas formas de una presencia ………………………………….  275

Notas …………………………………………………………………………..  283

Bibliografía …………………………………………………………………  298

Testimonio gráfico ……………………………………………………….  307

Índice onomástico…………………………………………… 316

Libros sobre vascos en Cuba. Miguel Iturria Savón

 Colección URAZANDI

Recibí por correo dos libros sobre vascos en Cuba editados por Urazandi (“allende los mares”), la colección del Eusko Jaurlaritza que recoge la historia de los principales centros éuscaros del mundo, basada en testimonios y estudios de emigrantes y especialistas. Ambos son prologados por el vascólogo William A. Douglass y convergen en la “recuperación de la memoria histórica de la diáspora vasca”.

El primero se titula La Asociación Vasco-Navarra de Beneficencia de La Habana y otras entidades vasco-cubanas, fue publicado en marzo del 2014 en Donostia -San Sebastián- por el investigador uruguayo Alberto Irigoyen Artetxe, quien digitalizó en el 2006 el enorme Archivo de la Asociación Vasco-Navarra de Beneficencia de La Habana, procesado por mí en 1999, por lo cual Irigoyen sigue el criterio de catalogación que expuse en Memoria documental de los vascos en Cuba, editado ese año por el Centro Cultural de España en La Habana.

Es una obra densa -370 páginas, decenas de fotos y 1045 notas breves-, pero amena y bien escrita, que revela la experiencia investigativa del autor, su capacidad para discernir hipótesis a partir del manejo de fuentes documentales y enlazar hechos y personajes que interactuaron en un contexto lejano y socialmente complejo.

Al hurgar en los documentos de la AVNB, Irigoyen no se limita a exponer la génesis, evolución y las actividades de la institución, aborda sin nostalgia, sentido crítico y rigor histórico el trasvase humano de los vascos en Cuba, su inserción en el contexto insular, el sentido étnico asociativo y las huellas dejadas por los inmigrantes y sus descendientes en el comercio, la industria azucarera, la religión, la música, el deporte, la prensa y otras expresiones de la cultura material y espiritual, sin obviar la actitud asumida ante las guerras de independencia de Cuba, el éxodo cíclico y la división desatadas por la Guerra Civil Española y  la percepción de la revolución de 1959 que transitó de la libertad a la dictadura.

El segundo libro –Vascos en Cuba-, editado en septiembre del 2015, es más abarcador pues recoge una colección de estudios monográficos realizados por especialistas cubanos y vascos bajo la Coordinación del citado William A. Douglass, coautor con Jon Bilbao de Amerikanuak: Vascos en el Nuevo Mundo (1976).

Este volumen compila las ponencias presentadas en el Seminario sobre Vascos en Cuba, celebrado del 12 al 14 de enero del 2015 en la capital insular bajo el auspicio del Eusko Jaurlaritza -Gobierno Vasco-, la Asociación Vasco-Navarra de Beneficencia de la Habana, la Fundación Fernando Ortiz, la Universidad del País Vasco, la University Studies Abroad Consortium y el Center for Basque Studies de la Universidad de Nevada.

A diferencia del ensayo de Alberto Irigoyen Artetxe sobre la AVNB, la colección Vascos en Cuba analiza facetas esenciales de la evolución histórica, el desarrollo socioeconómico, los procesos migratorios, las relaciones entre ambos territorios y la imagen literaria de la dilata presencia vascona en la mayor isla del Caribe.

Como casi toda monografía de rigor académico, esta compilación incluye Presentación -de María A. Elorza Zubiria, Secretaria de Acción Exterior del Gobierno Vasco-, Agradecimientos, Introducción, notas a pie de página, fotografías, conclusiones parciales y algunos gráficos. En sus 333 páginas predomina, sin embargo, la concisión y claridad expositiva.

Para estimular la lectura, relaciono ocho de los veinte textos y autores incluidos:

  • “Un poema al emigrante vasco”, de Agustín Acosta, por Feliz J. Alfonso, quien escribe también sobre la polémica entre “La ceiba y el Templete…”
  • “Vascos en el tráfico de esclavos al Caribe (siglos XVIII y XIX)”, de Urko Apaolaza A.
  • “El liderazgo de Manuel Calvo y Aguirre: entre el Partido Español y los vascos-navarros de Cuba”, de Juan Bosco Amores y Jon A. Ramos
  • “El final trágico de una aventura colonial: vida y muerte de los Tercios Vascongados en Cuba, 1869-1873”, de Óscar Álvarez Gila.
  • “Los vascofranceses en Cuba: su aportación al desarrollo de la curtiembre”, de Beñat Cuburu-Ithorotz.
  • “La novela cubana de Francisco Ulacia”, de Cecilia Arrozarena.
  • “Hemingway y los vascos”, de Edorta Jiménez Ormaetxea.
  • “Las relaciones contemporáneas económicas, institucionales, sociales y culturales entre el País Vasco y Cuba”, del profesor Alexander Ugalde Zubiri.

En un próximo artículo hablaré de mi ensayo monográfico Los vascos en Cuba, de 22 capítulos y 240 páginas, aún inédito pese a haber sido llevado a arte final por dos editoriales.

Inmersiones de verano. / Miguel Iturria Savón

Del clarin escucha el silencio, de OLP

Cualquier estación del año es buena para leer, incluso el verano a pesar del calor, los viajes, el mar, la montaña y otras pasiones y proyectos que atrae a familiares y amigos. En verano nos dispersamos más y leemos menos, pues leer es una aventura individual, un ejercicio de aprendizaje íntimo que supone energía y soledad para saborear o licuar sueños, personajes e ideas de páginas que nutren nuestro mundo emotivo y racional.

Quienes usamos la palabra escrita como medio de expresión convivimos con los libros, pero pasamos el tiempo posponiendo lecturas de novelas, ensayos, biografías y poemarios escogidos para las vacaciones. A veces alternamos obras disímiles sugeridas por amigos o aparcamos libracos de difícil digestión, algunos tóxicos, otros “célebres” por la recepción de temas y autores en el mercado editorial. En general, yo prefiero a los “clásicos”, picoteo en los “raros y valiosos” o elijo a escritores no consagrados.

Salvo excepciones, en verano no leo ensayos filosóficos ni artísticos, y evito naufragar en entrevistas o reportajes de prensa permeados por ideologías y políticos que remolcan la barca a su puerto. Obvio asimismo las Memorias de personajes que expían culpas y maquillan su ego para colarse en la posteridad. Ni memorias, ni monólogos ni tratados sociales oxigenan mis neuronas en meses de calor.

Leo ahora, sin embargo, Del clarín escucha el silencio, la colección de crónicas del narrador Orlando Luis Pardo presentada en Madrid, Valencia y Zaragoza; un libro subversivo y fascinante de lenguaje liberador que “introduce en el cubano las palabras de un himno tocado en reversa. El castrismo como expletivo y cochinada subliminal…”

Tras un proceso de decantación veraniego dejé para el otoño al Ulises de Joyce, En busca del tiempo perdido, de Proust; La cartuja de Parma, de Stendal; la Poesía de T.S. Eliot y la novela lírica Jardín, de la poetisa Dulce María Loynaz, creadora del “realismo mágico décadas antes de atribuírsele al colombiano Gabriel García Márquez.

Releo entre julio y septiembre tres novelas de sueños lúcidos de tres demiurgos de la escritura nacidos en la Palestina interior de Orlando Luis Pardo: El siglo de las luces, de Alejo Carpentier; Paradiso, de José Lezama Lima, y La Habana para un infante difunto, de Guillermo Cabrera Infante del cual releí en abril Vidas para leerlas y Tres tristes tigres.

Tras las joyas citadas me sumergiré en Tifón, La soga al cuello y La línea de la sombra, novelas breves de Josep Conrad, el marinero polaco que trocó las mareas por la escritura y se convirtió en Londres en narrador de estilo sugerente y precisión expresiva, pese a su inglés recargado y sus obsesiones temáticas: la expiación de la culpa, el comportamiento y la dignidad, el honor y el heroísmo.

Como no tengo viaje previsto hasta mediados de septiembre y paso el verano en una casa ubicada en un cerro frente al Mediterráneo, espero no sucumbir escalando montañas ni adormecerme con el Sol sostenido de las Chicharras para leer Un crucero de verano por las Antillas, del casi olvidado Lafcadio Hearn, quien escribió un tratado de belleza natural lleno de impresiones visuales, emocionales y perspicaces descripciones del exotismo y la sensualidad regional.

Si bajo del crucero tropical en agosto, revisitaré Una historia de New York, de Washington Irving, autor que conjuga como pocos la visión real y poética de la ciudad fundada como New Ámsterdam con su mirada sarcástica, amena y divertida.

Quizás queden en la mesa para otra estación, pero separé del librero por si estiro el tiempo, un manojo de cuentos y novelas hipnóticas, de poder alusivo y magia escritural para “matar el verano”: relatos de Borges y Cortázar, Los demonios, de Dostoievski; Judíos errantes, de Joseph Roth, y Fóllame, de Virginie Despentes, la infante terrible de las letras francesas, autora de Teoría de King Kong (2006), Apocalypse Baby (2010) y la actual trilogía Vernon Subutex, lúcida recreación del miedo colectivo que pone a Francia en caída libre frente al terrorismo islámico.

Fóllame, de V Despenstes    Borges, portada El aleph

Pío Baroja y los españoles. / Miguel Iturria Savón

Bustodel gran narrador Pio-Baroja.

Busto del gran narrador vasco Pío Baroja.

 

Hubo en Madrid y otras ciudades ibéricas una cultura de bares y tertulias que dejó frases y anécdotas antológicas de Valle Inclán, Unamuno, Pío Baroja, Mesonero Romanos y otros escritores, cronistas y pintores, chulescos, petulantes y egocéntricos, además de creativos. Aún se concede el Premio Café Gijón de novela y hay quienes hablan del Café Levante de la calle Arenal y del Nuevo Café Levante, cercano a la Puerta del Sol, cenáculo del pendenciero autor de las Sonatas, el manco letrado más célebre después de Cervantes.

A los tertulianos de bares y cafés de la Generación del 98 se sumaron poetas sonoros y excéntricos del 27 como García Lorca y Rafael Alberti. Guardaron distancia dos líricos exiliados de obra colosal: Antonio Machado, desdeñador de la “España de charanga y pandereta”, y Juan R. Jiménez, calificado de “excéntrico e intolerante” por “estorbar a los pícaros y no andar con toreros ni cupletistas”, además de “amar el orden, no fumar ni beber vino y odiar el café y los toros, la religión y el militarismo…”, según confesó en Vida. Días de mi vida, editado por Pre-Textos a fines del 2014.

Los viejos “bares ilustrados” fueron desapareciendo con la remodelación urbana, la Guerra civil de 1936 a 1939, la dictadura de Franco y la “movida madrileña” posterior al déspota. Pero los bares y cafés siguen con más comensales y menos lustre intelectual, como los toros en calles y plazas y, en menor medida, la pasión por el fútbol o la política, cuyos zorros se agazapan en días electorales, ávidos por ganar o torpedear al vencedor.

De aquellas sesiones de copas y chismes literarios y artísticos trasciende el anecdotario lo expresado por el prolífico narrador Pío Baroja, autor de Zalacaín el aventurero, El sabor de la venganza, La mala hierba y otras obras antológicas. Cuentan que en la tarde noche del 13 de mayo de 1904 el novelista vasco sorprendió a los asistentes del Nuevo Café Levante al resumir los tipos de españoles:

“…hay en España siete clase de españoles, como los siete pecados capitales. A saber:

  1. Los que no saben;
  2. Los que no quieren saber;
  3. Los que odian el saber;
  4. Los que sufren por no saber;
  5. Los que aparentan que saben;
  6. Los que triunfan sin saber y
  7. Los que viven gracias a que los demás no saben”.

Y agregó: “Estos últimos se llaman a sí mismos “políticos” y a veces “intelectuales”.

Un siglo después no vale la pena reflexionar sobre la certeza, genialidad o desacierto de la “clasificación” del escritor ibérico. España y el mundo han cambiado mucho desde entonces. Si su frase ha sido retomada en los días previos a la campaña electoral se debe al dardo lanzado contra los políticos y los intelectuales, cuyo prestigio se devalúa en la bolsa de la voz populi, como si la mayoría “no quieren saber”, “sufren por no saber”, “aparenta que saben” o “triunfan sin saber”. Cuestión de tópicos al igual el famoso “individualismo español” en una nación donde los hechos demuestran el predominio de la presión del colectivo sobre la individualidad.

Valle Inclán y otros tertulianos del Nuevo Café Levante

El narrador Ramón del Valle Inclán y otros intelectuales en el Nuevo Café Levante

De un tiempo en el teatro. / Miguel Iturria Savón

mariposa portada

El viajero curioso que recorra las Palmas de Gran Canarias descubrirá en varios puntos de la ciudad murales, esculturas y cerámicas de la pintora y ceramista Elva Ramírez Brandón, artífice de obras que dialogan con el transeúnte y eluden la abstracción y el colorido ferial propio de las islas, reveladoras de su vasta experiencia, búsquedas artísticas y tensiones entre el sentido práctico de las piezas y la necesidad de transgredirlo para sugerir o expresar vivencias y emociones.

Si el viajero apreciara algunas piezas de la artista en un salón o fuera invitado a su casa a escudriñar en el Estudio Taller, pasará de la sorpresa a la admiración por esta mujer que vive por y para el arte, palpable en cada estancia, desde la entrada de la planta baja, el mural del patio de luces, el baño y la cocina hasta la escalera que conduce al taller donde yacen lienzos y caballetes, ánforas, rostros y bustos, dibujos e instalaciones, moldes de barro y aluminio, herramientas y el horno.

La obra de Elva ofrece una visión de la vida desde su propia vida, tamizada por colores y formas, objetos y símbolos que difieren o coinciden en temas y atmósferas, a veces transgresoras aunque supedita lo figurativo a lo racional e intenta domesticar lo utilitario a su sensibilidad femenina, evidente en su Oda al Can Can, Manos encadenadas, Mano con manzana, espejos y torsos; obras que ironizan e invitan a reflexionar sobre hechos y presencias cotidianas, la introspección de obviedades.

Como tantos artistas visuales, el nombre de Elva Ramírez solo figura en catálogos de galerías y museos que resumen obras expuestas o adquiridas, convocatorias, archivos de curadores y en libros diseñados por ella. Ya era tiempo de un proyecto editorial personalizado y con sentido temático que rescate y difunda una colección de sus dibujos, bocetos, bustos e instalaciones, presentes desde el 2015 en el libro De un tiempo en el teatro.

De un tiempo en el teatro fue el alegórico título de una exposición itinerante de esta pintora y ceramista, quien recreó instantes de la mujer en el teatro de la vida con piezas tan diversas como los materiales y técnicas utilizados, bustos, instalaciones y bocetos a lápiz que simbolizan a la mujer en su multiplicidad: obreras y ejecutivas, artistas y prostitutas, domésticas en la sombra del maltrato y la desesperanza. Si a esas manos de la tierra y el amor la acompañaron entonces cuatro escuderas de la poesía, ahora se suman ocho voces de fuego y lava que nutren el cuerpo del evocador y antológico cuaderno.

Como aquella exposición, esta obra gráfica fusiona la sensibilidad visual de una artista con la mirada poética de varias orfebres de la escritura, imágenes fertilizadas por el ritmo y la atmósfera, simbiosis de color y lenguaje, un códice de escenas cotidianas, dibujos y poemas que narran destellos del vacío, rostros frente a espejos, vaivén de olas, ausencias con nombres, sombras, manifiestos y sabor vitalista; mujeres, en fin, que afrontan su paso por la vida sin lloriqueos, como la tierra, el agua y el viento que configura y redime la insularidad del archipiélago atlántico que las arropa y multiplica.

En esta crónica visual de Elva Ramírez, los colores elevan su hermenéutica con voces femeninas tomadas de poemarios y antologías publicados por el Centro Canario de Estudios Caribeños, protagonista del Festival Atlántico de Poesía, difusor de los valores artísticos de ese mini continente situado al costado de África, entre el traspatio de España y las acuosas fronteras de América, tres puntos de convergencia de la identidad cultural canaria refrendados en el texto.

Pero ojo, no un es un cuaderno de poesía ilustrado, sino una serie de obras pictóricas de diversos estilos, técnicas y procedimientos que incorpora la poesía y crea una estética coral de enorme resonancia en torno a la mujer, un tema real y entrevisto por voces cálidas y libres que cantan, aúllan, testimonian o denuncian la exclusión pues han “visto al mundo desfilar” y “sobreviven en espacios infinitos”.

No en vano una insólita libélula de metal abre y cierra estos bocetos, bustos, pinturas y fragmentos de instalaciones alegóricas. Como en la naturaleza, la crisálida se abre, vive y vuela, se va o trasciende a otro espacio: el arte y la poesía.

Y la poesía, personal y sensitiva, se nutre de los versos acopiados en La nueva poesía canaria, Destellos en el vacío -de Teca Barreiro-, Las máscaras de Afrodita -Rosario Valcárcel-, Poemas contra la violencia de género -María del P. Marrero Berber-, Manzanas son de Tántalo -Paula Nogales Romero-, Desnutrición -Alicia Llerena-, y los poemas Tierra -María J. Alvarado-, Ola, olas, olas -Teresa Iturriaga Osa- y Que me corten la cabeza -Tina Suárez Rojas-, entre otros de connotaciones social, erótica o testimonial, capaces de reinventar “lengua vestida de silencios”, “ausencia de arco iris” o el fin de “la paciencia y sus arabescos”.

Madonna

 

Cervantes y El Quijote. / Miguel Iturria Savón

cervantes

Mucho se ha escrito en España entre abril y junio sobre Miguel de Cervantes y El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, una de las obras más reeditada y escenificada de la literatura española y universal. La novela que hizo famoso al pobre soldado y recaudador de impuestos aún sorprende y fascina a lectores, críticos, profesores, actores, cineastas y dibujantes. En 2016 El Quijote cumple 400 años de andanzas y aventuras triplicadas por la recepción del mítico personaje, símbolo de valor e idealismo, locura y lucidez, ironía.

Tras leer varias reseñas sobre Cervantes y El Quijote dan ganas de releerlo, pero lo pienso dos veces por cuestión de tiempo y porque lo releí a mediados del 2015 e hice apuntes para escribir sobre el refranero español, ese manantial de sabiduría popular que fluye en los diálogos de Sancho y Quijote y que millares de personas repiten sin imaginar el tiempo que le llevó a Cervantes acopiarlos y usarlos creadoramente en su fascinante libraco.

En vez del Quijote, releí las breves y sagaces Novelas ejemplares y sonreí con las tropelías de Rinconete y Cortadillo, la locura del Licenciado Vidriera y los azarosos enredos de La Gitanilla y La española inglesa.

Leí El Quijote por primera vez en 1970 en la pequeña biblioteca de la Escuela de magisterio de Batabanó, ubicada en la periferia del desolado pueblito pesquero del sur de La Habana. Allí, entre la tierra roja y las aulas y albergues de madera, las andanzas y locuras del Quijote y Sancho me ayudaron a sobrellevar las marchas y griterías del “hombre nuevo”. Aquel Quijote de mis juveniles años grises, fue mi referente irónico en una llanura disímil al océano de trigo y uvas de la Mancha.

Como el justiciero personaje de Cervantes, casi todos recorremos caminos polvorientos que nos enseñan a ver, oír, decir, sugerir o saltar los retos e incertidumbres que nos toca vivir. A la mayoría nos falta, por supuesto, el torrente verbal del fantasioso creador castellano del Siglo de Oro, quien retornó en abril del 2016 junto a otro escritor opuesto y complementario: William Shakespeare, el poeta y dramaturgo inglés que triunfó en el escenario con Romeo y Julieta, Hamlet, Macbeth, El rey Lear y una veintena de piezas de extensión sonora que desde la ficción inmortalizan el amor y la locura, las ambiciones imperiales y la percepción interna de su país.

Ambos supieron que “vivir es contar” -o escenificar- y ensancharon los espacios de la imaginación. Por suerte, saborearon en vida la espuma de la fama, el inglés aclamado por los asistentes al londinense teatro The Globe donde fue actor, dramaturgo y director; en tanto el español fue reeditado y traducido antes de morir y leyó con desdén El Quijote apócrifo del primer cervantista: Avellaneda. Pero ninguno de los dos fue homenajeado por las autoridades y autores de sus respectivos países, de manera que la fama de Shakespeare dependió de su amigo Ben Johnson quien reunió y editó sus dramas y comedias; mientras la popularidad de Cervantes se debe a sus personajes y al talento para expresar “la lucha de lo real con lo ideal”, es decir, “ilustrar en grado supremo la dimensión narrativa de la vida”.

La modernidad de El Quijote, esa novela total que parece un cajón de sastre, juega con los géneros y ofrece un retablo de temas, escenarios y personajes,  no radica solo en su sentido polifónico y alusivo, sino en la mirada lúcida, irónica y subversiva de aquella España que “se inventaba una identidad cristiana sin moros ni judíos”, desmontada por él al presentar creadoramente la complejidad e interconexión de un país ligado a culturas y pueblos de tres continentes.

Cervantes y El Quijote aún cabalgan y deshacen entuertos.

 

¿Eutanasia juvenil? / Miguel Iturria Savón

Imagen sobre redes sociales

En una entrevista en la televisión, el célebre actor José Sacristán afirmó no poseer teléfono móvil ni estar conectado a las redes sociales. No es el único personaje público  ajeno a Twitter, Facebook, Yahoo, Gmail y otros soportes de Internet, lo cual es respetable pero raro y premoderno.

Recibí después un simpático Whatsapp que satiriza lo contrario, es decir, el exceso de conexión. Lo comparto con los lectores antes de opinar sobre el tema.

Un joven le expresa a otro:

“Anoche mi madre y yo hablamos y surgió el tema de vivir/morir. Le dije: Mamá, nunca me dejes vivir en estado vegetativo, dependiendo de máquinas y líquidos de una botella… Si me ves en ese estado desenchufa los artefactos que me mantienen vivo. Prefiero morir.

Entonces, mi madre se levantó con cara de admiración y me desenchufó el televisor, el DVD, el cable de Internet, el PC, el mp3/4, la Play-2, la PSP, la WII, el teléfono fijo, me quitó el móvil, la ipod, el Blackberry y… tiró todas las cervezas… ¡La madre que la parió, casi muero!”

El chiste ilustra la agudeza resolutiva de la madre ante la dependencia tecnológica del hijo atrapado por los soportes virtuales. Son chicos tan “atados” a los medios que parecen zombis drogados, una subespecie de ciudadanos de Internet,  concepto difícil de definir por su vastedad de océano postmoderno.

Si, es difícil desligarse de Internet y su red de espacios virtuales e interactivos que expresan la incesante evolución tecnológica en los medios de comunicación. Algo imparable por los beneficios de la conexión satelital. Una especie de Padre Nuestro informativo modelado a nuestra imagen y semejanza, como Narciso ante la fuente, fascinado por su propia imagen.

Como las religiones, Internet identifica a sus fieles y herejes; utiliza “templos” y “sacerdotes”, bautiza o excomulga, desclasifica secretos, ofrece certezas, aproxima las costas de islas y continentes y atrae los cuadrantes de rebeldes y tiranos. Casi todo cabe en ese país universal sin fronteras, gobiernos, parlamentos ni tribunales, donde la industria y el comercio se articulan desde un ordenador, la tablet o el teléfono móvil gracias a soportes que “producen y venden” mercancías, boletos de viajes, bibliotecas virtuales y sitios de arte, periódicos online…

Pero en la macro nación de internautas, como en toda obra humana, hay Web y programas que atraen, asustan, amenazan o enriquecen la imaginación de niños, jóvenes y adultos con acceso a las redes sociales, pantalla y clic mediantes.

En la tierra encantada sin nunca jamás, se aproximan los límites entre damas, caballeros y peones, ávidos de nuevos mitos, viejos monstruos, bosques artificiales, juegos y avatares donde afilan sus garras los ciberpiratas que hackean documentos, videos e imágenes; mientras millones de ciudadanos se empoderan y  difunden sus proyectos sin banderas ni permiso del Jefe, el gobierno o la ONU.

Es respetable no tener teléfono móvil ni ordenador, vivir en la rutina estudiantil, doméstica o profesional; pero en un mundo tan interconectado como lleno de espejos virtuales y mutaciones tecnológicas, también valen la dependencia virtual, la eutanasia juvenil y la madre que desenchufe los artefactos…

 

Francia en la Feria del Libro de Madrid. Miguel iturria Savón

France en Feria del Libro Madrid 2016

Se habla de la decadencia de la literatura francesa, arrollada por la traducción y difusión de autores angloamericanos favorecidos por la globalización editorial, pero Francia aún trepida en la industria del libro, al menos en España que compra 700 títulos de literatos galos cada año y es el país que más traduce la lengua de Montaigne, quizás por la influencia ejercida desde el siglo XVIII hasta los años sesenta del XX por aquellos enciclopedistas en los “afrancesados” hispanos, quienes vieron en la cultura vecina sus querencias de igualdad y laicismo.

Francia ya no es -quizás nunca lo fue-, “la lingua franca de Europa”, ni “la madre de las artes, de las armas, de las leyes”; tampoco es la altanera literatura humana de la década del sesenta punteada por el psicoanalista Lacan, el antropólogo Claude Lévi-Strauss y los filósofos Sartre, Barthes, Foucault, Derrida y sus jóvenes discípulos estalinistas, maoístas y procastristas que llenaron de panfletos radicales y palabrería abstrusa los lugares públicos, mientras bebían y coreaban la mediocre apología del totalitarismo.

Entonces, por supuesto, hubo autores franceses de audacia crítica y solidez imaginativa como Emmanuel Carrere y Jean Echenoz que, desligados de la moda, escribieron obras sin la altanería excluyente de tantos “creadores comprometidos”, situándose con el tiempo al nivel de clásicos contemporáneos tan releídos como Romain Rolland, Francois Mauriac, André Malraux, Louis F. Céline, A. Camus, Simone Beauvoir, Margarite Duras o Marcel Aymé.

Sus libros, traducidos y reeditados en España por Anagrama, Pretextos, Cabaret Voltaire, Periférica y otras editoriales, llegan a la 75 Feria del Libro de Madrid -del 27 de mayo al 12 de junio en el Parque El Retiro-, bajo el lema El lado frío de la almohada -título de la novela de Belén Gopegui- y la presencia inaugural de Un sillón que mira al Sena, último texto del libanés francófono Amín Maalouf, recordado por su memorable León el Africano.

Las novedades del país invitado que circularán entre las 367 casetas y los 479 expositores del recinto ferial madrileño, se identifican con Michel Onfray –Teoría del viaje, editada por Taurus-, André Glucksmann –Voltaire contraataca, Galaxia Gutenberg-, Michel Serres –Figuras del pensamiento, Gedisa-, Francois Henri Désérable –Muestra mi cabeza al pueblo, Cabaret Voltaire-, Clémense Bouloque –Muerte de un silencio, Periférica-, Joël Dicker –El libro de los Baltimore, Alfaguara-, Alexandre Postel –La ascendencia, Nórdica-, Jacques Abeille –Los bárbaros, Sexto Piso-, y Amélie Nothomb –Petronille, Anagrama-, así como otros que asisten a coloquios o presentan obras de o sobre Francia: Cuando Europa hablaba francés, de Mar Fumaroli traducida por José R. Monreal o Contra los franceses, de Manuel Arroyo-Stephens.

Como toda nación que trascendió sus fronteras, la literatura gala incluye a escritores antillanos, canadienses y africanos que nutren y compiten en el panorama literario de la antigua metrópoli, enfrentada en lo artístico -como tantos países- a modas y modos de escribir que fomentan el consumo de libros policiales, memorísticos y testimoniales hechos con moldes para el gusto de lectores fascinados por Internet y ajenos a la estética perdurable de clásicos como Balzac, Víctor Hugo, Flaubert o Proust. No parece, pues, que la cultura se ha vuelto anglosajona, que flaquea la literatura escrita en francés, castellano o italiano, aunque sabemos que el latín, el arameo, el griego o el turco son lenguas del pasado, irrelevantes en comparación con su antaño predominio milenario. Todo fluye.

Cuba, gafas virtuales. Miguel Iturria Savón

Caricatura de Omar Santana sobre Castro y Cuba.

Es curioso. Cuando la era jurásica toca fondo en el solar cubano, los medios de comunicación no escriben la crónica de la isla perdida en el golfo de la desmesura totalitaria, sino la guaracha del país ameno y acogedor que pasó de la utopía colectiva al show de estrellas mediáticas que confunden su frivolidad narcisista con la apertura social. Actores de Hollywood, bailarines en su punta, cantantes y modelos de Chanel actúan para la farándula nativa: hijos y nietos de generales-gerentes, profesionales del desparpajo y la simulación con gafas virtuales.

Es curioso, pero la pobreza crónica y el miedo inducido por los dinosaurios en extinción que aún ocupan Palacio, no se asocia al presente real ni al futuro inasible de la mayoría insular, sino a los contratos de las aerolíneas comerciales que “rompen el monopolio de los vuelos chárter” e inundarán de turistas las calles y playas de esa Cuba tragicómica y agridulce detenida en el semáforo del tiempo.

Es curioso porque en tiempo de trivialidad e individualismo vale preguntar ¿qué hay detrás del placer de los famosos montados en el oleaje vacuo del Castrismo tardío? Tal vez confunden la dosis de postcapitalismo con aperturismo, mientras el ciudadano promedio intenta escapar del manicomio colectivo o sonríe con desdén ante el nuevo mantra de quienes llegan, fotografían las ruinas y repiten monótonos estribillos. Virutas verbales adosadas con mojito y Cubalibre. Mitos inútiles con ruidos de fondo y lentejuelas de pasarelas.

Es curioso porque Cuba aún existe, embiste, barre, borra, duele, hiede y cancela las oportunidades de salir de la pobreza material y antropológica. Porque la carroña verde oliva chilla y negocia el futuro mientras dibuja líneas en la sombra y amarra a los audaces, ajenos a show, pasarelas, banalidades, mitos y testimonios de fe.

Es curioso. Las gafas virtuales y los realities-show de los frívolos no coincide con la realidad sin maquillaje ni la necesidad de soñar otra vida y actuar para cambiar la ceremonia fúnebre por corceles que galopen sobre la pradera de otra isla, libre y abierta, sin gafas virtuales ni patria de cartón.

 

Dioses vs científicos, duelo libresco. / Miguel Iturria Savón

Dios contra la ciencia y viceversa

Dos relatos culturales opuestos atraen a los curiosos que revisan los anaqueles de las librerías de Barcelona, Bilbao, Madrid, Valencia y otras ciudades donde hallamos ensayos sobre el auge del fundamentalismo islámico, el discurso teocrático de católicos y protestantes y las antípodas de la lógica divina: la filosofía y la ciencia. Los viejos dioses aún desafían desde la Biblia, el Corán y las leyendas vedas a quienes desdeñan la religión como placebo del dolor humano. Sigue el largo duelo entre la Verdad divina y el silencio de Dios frente a la Razón científica y el ateísmo.

El reto entre los mimos de Dios y los profanos ya no pasa por los tribunales, no hay jueces ni verdugos para dirimir diferencias, pero el dilema aún oxigena los rituales de templos y catedrales, programas escolares y espacios acreditados en cadenas de radio, cine y televisión; además de las librerías y, en menor medida, los soportes digitales que difunden mensajes teocráticos e imágenes de ayatolas, obispos y hasta el Papa, ese gladiador mediático que viaja y opina en nombre de Dios sobre problema sociales.

En el juego de las estrellas disputado en las librerías por los equipos Dios y Razón, es evidente el talante teocrático de los creacionistas del “diseño inteligente” y el pelín ideológico o cientificista de sus rivales. Entre los jinetes que niegan a Dios y afirman la ciencia y la razón figura Richard Dawkins, autor de El espejismo de Dios; Sam Harris –El fin de la fe-, Dan Dennet –Romper el hechizo– y Christopher Hitchens –Dios no es bueno-. Hay, por supuesto, autores con mirada conciliadora y estudiosos laicos de la religión como Karen Armstrong, quien publicó la Historia de Dios, de la Biblia, El Islam y otras sin olvidar el sentido humano de la creación y el legado espiritual e identitario de esas formas de interpretar el mundo.

La saga es interminable y pasa por los clásicos, desde  Homero y su Odisea hasta Chesterton y Borges, sin olvidar al telúrico Darwin y sus discípulos, aunque el sentido del “nuevo ateísmo” conecta con los últimos descubrimientos de la física y la medicina y con hechos que ponen en solfa la utilidad de los dioses y el uso de este por psicópatas que buscan el poder a través del Islam, creando guerras y conflictos que reviven conflictos pasados.

En el bando de Dios están sus millares de sacerdotes y obispos, pastores, imanes, ayatolas y millones de “fieles” o creyentes anclados en la Biblia, El Corán y otros textos sagrados, revistas, folletos y biografías de santos, profetas y teólogos adoradores de mitos y ensueños premodernos. En el equipo de la Razón militan filósofos, escritores y periodistas, artistas y biólogos, físicos, matemáticos, médicos y otros sabios con eco editorial que a veces posan como gurus.

En cada lado del tablero hay certezas y descalificaciones, argumentos y pasión, análisis y aforismos. Pensemos en autores y títulos:

El filósofo francés Michel Onfray publicó en 2005 en Anagrama el irreverente Tratado de ateología; en 2016 regresa en Paidós con Una ontología materialista. En ambos invita a mirar al mundo, a restablecer “los lazos de la filosofía con la tradición epicúrea del gusto por la ciencia”, pues “las religiones monoteístas construyeron una pantalla entre el hombre y la naturaleza…”

Por su parte, el biofísico  y teólogo inglés Alister McGrath publica La ciencia desde la fe, en la que critica el cientificismo dogmático e insiste: “no hay una contradicción inevitable entre lo religioso y lo científico, que son mapas complementarios de la identidad humana”.

Otro físico y divulgador, el español Manuel Toharia, editó en Turner, 2015, su Historia mínima del cosmos, donde retoma la denuncia del oscurantismo como freno a la ciencia durante siglos.

En los círculos secularistas brilla el citado Richard Dawkins del cual circula El espejismo de Dios, obra que defiende el derecho al sarcasmo y la parodia sobre la creación divina, sin rebajarse al insulto.

De mayor vuelo literario y menor pose científica es el poeta sirio Adonis -Ali Ahmad Said Esber-, quien en Violencia e Islam sugiere repensar los fundamentos de la religión mahometana, pues el Islam “no es una religión del conocimiento, de investigación, de cuestionamiento, de realización del individuo… Es una religión del poder.”

Hay un manojo de ensayos atractivos de teólogos cristianos alejados de la ortodoxia y de su antípoda: autores ateístas, no todos transgresores ni exponentes apacibles. El tema, como la moda, viene del pasado y manifiesta el límite del discernimiento humano: millones de personas siguen atados a credos religiosos como señal de identidad, depósito de responsabilidades personales y victimismo perpetuo u ocasional. Recordemos lo expresado por los enciclopedistas franceses o lo referido por Holbach en El buen sentido. Ideas naturales contra ideas sobrenaturales: “los hombres no son más que niños grandes que confían en un Dios que no existe más que en su imaginación…y ha causado estragos, disputas y locuras sobre la Tierra”.

Dios y científicos, Max Plank