Dos novelas de Cohen. / Miguel Iturria Savón

Cohen en España en 2011

Casi nadie imagina al polifacético Leonard Cohen (Montreal, 1934-Los Ángeles, noviembre de 2016) como escritor, sino como músico y cantante de voz magnética y susurrante, sin embargo, Cohen inició su carrera con la publicación en 1956 del poemario Let Us Compare Mytologies, al cual siguieron dos novelas, once obras de poesía, entre ellos el Libro del anhelo -editado por Lumen en 2006-, más 17 discos y numerosos conciertos con los que conquistó a millones de seguidores, fascinados por su forma de reflejar las emociones y transmitir aliento y consuelo en medio de tantos sucesos y enredos cotidianos.

El intérprete de Songs o Leonard Cohen y Songs From a Room es y será recordado por sus discos y espectáculos, pero un año después de su muerte la editorial Lumen reedita en España sus novelas juveniles: El juego favorito (1963) y Hermosos perdedores (1966), ambas con prólogo del escritor Ray Loriga y traducidas por Agustín Pico Estrada y Laura Wittner, respectivamente.

No voy a reseñar las novelas ni los poemarios de Cohen, tan popular en Canadá y los Estados Unidos como en España, donde en el 2011 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Solo unas líneas para estimular la lectura de dichas novelas.

Según R. Loriga, Cohen consiguió, como Proust, “devolver a cada cosa, a cada instante, el brillo que tuvo en el pasado”, es decir, “la intensidad que impregnó ese recuerdo, sea dolor, deseo, dulzura, crueldad, desprecio, miedo, extrañeza o desconcierto, y el resto de las causas imprecisas que condenan y a la vez salvan un recuerdo”.

El juego favorito es una obra de autoficción, pues el protagonista principal -Lawrence Breavman- es, como Cohen, hijo único de una familia judía de Montreal que “va descubriendo los rincones secretos de su ciudad en compañía de Krantz, su mejor amigo de la infancia”, con quien “se encamina hacia la adolescencia y el encuentro del primer amor, Lisa…” No en vano esta novela inicial es “digna heredera de El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger, y de Retrato del artista adolescente, de James Joyce, pero hija de la estética de los años sesenta…”

Hermosos perdedores, apreciada por la crítica de los sesenta como “una fusión ingeniosa de sexualidad y espiritualidad, una mezcla de talento profético y profano, una invitación a jugar a la ruleta rusa con una pistola fálica”. Aquel triángulo pasional, lleno de humor y belleza, fue -y es-, una combinación de técnicas narrativas que “presenta el erotismo como fuente de sabiduría”, aunque en ella el autor mostró un compendio de los temas y obsesiones que marcaron los primeros años de su carrera”.

Cuba, tiempo de hastío. / Miguel Iturria Savón

Imagen del huracán Irma, devastador como el Castrismo.

El tiempo, lo efímero, lo eterno y otros vocablos creados para conjugar los anhelos, certezas y desafíos humanos, resultan paródicos cuando un grupo político se perpetúa en el poder, cambia el orden social e interrumpe la convivencia lógica de millones de personas de un país. Sucedió en Rusia en 1917, en España en 1939 y veinte años después en Cuba donde aún “la vida sigue igual”.

Lo anterior viene a cuento tras vivir un lustro en España, normalizada al morir el Caudillo a pesar  desafío secesionista vasco y catalán que recuerdan el desastre del nacionalismo cubano bajo otro líder militar que aprovechó la euforia y el autoengaño paradisiaco para aplicar la dictadura más larga de América.

Seis décadas después basta leer algunos titulares sobre aquella isla para caer en el hastío. Los guardianes del proceso aceleran el desvío hacia la tragicomedia infernal: lo mismo y más de lo mismo con formulario incluido. El burladero político con repertorio trovadoresco y reggaetón como postre del desvarío.

“Un año sin F. Castro”, es decir, con su Heredero dinástico de igual apellido, quien en el 2018 investirá a otro sucesor porque la muerte asecha y hay que dejarlo todo bien atado. Parodia tras parodia. Crímenes sin castigos ni desenlace a la vista.

¿Qué ha cambiado en Cuba? ¿La llegada de inversionistas para salvar el socialismo comunista? ¿La supresión del Permiso de Salida para que los cubanos busquen otra tierra prometida? ¿La “normalización” diplomática con USA? ¿La estampida de los médicos enviados a Brasil y Venezuela?

Los costos del desvarío son tan visibles como las estadísticas y malabarismos para engañar a la ONU, la Unión Europea y otros aliados de circunstancias que aprueban resoluciones y presupuestos favorables al Castrismo tardío. Mientras tanto, la población resiste, los maestros adoctrinan, los jóvenes intentan escapar, la oposición es reprimida, los periodistas independientes denuncian el descalabro cotidiano, los ciclones erosionan la isla, los turistas llegan y se van y el régimen baraja la crisis. ¡Qué hastío!

Libros sobre D. Trump. / Miguel Iturria Savón

Libros sobre Trump, 2017.

Tras un año en la Presidencia de Estados Unidos Donald Trump es enfocado por los medios de difusión como el Demonio de los progres, quienes disparan titulares contra el “Rey naranja”, calificado a su vez de “líder errático, proteccionista, machista, racista, xenófobo”, anti ecologista y otros epítetos sobre su forma de ser, hacer, decir, twittear, viajar, posar…

El alud de titulares se expresa en forma de ensayos, compilaciones periodísticas y novelas que valoran, describen, ficcionan o radiografían la vida e ideas, las decisiones y posibles consecuencias del líder estadounidense tras cumplir un año en la Casa Blanca. Entre los libros traducidos y reseñados por las editoriales de España circulan, por ejemplo, los siguientes:

  • Sobre la tiranía, del historiador y catedrático de Yale Timothy Snyder, editado por Galaxia Gutenberg.
  • ¿Qué hacemos ahora?, de 27 pensadores y políticos progresistas, editado por Dennis Johnson y Valerie Merians.
  • Guía para sobrevivir a Trump, de Gene Stone.
  • Contra Trump, del mexicano Jorge Volpi, editado por Debate.
  • Otoño americano, del cronista español Marc Bassets, editorial Elba.
  • La decadencia de Nerón Golden, novela del escritor hindú Salman Rushdie, editada por Seix Barral.

No soy experto en política ni sé cuanto opio impregna la catástrofe atribuida a Trump, pero sé que la realidad es muy compleja y tridimensional para asociarla al fin del mundo porque un mandatario destroce o redefina cánones en su país. Además, Estados Unidos no es el peor estado del mundo, allí funciona el sistema democrático y “hasta el más progresista quiere que el Gobierno sea invisible y no se interponga en su camino…”Quizás Trump sea demasiado visible para los progres de USA y el mundo que pugnan contra él como antes lucharon contra Nixon, Ford, Reagan o Bush.

Octubre libresco. / Miguel Iturria Savón

El tren de Lenin, otro libro sobre el déspota ruso y su travesía…

Periódicos y semanarios culturales de Madrid, New York, París, Londres, Berlín y Moscú reviven el tópico de la “fascinación” por la Revolución de Octubre, aquella revuelta del 7 de noviembre de 1917 en Rusia que prometió el paraíso igualitario, pero erigió un régimen despótico centralizado de vasto expediente criminal, enmascarado por una maquinaria de propaganda cuyos ecos resuenan en cátedras y editoriales que inundan otra vez el mercado libresco con ensayos, biografías, testimonios y hasta novelas por el aciago centenario.

La “riada” de artículos, libros y conferencias parten de la Revolución de febrero que remplazó a la dinastía de los Románov, suplida por el asalto bolchevique al Palacio de Invierno el 25 de octubre, la salida de Rusia de la Primera Guerra Mundial, la toma del poder por Lenin y otros momentos de la enorme cronología de hechos, personajes y medidas, incluida la formación de la Unión Soviética y la telaraña de desafíos, purgas, planes, víctimas y pugilatos que marcaron el siglo XX hasta la implosión de la URSS y sus satélites europeos entre 1985 y 1991.

Entre las “novedades” del culebrón ruso figuran la Nueva historia de la revolución rusa, de Sean McMeekin, editada por Taurus; El tren de Lenin, de Catherine Merridale -editorial Crítica-; el relato Octubre, de la trotskista británica China Miéville sobre lo acaecido en Petrogrado -editado por Akal-; La revolución rusa: historia y memoria, del ameno y breve José M. Faraldo -en Alianza-, quien ofrece “una mirada crítica sin estridencias” acerca del período de 1917 a 1924, cuando muere Lenin, creador de la dictadura del proletariado. Esta obra polemiza con La revolución rusa, del historiador norteamericano Richard Pipes, reeditada por Debate.

El catálogo del Centenario incluye reediciones de historias escritas por León Trotsky, Rosa Luxemburgo, John Reed –Diez días que conmovieron al mundo– y Jacques de Sadoul, autor de Cartas desde la revolución bolchevique, en una de las cuales describe a Trotsky como un “hombre nervioso, frío y amargo, cuya sonrisa satánica me deja helado a veces”, pues “…desborda desprecio y odio hacia las clases dirigentes”. De Lenin dijo: “Para él, el poder no es un objetivo en sí mismo, sino el único medio para conseguir que triunfe la idea”.

El aluvión libresco es favorecido por la desclasificación de los archivos soviéticos. Las investigaciones realizadas añaden títulos como El gran miedo, de James Harris, quien reinterpreta los años del terror stalinista y la criminalidad del régimen; Breve historia de la revolución, de la lúcida y concisa Mira Milosevich, que enlaza el período de 1917 hasta el gobierno de Putin.

Bastaría echar una ojeada a un manojo de fotos y filmes sobre la Revolución de Octubre para recordar cuanto ha cambiado el mundo en cien años y desdeñar la “utopía” desmontada en los testimonios de Archipiélago Gulag, de Alexander Solzhenitsin, un libro esencial no reeditado en octubre del 2017. Bastaría olvidar tanta doctrina anodina, pero hay lectores atraídos por el pasado y por la mitificada Revolución de octubre de 1917; a ellos les sugiero leer, además:

  • La venganza de los siervos, de Julián Casanova, editada por Crítica.
  • La sombra de Octubre, Christian Laval y Pierre Dardot -edic. Gedisa-.
  • La utopía de los sóviets en la Revolución Rusa, de Felipe Aguado -Editorial Popular-.
  • Regreso de la URSS, seguido de Retoques a mi regreso de la URSS, del célebre escritor André Gide, en Alianza.

La revolución rusa, otro libro por el Centenario.

La ciudad factoría. / Miguel Iturria Savón

Escena de la obra teatral La ciudad factoría.

 

Mientras en Barcelona y otras ciudades de la costa catalana los locos conducen a los ciegos por el precipicio nacionalista, en Sagunto y otros pueblos de Valencia, libres de enconos y desvarío romántico, la identidad no alborota las calles, sino el escenario de teatros y espacios públicos que recrean instantes del pasado.

La ciudad factoría. Una tragedia contemporánea (1919-1941), escrita por el historiador Albert Forment, dirigida por la actriz Amparo Vayá y escenificada por el elenco de Passió per Sagunt, subió al tablado de la Casa de cultura del Puerto de Sagunto del 27 al 29 de octubre. La obra es una superproducción compleja con medio centenar de actores que muestran en quince escenas la lucha de clases del período en torno a la fábrica siderúrgica instalada en el puerto de la ciudad mediterránea.

Pese a la densidad de sucesos, cuadros y escenas hiperrealistas con diálogos, música e imágenes de fondo, la representación atrapa al público y sorprende por la profesionalidad de actores y técnicos nucleados en asociaciones y grupos artísticos de la Escuela de teatro municipal, la Compañía Pez en el agua, las fallas el Palleter y Luis Cendoya y el citado Passió per Sagunt.

La inteligencia del montaje, el ritmo y las entrañables actuaciones del elenco artístico hacen creíbles el relato coral de una puesta intensa de tema tan ríspido como aquella época de tensiones y penurias económicas, obrerismo, luchas sindicales y políticas e imaginarios extremos -liberalismo, marxismo, anarquismo y comunismo libertario- enfrentados entre sí y con el fardo de tradiciones y problemas reflejados en personajes históricos como Sota y Aznar, Luis Cendoya, Juan Tudón, Eduardo Merello y Fausto Caruana, redivivos en escena junto a actores que personalizan a hombres y mujeres que pasaron de perfil, pero fueron portadores de ideas y esperanzas truncadas por la Guerra Civil española -1936-1939-.

Sagunto, fundado 600 años antes de Cristo por colonos griegos procedentes de Zante, tiene mucho que contar pues fue ocupada y destruida por el general cartaginés Aníbal en el 216, reconstruida por el romano Publio Cornelio Scipion, dominada después  por los invasores vándalos, godos y árabes, derrotados por los reyes de Aragón, aliados al reino de Castilla, en cuya órbita giró la urbanización con su enorme castillo amurallado y el mar como testigo de una urbe en movimiento.

Ciudad de Sagunto desde el Castillo amurallado

Patria, una historia del fanatismo vasco. / Miguel Iturria Savón

Fernando Aramburu, escritor vasco, autor de…

Como soy hijo y nieto de vascos y publiqué Los vascos en Cuba, a veces me preguntan a quemarropa mi opinión sobre ETA y el nacionalismo vasco. Para evitar los tópicos y lugares comunes de una trama tan ríspida, doliente y controversial, en vez de opinar, les recomiendo a mis interlocutores leer algunas obras de escritores vascos contemporáneos como Bernardo Atxaga, –El hombre solo-, Edurne Portela –El eco de los disparos y Mejor la ausencia– y Fernando Aramburu, autor de Patria, esa novela puzle que recibió el Premio de la crítica y de “Mejor libro del 2016” en España y ha sido editada 19 veces por Tusquets entre septiembre de 2016 y julio de 2017.

Los títulos citados revelan la complejidad del tema y disienten del absolutismo mal o biempensante sobre el nacionalismo vasco y el pistolerismo etarra, tan atractivo en México, Cuba o Venezuela como sugestivo para académicos y periodistas ligados a leyendas románticas y mitos legendarios sobre pueblos y etnias sometidos.

Si en El hombre solo Bernardo Atxaga -seudónimo de Joseba Irazu Garmendia- novela la tragedia de Carlos, un etarra obligado a pactar con los seres vivos y muertos que modelan su presente en un hotelito periférico de Barcelona donde reside con otros colegas retirados, con quienes reflexiona en los días previos a otra acción; en Patria, Aramburu recrea la tragedia coral de dos familia de un pueblo interior -conectado a Bilbao y San Sebastián- que sufre la impunidad de la banda y el silencio cómplice de los vecinos, el sacerdote, los maestros…

“El día en que ETA anuncia el abandono de las armas, Bittori se dirige al cementerio para contarle a la tumba de su marido el Txato, asesinado por los terroristas, que ha decidido volver a la casa donde vivieron. ¿Podrá convivir con quienes la acosaron antes y después del atentado que trastocó su vida y la de su familia? ¿Podrá saber quien fue el encapuchado que un día lluvioso mató a su marido cuando volvía de su empresa de transporte? Por más que llegue a escondidas, la presencia de Bittori alterará la falsa tranquilidad del pueblo, sobre todo de su vecina Miren, amiga íntima en otro tiempo, y madre de Joxe Mari, un terrorista encarcelado y sospechoso de los peores temores de Bittori. ¿Qué paso entre esas dos mujeres? ¿Qué ha envenenado la vida de sus hijos y sus maridos en el pasado? Con sus desgarros disimulados inquebrantables, con sus heridas y sus valentías, la historia incandescente de sus vidas antes y después del cráter que fue la muerte del Txato, nos habla de la imposibilidad de olvidar y de la necesidad de perdón en una comunidad rota por el fanatismo político”.

Estructurada en 125 mini relatos entrelazados y un Glosario con vocablos y modismos del euskera, Patria es una novela entrañable, conmovedora e inteligente sobre ese mundo paranoide regido por el rencor, la ira y la venganza que nutre historias personales coligadas con la sombra de Herri Batasuna, el sindicato LAB, los actos simbólicos abertzales, los crímenes con excusa política, la certeza étnica de superioridad, el automatismo de muerte, el síndrome de cautiverio y otros ismos que contagian a la iglesia, la taberna, el cementerio y demás espacios poblados de “miradas vacías de cordialidad”, disimulo, delirio armado y afán de camuflarse y pasar de perfil.

A diferencia de El hombre solo de B. Atxaga, en Patria  no impera el trasfondo ideológico marxista que sostiene la acción -abierta o soterrada- del héroe solitario y reflexivo obligado a pactar con el pasado. Patria es una especie de historia de “gentes sin historia”, sumergida en la cotidianidad de un entorno en conflicto que los supera. Por eso vemos crecer a los personajes, enfrentarse al vecino, rememorar las comidas familiares, evocar las acciones del Comando Oria, relatar la “procesión de los asesinos” en “el país de los callados” o las conversaciones de Bittori con su marido -en el cementerio y bajo la lluvia, dos personajes  recurrentes- y las oraciones imperativas de Miren a San Ignacio de Loyola.

Esa mirada tempo espacial ofrecida por Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) sobre los años duros de ETA, novelados con personajes entrañables liados al fanatismo vasco, es favorecida, sin duda, por la distancia geográfica de un escritor que reside en Alemania desde 1985 y publicó antes la trilogía de Antíbula –Los ojos vacíos, Bami sin sombra y La gran Marivián-, las colecciones de cuentos Los peces de la amargura –XI Premio Vargas Llosa, VII Premio D. Chacón 2006 y Premio de la Real Academia Española 2008- y El vigilante del fiordo (2011) y las novelas Fuegos con limón (1996), El trompetista del Utopía (2003), Años lentos -Premio de los libreros de Madrid y VII Premio Tusquets, 2012- y El artista y su cadáver, entre otras que  acreditan su maestría narrativa y universalizan lo local.

¿Rumba o desafío catalán? / Miguel Iturria Savón

Caricatura de El Roto sobre el secesionismo…

Si París fue una fiesta para Hemingway, quien corrió con los toros de San Fermines en Pamplona; ¿qué será Barcelona para los jóvenes y adultos convocados por los soviets de la CUP y el Parlamento catalán? Quizás una fiesta sin rumba, sustituida por banderas, mitos y construcciones históricas afines a la élite que activa el potencial destructivo del nacionalismo y las dicotomías del laberinto español, donde el desborde emocional suele sustituir a la razón.

Hay mucha contaminación identitaria, división, cizaña e hispanofobia tras la provocadora declaración unilateral del Parlamento y su convocatoria a votar por la independencia de una región que no fue ni es un reino o un país ocupado. Las máscaras del poder se nutren del pasado, la defensa de la lengua propia -cuyo predominio es apabullante- y otros bulos del relato narcisista, simplificador de hechos complejos.

Al apelar a la emoción y evadir debates reflexivos, tanto Ezquerra Republicana como la CUP y sus rehenes liberales –Convergencia y luego PDCat- usan ideas anacrónicas con lenguaje bélico y slogan atractivos. El relato hipersensible de la nación histórica no reconocida pretende memorizar la desmemoria de símbolos trasmutados: el uso de la bandera del Reino de Aragón como señera del nacionalismo catalán decimonónico, reintroducido por un grupo filonazi en la década del 30, cuando Lluís Companys intentó desmembrar a Cataluña de la República española, derrotada por los militares falangistas en marzo de 1939.

Tras el aire de azufre y el verdor ondulado de la costa mediterránea de Tarragona a Gerona, gravitan el miedo, las presiones y el estado de sitio ideado por los secesionistas durante décadas de adoctrinamiento y banderas escolares. Hay una teatralización de fondo, necesidad de enemigos y el uso de símbolos y los medios de comunicación para atraer a la masa y desafiar al Estado Central, obligándolo a intervenir y pactar con los sediciosos, quienes ven en el referéndum la antesala de su maquiavélico propósito.

Los políticos neopopulistas y los mercaderes del proceso catalán juegan con fuego al difundir el fanatismo étnico. La España que maldicen fue forjada por la unión de diversos reinos. 500 años después la fractura huele a tragedia y deja huellas, pero los jóvenes y adultos que caminan con banderas por las calles de Barcelona y otras ciudades catalanas creen que asisten a una fiesta. Gritan la rabia propia o inducida sin que nadie los reprima porque desde 1978 viven en un estado democrático español que, pese al centralismo, les concedió la autonomía y favorece su desarrollo tecnológico, urbano y cultural.

Quizás el problema radica en la crisis económica y en el choque de las élites y los partidos. O entre “la indisoluble unidad de la nación” y la concesión de las autonomías a las regiones y naciones históricas. Es posible pues en España casi todos se entienden y las gentes viven su propia historia. Espero que Barcelona, como Madrid y el París de Hemingway, siga de fiestas después del “referéndum” con sus gentes amables, sus libros, flores, ramblas y rumbas, pero sin banderas, cizañas ni políticos iracundos.

La ciudad transparente. / Miguel Iturria Savón

Resultado de imagen de Fotos y novelas de Ray Loriga

Los escritores consagrados compiten con ventajas en el mercado editorial, sobre todo cuando su entrega  ha sido premiada y hay que recuperar los millares de dólares o euros del Premio, obtener ganancias, pagarle al autor y posesionar la obra en el saturado mercado libresco, en desventaja con la incesante demanda de productos audiovisuales, textos de autoayuda y otros productos y espectáculos masivos como el fútbol.

Pienso en esto tras leer Rendición, de Ray Loriga, ganador del Premio Alfaguara de novela 2017. ¿De qué va Loriga en esta obra? De una guerra absurda narrada por un personaje de vida cotidiana que ha perdido a sus hijos en la contienda y sobrevive, entre el temor y la posible delación, con su esposa y un niño que llegó misteriosamente a casa. La evacuación tuvo como destino la anhelada -y mítica- ciudad transparente, “donde todo es de dominio público y extrañamente alegre… hasta el momento en que… despierta y…asume las consecuencias”.

Según el Acta del Jurado del XX Premio Alfaguara de novela, el libro de Ray Loriga es “Una historia kafkiana y orwelliana sobre la autoridad y la manipulación colectiva, una parábola de nuestras sociedades expuestas a la mirada y al juicio de todos. A través de una voz humilde y reflexiva con inesperados golpes de humor, el autor construye una fábula luminosa sobre el destierro, la pérdida, la paternidad y los afectos”.

Coincido con el Jurado. Rendición discurre con inteligencia, sin alardes expresivos y con una impecable estructura compositiva. Pero es muy predecible, demasiado correcta en su formulación ideoestética y tiene un estilo tan cinematográfico -Loriga es narrador y guionista de cine- que nos deja la impresión de haberla visualizado en el cine antes de leerla. Le debe mucho al cine, supongo, quizás a Black Mirror o a otra serie en vez de El Castillo, de Kafka, o 1984, de George Orwell. Tal vez el impacto esperado con esta “fábula de éxodo, destierro y pérdida” sea más común -por real y cotidiano- de lo previsto por la ficción y por el despliegue del marketing editorial.

Kafka y Orwell son clásicos de la literatura universal, pero su profesías conspiranoicas y antiburocráticas han sido superadas por el desarrollo tecnológico -la telefonía móvil, Internet y sus redes-, las normativas estatales y por la “banalización del mal”, evidente en los atentados terroristas con disfraz étnico o religioso. Ficcional sobre el control y la manipulación colectiva es válido, pero no redefine la literatura ni aporta certezas y caminos de luz ante los confusos escenarios contemporáneos.

Por último, Rendición es un título muy explícito y previsible para un creador tan prolífico como Ray Loriga, autor de Lo peor de todo, Héroes -adaptada al cine por el propio Loriga como La pistola de mi hermano-, Caídos del cielo, Tokio ya no nos quiere, El bebedor de lágrimas y otras novelas y relatos exaltados por la crítica española y traducidos a varias lenguas.

En nombre de Alá. / Miguel Iturria Savón

La prensa española y europea aún aporta detalles sobre el comando yihadista que el jueves 17 de agosto asesinó a 15 personas en la Rambla de Barcelona e intentó hacer lo mismo en Cambrils y otros lugares de Cataluña, donde días antes jóvenes exaltados acosaban a los turistas y una huelga ponía en crisis al aeropuerto principal.

Como si fuera poco el reporte mediático de periódicos y telediarios, las redes sociales se sumaron con imágenes, vídeos y opiniones contrapuestas en “tiempo real” sobre los “hermanos del mal”, el imán de Ripoll que adoctrinó a los homicidas marroquíes y las ideas a favor o en contra del Islam y su cruzada internacional. En las redes hay enfado y buenismo extremo, mitos religiosos y notas acerca de la expansión del Islam sobre África y España, la canción Imagine de John Lenon y llamados al control migratorio, la expulsión de los radicales y sus familiares, etc.

Lo sucedido en Barcelona es otro episodio de la yihad. Recordemos los miles de muertos cuando el comando de Bin Laden derribó las Torres gemelas de New York en el 2001, o los atentados posteriores en la Estación Atocha de Madrid, el Metro de Londres, el Charlie Hebdo en París y las masacres urbanas en Niza, Bélgica, Alemania y, sobre todo, en países musulmanes -Egipto, Irak, Siria, Afganistán o Pakistán- donde el terrorismo es tan habitual que apenas nos conmueve, como si la “banalidad del mal” nos anestesiara.

Todo mensaje es maleable y requiere glosa e interpretación. No existen, por ejemplo, diferencias esenciales entre las religiones. Ninguna nació para promover la violencia, pero todas tuvieron personajes que manipularon al rebaño de fieles contra los infieles. Hasta el manso Jesús tuvo momentos de ira y, en su nombre, hubo cruzadas a “Tierra Santa”, Tribunal de la Santa Inquisición y la Noche de San Bartolomé en Francia -cuchillos católicos contra los protestantes-.

Pese a sus pasajes oscuros y sus veleidades despóticas, el catolicismo y su variante reformista aprendieron a conjurar a sus demonios y rechazar los  brotes de fanatismo que enlodaron sus preceptos teológicos, puestos en solfa por la evolución filosófica y científica, la Ilustración, la revolución industrial, el liberalismo, la democracia y otros embates que limitaron al clero y el monopolio espiritual de la Iglesia sobre la sociedad.

Al parecer, la religión Islámica sigue atrincherada en sus preceptos medievales. El monopolio de sus ayatolas e imanes ahogó la Ilustración, las revoluciones liberales, la pluralidad de creencias y las conquistas sociales, acentuando su crisis y generando tensiones entre chiitas y sunitas, nucleados en torno a estados teocráticos como Arabia Saudí, Irán y Turquía, quienes rivalizan por imponerse en el Próximo Oriente y expandirse sobre España y Europa.

Esa crispación de fondo desencadena violencia y terrorismo dentro y fuera de las naciones islamizadas. Los yihadistas que asesinan en nombre de Alá contextualizan aquellos versículos atribuidos al profeta Mahoma en el Corán:

“Que no crean los infieles que van a escapar. ¡No podrán! Preparad contra ellos toda la fuerza… (8:59) ¡Creyentes! ¡Combatid contra los infieles que tengáis cerca! ¡Sed duros! Sabed que Alá está con los que le temen! (9:123); Matad a los idólatras donde quiera que les encontréis; capturarlos, sitiadlos, tenderle emboscada por todas partes” (9:5)

Con un texto así y los pretextos utilizados por los fanáticos para aplicarlo, casi todos somos infieles y estamos en riesgo de ser agredidos. Ojalá la mayoría musulmana no violenta salga del anonimato y se manifieste contra los caballos de Alá que obsequian la muerte a quienes disfrutamos de libertades negadas por peligrosas normas religiosas.

Yihadistas

¿Se inspira Black Mirror en el Decálogo de K. Kieslowski? Miguel Iturria Savón

Después de aquella serie sobre la mafia –Los Sopranos-, evadí Juego de tronos y otros audiovisuales con millones de seguidos, pero en julio del 2017 sucumbí a las turbadoras entregas de Black Mirror -Espejo negro-, ofrecida por la plataforma digital Netflix. Black Mirror es una saga de la Televisión británica creada por Charlie Brooker,  guionista de cada capítulo -salvo “Toda tu historia”, escrita por Jesse Armstrong-, y producida por Zeppotron para Endemol.

No me hubiera enganchado la futurista Black Mirror si comienzo por “El himno nacional”, impactante historia del secuestro de una princesa fanática de las redes sociales que presionan al Primer Ministro para que satisfaga la absurda exigencia del secuestrador: tener sexo -filmado y transmitido en vivo- con un cerdo, el animal más desdeñado por algunas religiones. Me alegra no seguir el orden de filmación de las tres series ni los capítulos de cada una; fui descubriendo ese mundo de ciencia ficción que explora el futuro próximo desde las innovaciones tecnológicas y su capacidad para sacar el lado oscuro de nuestras vidas.

Si “El himno nacional” es -o parece ser- una parábola retorcida en la era de Twitter, el resto de los sorprendentes capítulos de esta antología no se aleja mucho del presente y del espectáculo banal favorecido por la conexión a espacios televisivos y virtuales que seduce a millones de internautas ávidos por reafirmarse en la tribu y posar como crones de sí mismos o de quienes cultivan la visceralidad, maldicen, denigran y usan las redes con fines personales, mercantiles, políticos, etc.

La paranoia y el terror tecnológico gravitan, por ejemplo, en “15 millones de méritos”, “Oso blanco”, “Playtesting”, “Odio nacional”, “Blanca navidad” o “La ciencia de matar”. Cada una, como cada episodio, “tiene su tono, su entorno y su realidad diferente”; cada una muestra los efectos secundarios de la tecnología como droga, es decir, se aproximan “a la forma en que podríamos estar viviendo en diez minutos si somos torpes”. Según Brooker, “el espejo negro está en cada pared, en cada escritorio, en la palma de la mano: la pantalla fría y brillante de una tele, un monitor, un teléfono inteligente”.

No voy a contar las historias citadas, el desempeño de los actores y realizadores, sino invitar a los lectores a visualizar los fascinantes capítulos de Black Mirror, calificada de heredera de La dimensión desconocida y de híbrido entre The Twilight Zone y Tales of The Unexpected, lo cual no le resta interés y originalidad. Me detengo, por último, en un antecesor audiovisual memorable de fines del XX, el Decálogo de Kieslowski, el realizador polaco que interrogó el presente mirando las señales del pasado.

En el Decálogo de Kieślowski varios personajes conocidos entre sí interactúan en el espacio configurado por un complejo de edificios de Varsovia. El fondo es opaco y el tono melancólico al igual otras obras suyas, a excepción del capítulo final que comparte elementos de la comedia negra. Según la crítica, el director tuvo la idea del Decálogo “cuando Krzystof Piesiewicz vio una obra de arte del siglo XV que ilustraba los Diez Mandamientos en escenarios de ese periodo de tiempo…”. El Decálogo es un equivalente moderno con cada “mandamiento” como trasfondo y los problemas de la sociedad polaca en cada capítulo, narrado en forma oscura para evadir la censura comunista, por lo cual se valió de melodramas y conflictos morales cargados de hondura psicológica y metafísica.

Kieslowski, director y guionista, utilizó a varios directores de fotografía y a dos actores principales: Jerzy Stuhr y Zbigniew Zamachowski, además de un personaje sin nombre (Artur Barcis) en todos los episodios, exceptuando el VII y el X, que observa en silencio a los protagonistas en sus momentos claves, quizás una figura sobrenatural.

No haré la reseña de cada episodio, del reparto ni del director de fotografía, pues por la  gran recepción e influencia del Decálogo de Kieslowski es posible visualizarlos por Internet. Fue concebida para la televisión polaca en 1989 pero su impacto llegó al Vaticano y fascinó al mítico director estadounidense Stanley Kubrick. La versión en​ DVD obtuvo el 100% de votos en la encuesta de expertos del Rotten Tomatoes. Fue celebrada por críticos como Roger Ebert y Robert Fulford, e incluida en el 2002 entre las Diez mejores películas del último cuarto del siglo XX por la revista​ Sight and Sound junto a tres filmes anteriores de Kieślowski: Tres colores: azul, Tres colores: blanco y La doble vida de Verónica. Ese año, El decálogo quedó entre las 100 mejores “películas esenciales” por la National Society of Film Critics y ocupó el puesto 36 de la revista Empire sobre las “100 mejores películas de cine mundial”.

¿Coinciden y difieren Black Mirror y el Decálogo de Kieslowski? Sí, ambas interrogan el mundo, sacuden sus certezas, muestran sin ñoñerías las miserias humanas, las tentaciones inmediatas y las consecuencias de nuestros posibles actos, sobre todo cuando la inmediatez contagia, reporta y pretende rediseñar la realidad.