Habana blues. / Miguel Iturria Savón

Escucho, una tras otra, las dieciséis canciones del Cd Habana bues y recuerdo escenas de la película sobre la historia de Ruy y Tito, dos amigos que orquestan sus melodías y sueñan con ser estrellas de la música, pese a vivir en una ciudad adormecida y llena de ruinas donde hay que “luchar con el sol, con la política y con Dios”.

Como en las historias felices, un buen día aparecen dos productores españoles -José Luis Garrido y Juan Antonio Leyva- que descubren el talento de Ruy y Tito y, tras un lustro de intercambios y preparación de músicos y actores, escriben el guión y ruedan el largometraje que cambió la vida de estos chicos y la relación con sus amigos y familiares. La película, dirigida por Benito Zambrano, fue un éxito internacional.

Al escuchar la banda original de Habana blues apenas evoco las actuaciones de Alberto Yoel García, Roberto San Martín, Yaileni Sierra y otros actores y realizadores, pues la sonoridad de los grupos de rock fusión –Habana blues, Cuba libre, Tribal, Porno para Ricardo, Escape y Tierra verde– es magnética, contagiosa y explosiva, por lo que deviene un referente de calidad del pop y el rock fusión en aquella isla, como lo fue para el son el documental Buenavista Social Club.

En las canciones de Habana blues hay eclecticismo sonoro, virtuosismo vocal e instrumental y letras que narran exorcismos personales. Rebosan sabor y duende, pasión y alegría, sentimientos y mucha dignidad, sobre todo en la sutil, directa o ambigua forma de contar la realidad del país y su impacto en los conflictos personales, sin victimismo ni tópicos.

Tanto en la música como en las escenas fílmicas pesan la amistad, la realidad y el cambio de expectativas con el paisaje de La Habana y el ritmo cubano como trasfondo, adobado por la risa, el humor y pasiones expresadas con naturalidad, sin soslayar el desarraigo cultural y emocional. Hay mucha música en la banda sonora de Habana blues, pero la película no es una comedia musical, sino un drama emotivo y simpático para un país de supervivientes con ritmo y sentido del humor.

Esa Habana Underground con música alternativa vibra en las voces de X Alfonso, Kelvis Ochoa, Amílcar Pérez, Léster A. Martínez, Francisco Montejo, Ewar Acosta y Anaís Abreu; los instrumentistas Dayán Abad, Enrique Ferrer, Lola Román, Ahmed M. Ponce, Julio Padrón, Roberto Carcasses, Wilmer Castillo y Ciro J. Díaz entre otros que transportan “al espectador en vuelo directo a La Habana sin moverse del cine”, o escuchando los temas del Cd, llenos de ritmos fusionados que desatan olor, sabor y pasiones contenidas.

Hay frases inolvidables en la banda sonora de Habana blues, en “Cansado”, por ejemplo: “entre la calle y el ron, pedaleando vuelvo en el tiempo al pasado”. “Habaneando”, sinónimo de “pregonando, gozando… calle abajo por La Habana oculta de un sistema que aprieta y no quiere ceder”. En esa Habana “dormida y cansada que besa las heridas”, el futuro es cuestión de ponerse a correr”.

 

La Historia de las drogas y otros clásicos de la adicción. / Miguel Iturria Savón

Antonio Escohotado, autor de Historia de las drogas, Los enemigos del comercio…

Quien visualice algún audiovisual de Antonio Escohotado sobre los enemigos de la realidad, el liberalismo o las drogas, queda impresionado por su penetrante voz de barítono, la sapiencia sin alardes y ese rostro de anciano apacible y sin máscara que ha exprimido la vida hasta límites impensables para un académico con obra de ingente impacto sociológico, histórico, filosófico y literario: Historia de las drogas, Los enemigos del comercio, ambas de tres tomos; Rameras y esposas, El espíritu de la comedia, Caos y orden, Majestades, crímenes y víctimas, Sesenta semanas en el trópico y otros que revisitan ediciones anteriores como Aprendiendo de las drogas, Frente al miedo, Retrato del libertino, etc.

Historia general de las drogas es considerada la obra principal en dicha materia pues “aúna el enfoque histórico con el fenomenológico mediante un apéndice que examina casi todos los ángulos de la adicción”, desde sus antiguos orígenes, las formas de consumo y expansión hasta los actuales dilemas y expectativas que generan leyes y posturas contrapuestas sobre liberar los estupefacientes bajo normas de control o seguir la prohibición y el acoso a las redes y capos de distribución. Otros títulos convierten en triada la Historia general de las drogas, entre estos Las drogas: de los orígenes a la prohibición (Alianza Editorial, 1994) y el compendio Aprendiendo de las drogas, editado varias veces en papel y luego en Ebook y como audio libro.

Aprendiendo de las drogas “incluye casi 10 horas del audiolibro de Antonio Escohotado, narrando él mismo el texto de Aprendiendo de las drogas… En su voz… amplía la dimensión del ya conocido manual sobre el uso y abuso de las drogas, prejuicios y desafíos; una disección de meticulosidad quirúrgica sobre el mayor tabú de nuestro tiempo: el miedo a estas sustancias, reflejo del miedo a nosotros mismos”.

Desde “el bioensayo y acudiendo siempre al estudio de fuentes primarias, el pensador español proporciona información veraz y objetiva de máxima utilidad para el manejo de  fármacos de cuyo uso -sobrio o compulsivo, elegante o maníaco- depende en gran medida su aprovechamiento por parte del individuo”… “Usé la modificación química de la conciencia como una manera de conocer…, como una ventana a lo interno y externo”, dijo en el prólogo tras experimentar con dosis bajas, medias y altas de buena parte de las sustancias descritas, algunas en combinación con otras.

Obvia decir que Antonio Escohotado Espinosa, nacido en Madrid en 1941, investigó las drogas no solo por su incesante curiosidad y experiencia personal, sino por la afirmación de libertad que caracteriza sus actos. Su apuesta es antiprohibicionista y considera el consumo “como antídoto contra el miedo o las coacciones que empujan al ser humano hacia toda clase de servidumbre”. El consumo como opción personal y desde el conocimiento, como se bebe cerveza, vino o whisky.

El 23 de enero comenté Los enemigos del comercio, la obra que redimensiona la figura de Antonio Escohotado, entrevistado por diversas cadenas e instituciones que lo consultan como a un gurú contemporáneo que diserta sin postureos sobre problemas diversos que inciden en la sociedad.

Como sabemos, antes que Antonio Escohotado investigara y expusiera sus acuciosos puntos de vista sobre la Historia de las drogas, diversos autores escribieron y mitificaron el uso de de alucinógenos y estupefacientes. El hachís, el opio, la mezcalina, la heroína, la cocaína, las pastillas de drogas sintéticas y otras sustancias y bebidas fueron “vendidas” como placebo de la creatividad. El mito asociado a las drogas, las drogas como espejismo de lucidez configuran la obra de escritores “trascendentes”, desde Charles Baudelaire –Los paraísos artificiales– y G. Apollinaire –Alcoholes– a Henry Miller y sus seguidores. Veamos algunos:

  • William T. Vollmann escribió “13 perturbadoras historias pobladas de drogadictos y ángeles” que residían en barrios y tugurios.
  • Burroughs, autor del mítico Yonqui e Historias del arcoíris, fue el profeta de los hippies y los ciberpunks.
  • Dennis Johnson, autor de Árbol de humo y de diversos relatos de sobredosis y marginación.
  • Oliver Sacks publicó Alucinaciones donde intentó fusionar el mundo onírico con lo real.
  • Aldoux Huxley: La puerta de la percepción y Cielo e infierno.
  • Hunter S. Thompson: Miedo y asco en las vegas.
  • Charles Bukowski: Los escritores, Escritos de un viejo indecente e Hijo de Satanás, una autoparodia sobre narradores estrafalarios.
  • Guillermo Cabrera Infante. Puro humo, auto traducción de su libro Holy Smoke.

Si leyéramos a alguno de los “escritores malditos”, comprenderíamos que Antonio Escohotado no intenta en su Historia de las drogas ser un clásico de ningún tipo de adicción, al contrario, desmonta los mitos e intentos de apropiación cultural de un problema tan complejo y humano como las drogas. A diferencia de los literatos precedentes, el ensayista español, ameno y agudo como pocos, no asocia las drogas al bienestar ni al espejismo de la “original excentricidad creativa”, quizás porque sabe que las drogas castigan al lenguaje y convierten en juguetes rotos a quienes la consumen sin control ni conocimiento de sus efectos en el organismo.

 

La bailarina de Auschwitz. / Miguel Iturria Savón

La bailarina de Auschwitz, de Edith Eger, editado por Planeta en 2017, es “una inspiradora historia de valentía y supervivencia” sobre la vida de un familia húngara de origen judío enviada al campo de exterminio creado por los nazis en Cracovia, Polonia, donde hubo más de un millón de muertos, entre ellos 75.000 polacos, 21.00 gitanos, 15.000 rusos y casi cinco mil cadáveres en cada uno de los crematorios, por lo que el actual Museo de Auschwitz es el cementerio más grande del mundo, aunque allí “no hay ni una sola tumba”, sino espacios vacíos en los desmantelados hornos crematorios y las cámaras de gas.

Aún vive Edith Eger, aquella joven gimnasta y bailarina de ballet que décadas después de pasar por el infierno relató su tragedia en cuatro capítulos: la prisión, la huida, la libertad -se refugió en USA porque los rusos ocuparon a Hungría- y la curación. La estructura compositiva del libro le permite contar lo vivido y su crecimiento espiritual al formarse como psicóloga con Viktor Frankl, otro sobreviviente del Holocausto y autor de El hombre en busca de sentido-, por lo que añade casos de algunos pacientes suyos a modo de espejo.

La bailarina de Auschwitz es uno de esos libros que fertiliza nuestra sensibilidad, nos ayuda a crecer y abandonar tópicos ideológicos y culturales. Sus 412 páginas, escritas sin ñoñería ni victimismo, son un lienzo del horror y del deseo de sobrevivir sin evadir las miserias propias y ajenas, incluidas los límites y errores de familiares, amigos y colectivos humanos en circunstancias extremas. Un lienzo dibujado con palabras sabias y precisas, sin censura, diatribas, complacencias ni deseo de aleccionar a nadie.

No se trata de un libro más entre cientos de testimonios, filmes y fotografías sobre la barbarie nazi o comunista antes, durante o después de la Segunda Guerra Mundial, sino de una obra excepcional, escrita con ritmo y precisión, sin trampas, repeticiones, vaguedades ni metáforas inútiles. Una obra que rescata vidas sombrías y redime actos terribles.

La autora advierte: “…lo sucedido no puede olvidarse ni cambiarse”, aunque “huimos de trampas y sufrimientos pasados y conflictos actuales…”, pero “la vida mundana también es vida…” y “tenemos hambre de aprobación, de atención, de afecto. Tenemos hambre de libertad para aceptar la vida…”, y es preciso evitar el victimismo que “procede del interior” y no “aferrarnos a nuestra victimización”, sino ver las opciones y elegir.

A pesar de no ser amigo de revivir tragedias y testimonios desatados por guerras e ideologías, yo elegí leer La bailarina de Auschwitz e invito al lector a disfrutar de esta historia conmovedora y aprender del vasto mundo vivencial de Edith Eger.

Las leyes del espejo. / Miguel Iturria Savón

Una amiga me envió por Whassapp las “leyes del espejo”, una especie de hipótesis crítica sobre cómo vemos y nos ven, humano frente a humano. El azogue del rostro cual impacto visual interactivo, el bumerán óptico sin las viejas leyendas de la magia del espejo. Ahí les va por si desean ver y verse en la mirada propia y ajena.

  • Primera ley del espejo: Todo lo que molesta, irrita, enoja o quiera cambiar del otro, está dentro de mí.
  • Segunda: Todo lo que me critica, combate o juzga el otro, si me molesta o hiere está reprimido en mi y me toca trabajarlo.
  • Tercera: Todo lo que otro me critica, juzga o quiere cambiar de mi, sin que a mi me afecte, le pertenece a él.
  • Cuarta: Todo lo que me gusta del otro, lo que amo en él, también está dentro de mi, reconozco mis cualidades en otros.

Norcorea y otros absurdos. / Miguel Iturria Savón

Los Kim de Norcorea…

Margaret Thatcher, tan aguda y precisa, dijo que “Lo peor del socialismo no es la libertad, sino la realidad”. Norcorea, Cuba y Venezuela acreditan la certeza de la ex gobernante británica. Al cargarse las libertades para edificar el paraíso igualitario, estos países fabricaron una realidad infernal, muy por debajo de las expectativas pregonadas.

La península de Corea, dividida en dos tras la Segunda Guerra Mundial, configuró sus fronteras con la Guerra de Corea (1950-1953) desatada por Kim Sun Il, el dictador apuntalado en la parte norte por la Unión Soviética -y abuelo del actual Mandarín comunista Kim Jong-un, quien enmascara sus crímenes y el deterioro de la realidad con amenazas nucleares contra Corea del Sur, Japón y los Estados Unidos.

Veamos algunos datos sobre la realidad entre Corea del Norte y Corea del Sur:

  • Corea del Norte tiene una extensión de 120.540 km cuadrados, su población asciende a 25 millones de personas con una esperanza de vida de 71 años y una tasa de homicidios de 4,41 %, avalado en parte por sus limitadas exportaciones -1.637 millones- y el PIB per cápita (466 euros).
  • Corea del Sur tiene una extensión de 100.280 km c, una población de 51 millones -el doble con menos de 20,260 kms cuadrados-, el PIB per cápita asciende a 26.341 euros, las exportaciones son de 507.000, la esperanza de vida llega a 82 años y la tasa de homicidios es de 0,71.

En los casos de Cuba o Venezuela, las estadísticas avalan el brutal descenso económico y mercantil, más el éxodo de millones de personas que huyen de manera continua de las penurias y la represión. En solo unos meses, más de un millón de venezolanos se refugiaron en Colombia y otros tantos escaparon hacia Perú, Brasil y países colindantes.

Existen otros absurdos, por supuesto, bastaría describir brevemente la cotidianidad de la vida en países musulmanes como Pakistán, Irán, Arabia Saudí, Siria o Turquía donde las normas del Corán son un instrumento de dominación política y de acoso contra los infieles, como si vivieran en el siglo VII cuando el profeta Mahoma desveló los preceptos de Alá, un Dios tan terrible y omnipresente como el Dios del Antiguo Testamento.

La realidad es elocuente, pero no visible para la mayoría de las naciones representadas en la ONU, ciegas y sordas ante lo que sucede en Norcorea, Cuba o Venezuela.

Nuestros antepasados según Italo Calvino. / Miguel Iturria Savón

Tras releer Las ciudades invisibles, Los amores difíciles y las tres novelas que configuran Nuestros antepasados, de Italo Calvino, dejo al narrador en el bosque de los letrados pero ofrezco al lector un breve comentario sobre su saga novelesca, escrita entre 1952 y 1959, después de sus primeros relatos y novelas neorrealistas, de cierto impacto editorial en la Italia de postguerra.

Italo Calvino nació en 1932 en la periferia de La Habana, donde su padre ejercía como biólogo. Su vida no transcurrió en la isla caribeña sino en la tremendista y erosionada Italia de pre y postguerra, centro de su labor periodística y literaria hasta su muerte en Siena en 1985. Por suerte, Calvino optó por una literatura más imaginativa y fantasiosa que sociológica, evidente en su trilogía Nuestros antepasados, formada por El vizconde demediado, El barón rampante y El caballero inexistente, tres novelas breves de excelente factura, poder alusivo y enorme sentido del humor.

El barón rampante es la historia de un niño de doce años que en 1767 se encaramó a un árbol y no volvió a pisar la tierra. Desde esa atalaya el autor mira al mundo con la perspectiva del niño narrador, hermano de Cosimo Piovasco, el baroncito rebelde y terco que asoció la vida con la huida y convirtió al árbol en escenario de aprendizajes, aventuras y desventuras, amores, combates y locuras. La entrañable descripción del barón con ínfulas de marqués, la madre Generala, la hermana Battista -monja doméstica-, la voluble marquesita Violante, el bandido lector Gian dei Brughi y otros personajes nutren el lienzo de antagonismos y certezas de la Europa del siglo XVIII.

Como advirtió el creador en 1960, estas tres historias “tienen en común el hecho de ser inverosímiles y de ocurrir en épocas remotas y en países imaginarios”, por lo que constituyen un “ciclo cerrado”, ante lo cual se pregunta por el sentido de ese tipo de narrativa y anota: “… He querido hacer una trilogía de experiencias sobre cómo realizarse en cuanto seres humanos: en El caballero inexistente la conquista del ser, en El vizconde demediado la aspiración a sentirse completo por encima de las mutilaciones impuestas por la sociedad, en El barón rampante un camino hacia una plenitud no individualista alcanzable a través de la fidelidad a una autodeterminación individual: tres grados de acercamiento a la libertad. Y al mismo tiempo… tres historias “abiertas”,… de pie como historias por la lógica del sucederse de sus imágenes,… (y por) … el imprevisible juego de preguntas y respuestas… vistas como un árbol genealógico de los antepasados del hombre contemporáneo, en el que cada rostro oculta algún rasgo de las personas que están a nuestro alrededor, de vosotros, de mí mismo.”

Italo Calvino fue un escritor prolífico, reeditado y llevado al cine. Su vasta obra incluye Ermitaño en París y el ensayo ¿Por qué leer a los clásicos?

Las palabras con filo de Diego Capusotto. / Miguel Iturria Savón

Actor Diego Capusotto

Diego Capusotto, actor y comediante argentino

Cuando alguien menciona al actor y humorista argentino Diego Capusotto nos viene a la mente la  sarcástica serie televisiva Peter Capusotto y sus vídeos, o el policía encarnado por él en las comedias negras Kryptonita, Nafta Súper y 27: el Club de los malditos, dirigidas por Nicanor Loreti; la última es memorable por el rastreo de varias estrellas de rock asesinadas. En el 2018 Capusotto volvió a los medios en Buenos Aires con una sátira fílmica sobre el kirchnerismo y el macrismo. El actor, controversial por sus opiniones públicas, ha “definido” una serie de palabras que vale la pena leer para sonreír, con perdón, por supuesto, de las feministas y los Guardianes de las Normas y la Corrección Política.

  • Amiga: Dícese de la mujer que tiene ese “no sé qué” que elimina toda intención de acostarse con ella.
  • Amor a primera vista: Lo que ocurre cuando se encuentran dos personas poco exigentes y excepcionalmente calientes.
  • Banquero: Es un tipo que te presta su paraguas cuando hay sol radiante y te lo reclama cuando empieza a llover.
  • Abogado: Es alguien que te saca el reloj de tu muñeca, te dice la hora y te cobra por ello.
  • Cura: Persona al que todos llaman padre menos sus hijos, que lo llaman tío.
  • Desilusión: Cuando el bonito trasero no coincide con la espantosa cara.
  • Fácil: Dícese de la mujer que tiene la moral sexual de un hombre.
  • Hombre: Aquel individuo humano que durante sus primeros nueve meses de vida, quiere salirse del útero y el resto de su vida intenta entrar en él.
  • Intelectual: Individuo capaz de pensar por más de dos horas en algo que no sea sexo.
  • Lengua: Órgano sexual que algunos degenerados usan para hablar.
  • Boy Scout: Un niño vestido de estúpido, comandado por un estúpido vestido de niño.
  • Sweater: Prenda que usan los niños cuando la madre tiene frío.
  • Trabajo en equipo: Posibilidad de echarle la culpa a otros.
  •  Urólogo: Especialista que te mira el pajarito con desprecio, te lo agarra con asco y te cobra como si te lo hubiera chupado.

El infierno de Virgilio Piñera. / Miguel Iturria Savón

Releía Los cuentos completos de Virgilio Piñera, editados en La Habana en 2002 y 2004, cuando reparé en “El infierno”, de solo un párrafo y 195 palabras, pero de tal agudeza, hondura humana y sentido paródico que se lo ofrezco al lector para que lo disfrute y lea otras obras del mítico creador. ¿Y quién es o fue Virgilio Piñera?, preguntarán algunos antes de leer “El infierno”, tan diferente del Infierno descrito en la Divina Comedia por el poeta italiano Dante Alighieri (1265-1321).

Nacido en Cárdenas en 1912 y fallecido en La Habana en 1979, Virgilio Piñera Llera fue el “más kafkiano” de los literatos de aquella isla por su escritura coloquial y sarcástica de estilo vanguardista y experimental. Los relatos, dramas, novelas y poemas de este autor sorprenden por su originalidad, irreverencia y maestría expositiva. “Soy ese que hace más seria la seriedad a través del humor, del absurdo y de lo grotesco”, dijo. Tal certeza es evidente en sus dramas Electra Garrigó, Jesús, Los siervos o Dos viejos pánicos; las novelas La carne de René y Pequeñas maniobras; los Cuentos fríos y relatos inauditos como “El viaje”, “Tadeo”, “La caída” o “La rebelión de los enfermos”, cuyos protagonistas son seres fantasmales y en acecho que oscilan entre lo paródico y el vacío, el absurdo existencial, el cuerpo y el ambiente homofóbico sufrido por el autor en los años 60 y 70, esas décadas de gritería estática y estética sobre “el hombre nuevo”.

Al escribir en 1946 “El infierno”, Virgilio Piñera tenía 34 años y no sabía que viviría para contar su propio infierno con “honestidad suicida”, es decir, con mirada herética, disparatada y sarcástica de imaginación profética. Lean, piensen y disfruten.

 

El infierno

Cuando somos niños, el infierno es nada más que el nombre del diablo puesto en la boca de nuestros padres. Después, esa noción se complica, y entonces nos revolcamos en el lecho, en las interminables noches de la adolescencia, tratando de apagar las llamas que nos queman -¡las llamas de la imaginación!- Más tarde, cuando ya no nos miramos en los espejos porque nuestras caras empiezan a parecerse a la del diablo, la noción del infierno se resuelve en un temor intelectual, de manera que para escapar a tanta angustia nos ponemos a describirlo. Ya en la vejez, el infierno se encuentra tan a mano que lo aceptamos como un mal necesario y hasta dejamos ver nuestra ansiedad por sufrirlo. Más tarde aún (y ahora si estamos en sus llamas), mientras nos quemamos, empezamos a entrever que acaso podríamos aclimatarnos. Pasados dos mil años, un diablo nos pregunta con cara de circunstancia si sufrimos todavía. Le contestamos que la parte de rutina es mucho mayor que la parte de sufrimiento. Por fin llega el día en que podríamos abandonar el infierno, pero enérgicamente rechazamos tal ofrecimiento, pues, ¿quién renuncia a una querida costumbre?

Un cadáver en aeropuerto de La Habana. / Miguel Iturria Savón

El 1 de octubre hubo un asiento vacío en el vuelo de las siete de la mañana Habana-Montreal. El viajero ausente fue un turista estadounidense que cayó al piso y murió tras preguntarle algo a la empleada que chequea los pasaportes y boletos antes de acceder al salón de espera. La caída y el intento de reanimación sorprendió a la funcionaria y a los pasajeros de la cola, entre ellos el amigo que me llamó al llegar a Montreal, impresionado por el suceso, “tan trágico que parece irreal”, pese al cadáver -tapado con una sábana transparente- y la presencia de un médico, dos enfermeros y una decena de policías agilizando la salida e impidiendo filmar o fotografiar al difunto.

-¿Averiguaste algo sobre el muerto”? ¿No han colgado fotos suyas en Facebook, Twitter u otro soporte virtual”?

-“Hasta ahora, nada. Todo fue tan insólito y rápida la presencia policial que dudo la existencia de vídeos y fotos, salvo las imágenes tomadas después por los peritos y forenses. Los rumores del avión fueron distorsionados por la diatriba de un pasajero alcohólico o drogadicto reducido por dos policías canadienses al aterrizar en el aeropuerto de Montreal”.

Quizás haya pasado antes, la muerte no avisa y sorprende a cualquiera lejos de casa, pero el hecho de ser un ciudadano estadounidense en territorio cubano despierta suspicacias, sobre todo por más de medio siglo de rabieta del régimen insular contra la gran nación norteña  ¿Quién era, qué hacia en la isla, estaba enfermo o…? EPD

 

Boudin y Monet en el Thyssen. / Miguel Iturria Savón

Eugene Boudin, pintor francés

Desde junio y hasta el 30 de septiembre la Sala de exposiciones temporales del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, instalado desde 1992 en el Palacio de Villahermosa del Prado de Madrid, casi al frente del célebre Museo Nacional del Prado, exhibe una muestra exhaustiva de la obra pictórica de los paisajistas franceses Eugene Boudin y Claude Monet.

Tras apreciar los lienzos, acuarelas y escritos sobre los artífices del naturalismo y el impresionismo galo, les dejo mi breve comentario y una sugerencia: no visualizar antes las vastas colecciones de la primera y segunda plantas, pues quedarían fascinados con las maravillosas figuraciones cromáticas de los grandes pintores italianos, neerlandeses, españoles, alemanes, flamencos y los representantes del barroco y de la pintura europea, norteamericana o inglesa de los siglos XIX y XX.

El pintor francés Eugene Boudin (1824-1898) evolucionó del romanticismo al naturalismo, mientras su amigo y discípulo Claude Monet (1840-1926) transitó del naturalismo al impresionismo, plasmando ambos los efectos atmosféricos en paisajes y marinas asentados en bocetos previos al aire libre para apresar la luz y la naturaleza de El Havre, los alrededores de París y lugares del sur de Francia. El naturalismo y el impresionismo, considerados a fines del XIX como géneros menores con demanda ascendente, incluyó las marinas y escenas de playa, las variaciones en pastel sobre bosques, ríos y otros espacios naturales, pintados con colores claros y brillantes para apresar, además, a pescadores y veraneantes, burgueses, aristócratas y coleccionistas que admiran y pagan bien a estos virtuosos del arte ajenos a rostros, dramas, mitos religiosos y anécdotas de interés social.

Monet y Boudin expusieron sus lienzos, acuarelas y pasteles en la Primera Exposición Impresionista de 1874. En la década de 1890 Monet dio un giro a su obra creando series de diversos lienzos con un motivo específico y encuadres que recrean las condiciones atmosféricas durante horas o instantes del día, como lo hiciera antes de manera intuitiva su maestro Boudin para “captar” los efectos de la luz en los muelles de Trouville. Para ambos artistas, “formados bajo los grises y cambiantes cielos de Normandía, el encuentro con la luz del Mediterráneo fue una revelación”, evidente en “el empleo de una paleta más colorida” y luminosa, sobre todo en los lienzos de la Costa Azul, la Riviera italiana y en Venecia, donde Monet pintó más de 70 lienzos, su “canto de cisne”.

Claude Monet, pintor francés