Izquierda, derecha… / Miguel Iturria Savón

A veces, mientras leo algún periódico o escucho a los tertulianos de un telediario, recuerdo los versos de La isla en peso, escrito por Virgilio Piñera en 1943. Aquellos versos infieren la relevancia de la subjetividad: «Las historias eternas frente a la historia de una vez del sol, las eternas historias de los negros que fueron, y de los blancos que no fueron, o al revés…»
Esas «historias blancas, negras, amarillas» no cotizan en los fantasmas redimidos por quienes intentan reescribir la Memoria histórica de una guerrita incivil que hubo en España, ni en los delirios de los nacionalistas de genes superiores cuyos chillidos deleitan al Work progre peninsular, tan cándidos… Tampoco importa a los pirómanos que incendian ciudades o joden la convivencia en España o Chile, por ejemplo.

Un poco de humor conviene a la tara política mediática que banaliza el dualismo -izquierda/derecha, progre/facha, orden/violencia, hombre/mujer, etc-.Lo light contra lo lúdico resucita pero es volátil. Hay adultos infantilizados y jóvenes de clase media o alta que invocan derechos conquistados por sus padres.

Aún quedan historias reales y gentes violentas que desatan sus demonios personales en las redes sociales. Entre esas historias blancas, negras, rojas o amarillas suelen naufragar algunos políticos y muchos creadores de opinión, es decir, gentes con agendas e intereses.

Para frivolizar sobre el binomio izquierda/derecha transcribo un texto en clave de humor que me envió un amigo: ¿Cómo saber quién es de izquierdas o de derechas?

«Cuando a un tipo de derechas no le gustan las armas, no las compra y listo. Cuando a un tipo de izquierdas no le gustan las armas, quiere prohibirlas hasta en las Fuerzas armadas.

Cuando a un tipo de derechas no le gustan los toros, no asiste a la plaza. Cuando a un tipo de izquierdas no le gustan los toros, intenta prohibirlos y dedicar las plazas a mítines de su partido.

Cuando a un tipo de derechas no le gusta el tabaco, no fuma. Cuando a un tipo de izquierdas no le gusta el tabaco, no descansa hasta intentar vetarlo para que nadie fume.

Cuando un tipo de derechas es homosexual, vive su vida como tal sin molestar a nadie. Cuando un tipo de izquierdas es homosexual, hace ostentación de ello, participa «orgullosamente» en desfiles horteras y exige, además, una subversión pública.

Cuando un tipo de derechas tiene problemas en su trabajo, pide la cuenta y se marcha. Cuando un tipo de izquierdas discrepa en el trabajo, levanta una queja por acoso laboral y hace huelga contra la discriminación con el apoyo de su sindicato.

Cuando a un tipo de derechas no le agrada un programa de la televisión, la apaga o cambia de canal. Cuando a un tipo de izquierdas no le agrada un programa de la televisión, demanda judicialmente al canal que emite el programa por ser «facha».

Cuando un tipo de derechas es ateo, no va a la iglesia, ni a la sinagoga ni a la mezquita. Cuando un tipo de izquierdas es ateo, no quiere ninguna alusión a Dios en ninguna parte y protesta contra las religiones y sus símbolos (salvo el Islam porque…)

Cuando un tipo de derechas tiene problemas económicos, trabaja todo lo que puede e intenta pagar sus deudas. Cuando un tipo de izquierda tiene problemas económicos, le echa la culpa al Gobierno, si este no es de izquierda, claro; a los empresarios, a la burguesía, a los bancos y al capitalismo, a la globalización, a los americanos, a Felipe II, al difunto Franco, al Papa, al Real Madrid y a los extraterrestres.»

Nota: Ríe o rabia, según tu filia y fobias. Vale hacer catarsis, diálisis o metástasis, según…

Retrato del Libertino. / Miguel Iturria Savón

El prolífico Antonio Escohotado Espinosa (Madrid, 1941) es uno de los principales pensadores de habla hispana de fines del siglo XX y principios del XXI. El autor de Historia de las drogas, Los enemigos del comercio y otras obras ha expandido los saberes históricos, filosóficos, sociológicos y jurídicos. Bastaría escuchar en Internet algunas entrevistas y conferencias suyas o leer, por ejemplo, Sesenta semanas en el trópico, El espíritu de la comedia y Mi Ibiza privada para apreciar su agudeza, agilidad verbal y esa honestidad suicida que revela su valor ético y profesional.

Escohotado ha declarado «no tener otro estímulo que la auto aclaración, ni brújula distinta de averiguar cómo nace y acaba cada cosa». Esa forma de crear como ejercicio de autoaprendizaje es palpable en la variedad de temas que aborda, inspirado en las fuentes primarias, en los métodos de investigación, el análisis económico y el retrato psicológico, siempre libre y ajeno al dogmatismo.

En ocasiones anteriores comenté Los enemigos del comercio y la Historia de las drogas, les invito a disfrutar otro libro de Antonio Escohotado, Retrato del libertino, donde reúne siete ensayos breves y magistralmente escritos. Advierto: es una lectura para mentes desprejuiciadas.

José L. Pardo describe la Tragedia y farsa del socialismo.

El filósofo y profesor español José Luis Pardo Torío, autor de libros como La regla del juego y Estudios del malestar, publicó en Letras Libres del 1 de octubre de 2019 el ensayo «Tragedia y farsa del socialismo», un texto medular para entender el blanqueo del socialismo y la fallida doctrina marxista que pese al horror ocasionados en su aplicación es retomada por intelectuales y grupos políticos a través de «la farsa de la lucha de identidades» y «disputas nacionales, de cultura, de lengua, de tribu o de género».

Letras Libres es una revista mexicana mensual, de crítica y creación, dirigida por Enrique Krauze. Se edita en México y en España y es sucesora de Vueltas, de Octavio Paz. Les dejo el texto íntegro del ensayista hispano y la invitación a visitar Letras Libres.

Tragedia y farsa del socialismo. Por José Luis Pardo, en Revista Letras Libres, el 01.10.2019

¿Es correcto identificar la caída del muro de Berlín con el fracaso del comunismo? En un sentido bastante razonable, por supuesto que lo es. El principal encanto que, comparado con otras doctrinas revolucionarias, presentó el comunismo, tanto para los cientos de intelectuales que se adhirieron a él como para los miles de militantes que lo defendieron con todas sus fuerzas, e incluso para los millones de personas que lo padecieron en sus carnes convencidas de que el sacrificio merecía la pena, procede de la gran reputación de su fundamento teórico, el marxismo.

Porque, además de ser la inspiración de un movimiento revolucionario, el marxismo siempre tuvo (y conserva) la fama de ser una teoría científica, e incluso una filosofía científica. Lo más importante, por supuesto, es lo primero. Lo es al menos desde el siglo XIX, cuando se pudo experimentar que las teorías científicas ya no eran solo divertimentos más o menos sofisticados de algunos sabios chiflados, sino instrumentos que servían para levantar puentes, erradicar enfermedades endémicas, hacer marchar barcos y ferrocarriles, comunicarse a miles de kilómetros de distancia, producir masivamente bienes y servicios, ganar guerras e inmortalizar al instante, mediante la fotografía, cualquier cosa que se pusiera ante nuestros ojos.

Lo mínimo que podía esperarse era que, cuando este saber tan beneficiosamente probado en la naturaleza se aplicase a la historia, cosechase parecidos éxitos en el ámbito del progreso social, político y moral de la humanidad. La mayoría de los marxistas que han leído (entero) El capital aseguran que, en sus páginas, Marx cumple lo que promete en el prólogo y enuncia una ley científica acerca del “movimiento histórico de las sociedades modernas”, es decir, acerca de la palanca que hace que la historia avance (quienes también han leído entero El capital sin ser marxistas no están tan seguros).

Si esta hipótesis científica (sobre la sociedad moderna) lleva aparejada una filosofía (de la historia universal) es para asegurar que el movimiento que la teoría predice (o sea, la autodestrucción del capitalismo) no es meramente mecánico, sino moralmente correcto, es decir, que la historia se mueve hacia donde debe moverse (la desaparición de las clases sociales). Naturalmente, para que esta hipótesis se convierta en teoría científica tiene que confirmarse experimentalmente (o, lo que es popperianamente lo mismo, tiene que arriesgarse a ser refutada por los hechos). Como alguien ha dicho, Marx llegó a fundar una organización política destinada a cumplir su predicción teórica. Y, algunos años después de su muerte, la revolución llevada a cabo en Rusia por esa organización pareció ser precisamente esa prueba que aseguraba la cientificidad de la teoría marxista y la moralidad de su filosofía de la historia.

Desde este punto de vista, la desaparición de la Unión Soviética y sus satélites fue la refutación definitiva, tras una gigantesca acumulación de evidencias, de la supuesta teoría científica y, dado el grado de persecución política y de corrupción institucional reinante en la URSS, también de la superioridad moral de aquel movimiento histórico. Por ello, la hipótesis habría debido quedar arrinconada en el desván histórico de la ciencia, como el flogisto o la frenología.

Pero no fue tan sencillo. La desastrosa realidad práctica de la Unión Soviética y sus satélites era bien conocida desde mucho antes de 1989, aunque notables intelectuales comprometidos colaborasen durante décadas a su ocultación, en un ejercicio de tergiversación histórica tal que, como dice Steven Pinker, en comparación con él nuestras actuales fake news son un juego de niños. La razón de ello la enunció Orwell en 1944: “El punto de vista de los intelectuales es más totalitario que el del ciudadano corriente. La mayoría de ellos acepta sin problemas los métodos dictatoriales, la policía secreta, la falsificación sistemática de la historia, etc., siempre que crean que todo ello beneficia a ‘los nuestros’.”

Pero cuando la realidad de la URSS ya resultó innegable, la mayoría de los intelectuales marxistas occidentales dejaron de percibir el resultado de la Revolución rusa como un foco de esperanza. Como se trataba, precisamente, de intelectuales, la razón aducida para explicar la catástrofe de la práctica comunista histórica fue que la teoría aplicada por el Soviet Supremo no había sido la auténtica teoría marxista, sino una caricatura vulgar y grosera de la misma. Así que el quehacer de estos intelectuales, cómodamente aposentados en los nichos culturales de la democracia liberal, consistió en un ejercicio infatigable de depuración, refinamiento y sofisticación de la teoría marxista para evitar los errores soviéticos, y en el recambio de la imaginería de la Revolución rusa por la mitología subversiva de Cuba, China, Camboya o Vietnam (aunque, por supuesto, no trasladaron su residencia a ninguno de estos escenarios), cuyos sucesivos fracasos fueron poniéndose en la creciente cuenta de una deficiente comprensión del marxismo y, por tanto, aumentando la urgencia de la reconstrucción teórica.

Este fue el objetivo de la Crítica de la razón dialéctica de Sartre, pero también de la obra completa de Th. W. Adorno, de la “revolución teórica” de Althusser y de un largo rosario de redescubrimientos teóricos del auténtico Marx (acompañados de nuevas y sugerentes relecturas de Spinoza, Hegel o Fichte) que ha llegado hasta nuestros días en las obras de Antonio Negri, Michael Heinrich o Moishe Postone, entre muchos otros. En las páginas escritas por estos pensadores –algunos de los cuales alcanzaron indiscutibles logros teóricos– el marxismo quedó, en efecto, teóricamente redimido de toda responsabilidad por los crímenes históricos cometidos en su nombre, pero al mismo tiempo la práctica política comunista que había de ser iluminada por la teoría depurada parecía quedar reducida a una distinguida retórica radical especialmente recomendada para profesores universitarios (sobre todo de filosofía) y profesionales del sector artístico-cultural.

El año 1968 marcó la llegada al poder cultural de una nueva generación de intelectuales que, o bien no eran marxistas (como Michel Foucault), o bien lo eran de una manera heterodoxa (como Marcuse, Chomsky, Deleuze, Guattari, Derrida o Lyotard), es decir, que pensaban que la teoría de Marx debía ser “completada” con las de Freud, Nietzsche o Heidegger, y que su escasa efectividad en el siglo XX se había debido a estas carencias.

También ellos se aplicaron con denuedo a la reconstrucción de la teoría revolucionaria que habría de servir de base a una actualización de la práctica política, pero su principal diferencia con sus predecesores consistía en que ya no preveían una conquista violenta del poder del Estado por parte del proletariado apoyada en la contradicción central del capitalismo, sino la detección de las líneas de fuga y los puntos de resistencia múltiples alumbrados por los nuevos movimientos sociales surgidos de la revuelta del Mayo francés y americano: ecologismo, feminismo, movimientos de liberación sexual, motines carcelarios, disturbios raciales, antipsiquiatría, revueltas estudiantiles y reivindicaciones nacionalitarias, que en ese momento no solo caían fuera del ámbito de representación de los partidos gobernantes sino también de los partidos comunistas.

Sin embargo, esta nueva imagen diversificada y variopinta del “sujeto revolucionario” se quedó, por el momento, en una revolución cultural (sobre todo universitaria) que, a la altura de la década de 1980, parecía completamente integrada en el “sistema” y desactivada por el triunfo del neoconservadurismo de Thatcher y Reagan. De manera que, cuando el muro de Berlín se vino abajo, lo único que vieron tras él aquellos que, desde el marxismo ortodoxo o desde el heterodoxo, se consideraban herederos intelectuales del espíritu revolucionario fueron los escombros de una gran potencia nuclear y de una burocracia obsoleta cuyos crímenes, a pesar de no ser menores, ni siquiera despertaban el horror que había suscitado la barbarie del nazismo, sino, como explicó en su día Martin Amis, únicamente la misma risa que los estrambóticos comisarios soviéticos de 1,2,3, de Billy Wilder.

Sin embargo –“la vida te da sorpresas”, decía el remake de Rubén Blades de la célebre canción de Kurt Weil–, el capitalismo acudió en su ayuda. La crisis económica de 2008 provocó un razonable descontento ciudadano que pronto se contempló como un capital políticamente aprovechable, lo que, unido a la irrupción de las llamadas “redes sociales”, fue el caldo de cultivo de un revival del comunismo que una vez más puso de actualidad aquel sarcasmo de Marx de que los acontecimientos históricos trágicos siempre se repiten en forma de farsa.

Lo que en esta farsa nos recuerda tragedias del pasado reciente no es solamente la resurrección de consignas y discursos asociados al fascismo y al comunismo, sino la insistencia en analizarlos mediante la distinción entre izquierda y derecha. Durante muchos años, hubo una gran resistencia por parte de los intelectuales aludidos a aceptar la designación “totalitarismo” para referirse colectivamente a los regímenes de Lenin o Stalin y los de Hitler o Mussolini. Ya he explicado las razones de esta resistencia: ellos consideraban que el comunismo era teórica y moralmente (o, si se prefiere, científica y filosóficamente) superior al fascismo, aunque una insuficiente comprensión de sus fundamentos hubiese provocado algunos errores históricos. Por tanto, había que distinguir entre un totalitarismo malo y otro bueno.

Hoy solemos utilizar la expresión “populismo” para referirnos a los farsantes que imitan cómicamente los argumentos de aquella tragedia. El término, desde luego, es tan impreciso como su contraparte, “neoliberalismo”, y seguramente debe su éxito actual a que algunos de sus representantes, en lugar de rechazarlo como una descalificación, lo han asumido como un signo de distinción y le han otorgado cierta densidad teórica de ascendencia lacaniana.

Porque también en este caso los nuevos (aunque algunos muy viejos) intelectuales revolucionarios –a mucha distancia de la finesse de Adorno o de Derrida–, que han mezclado el marxismo auténtico con la revolución molecular sesentayochista, se empeñan en distinguir entre un populismo malo, heredero del fascismo, y otro bueno (el de izquierdas, heredero del comunismo), y en apuntalar la superioridad moral de este último sobre presuntos fundamentos científicos. Fundamentos que ahora ya no persiguen profundizando hasta los más recónditos abismos de El capital, sino surfeando por la epidermis simbólica del tejido civil para detectar las zonas irritables de la democracia liberal, los focos de descontento, sin distinguir entre los grandes y los pequeños. Y como se trata de intelectuales revolucionarios, no reformistas, no pretenden con ello contribuir a resolver o minimizar esos descontentos por vías institucionales, sino capitalizarlos políticamente para desbordar las instituciones.

Fue Foucault quien dijo que la revolución es la codificación estratégica de todos los (irregulares, dispersos, diversos) puntos de resistencia. Convertida cada una de estas zonas de fricción en un área de investigación teórica, y si es posible en un departamento universitario, se declara en ellas una guerra (simbólica) entre el establishment canónico (que para estos teóricos siempre es deleznable) y los modelos contrahegemónicos que se le oponen o se le resisten (que para ellos son siempre moralmente superiores en cuanto potencialmente revolucionarios). Y en esta actividad –la de codificar un variado antiestablishment que acaba siendo tan asfixiante como cualquier establishment– los nuevos teóricos muestran el mismo infatigable ahínco que sus predecesores para hacer aparecer como una evidencia empírica de las ciencias sociales lo que es en realidad un presupuesto ideológico: que ellos conocen la hidra de mil cabezas que causa todos los males del mundo.

Esta guerra simbólica no pretende disciplinar a una clase explotada para hacer de ella el ejército de choque que acelere la autodestrucción del capitalismo; ahora se trata de aglutinar un malestar difuso y heterogéneo para obtener respaldo electoral y así poder “superar” las instituciones del Estado de derecho desde dentro. Y, en este ejercicio, la tragedia de la lucha de clases ha sido sustituida por la farsa de la lucha de identidades. Ya sean estas nacionales, de género, de especie, de genética, de cultura, de lengua o de tribu, el objetivo es que todas ellas converjan hacia el cuestionamiento de la democracia liberal, que consiguió pacificar los irresolubles enfrentamientos identitarios anteriores al Estado de derecho (cuyo combustible era la religión) justamente subordinando la identidad a la igualdad jurídica, esa misma igualdad de derechos cuestionada ahora por todas estas diversidades de hecho (es decir, identidades) que se sienten agraviadas.

Incluso el alineamiento con un partido político, que empezó siendo una forma de participar en los asuntos públicos, se ha convertido hoy en un signo de identidad (y, por tanto, de aversión tribal al enemigo) más que en un cauce de resolución de conflictos. La diversidad –entendida como el derecho de cada cual a desarrollar libremente su proyecto de vida sin conformarse a un modelo único y obligatorio–, que fue uno de los grandes logros de la Ilustración, se ha convertido ahora en un arma que se levanta contra ella.

Quienes han vivido bajo un régimen totalitario saben perfectamente hasta qué punto es perverso creer que hay algún totalitarismo bueno o pretender que Hitler era de derechas (¿como Churchill?) y que Stalin era de izquierdas (¿como Willy Brandt?): la distinción solo es practicable cuando existe pluralismo político, algo que estaba por principio excluido en los regímenes de ambos líderes, de modo que a sus víctimas no les sirvió de mucho consuelo pensar que en el caso de Stalin se les perseguía o torturaba por razones científica y moralmente “justificadas”.

El populismo de farsa del siglo XXI no anula de iure la distinción izquierda/derecha, pero la diluye de facto porque la columna vertebral de su discurso es la oposición transversal entre “los de arriba” y “los de abajo” (el pueblo y las élites, la gente y la casta, etc.). El enemigo al que se atribuye la causa de toda infelicidad es tan borroso, fluido y maleable como heterogéneo y diversificado es el “pueblo” al que se intenta organizar para combatirlo, sin que los sesudos codificadores de los puntos de resistencia tengan a estas alturas la menor idea de cómo conciliar políticamente las tan disparejas aspiraciones de esa marea de identidades a la que pretenden tutelar, como otros pretendieron antes tutelar a “las masas proletarias”, sin tener la menor idea de lo que hacer con ellas una vez utilizadas como ariete para lograr el poder. Cosa de farsa, en efecto, parecen los liderazgos antiliberales surgidos en Europa y América para capitalizar políticamente el malestar, como lo parece sin duda escuchar al secretario general del Partido Comunista Chino defender el libre movimiento de capitales contra el proteccionismo económico del presidente de los Estados Unidos.

Ni el comunismo ni el capitalismo parecen ya ser lo que eran. Pero la farsa, por el momento, no solamente ha determinado una progresiva pérdida de relevancia de los partidos de centroizquierda y centroderecha que gestionaron el Estado del bienestar posterior a la Segunda Guerra Mundial (y que a menudo, con la comprensible intención de sobrevivir, eligen desplazarse –aunque solo sea de palabra– hacia los extremos, que son justamente los que minan sus expectativas), sino que ha provocado una crisis institucional sin precedentes en la Unión Europea. Ninguno de estos problemas es efecto de la caída del muro de Berlín, pero todos ellos contribuyen a neutralizar la ilusión óptica de que tal caída, que sin duda fue un triunfo de la democracia liberal, era el fin de los problemas para esta última.

A veces la política… / Miguel Iturria Savón

A veces la política asume la forma de relato, un relato que intenta convencer y atraer a la población hacia el discurso de un partido cuya maquinaria electoral usa propuestas como señuelos, es decir, verdades posibles y ensueños sonoros. La meta es el poder, esa pradera donde habitan profesionales de la política y funcionarios que manejan la maquinaria burocrática del país.

Se monta un partido para gobernar, o sea, para “gestionar la convivencia” desde las leyes y en nombre de los ciudadanos, pues todo grupo político está formado por personas, algunos sin ideología, que aspiran a ser profesionales de la política: ocupar cargos burocráticos… Existen, por supuesto, profesionales de la política en diversas cátedras de universidades, en asociaciones gremiales y grupos de debate con espacio en la radio, la televisión y otros medios de comunicación.  

A veces el relato político es la guerra por otros medios. A veces el relato político se adueña de la televisión y aprovecha cualquier suceso para arruinar el discurso electoral del partido contrincante. A veces un partido sin nada nuevo que ofrecer monta una maquinaria de seducción para adueñarse del voto de homosexuales, ecologistas, jubilados y feministas cañeras. A veces un partido le echa mano al pasado y “revive” a una ideología fallida -comunismo, fascismo-, a una contienda perdida -la Guerra incivil española de 1936 a 1939, por ejemplo- o le echa mano al victimismo para enmascarar los fines de un sector de la élite.

A veces triunfa un relato político que desde el poder arruina al país. En el siglo XXI “venezolizar un país” equivale a tomar el poder para demoler la economía y la convivencia nacional, es decir, arruinarlo todo, como Castro en Cuba (socialismo antropológico) y Chávez en Venezuela (socialismo bolivariano y ornitológico).

Nota sobre Imperiofobia y Leyenda Negra. / Miguel Iturria Savón


Leo más relatos y novelas que ensayos históricos o filosóficos, pero a veces me sumerjo en obras de pensadores modernos y contemporáneos. Comenté en enero de 2018 Los enemigos del comercio, de Antonio Escohotado, autor de Historia de las drogas y diversos ensayos de enorme valor. Días atrás leí otro libro excepcional de no ficción: Imperiofobia y Leyenda Negra, de la profesora e investigadora María Elvira Roca Barea, quien publicó después Seis relatos ejemplares, además de artículos en diarios y revistas especializadas y disertaciones en universidades e institutos, siendo distinguida con la Medalla de Andalucía, la Medalla de Honor de San Telmo y con el premio Los Libreros y el Premio Héroes Olvidados.

María Elvira Roca Berea es licenciada en Filología Clásica y Filología Hispánica, y es doctora en Literatura Medieval. Ha colaborado con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y enseñado en universidades americanas. Esa formación ecuménica y su sentido integrador se fusiona con su pasión por la historia y su talento literario, evidentes en Imperiofobia y Leyenda Negra donde no se limita al Imperio español pues, como se aprecia en el título, se ocupa también de Roma, los Estados Unidos y Rusia para analizar con más profundidad y mejor perspectiva el otrora Imperio español, lo cual sacude el relato actual de la historia de España y de Europa, sustentada en rivalidades internacionales y “en ideas basadas más en sentimientos nacidos de la propaganda que en hechos reales”.

Imperiofobia y Leyenda Negra es uno de esos ensayos que leemos con placer por la excelencia expositiva, la solidez argumental y la vasta bibliografía usada. Este volumen “acomete con rigor la cuestión de delimitar las ideas de imperio, leyenda negra e imperiofobia… podemos entender qué tienen en común los imperios y las leyendas negras que van unidas a ellos, cómo surgen creadas por intelectuales ligados a poderes locales y cómo los mismos imperios la asumen. El orgullo, la hybris, la envidia no son ajenos a la dinámica imperial”.

La autora revela que “La primera manifestación de hispanofobia en Italia surgió vinculada al desarrollo del humanismo, lo que dio a la leyenda negra un lustre intelectual del que todavía goza. Más tarde, la hispanofobia se convirtió en el eje central del nacionalismo luterano y de otras tendencias centrífugas que se manifestaron en los Países Bajos e Inglaterra. Roca Barea investiga las causas de la perdurabilidad de la hispanofobia, que, como ha probado su uso consciente y deliberado en la crisis de deuda, sigue resultando rentable a más de un país. Es un lugar común por todos asumido que el conocimiento de la historia es la mejor manera de comprender el presente y plantearse el futuro”.

Críticos, historiadores y periodistas consideran a Imperiofobia y leyenda negra como un libro “entretenido de rigurosa erudición”, es decir, ameno y estimulante. Según Mario Vargas Llosa: “Es aguerrido, profundo, polémico y se lee sin pausas, como una novela policial en la que el lector vuela sobre las páginas para saber quién es el asesino. Mientras Juan Abreu afirma: “De los libros que he leído recientemente, el más formidable es Imperiofobia y leyenda negra”. Por su parte, Isabel Guerrero asegura: “Con un armazón de datos encomiable, la autora explica qué episodios históricos generaron la propaganda hispanofóbica, que tuvo América y la Inquisición como puntales principales”. Y Arcadi Espada asegura en el Prólogo: “Elvira Roca levanta a pulso, de forma admirable, toneladas de papel de propaganda cernidas sobre la indolente España”.

Sugiero leer Imperiofobia y Leyenda Negra, ese ensayo memorable e imprescindible que derriba “mitos e ideas preconcebidas de la historia de España -y América- que se caen ante la contundencia y brillantez con que la autora desmenuza los materiales propagandísticos que utilizaron nuestros vecinos del norte -Francia, Holanda, Bélgica, Inglaterra”-. Un libro, en fin, para entender “cuestiones fundamentales de la historia y la cultura… Un estudio implacable de cómo se inventa, escribe y manipula la historia por intereses inconfesables”. 

María E. Roca Berea, autora de Imperiofobia y Leyenda Negra

Tener una historia. / Miguel Iturria Savón

A veces la prensa es la guerra por otros medios. No es nuevo pues los periódicos y revistas llevan al menos doscientos años, seguidos en el siglo XX por el cine, la radio, la televisión y las redes sociales -Twitter, Facebook, Instagram, WhatsApp-, reportando las tensiones sociales y la tradición bélica; los primeros con técnicas, estudios y recursos para contar pues el periodismo es una carrera universitaria que exige nivel cultural y dosis de talento; el resto -telediarios y soportes digitales- también implican tecnología y aprendizaje. Pero a lo que voy: la guerra por otros medios es evidente en los editoriales y, sobre todo, en el perfil ideológico de los diarios y los telediarios o espacios radiales de cualquier país.

Para hacer la guerra a través de la prensa y las nuevas tecnologías basta una historia o una idea, a veces una historia montada como farol o campaña de marketing para movilizar a posibles electores, seguidores del feminismo, el cambio climático o del maltrato animal… Al viejo periodismo le basta una historia bien contada, si emociona, mejor. Los telediarios parten de la nota informativa con imágenes y, a veces, alguna idea expuesta con empatía y lenguaje preciso. Basta el montaje escritural o las imágenes para intuir qué pretende decirnos sin decir el comunicador. En las redes sociales el tono bélico es palpable en el énfasis, el pelín de odio, de enfado, insultos, dogmas y certezas del informante.

A veces tener una historia equivale a promover una idea con máscara de profecía, será exitosa si halla a receptores y patrocinadores con recursos que escojan bien al «portador» del mensaje y logren llevar el tema a diversos medios de comunicación e instituciones, quizás la ONU, la Unión Europea. Pienso, por ejemplo, en la jovencita noruega, hija y nieta de actores, que pretende asustar a medio mundo con el tema del cambio climático; la historia es manida pero válida para sus egocéntricos padres y los millonarios nórdicos que apuestan por el capitalismo verde: invertir en energía renovable, sector en guerra con las industrias extractivas.

Pero la idea o la historia suele ser desmontada en los propios medios que la montan. Transcribo la excelente respuesta de un periodista de SkyNews Australia a los jóvenes que se manifestaron por el clima:

«Ustedes son la primera generación que ha exigido aire acondicionado en todas las habitaciones; hacen las tareas en el computador; tienen un televisor en cada habitación; pasan todo el día usando medios electrónicos; en lugar de caminar a la escuela, usan una flota de vehículos privados que obstruyen las calles; ustedes son los mayores consumidores de bienes de consumo de la historia, compran la ropa más cara para estar «a la moda». La protesta se anuncia por medios digitales y electrónicos.

Antes de protestar, apaguen el aire acondicionado, vayan a la escuela a pie, apaguen sus teléfonos y lean un libro, prepárense un sándwich en lugar de comprar alimentos envasados.

Nada de eso sucederá, porque son egoístas, mal educados, manipulados por las personas que los usan, alegando tener una causa noble mientras disfrutan del lujo occidental más salvaje. Despierten, maduren y cierren la boca. Infórmense de los hechos antes de protestar»

Santitas y gurús mediáticos. / Miguel Iturria Savón

Tras una semana sin leer periódicos ni mirar la televisión enciendo el aparato y coincido con un telediario. El locutor informa sobre una Cumbre de mandatarios convocados por la ONU acerca del Cambio climático lo cual exige incesantes sumas de dinero para evitar que el planeta se derrita o cambia de órbita y se sumerja en un agujero negro con todos los terrícolas. Medio mareado por la solemnidad de los “líderes mundiales” que prometen entregar miles de millones de dólares y euros para un Fondo Común decido apagar, pero visualizo a una jovencita con rostro nórdico y pose de Santa Mediática que afirma con enfado: “han robado mis sueños…” 

¿A qué sueños se refiere la muchacha de pose hierática? ¿Quién, por qué y para qué le robó sus sueños? ¿Qué hace en una Cumbre internacional si, a juzgar por su edad, aún no ha terminado la enseñanza media? Dejé de hacer preguntas y supuse: quizás la invitada de la ONU sea nieta de un pastor luterano o calvinista fulminado por un geiser o desciende de un profeta hebreo reencarnado en su cuerpo y hospedado en la Sinagoga de New York.

Como no soy obsesivo con los temas de moda, algunos interesantes pero repetidos hasta el cansancio, recordé La vida es sueño, de Calderón de la Barca, El mundo como voluntad y representación, de Schopenhauer y otros libros de pensadores que alumbraron la complejidad humana y la continua apelación al miedo, la culpa y la esperanza.

Es casi imposible relegar “el mundanal ruido” y las formas de manipular a la opinión pública mediante santitas y gurús mediáticos. Por cierto, apenas se habla de Al Gore, aquel vicepresidente yanqui que vivía o vive por y para resolver los problemas del planeta. Tal vez la Santita sueca o noruega sustituya al Gurú americano pero, ¿quién se esconde detrás de ella, sus padres o los millonarios nórdicos que compiten con las empresas petroleras e invierten en energías renovables, reciclaje de basuras y otras tecnologías “no contaminantes”? 

Supongo que algo bueno saldrá de la porfía. Detrás de la avalancha mediática siempre hay intereses en pugna, el capital cambia el viejo chaleco por el camisón progresista. Las olas y el oleaje exigen mudar de orilla para seguir navegando. Los nuevos arios cambian el pregón, agitan al rebaño y escogen la máscara del nuevo Mesías -la Mesías en época de agitación feminista-.

Con tanta alarma y dinero en sus arcas espero que la ONU, los gobernantes del mundo, los nuevos profetas, las Santitas, los gurús mediáticos y los empresarios progresistas salven al planeta azul del Calentamiento global y otros desastres. Si no, a estallar en un agujero negro.

Un poema de Gastón Baquero


En la noche, camino de Siberia

          I

Toda la noche

estuve soñando que paseaba en un largo trineo:

la música de fondo, desde luego, era ofrecida

por las Danzas Alemanas de Beethoven.

Los perros de inevitable pelaje grisáceo,

llenos de cascabeles y de correajes rojos,

ladraban tan armoniosamente, que la nieve,

por escucharlos, hacía más lenta su caída.

Íbamos hacia un punto secreto de Siberia;

un punto borrado del mapa, reservado

para guardar allí a los más odiados prisioneros.

Todo mi delito había consistido en recitar en voz alta a Mallarmé,

mientras el camarada Stalin leía monótonamente

su Informe anual al Partido: cuando él decía usina,

yo decía “Aparición”; cuando él hablaba del Este,

yo decía en voz muy alta: “!esa noche Idumea, esa noche Idumea!”.

Y en los momentos en que enumeraba tanques, cañones y tractores,

yo decía: Nevar blanco racimos de estrellas perfumadas.

Y de pronto el tirano puso a un lado sus papeles,

descolgó de la pared un corto látigo de seis colas,

y comenzó a golpearme en las piernas y en los brazos,

rítmicamente, mientras gritaba (con entonación afinada, lo reconozco):

-“!Toma poesía!, ¡toma decadencia!, ¡toma putrefacta Europa!”.

Luego clavó sus ojos grisoverdes en Beria, y no dijo nada:

guiñole picarescamente el párpado izquierdo, pues ese era su lenguaje;

era su púdica clave de Señor de la Vida de todos para decir al otro:

“Mándamelo a Siberia hasta que yo te avise”.

Y en el largo trineo íbamos rodando toda la noche,

al galope, azuzados por las Danzas Alemanas, llenos de gozo:

nos bebíamos el horizonte reposadamente, en sorbos paradisiacos,

como si hubiese sido una copia de Marie Brizard después de

        comer bombones rellenos;

íbamos contentos, arrastrados por la música, no por los perros,

y a precipitarnos en un baile muy hermoso, no en una prisión.

         Nadie lloraba.

Tarareábamos a ritmo con los cascabeles, y dijérase que nos dirigíamos

en busca de Erika, de Catalina, de Alejandro Feodorovna para

         sumergirlas

en el río del vals, junto al pardo Danubio, un domingo por la tarde,

llenándoles el pelo de violetas.

          II

Al despertar me dije: he de ir hoy mismo al psiquiatra,

este sueño me parece altamente complicado, y quizás sea hasta inmoral,

porque acaso anuncia que voy a deslizarme por las paredes del masoquismo.

Entré en el despacho del psiquiatra, a quien creía conocer,

pero era la primera vez en mi vida que lo veía. Me dijo impersonalmente:

“¿qué lo trae por aquí penado doce mil quinientos treinta y seis?”.

Y al explicarle el sueño tan lleno de perros, de nieve, de danzas,

de latigazos, de cascabeles, de alegre temor de llegar al confín de Siberia,

me dijo de nuevo: “Ya estás curado, ya no tienes nada: penado

doce mil quinientos treinta y seis; llegaste a Siberia anoche,

sobre las doce y treinta y seis minutos: no has soñado nada:

eres prisionero y morirás en prisión. Soñaste lo que vivías. Ahora,

disponte para siempre a vivir como soñando de continuo que vas hacia allá,

que regresas en un largo trineo, arrastrado por perros de pelaje grisáceo,

corriendo jubilosos por la nieve, bajo el látigo incesante

de las Danzas Alemanas de Beethoven.   

          Gastón Baquero, tomado del poemario Magias e invenciones, 1894

Volver a Octavio Paz. / Miguel Iturria Savón

Releer Corriente alterna, Las peras del olmo y otros poemas y ensayos de Octavio Paz es volver a ese torrente de palabras, ideas e imágenes poéticas de resonancia alegórica que atravesó casi todo el siglo XX -nació en 1914 y murió en 1998- y retornó en 1914 cuando México celebró su primer cumplesiglo. Al  intelectual mexicano de más renombre universal le pusieron entonces alfombras en el Congreso y el Senado, el Ministerio de Cultura y en las universidades y autobuses, mientras revistas y editoriales de su país e instituciones de Estados Unidos, Europa y capitales de centro y Sudamérica reeditaron sus poemarios y ensayos. Fue emocionante e inolvidable.

“Para mí la poesía y el pensamiento son un sistema de vasos comunicantes”, dijo Octavio, el oceánico e intuitivo descubridor de ideas y palabras, el transgresor cosmopolita distinguido con los premios Nobel y Cervantes, el ex embajador en París, Tokio y Nueva Delhi, cargo al que renunció en 1968 tras la masacre gubernamental en la plaza de Tlatelolco, hecho que lo indujo a dedicarse por completo a su obra, amplificada en las revistas Taller, Plural (1971-1976) y Vueltas (1976- 1998), desde las que renovó el panorama literario y lo enlazó con temas y autores de hondura crítica, poética, ensayística, artística y filosófica que reanimaron la lengua desde el pasado prehispánico, nutridos por la soledad, el tiempo, el erotismo, el amor y la poesía como vehículos de trascendencia del hombre, temas recurrentes de “su pensamiento incómodo y disidente”, capaz de “transformar la palabra en visión y reflexión”.

“La muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida”, advirtió en su ensayo más reeditado y conmovedor –El laberinto de la soledad-. La sangre como talismán verbal desde su primigenio Raíz de hombre, aquel “poemario torpe, una tentativa fallida de búsquedas”, al que siguen textos medulares: Piedra de sol, Poesía de soledad y poesía de comunión, El arco y la lira, Ladera este, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, entre otros poemarios, ensayos y conferencias recogidos en sus Obras completas.

Octavio, el clásico contemporáneo, incursionó en la política, el arte, la historia y la antropología; el “menos mexicano”, el más universal de los creadores mexicas, tan vivaz y simpático como curioso e insaciable palabrista retornó entonces para entrar en la memoria colectiva mediante un torrente de actividades que actualizó su legado lírico y reflexivo.

Mutó del marxismo al pluralismo democrático y criticó el estalinismo y el dogmatismo de la izquierda, creía que a pesar del culto al progreso el hombre “es un animal que fabrica útiles, un animal racional, político, un ser que desea e imagina”. Y “generó un sistema de pensamiento que incluía un riguroso elemento especulativo” capaz de enturbiar el ruido de sus versos, aunque su poesía, de alta calidad formal, renace como “un culto secreto”, expulsado y consagrado.

El poeta de la exploración -“el amor, siendo deseo, es hambre de comunión”-; el ensayista que hablaba de “lo que veía suceder y de lo que era posible y deseable…”; el hombre controversial y agnóstico fue (y es) el humanista que regresa desde la palabra porque muchos deletreamos Corriente alterna, Las peras del olmo, Libertad bajo palabra y otros versos y ensayos suyos.

El problema de Spinoza. / Miguel Iturria Savón

Hay libros excepcionales desdeñados por la mayoría de los lectores a pesar de tamizar la realidad desde la ficción o la memoria, como El mundo de ayer, de Stefan Zweig, y ensayos de agudeza filosófica como La conquista de la felicidad, del matemático y pensador inglés Bertrand Russell; Escritos esenciales y A la espera de Dios, de  Simone Weil; Los orígenes del totalitarismo, de Hannah Arendt, y El poder de los sin poder, de Vaclav Havel, todos al margen de la obsesión política, el entusiasmo imbécil por las modas, el cotilleo audiovisual y los dogmas étnicos y religiosos que coartan la búsqueda de soluciones complejas a un mundo cada vez más complejo.   

A esos títulos del siglo XX le preceden libros ineludibles de autores que expusieron los postulados básicos sobre la naturaleza, la sociedad y el pensamiento, como los griegos Platón –La República, Las leyes– y Aristóteles –Política, Poética, Metafísica-; los italianos Marco T. Cicerón y Nicolás Maquiavelo, los holandeses Erasmo de Rotterdam –Elogio de la locura, Elogio de la estupidez– y B. Espinoza –Ética y Tratado teológico político-; los ingleses John Locke –Ensayo sobre el entendimiento humano, Carta sobre la tolerancia– y Thomas Hobbes –Leviatán, De Cive-; los franceses R. Descartes –Discurso del método-, Montesquieu –Del espíritu de las leyes-, J.J. Rousseau –Del contrato social- y Montaigne –Ensayos-; y los filósofos alemanes E. Kant, Hegel, Fuerbach, Marx, F. Nietzsche, A. Schopenhauer y M. Heidegger.

Por suerte, esos y otros pensadores relevantes son incluidos en programas y cátedras de estudios que reúnen a eruditos, críticos, biógrafos y editores que publican sus obras, sus biografías y le erigen estatuas y museos donde palpamos los escritos, libros y objetos personales de cada uno. Algunos han inspirado a pintores, cineastas y novelistas como el doctor Irvin D. Yalom, profesor de psiquiatría de la Universidad de Stanford, quien noveló las circunstancias vitales y creativas de Nietzsche –El día que Nietzsche lloró-, de Schopenhauer –La cura de Schopenhauer– y de Baruch, Bento o Benedictus Spinoza –El problema de Spinoza-. Tres obras literarias amenas, sagaces y atractivas sobre tres pensadores geniales que influyeron en científicos, escritores, historiadores, teólogos, juristas y políticos.

En El problema de Spinoza, editada por Basic Books (2012) y por Planeta en España (2013 y 2018), Irvin Yalom despliega los recursos del análisis psicológico y de la intriga para hablar del miedo, la fe y la conquista de la libertad individual al recrear la silenciosa odisea intelectual del pensador holandés de origen sefardí y portugués  excomulgado por la sinagoga de Ámsterdam, liberándose de la servidumbre étnica y religiosa, aislado y sin familia pero entregado a sus ideas, estudios y a pulir cristales para sobrevivir con lo mínimo en la periferia de Ámsterdam y La Haya donde murió en 1677, a los 43 años.  

La novela se centra en dos personajes y en dos épocas: Spinoza (1656 a 1677 en Holanda) y el ideólogo nazi Alfred Rosenberg (Reval, Estonia, 1910 a Núremberg, 1946), aunque crea a protagonistas ficticios ligados a Spinoza y a Rosenberg quien pasó de su ciudad natal a Múnich donde se convirtió en periodista antisemita, escribió y publicó La huella de los judíos en tiempos cambiantes y El mito del siglo XX, además de interactuar con Hitler, Dietrich Ecrart, Goebbels y otros jerarcas del Partido Nacionalsocialista alemán. Hitler creó el Einsatzersitab Reichsleiter Rosenberg para confiscar libros y obras de arte en los territorios ocupados, incluida la Biblioteca de Spinoza en Rijnsburg pues Rosenberg leyó desde joven los textos de Spinoza.

Tan vasta perspectiva espaciotemporal, los conocimientos teológicos, históricos y biográficos de Spinoza y su antípoda contemporáneo (Alfred Rosenberg), más el uso de las técnicas narrativas y del psicoanálisis hacen de la novela de Irvin D. Yalom un libro redentor del filósofo y humanista que desafió los dogmas religiosos, las costumbres hebreas y zarandeó la forma de pensar oponiendo la razón a la pasión.

Al decir de Yalom, Bento se anticipó a la secularización del judaísmo, al estado democrático liberal y al auge de las ciencias naturales. Los hebreos lo expulsaron a los 24 años (1656) y luego prohibieron la circulación de sus libros e ideas al igual que los cristianos, los protestantes y los musulmanes a pesar de publicarlos en forma anónima y con editor, imprenta y ciudades ficticias. Spinoza es racionalista y no creyó en rituales ni milagros, se opuso a todo tipo de servidumbre étnica, religiosa y política. Para él, “Dios es la naturaleza. La naturaleza es Dios”. Ironizó: “si los triángulos pudiesen pensar, crearían un Dios con la apariencia y los atributos de un triángulo, y los círculos lo crearían circular”, pues es una falacia imaginar a Dios a nuestra imagen y semejanza. “Dios no nos hizo a nuestra imagen y semejanza, fuimos nosotros quienes lo hicimos a él a nuestra imagen y semejanza”.

Y agrega: “Mientras haya ignorancia, habrá adhesión a la superstición… Los judíos no han sido elegidos por Dios, no se diferencia en ningún sentido de los demás pueblos. Los profetas solo imaginaban cosas… (pág. 100). Cuando los israelitas tenían poder, eran tan crueles y tan implacables como cualquier otra nación. No eran moralmente superiores, más justos o más inteligentes que otras naciones antiguas”. (pp. 96)

Como el personaje central estuvo ligado a la sinagoga hasta 1656, el autor glosa aspectos interesantes de la misma y de la Torá. En la página 173, por ejemplo, Baruch afirma: “…La autoridad rabínica no está basada en la pureza de la verdad. Solo se apoya en las opiniones expresadas por generaciones de eruditos supersticiosos, que creían que la Tierra era plana, el Sol giraba alrededor de ella y que un hombre llamado Adán apareció y fue el padre de la raza humana…” “Los rabinos intentan controlar al pueblo a través del poder del miedo y la esperanza. Proclaman tener las llaves de la otra vida”. Spinoza propuso “la libertad como antídoto para liberarse del yugo de la tradición, la oración, el ritual, la superstición y otros mandamientos que controlan la vida judía.”

En el diálogo previo a la excomunión entre Rabí Morteira y Spinoza, el autor precisa: “Los judíos se han mantenido separados en virtud de sus complejos ritos, sus normas alimentarias y la señal de la circuncisión. Eso ha provocado un odio universal hacia ellos” (pp. 146)

“En los siglos XIII y XIV, fuimos expulsados de un país tras otro, Inglaterra, Francia, las ciudades de Alemania, Italia, Sicilia, salvo España… donde hubo expulsiones y matanzas en 1391 en Castilla y Aragón. Los judíos empezaron a convertirse al cristianismo…” Cita, asimismo, las matanzas durante las cruzadas de 1096 en Mainz y otras partes de Renania.

Sorprende la sencillez de Yalom en el montaje de diálogo entre Spinoza y sus contemporáneos, la forma de exponer los razonamientos que sacuden los cimientos de las religiones: “todas las religiones bloquean nuestra visión de las verdades religiosas básicas”. / “Nada es bueno o malo, es la mente la que lo percibe así” / “La fama contribuye a enajenar la mente…” / “Las emociones humanas podrían entenderse como líneas planos y cuerpos”. / “Mi tarea es aprender a convertir la razón en una pasión”.

El lector se preguntará, ¿qué nexos unió al Bendito (Bento, Baruch, Benedictus) Spinoza con Alfred Rosenberg, “el sumo sacerdote intelectual de la raza superior”? La respuesta a esa y otras preguntas están en el libro.