Kikomoris y algo más. / Miguel Iturria Savón

Imagen de Tokio, capital de Japón

¿Qué haríamos si fuéramos japoneses? ¿Será atractivo vivir en una de las 6852 islas del archipiélago del Sol naciente, o transitar por la superpoblada Tokio, capital del Estado imperial asiático? Mi primer encuentro con lo japonés fue en la adolescencia gracias al cine, aquellos filmes sobre batalladas medievales dirigidos, entre otros, por Kurosawa, e interpretados por Toshiro Mifune o Tzintaro Katsu, despertaron mi admiración por los samuráis, las artes marciales, los haikus y la historia de Japón. Japón fue después una asignatura en la Universidad y el preámbulo para leer las narraciones de Mishima, Murakami y Kawabata, además de visualizar a Mazinger, Voltun 5, Akira y otros dibujos animados durante el boom de la manga.

Sé quién soy y no quiero convertirme en tantas cosas promovidas por mercaderes y políticos. Me atrae lo japonés pero no me imagino en Honshu, Hokkaido, Shikoku ni en ninguna islita de la Prefectura de Okinawa, famosas por el karate y otras artes marciales. Nací en una isla y me abruman las islas. Los japoneses, además de laboriosos y tenaces, son belicosos y me asustan. Me explico: con menos de medio millón de kilómetros cuadrados vencieron en 1905 a Rusia -de 17 millones de kilómetros cuadrados-, invadieron y ocuparon en 1937 a China -otro súper dragón- y atacaron la base naval de los Estados Unidos en Pearl Harbor (Hawái), el 7 de diciembre de 1941 y, como si fuera poco, se lanzaron contra las posesiones del Imperio Británico en Hong Kong, Malasia y Singapur. Tras dominar casi toda Asía, los nipones fueron vencidos y ocupados en 1945, con bomba atómica en Nagasaki e Hiroshima.

Me lío con la historia pero no sigo. Los japoneses son raros y fascinantes, quizás más herméticos que los hebreos. Cada vez que leo algo de o acerca de Japón, resulta sorpresivo, por absurdo, interesante o desconocido. Casi todo fluye entre los nipones: geishas, robots, ninjas, yakuzas (familias mafiosas más crueles que la mafia rusa o la italiana), monjes sintoístas, budistas o cristianos -minoritarios-, más los antiguos rituales y ceremonias, sobre todo el de la casta imperial, tan hierática como los faraones egipcios.

Para no abrumar con historias y leyendas japonesas refiero mi sorpresa al visualizar un video sobre los Kikikomoris, unos jóvenes entre 18 y 28 años que se aíslan en casa y no se asoman ni a las ventanas, lo cual preocupa a los padres quienes contratan a una “hermana de alquiler” que cobran diez mil yenes al mes para visitar una vez a la semana al chico auto recluido. Hay diversa notas e imágenes en Internet sobre el tema. ¿Son raros, depresivos, noctámbulos o se sienten mejor consigo mismo? Quizás los Kikikomoris de Japón sean asimilados en Suecia, Noruega o Finlandia, donde millones de personas se aíslan y borran hasta la dirección y el teléfono de sus hermanos, padres y abuelos. En España ni se enterarían de su existencia. En África y en países de Hispanoamérica serían objeto de burla.

Good Bye, London. / Miguel Iturria Savón

Imagen de Londres

El Reino Unido le dice adiós a la Unión Europea. Se sumó en 1973 y en 2016 aprobó el Brexit para divorciarse, un referéndum que enconó la dinámica interna y los nexos del continente con Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda del Norte, más los 14 territorios de ultramar, pues Reino Unido es centro de la Mancomunidad Británica -Commonwealth- formada por 3 países de Europa, 13 de América, 7 de Asia, 11 en Oceanía y 19 en África, todos independientes pero dieciséis de ellos representados por la Monarquía británica.

Good Bye, London, dicen en Europa, donde el desdén rumia y las entidades burocráticas se reajustan. ¿Qué pasará? Nada. Cada cual seguirá su rumbo, dejan de ser aliados, competirán por los mercados, el flujo de capitales, los recursos y el turismo. Los datos hablan. El mapa de Europa incluye a 49 naciones con un área de 10,18 millones de kilómetros cuadrados y 742,6 millones de personas en 2018; solo 27 de esos países forman la Unión Europea -fundada en Roma en 1957 como Unión Económica y reciclada en 1993 como Unión Europea- cuya área es de 4, 325 millones de kilómetros cuadrados y 512,5 millones de habitantes.

Al aplicarse el Brexit en 2020, la Unión Europea pierde 244,023 kilómetros cuadrados y 66 millones de personas. El Reino Unido dejará de obedecer y de nutrir con impuestos al Parlamento Europeo -del cual se retiran sus 73 Eurodiputados-, el Consejo Europeo, el Consejo de la Unión Europea, la Comisión Europea, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, el Banco Central Europeo y el Tribunal de Cuentas. La fractura era evidente pues el Reino Unido es una de las diez economías más importantes del mundo y parte de su élite se sentía «oprimida» por las regulaciones burocráticas de la Unión Europea, una Unión que es o intenta ser un Bloque Geopolítico y actúa como «Comunidad política de régimen sui géneris que propicia y acoge la integración y gobernanza en común de sus estados…»

La Unión Europea es realmente sui géneris porque auspicia la fusión económica y política, el mercado sin fronteras, la moneda común, el libre flujo de productos y personas -Espacio Schengen-, pero su demencial burocracia supraestatal, la complejidad multicultural y el desnivel económico entre las naciones del norte -Alemania, Suecia o Francia- con las del este -ocupadas por la URSS de 1945 al 1991- y del sur -Grecia, Italia, España, Portugal-, más la presión imperial de Rusia y las oleadas migratorias de asiáticos y africanos ponen en peligro el «sueno humanista europeo».

La Unión asume el Adiós de Reino Unido y la posible fragmentación de países con movimientos nacionalistas -España, Bélgica, los Balcanes-. Europa teme a los nacionalismos desintegradores pero permite que políticos prófugos de la justicia española vivan en libertad en Bruselas -capital de la Unión- y les concede el Acta de Eurodiputado aunque no puedan ir a Madrid a firmar la designación. La ambivalencia gravita a su vez en las relaciones con Rusia, Turquía y China.

La Unión Europea, en fin, es más frágil que la gélida y eficaz Canadá, un estado federal adscripto a la monarquía británica que posee casi diez millones de kilómetros cuadrados, enormes recursos y solo 36 millones de habitantes en diez provincias y tres regiones. Por no hablar de los Estados Unidos de América, la primera potencia económica, política, tecnológica, cultural y militar del planeta, aliado del Reino Unido y de la Unión Europea, aunque compiten entre sí y les exige mayor aporte en la lucha contra el terrorismo internacional lo cual provoca discrepancias…

El Reino Unido se va de la Unión Europea pero ambos siguen su marcha. Cada país enfrenta sus desafíos. Las élites se reciclan en el poder. Good Bye, London.

Cuando grabas al poli que te sofoca. / Miguel Iturria Savón

El fotógrafo cubano Javier Caso, hermano de la actriz Ana de Armas, fue citado e interrogado en La Habana por dos agentes de la Seguridad del Estado, algo habitual en un país donde el Partido Único -comunista- le concede inmunidad a la policía política para actuar contra cualquier sospechoso de «infidelidad a la causa». Pero Caso es más inteligente y sutil que sus absurdos y soberbios interrogadores, quienes se comportaron como matones sin imaginación, aunque se consideran miembros de un cuerpo policial que figura entre los cinco mejores del mundo.

En la grabación -escuchar el video- los polis hablan, amenazan, alertan, mienten y hasta satirizan-, mientras Caso se hace el tonto, interrumpe con candidez y les pregunta para escuchar obviedades policiales. Dicen los polis, por ejemplo, que “la Ley los autoriza a amenazar y chantajear”, que no entienden “la diferencia existente entre ley y terrorismo”, que “la Seguridad del Estado recluta a ninjas en sus filas”, “es la única Institución (del país) y hasta “decide quién es artista; suponen, por supuesto, que en el resto del mundo, como en Cuba, se necesita una licencia y un carnet para ser artista. Como en El Maestro y Margarita del ruso Mijaíl Burgakov.

La grabación del interrogatorio policial al fotógrafo Javier Caso, puesta en circulación por el propio Javier Caso, hermano de la joven y talentosa actriz Ana de Armas, es un testimonio audaz sobre el absurdo policial en aquella isla del Caribe cuya oligarquía verde oliva lleva seis décadas ofreciendo la supuesta utopía socialista. Seis décadas en once minutos.


La izquierda según Sarkozy. / Miguel Iturria Savón


Nicolás Sarkozy, expresidente de Francia

Nicolás Sarkozy, Presidente de Francia entre el 2007 y 2012, es un referente político de su país y de Europa. Tuvo, por supuesto, partidarios y detractores, pero es recordado por la agudeza de sus discursos y por la gestión de esa nación de “ciudadanos libres e iguales entre sí” donde cualquier decreto oficial genera huelgas y conflictos.

En enero del 2020 circulan videos y frases de Nicolás Sarkozy en España, quizás porque  tras meses de incertidumbre, discursos y pactos políticos la Izquierda -socialistas y comunistas- formó un Gobierno de coalición con el apoyo de los separatistas vascos y catalanes, lo cual abre la “Caja de Pandora” en Hispania donde los mesías de la vieja ilusión recurrente guiarán a los locos por la orilla del abismo.

Un amigo de Marsella evoca la similitud entre los políticos e intelectuales “progresistas” de Francia y de España. Nada nuevo, dice, y sugiere leer lo expresado por el expresidente Sarkozy después de una votación en París:

“Hoy  hemos derrotado la frivolidad y la hipocresía de los intelectuales progresistas. De esos que el pensamiento único es el del que todo lo sabe, y que condena la política mientras la práctica. Desde hoy no permitiremos  mercantilizar un mundo en el que no quede lugar para la cultura: desde 1968 no se podía hablar de moral.

Nos impusieron el relativismo: la idea de que todo es igual, lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo, que el alumno vale tanto como el maestro, que no hay que poner notas para no traumatizar a los malos estudiantes.

Nos hicieron creer que la víctima cuenta menos que el delincuente. Que la autoridad estaba muerta, que las buenas maneras habían terminado, que no había nada sagrado, nada admirable. El slogan era VIVIR SIN OBLIGACIONES Y GOZAR SIN TRABAS… (el sumag kawsai francés?)

Quisieron terminar con la escuela de excelencia y del civismo. Asesinaron los escrúpulos y la ética. Una izquierda hipócrita que permitía indemnizaciones millonarias a los grandes directivos y el triunfo del depredador sobre el emprendedor.

Esa izquierda está en la política, en los medios de comunicación, en la economía. Le ha tomado el gusto al poder. La crisis de la cultura del trabajo es una crisis moral. Hay que rehabilitar la cultura del trabajo.

Dejaron sin poder a las fuerzas del orden y crearon una frase: se ha abierto una fosa entre la policía y la juventud: los vándalos son buenos y la policía es mala. Como si la sociedad fuera siempre culpable y el delincuente inocente.

Defienden los servicios públicos pero jamás usan transporte colectivo. Aman mucho a la escuela pública pero mandan a sus hijos a colegios privados. Adoran la periferia pero jamás viven en ella. Firman peticiones cuando se expulsa a algún invasor, pero no aceptan que se instalen en su casa.

Son esos que han renunciado al mérito y al esfuerzo y que atizan el odio a la familia, a la sociedad y a la república. Y con el mayor descaro se lucran de los bienes del Estado, y montan hasta negocios con el dinero mal habido a la vista de todos de la manera más cínica.

Hoy debemos volver a los antiguos valores del respeto, de la educación, de la cultura, y de las obligaciones antes que los derechos. Estos se ganan haciendo valer y respetar los anteriores”.

El infierno de la soledad en el paraíso sueco. / Miguel Iturria Savón

Vista aérea de Estocolmo, capital de Suecia.

Anoche vi un documental sobre Suecia que me dejó más perplejo que cuando leí Crimen y castigo, de Dostoievski. Se titula El infierno de la soledad en el paraíso sueco, está en https://youtube.be/hksn-tD1trc

Apenas circulan las noticias de Suecia, ese país nórdico de Europa donde lo opaco del ámbito y la forma de ser y actuar genera una visión tan peculiar como rara para el resto del continente. Suecia solo puede ser comparada con sus vecinos -Noruega, Finlandia y Dinamarca-, aunque Noruega, en la cima de la Península Escandinava, apenas se asoma al Mar Báltico, enlace de islas, fiordos y costas donde fluye el comercio desde y hacia el continente.

Suecia es un Reino y fue un Imperio derrotado por los rusos. Desde 1814 los sucesores de los vikingos no se involucran en conflictos bélicos, aunque los museos de Europa registran las atrocidades de aquellos bárbaros que en los siglos VIII al XI asolaron los mares y los pueblos del norte y el sur de Europa y llegaron hasta Bagdad y Estambul. El nevado y silencioso territorio sueco es atractivo por su alto nivel de vida y la cultura corporativa no jerárquica potenciada por los liberales primero y por los socialdemócratas después, sobre todo el famoso Olof J. Palme (1969-1974 y 1982-1986).

Con casi medio millón de kilómetros cuadrados y solo diez millones de habitantes, Suecia sorprende no solo por la nieve, la grisura y la cultura asociativa pregonada hasta en los Premios Nobel. Os invito a visualizar en YouTube el documental El infierno de la soledad en el paraíso sueco. A mi me impresionó porque desmitifica al supuesto paraíso nevado del norte de Europa. 



Viaje al País de los Blancos. / Miguel Iturria Savón

No leo libros de autoayuda, novelas policiales ni memorias de personajes que cuentan su historia, prefiero a los clásicos, los “raros y valiosos” y, a veces, algún cuaderno de poemas o relatos de un autor nuevo, pues hay mucho artificio, mercadeo y textos por encargo en la literatura de principios del XXI, más interesada en vender que en promover a escritores creativos y cultivar la espiritualidad de los lectores.

Viaje al País de los Blancos, de Ousman Umar, editado por Plaza Janés en España en abril de 2019, es un libro sin artificios que narra el viaje hacia Europa de un adolescente de la tribu wala (de Ghana) que sobrevivió y decidió “contar esta historia hasta que no haya más historias como esta que contar”. El azaroso viaje de Ousman, más que una historia, es el relato épico de las andanzas del autor y otros jóvenes ingenuos de países de África Subsahariana que deciden irse al País de los Blancos (Europa) sin imaginar los riesgos de la travesía por selvas, desiertos, aldeas y ciudades donde pactan con los traficantes de personas y trabajan para sobrevivir y costearse la estancia en Libia, Túnez, Argelia, Marruecos o Mauritania, acosados por la policía, el hambre, la discriminación y la incertidumbre.   

“Aquel hombre se quedó sentado. Solo. En medio de las dunas del desierto. Llevábamos ya varios días caminando…No teníamos comida ni agua. El viento soplaba, el aire quemaba al respirar. / Seguid sin mí- dijo.

Así comienza este libro de 222 páginas estructurado en siete capítulos -El camino del infierno, Ciudad de los sinkers, La sangre de un negro es peor que la de un perro,  En busca del salto, La ciudad de la mafia, Polvo en medio del océano y El paraíso era esto-; además del Epílogo “Alimentando mentes” y una Nota final: “Soy consciente de que mi caso es una excepción… He tenido suerte, y se la quiero devolver a todos los niños y niñas de mi país, dándoles herramientas para que puedan decidir su futuro…con educación e información…”, pues tras llegar a Canarias Ousman fue acogido en Barcelona donde estudió y fundó la ONG Nasco Feeding Minds, la cual gestiona miles de aulas con ordenadores para cultivar la mente y evitar la emigración…

No voy a reseñar Viaje al País de los Blancos, pero sugiero leerlo. A mí me impactó su prosa limpia y sencilla, las descripciones precisas, entre poéticas, desgarradas y agudas al pintar travesías y horrores sin sensiblería ni victimismo. La selva, el desierto, el mar, la muerte, los traficantes, policías y otros seres miserables o solidarios pueblan las páginas de esta odisea contemporánea que por cotidiana pasa desapercibida para las élites de África y millones de europeos.

Cuba, cultura cautiva. / Miguel Iturria Savón

La literatura se inició con el verso, la política con el debate, al menos en Atenas, cuna de la oratoria pública, la épica, la tragedia, la comedia, la filosofía y la historia, afines al relato racional (logos) frente al discurso mítico o ficticio que intenta cohesionar al grupo con hechos del pasado (dioses, leyendas de héroes…), repite respuestas sin formular los problemas e idea el eterno retorno en vez del tiempo lineal.

Más de dos mil años después de los argumentos racionales de Tucídides, Mileto o Sócrates, el discurso lógico domina los ámbitos sociales -la política, la administración, las instituciones y la cultura académica-, pero convive con la ficción literaria, aspectos del relato histórico y político y la costumbre de crear leyendas de hechos y personajes públicos, sobre todo en las dictaduras con líderes mesiánicos basadas en supuestas teorías científicas como el marxismo, abatido durante su aplicación en Rusia, China, Cuba o Venezuela.

En Cuba, la teoría sirvió para expropiar y socializar los medios de producción, de comunicación y transporte, monopolizar la enseñanza, las expresiones del arte y la literatura y la red de instituciones cívicas, sustituidas por el discurso del  Partido Único con Líder “sublime” y maquinaria burocrática-clientelar que ejecuta sus órdenes mientras atrae a la población hacia la utopía social, cercena las libertades y encubre crímenes y éxodos de quienes disienten de ensueños sonoros y cultura cautiva.

Es difícil glosar seis décadas de experimento social, signado por tentativas y errores que encubren el horror inducido; son tantos los sucesos, personajes, éxodos y expectativas que apenas esbozo la cultura cubana, hecha, deshecha y rehecha a partir de 1959, cuando la locura “constituye el clima propio e intransferible” y las costas confinan o expulsan a escritores y artistas hacia Miami, México, Madrid o New York, mientras en la isla surgen monopolios estatales que pliegan la cultura al discurso del poder.

Instituciones que frenan la evolución espontánea de las expresiones del arte y la literatura como la Casa de las Américas, núcleo de programas y concursos para propagar el socialismo en el continente; la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica, el Instituto del Libro y otras que pastorean a escritores, músicos, pintores, actores, cineastas e historiadores inducidos a glorificar al Líder y sus aventuras bélicas y verbales, crear expiaciones colectivas e “intelectuales orgánicos” -Nicolás Guillén, Fernández Retamar, Lisandro Otero o Abel Prieto-, silenciar a poetas críticos -Reinaldo Arenas, Heberto Padilla, María E. Cruz Varela o Raúl Rivero-, desdeñar a escritores disidentes -Jorge Mañach, Gastón Baquero, Cabrera Infante o Manuel Díaz Martínez- y a historiadores heterodoxos como Levi Marrero y Moreno Fraginals.

No todos corearon la épica del “Hombre nuevo” ni aceptaron la narrativa de la violencia, la poesía bajo consignas o el “realismo socialista”. El precio del desafío generó sigilos y éxodos de periodistas, literatos y artistas que reinventaron el imaginario insular desde la nostalgia y la ruptura. Si en la primera mitad del XX la cultura cubana recibió el influjo trasnacional de los Estados Unidos, el encanto por las utopías, las dudas, melancolías y zozobras que imaginaron la escritura como restitución de mitos nacionales; la oleada intelectual empujada al exilio a partir de 1959 rediseñó el canon estético recibido y superó el mito de “la revolución inconclusa y el regreso del Mesías”, asumido por el nacionalismo desde plataformas simbólicas como el liberalismo, el catolicismo, el vanguardismo y el marxismo, tendencia impuesta por el Estado en la década del sesenta, cuando cesan los desafíos ideológicos y la cultura deviene en apéndice del Partido único -comunista-.

La usura del poder impuso el relato del poder, ceñido a la nueva órbita de influencia -la Unión Soviética, China y Europa del Este- que modela las relaciones de producción e intercambio, la enseñanza y la cultura, los medios de comunicación, el deporte y la estructura militar y política mediante asesores y suministro de recursos y tecnología. En tales circunstancias el periodismo, el arte y la literatura acataron las normas y lineamientos partidarios. El Noticiero Nacional de la Televisión, por ejemplo, aún difunde los desastres reales o soñados del mundo occidental, las maravillas del socialismo y los supuestos avances de la economía nacional. Similar letanía repiten el Noticiero del ICAIC, el diario oficial (Granma) y sus clones provinciales; así como la producción fílmica hasta fines de los 90. Todos apuntalan el relato épico y los pregones del socialismo.

Por su parte, las editoriales, reunidas en el Instituto Cubano del Libro, deciden qué  textos y autores deben circular o ser censurados. El mantra lectivo/selectivo es válido para las artes visuales, la música, el teatro, el ballet y espectáculos de la cultura tradicional -ferias, carnavales, guateques-, pues la estética se supedita a la política.  

El diseño de la cultura como instrumento del poder creó una cultura cautiva, salvo para los creadores exiliados y los comunicadores independientes nucleados en Convivencia, el Semanario digital Primavera, Cubanet, Estado de Sats, 14ymedio.com, Diario de Cuba y en diversos blogs y otras páginas online que desnudan la desmesura totalitaria y el pensamiento único aplicado por un ejército de comisarios políticos con lenguaje hostil, paranoias, censuras, y situaciones entre patéticas y esperpénticas recreadas por autores que fabulan con sorna e ironía ese mundo en crisis poblado de “hombres nuevos”, es decir, de seres miserables y oportunistas que delatan, aplauden, huyen…

A principios del siglo XXI casi nadie recuerda la épica de los años sesenta, son muchos los ecos de lejanas escaramuzas, discursos, desfiles y batallas del imaginario simbólico entre una isla autobloqueada y su vecino del norte, receptor de exiliados y posible exportador de capitales y tecnologías para rasgar el muro del viejo señorío marxista del Caribe. A modo de contrapeso, se internacionalizó la cultura desde el exilio, mientras en la década del noventa “la narrativa cubana dio vida a nuevos personajes que invadieron las fábulas” e incorporan “mundos alegóricos y simbólicos de espesor”, además de “observar la realidad inmediata desde otra tensión social” y reescribir la actitud juvenil ante la historia.

Roberto Fabelo, óleo Equilibrista y teatro de títeres.

Descubrir el Viejo Mundo. / Miguel Iturria Savón

Cuando Cristóbal Colón llegó a Bahamas en 1492 creyó haber desembarcado en la India, no en una isla del Caribe. Era tal el despiste del Almirante y sus marineros que pensaron en ciudades fabulosas con cortesanos ricos que bebían canela y otras especies aromáticas en palacios plateados, pero aquellos “indios” desnudos le ofrecieron frutas, peces, calabaza, maíz y un manojo de piedrecitas amarillas que despertó el interés mercantil de Colón, quien regresó a España y organizó otras expediciones para descubrir el Nuevo Mundo, es decir, las Indias Occidentales, actual América.

Ha pasado medio milenio de las travesías oceánicas de Colón, pero lo evoco porque ayer me llamó un amigo de La Habana y, tras felicitarme por las Navidades me dijo que su hija llegará a Roma el 30 de diciembre con el novio y tal vez no regresen. La parejita piensa descubrir a la Vieja Europa como si fuera el Nuevo Mundo. Como imaginará el lector, los novios no vienen en una exótica carabela a buscar especies aromáticas, piedras preciosas y convertir a la fe tropical a los escépticos europeos; vienen en avión, se hospedarán dos noches en Roma y luego volarán a Madrid o Sevilla donde rastrearán posibles opciones de trabajo y estancia; quizás porque en aquella isla del Caribe hace tiempo desapareció el oro, la plata y hasta los sueños.

Respondí a las preguntas de mi amigo y luego a las de su hija y el novio quienes me llamaron por WhatsApp desde el teléfono móvil, un objeto más útil que la brújula y el astrolabio del famoso Almirante, sobre todo si usan Google, un espacio virtual que les revelará información sobre ese mundo viejo y estructurado que no los espera ni los necesita. Tal vez su estancia en Italia, España u otro país de Europa, más que una conquista, les sirva para distinguir nuevos paisajes, lenguas, monumentos, instituciones y costumbres que contribuirán a redescubrirse a sí mismos, constatar sus límites y las incesantes potencialidades humanas negadas aún en diversos puntos geográficos.

Tania Bruguera, arte útil frente al poder. / Miguel Iturria Savón

Tania Bruguera en performance, 1996

En el arte contemporáneo hay nombres representativos de las tendencias predominantes entre fines del siglo XIX y mediados del XX, como los impresionistas franceses Eugene Boudin y Claude Monet, los españoles Pablo Picasso y Salvador Dalí -surrealismo al cubismo-, los muralistas mexicanos D. Rivera, D. Siqueiros y José C. Orozco y los vanguardistas cubanos Víctor Manuel García, Wilfredo Lam, Servando Cabrera y Ana Mendieta, artífice del arte conceptual y referente de Tania Bruguera (La Habana, 1968), quien estudió en el Instituto Superior de Arte de La Habana y en el Instituto de Arte de Chicago donde ejerció como profesora.   

Tania inició en 1986 su turbadora  cruzada artística en la Fototeca de Cuba con la reconstrucción de «Blood Trace», de Mendieta, aquel rastro de sangre, creo que de cerdo, con la artista de 18 años que sumergía los brazos en la sangre, se pegaba a  la pared y se arrastraba formando una V hasta el suelo. Fue el comienzo de una serie de performances en torno al arte de conducta, “focalizado en los límites del lenguaje y del cuerpo” para provocar e influir en la actitud del público ante dilemas políticos y legales de la sociedad.

El “arte útil” que intenta renovar conductas ha sido el eje de sus interactivas exposiciones sobre poder y control, temas que interrogan el contexto cubano e internacional. Entre 1986 y 1996 Tania realizó el “Homenaje a Ana Mendieta”, centrado en «performances» y objetos representativos del trabajo de la artista fallecida, cuya memoria fue oficialmente borrada del arte cubano por residir y crear en los Estados Unidos, sede esencial del exilio y de las alucinaciones políticas del régimen castrense insular, difusor del realismo socialista y el “arte comprometido”. La performance “Memoria de la postguerra”, financiada por la propia Tania, apostó por tendencias artísticas desdeñadas por los comisarios de la cultura, ajenos a la libertad de expresión y a la convergencia de creadores de diversas generaciones, entre estos Sandra Ceballos y Ezequiel Suárez, quienes abrieron después la exhibición “Espacio Aglutinador”.

En esa línea se inscribe su performance “El peso de la culpa” (1998) en la cual Tania reinterpretó a los nativos del Caribe ante la conquista europea, cuando comer tierra fue un “arma de resistencia”. En medio del museo la artista desnuda con un cordero colgado del cuello, comió tierra y tomó agua con sal como ejemplo de resistencia corporal en un país hambreado y silenciado, como los aborígenes durante la conquista y los prisioneros políticos en huelga de hambre. Según Tania, «comer tierra, la cual es sagrada y un símbolo de permanencia, es como tragarse las propias tradiciones, el propio patrimonio, es como borrarse uno mismo. Es elegir el suicidio.»

Ese año obtuvo la Beca Guggenheim y en el 2000 el Premio Príncipe Claus. En 2002 creó la Cátedra Arte de Conducta en La Habana y en 2011 fundó la Asociación de Arte Útil como plataformas de encuentro e implementación de sus proyectos, siendo invitada a exponer en ciudades como Venecia, San Pablo, Shanghái y en Museos y galerías como el Tate Modern, el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago, el Museo de Santa Mónica, el New Museum de New York y otros.

Las performances de Tania se aproximan a la historia de las personas sin poder, a veces en primera persona, a veces de forma alegórica para adentrarse en procesos históricos o situaciones del presente. En “El cuerpo del silencio” cubrió su cuerpo desnudo con un cordero abierto y limpió con su lengua la sangre en “gesto de auto humillación y auto censura”, tras lo cual empezó a comerse las páginas de un libro. Otra de sus obras polémicas y desdeñada por el Gobierno tuvo lugar en la Bienal de La Habana del 2000, cuando un grupo de personas desnudas se adentran en uno de los túneles de “La Cabaña” -la fortaleza reciclada en sede de eventos culturales- y contrarrestan la oscuridad con un televisor que exhibe imágenes de F. Castro hablando sin cesar a principios de la revolución, mientras los seres enclaustrados intentan sacudirse la diatriba del Orate.

En el 2008, Tania Bruguera escenificó su performance El Susurro de Tatlin 5 en el Tate Modern, donde el público no visualiza obras pictóricas o escultóricas, sino que “rivaliza” con dos policías montados a caballo que se mueven de un lado a otro, preguntan y ejercen la autoridad como en las calles, haciendo pensar a los asistentes en los límites entre el arte y la autoridad, el régimen conductual impositivo y la presencia del poder en los aspectos de la vida. Hubo otras versiones de El Susurro de Tatlin. La realizada en el patio central del Centro Wilfredo Lam de La Habana tuvo enorme resonancia porque puso un micrófono e invitó al público a expresar libremente sus opiniones. Entre los ponentes varios blogueros pidieron que la libertad de expresión no se limitara a un minuto en una performance.

Otra performance llevó a Tania Bruguera a la cárcel por orden de Raúl Castro entre diciembre de 2015 y enero de 2016, cuando la artista intentó poner un micrófono abierto en la Plaza de la Revolución para que los cubanos expresaran sus opiniones durante la Campaña “Yo también exijo”.  La repercusión internacional del evento favoreció la libertad de la artista y de los activistas y artistas enrolados en las demandas. El Susurro de Tatlin 6 se escenificó después en el Times Square de New York.

Desde la estética del “arte útil” Tania Bruguera indaga y aborda tramas de interés socio experimental, como el Movimiento Inmigrante Internacional, patrocinado en 2011 por el Queens Museum of Art y la fundación Creative Time. En el 20013 inició el proyecto Museo de Arte Útil con el Queens Museum y el Van Abbemuseum en Eindhoven, génesis de la Asociación de Arte Útil, de proyección internacional al igual que el INSTAR -Instituto de Artivismo Hannah Arendt-, creado en el 2016 con una lectura colectiva del libro Los orígenes del Totalitarismo y “la misión de crear una plataforma institucional en la cual los cubanos puedan informarse sobre sus derechos civiles, promuevan discusiones críticas y formen parte de un espacio alternativo con diferentes posiciones políticas…”

Talking To Power, de Tania Bruguera.

10 de diciembre. / Miguel Iturria Savón

Eleanor Roosevelt con la Declaración de los Derechos Humanos.

Por muy trascendente que sea el 10 de diciembre en el cronograma de algunos países, nada como el 10 de diciembre de 1948 en New York, cuando fue aprobada por las Naciones Unidas la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la «Carta Magna de la Humanidad» según Eleanor Roosevelt, una de sus impulsoras, quien presidió entre 1947 y 1951 la Comisión de Derechos Humanos de la ONU y ejerció un protagonismo mundial en la promoción de las libertades de las personas.

La instrumentación de aquel documento en la legislación internacional influyó muchísimo en la dinámica de los estados y en la liberación de diversos pueblos de América, África, Asia y Europa, pero bastaría echarle un vistazo a los nombres de los países miembros de la actual Comisión de Derechos Humanos para inferir que aún los lobos conducen el rebaño en Cuba y Venezuela, China y Rusia, Norcorea, Vietnam y en la mayoría de los países árabes, africanos y asiáticos. No todos son dictaduras comunistas, hay teocracias islámicas, gobiernos populistas y otros en los que predominan etnias y tribus ajenas al liberalismo occidental, antropológicamente atados al despotismo y la negación de los derechos y libertades humanas.

El tema es vasto y casi inagotable. En principio, hasta las más viejas dictaduras comunistas -China y Cuba- pasan de puntillas ante la aplicación de la Carta de los Derechos Humanos, devenida en referente para los activistas y disidentes de La Habana, Caracas o Hong Kong.

Si leemos cada uno de los 30 artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos apreciaríamos su magnitud. Son conceptos claros, precisos y abarcadores, no hablan de razas, sexos, profesiones, etnias, tribus, pueblos o naciones. Como apreció Eleonor Roosevelt, es una «Carta Magna de la Humanidad», es decir, una Constitución de Constituciones, un punto de partida legal en el lento y gradual ascenso de la especie humana.