Patria, una historia del fanatismo vasco. / Miguel Iturria Savón

Fernando Aramburu, escritor vasco, autor de…

Como soy hijo y nieto de vascos y publiqué Los vascos en Cuba, a veces me preguntan a quemarropa mi opinión sobre ETA y el nacionalismo vasco. Para evitar los tópicos y lugares comunes de una trama tan ríspida, doliente y controversial, en vez de opinar, les recomiendo a mis interlocutores leer algunas obras de escritores vascos contemporáneos como Bernardo Atxaga, –El hombre solo-, Edurne Portela –El eco de los disparos y Mejor la ausencia– y Fernando Aramburu, autor de Patria, esa novela puzle que recibió el Premio de la crítica y de “Mejor libro del 2016” en España y ha sido editada 19 veces por Tusquets entre septiembre de 2016 y julio de 2017.

Los títulos citados revelan la complejidad del tema y disienten del absolutismo mal o biempensante sobre el nacionalismo vasco y el pistolerismo etarra, tan atractivo en México, Cuba o Venezuela como sugestivo para académicos y periodistas ligados a leyendas románticas y mitos legendarios sobre pueblos y etnias sometidos.

Si en El hombre solo Bernardo Atxaga -seudónimo de Joseba Irazu Garmendia- novela la tragedia de Carlos, un etarra obligado a pactar con los seres vivos y muertos que modelan su presente en un hotelito periférico de Barcelona donde reside con otros colegas retirados, con quienes reflexiona en los días previos a otra acción; en Patria, Aramburu recrea la tragedia coral de dos familia de un pueblo interior -conectado a Bilbao y San Sebastián- que sufre la impunidad de la banda y el silencio cómplice de los vecinos, el sacerdote, los maestros…

“El día en que ETA anuncia el abandono de las armas, Bittori se dirige al cementerio para contarle a la tumba de su marido el Txato, asesinado por los terroristas, que ha decidido volver a la casa donde vivieron. ¿Podrá convivir con quienes la acosaron antes y después del atentado que trastocó su vida y la de su familia? ¿Podrá saber quien fue el encapuchado que un día lluvioso mató a su marido cuando volvía de su empresa de transporte? Por más que llegue a escondidas, la presencia de Bittori alterará la falsa tranquilidad del pueblo, sobre todo de su vecina Miren, amiga íntima en otro tiempo, y madre de Joxe Mari, un terrorista encarcelado y sospechoso de los peores temores de Bittori. ¿Qué paso entre esas dos mujeres? ¿Qué ha envenenado la vida de sus hijos y sus maridos en el pasado? Con sus desgarros disimulados inquebrantables, con sus heridas y sus valentías, la historia incandescente de sus vidas antes y después del cráter que fue la muerte del Txato, nos habla de la imposibilidad de olvidar y de la necesidad de perdón en una comunidad rota por el fanatismo político”.

Estructurada en 125 mini relatos entrelazados y un Glosario con vocablos y modismos del euskera, Patria es una novela entrañable, conmovedora e inteligente sobre ese mundo paranoide regido por el rencor, la ira y la venganza que nutre historias personales coligadas con la sombra de Herri Batasuna, el sindicato LAB, los actos simbólicos abertzales, los crímenes con excusa política, la certeza étnica de superioridad, el automatismo de muerte, el síndrome de cautiverio y otros ismos que contagian a la iglesia, la taberna, el cementerio y demás espacios poblados de “miradas vacías de cordialidad”, disimulo, delirio armado y afán de camuflarse y pasar de perfil.

A diferencia de El hombre solo de B. Atxaga, en Patria  no impera el trasfondo ideológico marxista que sostiene la acción -abierta o soterrada- del héroe solitario y reflexivo obligado a pactar con el pasado. Patria es una especie de historia de “gentes sin historia”, sumergida en la cotidianidad de un entorno en conflicto que los supera. Por eso vemos crecer a los personajes, enfrentarse al vecino, rememorar las comidas familiares, evocar las acciones del Comando Oria, relatar la “procesión de los asesinos” en “el país de los callados” o las conversaciones de Bittori con su marido -en el cementerio y bajo la lluvia, dos personajes  recurrentes- y las oraciones imperativas de Miren a San Ignacio de Loyola.

Esa mirada tempo espacial ofrecida por Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) sobre los años duros de ETA, novelados con personajes entrañables liados al fanatismo vasco, es favorecida, sin duda, por la distancia geográfica de un escritor que reside en Alemania desde 1985 y publicó antes la trilogía de Antíbula –Los ojos vacíos, Bami sin sombra y La gran Marivián-, las colecciones de cuentos Los peces de la amargura –XI Premio Vargas Llosa, VII Premio D. Chacón 2006 y Premio de la Real Academia Española 2008- y El vigilante del fiordo (2011) y las novelas Fuegos con limón (1996), El trompetista del Utopía (2003), Años lentos -Premio de los libreros de Madrid y VII Premio Tusquets, 2012- y El artista y su cadáver, entre otras que  acreditan su maestría narrativa y universalizan lo local.

¿Rumba o desafío catalán? / Miguel Iturria Savón

Caricatura de El Roto sobre el secesionismo…

Si París fue una fiesta para Hemingway, quien corrió con los toros de San Fermines en Pamplona; ¿qué será Barcelona para los jóvenes y adultos convocados por los soviets de la CUP y el Parlamento catalán? Quizás una fiesta sin rumba, sustituida por banderas, mitos y construcciones históricas afines a la élite que activa el potencial destructivo del nacionalismo y las dicotomías del laberinto español, donde el desborde emocional suele sustituir a la razón.

Hay mucha contaminación identitaria, división, cizaña e hispanofobia tras la provocadora declaración unilateral del Parlamento y su convocatoria a votar por la independencia de una región que no fue ni es un reino o un país ocupado. Las máscaras del poder se nutren del pasado, la defensa de la lengua propia -cuyo predominio es apabullante- y otros bulos del relato narcisista, simplificador de hechos complejos.

Al apelar a la emoción y evadir debates reflexivos, tanto Ezquerra Republicana como la CUP y sus rehenes liberales –Convergencia y luego PDCat- usan ideas anacrónicas con lenguaje bélico y slogan atractivos. El relato hipersensible de la nación histórica no reconocida pretende memorizar la desmemoria de símbolos trasmutados: el uso de la bandera del Reino de Aragón como señera del nacionalismo catalán decimonónico, reintroducido por un grupo filonazi en la década del 30, cuando Lluís Companys intentó desmembrar a Cataluña de la República española, derrotada por los militares falangistas en marzo de 1939.

Tras el aire de azufre y el verdor ondulado de la costa mediterránea de Tarragona a Gerona, gravitan el miedo, las presiones y el estado de sitio ideado por los secesionistas durante décadas de adoctrinamiento y banderas escolares. Hay una teatralización de fondo, necesidad de enemigos y el uso de símbolos y los medios de comunicación para atraer a la masa y desafiar al Estado Central, obligándolo a intervenir y pactar con los sediciosos, quienes ven en el referéndum la antesala de su maquiavélico propósito.

Los políticos neopopulistas y los mercaderes del proceso catalán juegan con fuego al difundir el fanatismo étnico. La España que maldicen fue forjada por la unión de diversos reinos. 500 años después la fractura huele a tragedia y deja huellas, pero los jóvenes y adultos que caminan con banderas por las calles de Barcelona y otras ciudades catalanas creen que asisten a una fiesta. Gritan la rabia propia o inducida sin que nadie los reprima porque desde 1978 viven en un estado democrático español que, pese al centralismo, les concedió la autonomía y favorece su desarrollo tecnológico, urbano y cultural.

Quizás el problema radica en la crisis económica y en el choque de las élites y los partidos. O entre “la indisoluble unidad de la nación” y la concesión de las autonomías a las regiones y naciones históricas. Es posible pues en España casi todos se entienden y las gentes viven su propia historia. Espero que Barcelona, como Madrid y el París de Hemingway, siga de fiestas después del “referéndum” con sus gentes amables, sus libros, flores, ramblas y rumbas, pero sin banderas, cizañas ni políticos iracundos.

La ciudad transparente. / Miguel Iturria Savón

Resultado de imagen de Fotos y novelas de Ray Loriga

Los escritores consagrados compiten con ventajas en el mercado editorial, sobre todo cuando su entrega  ha sido premiada y hay que recuperar los millares de dólares o euros del Premio, obtener ganancias, pagarle al autor y posesionar la obra en el saturado mercado libresco, en desventaja con la incesante demanda de productos audiovisuales, textos de autoayuda y otros productos y espectáculos masivos como el fútbol.

Pienso en esto tras leer Rendición, de Ray Loriga, ganador del Premio Alfaguara de novela 2017. ¿De qué va Loriga en esta obra? De una guerra absurda narrada por un personaje de vida cotidiana que ha perdido a sus hijos en la contienda y sobrevive, entre el temor y la posible delación, con su esposa y un niño que llegó misteriosamente a casa. La evacuación tuvo como destino la anhelada -y mítica- ciudad transparente, “donde todo es de dominio público y extrañamente alegre… hasta el momento en que… despierta y…asume las consecuencias”.

Según el Acta del Jurado del XX Premio Alfaguara de novela, el libro de Ray Loriga es “Una historia kafkiana y orwelliana sobre la autoridad y la manipulación colectiva, una parábola de nuestras sociedades expuestas a la mirada y al juicio de todos. A través de una voz humilde y reflexiva con inesperados golpes de humor, el autor construye una fábula luminosa sobre el destierro, la pérdida, la paternidad y los afectos”.

Coincido con el Jurado. Rendición discurre con inteligencia, sin alardes expresivos y con una impecable estructura compositiva. Pero es muy predecible, demasiado correcta en su formulación ideoestética y tiene un estilo tan cinematográfico -Loriga es narrador y guionista de cine- que nos deja la impresión de haberla visualizado en el cine antes de leerla. Le debe mucho al cine, supongo, quizás a Black Mirror o a otra serie en vez de El Castillo, de Kafka, o 1984, de George Orwell. Tal vez el impacto esperado con esta “fábula de éxodo, destierro y pérdida” sea más común -por real y cotidiano- de lo previsto por la ficción y por el despliegue del marketing editorial.

Kafka y Orwell son clásicos de la literatura universal, pero su profesías conspiranoicas y antiburocráticas han sido superadas por el desarrollo tecnológico -la telefonía móvil, Internet y sus redes-, las normativas estatales y por la “banalización del mal”, evidente en los atentados terroristas con disfraz étnico o religioso. Ficcional sobre el control y la manipulación colectiva es válido, pero no redefine la literatura ni aporta certezas y caminos de luz ante los confusos escenarios contemporáneos.

Por último, Rendición es un título muy explícito y previsible para un creador tan prolífico como Ray Loriga, autor de Lo peor de todo, Héroes -adaptada al cine por el propio Loriga como La pistola de mi hermano-, Caídos del cielo, Tokio ya no nos quiere, El bebedor de lágrimas y otras novelas y relatos exaltados por la crítica española y traducidos a varias lenguas.

En nombre de Alá. / Miguel Iturria Savón

La prensa española y europea aún aporta detalles sobre el comando yihadista que el jueves 17 de agosto asesinó a 15 personas en la Rambla de Barcelona e intentó hacer lo mismo en Cambrils y otros lugares de Cataluña, donde días antes jóvenes exaltados acosaban a los turistas y una huelga ponía en crisis al aeropuerto principal.

Como si fuera poco el reporte mediático de periódicos y telediarios, las redes sociales se sumaron con imágenes, vídeos y opiniones contrapuestas en “tiempo real” sobre los “hermanos del mal”, el imán de Ripoll que adoctrinó a los homicidas marroquíes y las ideas a favor o en contra del Islam y su cruzada internacional. En las redes hay enfado y buenismo extremo, mitos religiosos y notas acerca de la expansión del Islam sobre África y España, la canción Imagine de John Lenon y llamados al control migratorio, la expulsión de los radicales y sus familiares, etc.

Lo sucedido en Barcelona es otro episodio de la yihad. Recordemos los miles de muertos cuando el comando de Bin Laden derribó las Torres gemelas de New York en el 2001, o los atentados posteriores en la Estación Atocha de Madrid, el Metro de Londres, el Charlie Hebdo en París y las masacres urbanas en Niza, Bélgica, Alemania y, sobre todo, en países musulmanes -Egipto, Irak, Siria, Afganistán o Pakistán- donde el terrorismo es tan habitual que apenas nos conmueve, como si la “banalidad del mal” nos anestesiara.

Todo mensaje es maleable y requiere glosa e interpretación. No existen, por ejemplo, diferencias esenciales entre las religiones. Ninguna nació para promover la violencia, pero todas tuvieron personajes que manipularon al rebaño de fieles contra los infieles. Hasta el manso Jesús tuvo momentos de ira y, en su nombre, hubo cruzadas a “Tierra Santa”, Tribunal de la Santa Inquisición y la Noche de San Bartolomé en Francia -cuchillos católicos contra los protestantes-.

Pese a sus pasajes oscuros y sus veleidades despóticas, el catolicismo y su variante reformista aprendieron a conjurar a sus demonios y rechazar los  brotes de fanatismo que enlodaron sus preceptos teológicos, puestos en solfa por la evolución filosófica y científica, la Ilustración, la revolución industrial, el liberalismo, la democracia y otros embates que limitaron al clero y el monopolio espiritual de la Iglesia sobre la sociedad.

Al parecer, la religión Islámica sigue atrincherada en sus preceptos medievales. El monopolio de sus ayatolas e imanes ahogó la Ilustración, las revoluciones liberales, la pluralidad de creencias y las conquistas sociales, acentuando su crisis y generando tensiones entre chiitas y sunitas, nucleados en torno a estados teocráticos como Arabia Saudí, Irán y Turquía, quienes rivalizan por imponerse en el Próximo Oriente y expandirse sobre España y Europa.

Esa crispación de fondo desencadena violencia y terrorismo dentro y fuera de las naciones islamizadas. Los yihadistas que asesinan en nombre de Alá contextualizan aquellos versículos atribuidos al profeta Mahoma en el Corán:

“Que no crean los infieles que van a escapar. ¡No podrán! Preparad contra ellos toda la fuerza… (8:59) ¡Creyentes! ¡Combatid contra los infieles que tengáis cerca! ¡Sed duros! Sabed que Alá está con los que le temen! (9:123); Matad a los idólatras donde quiera que les encontréis; capturarlos, sitiadlos, tenderle emboscada por todas partes” (9:5)

Con un texto así y los pretextos utilizados por los fanáticos para aplicarlo, casi todos somos infieles y estamos en riesgo de ser agredidos. Ojalá la mayoría musulmana no violenta salga del anonimato y se manifieste contra los caballos de Alá que obsequian la muerte a quienes disfrutamos de libertades negadas por peligrosas normas religiosas.

Yihadistas

¿Se inspira Black Mirror en el Decálogo de K. Kieslowski? Miguel Iturria Savón

Después de aquella serie sobre la mafia –Los Sopranos-, evadí Juego de tronos y otros audiovisuales con millones de seguidos, pero en julio del 2017 sucumbí a las turbadoras entregas de Black Mirror -Espejo negro-, ofrecida por la plataforma digital Netflix. Black Mirror es una saga de la Televisión británica creada por Charlie Brooker,  guionista de cada capítulo -salvo “Toda tu historia”, escrita por Jesse Armstrong-, y producida por Zeppotron para Endemol.

No me hubiera enganchado la futurista Black Mirror si comienzo por “El himno nacional”, impactante historia del secuestro de una princesa fanática de las redes sociales que presionan al Primer Ministro para que satisfaga la absurda exigencia del secuestrador: tener sexo -filmado y transmitido en vivo- con un cerdo, el animal más desdeñado por algunas religiones. Me alegra no seguir el orden de filmación de las tres series ni los capítulos de cada una; fui descubriendo ese mundo de ciencia ficción que explora el futuro próximo desde las innovaciones tecnológicas y su capacidad para sacar el lado oscuro de nuestras vidas.

Si “El himno nacional” es -o parece ser- una parábola retorcida en la era de Twitter, el resto de los sorprendentes capítulos de esta antología no se aleja mucho del presente y del espectáculo banal favorecido por la conexión a espacios televisivos y virtuales que seduce a millones de internautas ávidos por reafirmarse en la tribu y posar como crones de sí mismos o de quienes cultivan la visceralidad, maldicen, denigran y usan las redes con fines personales, mercantiles, políticos, etc.

La paranoia y el terror tecnológico gravitan, por ejemplo, en “15 millones de méritos”, “Oso blanco”, “Playtesting”, “Odio nacional”, “Blanca navidad” o “La ciencia de matar”. Cada una, como cada episodio, “tiene su tono, su entorno y su realidad diferente”; cada una muestra los efectos secundarios de la tecnología como droga, es decir, se aproximan “a la forma en que podríamos estar viviendo en diez minutos si somos torpes”. Según Brooker, “el espejo negro está en cada pared, en cada escritorio, en la palma de la mano: la pantalla fría y brillante de una tele, un monitor, un teléfono inteligente”.

No voy a contar las historias citadas, el desempeño de los actores y realizadores, sino invitar a los lectores a visualizar los fascinantes capítulos de Black Mirror, calificada de heredera de La dimensión desconocida y de híbrido entre The Twilight Zone y Tales of The Unexpected, lo cual no le resta interés y originalidad. Me detengo, por último, en un antecesor audiovisual memorable de fines del XX, el Decálogo de Kieslowski, el realizador polaco que interrogó el presente mirando las señales del pasado.

En el Decálogo de Kieślowski varios personajes conocidos entre sí interactúan en el espacio configurado por un complejo de edificios de Varsovia. El fondo es opaco y el tono melancólico al igual otras obras suyas, a excepción del capítulo final que comparte elementos de la comedia negra. Según la crítica, el director tuvo la idea del Decálogo “cuando Krzystof Piesiewicz vio una obra de arte del siglo XV que ilustraba los Diez Mandamientos en escenarios de ese periodo de tiempo…”. El Decálogo es un equivalente moderno con cada “mandamiento” como trasfondo y los problemas de la sociedad polaca en cada capítulo, narrado en forma oscura para evadir la censura comunista, por lo cual se valió de melodramas y conflictos morales cargados de hondura psicológica y metafísica.

Kieslowski, director y guionista, utilizó a varios directores de fotografía y a dos actores principales: Jerzy Stuhr y Zbigniew Zamachowski, además de un personaje sin nombre (Artur Barcis) en todos los episodios, exceptuando el VII y el X, que observa en silencio a los protagonistas en sus momentos claves, quizás una figura sobrenatural.

No haré la reseña de cada episodio, del reparto ni del director de fotografía, pues por la  gran recepción e influencia del Decálogo de Kieslowski es posible visualizarlos por Internet. Fue concebida para la televisión polaca en 1989 pero su impacto llegó al Vaticano y fascinó al mítico director estadounidense Stanley Kubrick. La versión en​ DVD obtuvo el 100% de votos en la encuesta de expertos del Rotten Tomatoes. Fue celebrada por críticos como Roger Ebert y Robert Fulford, e incluida en el 2002 entre las Diez mejores películas del último cuarto del siglo XX por la revista​ Sight and Sound junto a tres filmes anteriores de Kieślowski: Tres colores: azul, Tres colores: blanco y La doble vida de Verónica. Ese año, El decálogo quedó entre las 100 mejores “películas esenciales” por la National Society of Film Critics y ocupó el puesto 36 de la revista Empire sobre las “100 mejores películas de cine mundial”.

¿Coinciden y difieren Black Mirror y el Decálogo de Kieslowski? Sí, ambas interrogan el mundo, sacuden sus certezas, muestran sin ñoñerías las miserias humanas, las tentaciones inmediatas y las consecuencias de nuestros posibles actos, sobre todo cuando la inmediatez contagia, reporta y pretende rediseñar la realidad.

Prólogo del libro Los vascos en Cuba. / Jesús Guanche Pérez

La presencia vasca en Cuba y América, aunque no es de las más numerosas y constantes, constituye sin lugar a dudas una de las más tempranas y relevantes.

El presente libro, dedicado a los vascos en Cuba, de Miguel Iturria Savón, es resultado de largos años de trabajo con el objetivo de poner al día la significación y continuidad del legado cultural del pueblo vasco en la mayor de las Antillas.

Para lograrlo ha tenido que hurgar en múltiples fuentes, desde el testimonio oral relacionado con sus propias vivencias familiares, hasta las diversas publicaciones periódicas que han aparecido en Cuba como reflejo de la tenaz vocación asociativa vasca, capaz de dar a conocer sus actividades con voz propia. Especial motivación representó en el estudio de Iturria Savón, la publicación en 1999 de la Memoria documental de los vascos en Cuba, para allanar el camino que le facilitó profundizar en este apasionante tema.

El autor parte de un conjunto de antecedentes, en este caso im­prescindibles para el lector cubano, que sitúa la estirpe milenaria del pueblo vasco, su ubicación en el contexto europeo de los siglos xv y xvi, así como su precoz incursión en el continente americano.

Inicialmente podemos observar la complejidad de los componentes vascos en la estructura del poder colonial en Cuba; las diferentes causas y tendencias de este trasvase humano; el inicial arribo de «descubri­dores», navegantes y conquistadores; diversos gobernantes, militares y otros funcionarios nombrados por la Corona española; el sacerdocio de origen vasco vinculado con la historia temprana del catolicismo en Cuba; la proliferación de temidos piratas, corsarios y contraban­distas que tuvieron en constante asedio al tráfico marítimo; así como la importante presencia de comerciantes y traficantes de africanos esclavizados, que luego devinieron ricos empresarios e importantes exportadores de cuantiosos capitales hacia sus lugares de origen.

De manera operacional el autor estudia diversas señales de iden­tidad de los vascos y sus descendientes en Cuba a partir del legado metodológico de la antropología cultural; tanto en el orden de lo que denomina «cultura material», como en el de la «cultura espiritual». Dos categorías que pueden resultar útiles sólo instrumentalmente, pero que no envuelven la riqueza de la realidad sociocultural objeto de estudio, tal como se evidencia en el presente texto.

En el primer aspecto incluye un conjunto de indicadores claves como la alimentación, el vestuario, las técnicas e instrumentos de trabajo, el transporte y la vivienda. Todos son componentes de la vida cotidiana que si bien están, por así decir, marcados por su evidencia «material», son portadores de un rico abanico de relaciones sociales, hábitos, costumbres y habilidades, que sin duda también forman parte del patrimonio cultural vivo. En este propio capítulo se aborda la significativa presencia vasca en los ámbitos minero, en la construc­ción naval y en otras industrias, como la del chocolate y el ron, para concluir en el trascendental salto tecnológico y organizacional del trapiche al central azucarero.

En el segundo aspecto también se incluye otro conjunto de indica­dores fundamentales como las relaciones familiares y el matrimonio; las creencias, supersticiones y augurios; los mitos, rituales y costumbres; los juegos, fiestas y ceremonias. Otros componentes de la cultura que, si bien se encuentran signados por su alta «carga espiritual», dependen del empleo de múltiples objetos, espacios, expresiones orales, formas no verbales de comunicación y demás representaciones simbólicas que confirman el uso solo operacional de la referida clasificación entre lo «material» y lo «espiritual». Aborda además en esta parte, determinadas manifestaciones artísticas como la poesía y otros géneros literarios; así como danza, música, teatro y artes plásticas; junto con diversas actividades científicas.

Especial interés dedica al legado de la lengua euskara en Cuba, como evidencia de los continuos procesos migratorios y del papel de la lengua en plasmar su indeleble marca en el designio de las cosas, los espacios, los seres humanos y todo lo nombrable. Uno de tantos ejemplos lo constituyen los sitios geográficos (topónimos) de origen vasco en el territorio cubano; junto con múltiples apellidos procedentes de la región de Euskal Herria, en zona atlántica de los Pirineos.

En el caso de los diferentes grupos humanos venidos de España existe una poderosa relación interactiva entre la formación de asocia­ciones y la creación de publicaciones periódicas, sean revistas, folletos, periódicos, memorias u otras.1 Los vascos, precisamente, no son la excepción. En este sentido se estudia tanto la prensa periódica de la colonia vasca en Cuba como sus principales asociaciones. Debo insistir, en este caso, que muchas de las publicaciones no se circunscribieron a los residentes vascos en Cuba y a sus descendientes; sino que su alcance abarcó el flujo y reflujo de ideas y noticias hacia y desde el País Vasco; así como con otros emigrantes en el resto de América.

La obra cierra con un tema que, como muchos, despertará pasiones y alentará puntos de vista controversiales. Me refiero al papel diverso de los vascos en los avatares históricos de la nación cubana. El autor ha preferido realizar tres cortes temporales para facilitar su análisis y valoración. El primero aborda las posiciones asumidas ante las guerras de independencia en la época colonial; el segundo se refiere a la migra­ción de los exiliados durante la primera mitad del siglo xx, y el tercero incursiona en procesos más recientes vinculados con la cooperación intergubernamental y la participación en empresas mixtas.

Esta obra representa una seria contribución a uno de los grupos étnicos europeos menos estudiados en cuanto a la sistematización de su herencia cultural; al mismo tiempo constituye un nuevo estímulo para quienes desde otros ámbitos de la presencia de los pueblos de Europa en Cuba se adentren en la complejidad de la actual diversidad cultural en la mayor de las Antillas.

 

Dr. Jesús Guanche Pérez

¿Por qué sugiero leer Los vascos en Cuba? / Miguel Iturria Savón

Portada Los vascos en…

Hay libros que trascienden por su sentido coral, lenguaje creativo y oleaje melódico, aunque algunos clásicos pecan de tecnicismo y acrobacias semánticas. Otras obras, de mayor vitalidad y sentido aleatorio, apenas dejan huellas en generaciones de lectores.

Los vascos en Cuba, como tantos ensayos históricos, no usa un oleaje melódico pero posee sentido coral y repasa el trasvase humano de hombres transitables que reescribieron su historia al sumarse a la marea de un país en expansión.

A principios del siglo XXI apenas miramos al pasado. El presente es tan paródico y narcisista que la historia se escribe en los medios de comunicación y en las redes sociales, lo cual desanima a quienes investigan y exponen temas, sucesos y personajes de otras épocas, anclados, por supuesto, en sus circunstancias, mitos y desafíos.

Si me preguntan ¿por qué leer Los vascos en Cuba?, respondería:

  • Porque este libro no retrata, exalta ni denigra el pasado de un grupo étnico en base a preceptos morales o ideológicos, sino que ofrece su hoja de ruta en busca de un destino mejor, primero en su entorno regional, luego en el sur de España y después en tierras de América.
  • Porque desfilan por sus páginas personajes de la cima en Vasconia, Castilla, Andalucía, México, Argentina, Perú y Cuba, junto a otros de vida cotidiana alistados en los viajes de Colón, Magallanes y Elcano; la conquista de México, Perú y Filipinas. Hombres que usaron la espada y la cruz, fundaron ciudades, edificaron templos y murallas, administraron colonias, escribieron crónicas y resistieron a piratas y corsarios.
  • Porque estas páginas no evade los tabúes ni las miserias de épocas lejanas, pero muestra las posiciones contrapuestas, coincidencias étnicas y espacios comunes de navegantes, militares, sacerdotes, comerciantes, empresarios y los sobrevivientes de lugares tan distantes como insólitos.
  • Porque repasa el legado de aquellos emprendedores, su afán asociativo, las huellas dejadas en la toponimia insular, la prensa y la literatura, el deporte, la industria azucarera y otros rubros de la cultura material y espiritual.
  • Pues no faltan en la procesión los traficantes y negreros enriquecidos, toreros y pelotaris famosos, gudaris de bandos extremos en las guerras de Cuba, ni los seguidores y detractores de la República española que naufragó en la Guerra Civil, el franquismo y el éxodo liderado por el Lehendakari Aguirre. Todos sumergidos en los retos, certezas e incertidumbres de su tiempo.

Sugiero al lector mirar el Índice, escoger el capítulo de su agrado, seguir el orden lógico o relegar el libro y los consejos del autor, pues Los vascos en Cuba no puede competir con el narcisismo mediático ni con una realidad que supera a la parodia, pero ofrece datos e historias que constituyen un fragmento del aporte de esa pequeña nación insertada en los avatares socio históricos de España y América, incluida Cuba, donde resurgen nuevas formas de una presencia con medio milenio de andaduras.

Miguel Iturria Savón, Gernika, Bizcaia, 22.6.2017.

Miguel Iturria y Felicitas Lorenzo en la presentación del libro en el Museo Euskal Herria de Gernika, Vizcaya.

Un paraíso verde en medio del azul. / Miguel Iturria Savón

Complejo residencial Josone, en Varadero, residencia expropiada a José F. Iturrioz

 

Si las tonalidades de las aguas de Varadero pintan el azul, y el blanco se percibe en su extensa franja de arenas finas, el Parque Josone salpica con el verde de sus plantas al balneario turístico más célebre de Cuba.

Hace unos años, al descubrir este paraíso verde en el infinito azul de Varadero, me sorprendió su nombre y el estilo vizcaíno de una de sus casas y la cerca perimetral. Lógico, fue edificado como complejo residencial y de descanso de José Fermín Iturrioz y Llaguno (Cárdenas, 1880-New York, 1969), uno de los directivos más eficaz de la industria cubana, quien ejerció entre 1926 y 1956 como Director general de Arechavala S.A., empresa de enorme contribución al desarrollo técnico,  productivo y comercial del país.

Las residencias de Iturrioz, expropiadas y convertidas en centro de recreo del Gobierno de Castro, actual Parque Josone, debe su apelativo a las tres primeras letras de su nombre (José) y de la esposa (Onelia). Allí se hospedaron los huéspedes más ilustres del director de Arechavala. Después estuvo al servicio de Fidel Castro quien alojó, entre otros, al mandatario ruso Leonid Brezhnev y al presidente de Chile Salvador Allende.

Josone es un área recreativa y habitacional, edificada por Iturrioz entre 1935 y 1950 en los terrenos comprados en la “Laguna de la Paz”. Tanto “El Retiro” como “La Cabaña” y el resto de las construcciones enlazan entre sí y limitan con una cerca perimetral de piedras, fusionando elementos típicos del caserío vizcaíno con la mansión de descanso de la burguesía criolla. José Iturrioz era hijo de un vasco y una cubana.

Los turistas que entran a Josone pueden pasear por sus ocho hectáreas de terreno y apreciar la reserva de su flora y su fauna, llena de laureles, sauces, ceibas, cocoteros, mangos y flamboyanes de intenso verdor que cobijan bajo la sombra o en las aguas de sus lagos, a patos, pavos reales, quiquiritas y especies representadas por el guacamayo Pancho, mascota del Parque, perteneciente a la compañía turística Palmares, del Grupo Cubanacán del Ministerio de Turismo de Cuba.

Entre las edificaciones recicladas como restaurantes, hallamos “El Retiro”, mansión neoclásica de la familia Iturrioz que ofrece langosta con vegetales y varios platos de la cocina internacional; mientras en la casa ubicada frente a la “Laguna de la Paz” está “El Dante”, especializado en gastronomía italiana. Más abajo, en la cabaña de cantería que recuerda al caserío vizcaíno de su padre, se ubica “La Campana”, con ofertas de comida criolla.

El resto son la piscina, el bar “La guarapera”, “Varadero 1920”, el “Parque de los enamorados”, “El Túnel”, “La arboleda” y el “Jardín de Celia”, en honor a la Secretaria y amante del déspota comunista, quienes expropiaron y desterraron al gran empresario.

El Parque Josone, como la residencia de Dupont y de tantos inversionistas cubanos y extranjeros expulsados por los hermanos Castro, no es un lugar para “el disfrute del pueblo”, sino de una minoría gubernamental y de los turistas que buscan un paraíso verde en el infinito azul de Varadero, próximo a Cárdenas, donde residió el vizcaíno José Arechabala, fundador del complejo industrial y comercial desmantelado por la inoperante oligarquía castrense.

 

Los vascos fuera de la gaveta… / Miguel Iturria Savón

Portada Los vascos en…

 

Quizás dentro de 50 o cien años este sea un libro “raro y valioso”, o un libro olvidado, como tantos. Lo escribí en el 2004, lo podé al año siguiente y lo entregué a la Fundación Fernando Ortiz donde pasó la censura y fue editado, pero su costo -8 mil 800 usd- determinó que el Patrocinador lo enviara a la editorial Pamiela, en Pamplona, Navarra, cuyo especialista lo llevó a arte final y lo envió a la imprenta. A punto de ser impreso el Patrocinador lo “pospuso” por “razón financiera” tras recibir el “consejo” del Embajador de Castro en Madrid de “la inconveniencia de publicar a un autor independiente”, no afiliado a las entidades del Estado.

Quien lo adquiera por Internet o en alguna librería de España comprobará que la decisión fue burda, pues Los vascos en Cuba no manipula el pasado en función del presente ni juzga a la dilatada dictadura cubana. No es una obra melódica ni sinfónica, sino una historia con puerta de entrada, principio y fin; dividida en 22 capítulos breves, el Prólogo -escrito por el prestigioso antropólogo Jesús Guanche-, la Introducción, algunos gráficos e imágenes escogidas por el autor quien evita acrobacias semánticas, alusiones absurdas, tecnicismo excesivo y desborde ideológico.

En junio del 2017 Los vascos en Cuba salen del ordenador por tercera vez. Los invito a observar la Portada y la Nota de contracubierta, si les atrae, comprelo y disfrute su lectura. Gracias por ponerlo en circulación.

Portugal en la Feria del Libro de Madrid. / Miguel Iturria Savón

La literatura portuguesa, una de las más diversas de Europa, lidera la Feria del Libro de Madrid que exhibe en las casetas de ventas del fascinante Parque del Retiro las novedades de casi cuarenta escritores precedidos por Eca de Queirós, Pessoa, Saramago, Lobo Antunes y otros clásicos lusos entre el 27 de mayo y el 11 de junio del 2017.

El pensador lusitano Eduardo Lourenco dijo las Palabras inaugurales de la 76 Feria del Libro de Madrid, tras la entrega del Premio Luso-español de arte y cultura a la escritora Pilar del Río. Será concluida por el narrador y ensayista español Antonio Muñoz Molina con “La risa de Eca de Quirós”. Las pistas portuguesas cuentan con poetas como Nuno Júdice y Ana Luisa Amaral, Francisco Pinto Balmesao, el Teatro completo de José Saramago, la Obra completa de Álvaro de Campos, la Poesía completa de Mario de Sá-Carneiro y entregas de Antonio Lobo Antunes –No es medianoche quien quiere-, José Luis Peixoto –En tu vientre-, Herberto Helder –La muerte sin maestro-, Daniel Faria –De los líquidos-, Lourdes Viegas Pires dos Santos, Boaventura de Sousa Santos y autores que evocan la guerra de Angola, las consecuencias de la última crisis económica y el papel de la mujer en la lucha por la igualdad.

Portugal es un país pequeño -92.391 km cuadrados y 10.562 000 habitantes- situado al oeste de la Península Ibérica. De casi 500 editoriales antes de la crisis quedan 200 que facturan 300 millones de euros al año. Según Gonzalo Martins, el libro impreso goza de enorme prestigio pero los catálogos han sido llevados al formato electrónico a tres euros el título, afectados por la cultura de entretenimiento fomentada en Internet.

En el panorama lírico del otro lado de la frontera hispana hay lecturas al margen del canon moderno de poetas y novelistas desaparecidos, como Eugenio de Andrade, Mario Cesariny, Vergilio Ferreira, Cardoso Pires y Saramago. En la Feria de Madrid los consagrados conviven como un bosque de sombras con figuras emergentes que bracean en el mercado espiritual. Los diversos lenguajes artísticos y generacionales rescatan a “los humillados” en la dramaturgia de Lidia Jorge, los ecos de la guerra colonial en la oralidad -Joao de Mello-, la mistura entre crónica, dramas y libros de viaje -Gonzalo M. Tavares-; la ironía cosmopolita del ilustrador y cineasta Alfonso Cruz, y la ternura frente al individualismo en las obras de Walter Hugo Máe y José Luis Peixoto.

En la Feria de Madrid no faltarán las últimas invenciones en poesía, novela, historia, filosofía, autobiografía, ciencia ficción y ensayos sobre tres sucesos extraordinarios del siglo XX: la Revolución rusa de 1917, las guerras mundiales y la Guerra civil española. Los asistentes podrán comprar algunos títulos de clásicos universales: Nicolái Gógol –Almas muertas– y Gertrude Stein –Tres mujeres-, de españoles: Enrique Vila-Matas –Mac y su contratiempo-, Javier Cercas –El monarca de las sombras-, Marta Sanz –Clavícula-, Luis Landero –La vida negociable-, Irene Gracia –Ondina o la ira del fuego– y las novelas El triunfo y Un enano español se suicida en Las Vegas, de Francisco Casavella; así como El absoluto, Teoría del ascensor y La uruguaya, de los argentinos Daniel Guebel, Sergio Chejfec y Pedro Mairal; Había mucha neblina, humo o no sé qué, de la mexicana Cristina Rivera Garza; Saturno, del guatemalteco Pedro Halfon y Un mundo huérfano, del italo-colombiano Giuseppe Caputo.

Los autores portugueses protagonizan la Feria del Libro de Madrid en compañía de  autores españoles, europeos, americanos y algunos asiáticos y africanos. Un puzle híbrido con figuras de siempre y artífices obsesionados por apresar la realidad. Poesía y filosofía, relatos, ensayos y biografías para soñar y romper la rutina, historias de romanos, vikingos y alienígenas, arte y sociedad, policíacos y un Premio Cervantes nonagenario e irreverente -J. M. Caballero Bonald- que retrata a personajes de la cultura hispana en Examen de ingenios, una de las obras más pedidas en la primavera del 2017.