La isla en peso. / Virgilio Piñera

La maldita circunstancia del agua por todas partes

me obliga a sentarme en la mesa del café.

Si no pensara que el agua me rodea como un cáncer

hubiera podido dormir a pierna suelta.

Mientras los muchachos se despojaban de sus ropas para nadar

doce personas morían en un cuarto por compresión.

Cuando a la madrugada la pordiosera resbala en el agua

en el preciso momento en que se lava uno de sus pezones,

me acostumbro al hedor del puerto,

me acostumbro a la misma mujer que invariablemente masturba,

noche a noche, al soldado de guardia en medio del sueño de los peces.

Una taza de café no puede alejar mi idea fija,

en otro tiempo yo vivía adánicamente.

¿Qué trajo la metamorfosis?

La eterna miseria que es el acto de recordar.

Si tú pudieras formar de nuevo aquellas combinaciones,

devolviéndome el país sin el agua,

me la bebería toda para escupir al cielo.

Pero he visto la música detenida en las caderas,

he visto a las negras bailando con vasos de ron en sus cabezas.

Hay que saltar del lecho con la firme convicción

de que tus dientes han crecido,

de que tu corazón te saldrá por la boca.

Aún flota en los arrecifes el uniforme del marinero ahogado.

Hay que saltar del lecho y buscar la vena mayor del mar para desangrarlo.

Me he puesto a pescar esponjas frenéticamente,

esos seres milagrosos que pueden desalojar hasta la última gota de agua

y vivir secamente.

Esta noche he llorado al conocer a una anciana

que ha vivido ciento ocho años rodeada de agua por todas partes.

Hay que morder, hay que gritar, hay que arañar.

He dado las últimas instrucciones.

El perfume de la piña puede detener a un pájaro.

Los once mulatos se disputaban el fruto,

los once mulatos fálicos murieron en la orilla de la playa.

He dado las últimas instrucciones.

Todos nos hemos desnudado.

Llegué cuando daban un vaso de aguardiente a la virgen bárbara,

cuando regaban ron por el suelo y los pies parecían lanzas,

justamente cuando un cuerpo en el lecho podría parecer impúdico,

justamente en el momento en que nadie cree en Dios.

Los primeros acordes y la antigüedad de este mundo:

hieráticamente una negra y una blanca y el líquido al saltar.

Para ponerme triste me huelo debajo de los brazos.

Es en este país donde no hay animales salvajes.

Pienso en los caballos de los conquistadores cubriendo a las yeguas,

pienso en el desconocido son del areíto

desaparecido para toda la eternidad,

ciertamente debo esforzarme a fin de poner en claro

el primer contacto carnal en este país, y el primer muerto.

Todos se ponen serios cuando el timbal abre la danza.

Solamente el europeo leía las meditaciones cartesianas.

El baile y la isla rodeada de agua por todas partes:

plumas de flamencos, espinas de pargo, ramos de albahaca, semillas de aguacate.

La nueva solemnidad de esta isla.

¡País mío, tan joven, no sabes definir!

¿Quién puede reír sobre esta roca fúnebre de los sacrificios de gallos?

Los dulces ñáñigos bajan sus puñales acompasadamente.

Como una guanábana un corazón puede ser traspasado sin cometer crimen.

sin embargo el bello aire se aleja de los palmares.

Una mano en el tres puede traer todo el siniestro color de los caimitos

más lustrosos que un espejo en el relente,

sin embargo el bello aire se aleja de los palmares,

si hundieras los dedos en su pulpa creerías en la música.

Mi madre fue picada por un alacrán cuando estaba embarazada.

¿Quién puede reír sobre esta roca de los sacrifícios de gallos?

¿Quién se tiene a sí mismo cuando las claves chocan?

¿Quién desdena ahogarse en la indefinible llamarada del flamboyán?

La sangre adolescente bebemos en las pulidas jícaras.

Ahora no pasa un tigre sino su descripción.

Las blancas dentaduras perforando la noche,

y también los famélicos dientes de los chinos esperando el desayuno

después de la doctrina cristiana.

Todavía puede esta gente salvarse de cielo,

pues al compás de los himnos las doncellas agitan diestramente

los falos de los hombres.

La impetuosa ola invade el extenso salón de las genuflexiones.

Nadie piensa en implorar, en dar gracias, en agradecer, en testimoniar.

La santidad se desinfla en una carcajada.

Sean los caóticos símbolos del amor los primeros objetos que palpe,

afortunadamente desconocemos la voluptuosidad y la caricia francesa,

desconocemos el perfecto gozador y la mujer pulpo,

desconocemos los espejos estratégicos,

no sabemos llevar la sífilis con la reposada elegancia de un cisne,

desconocemos que muy pronto vamos a practicar estas mortales elegancias.

Los cuerpos en la misteriosa llovizna tropical,

en la llovizna diurna, en la llovizna nocturna, siempre en la llovizna,

los cuerpos abriendo sus millones de ojos,

los cuerpos, dominados por la luz, se repliegan

ante el asesinato de la piel,

los cuerpos, devorando oleadas de luz, revientan como girasoles de fuego

encima de las aguas estáticas,

los cuerpos, en las aguas, como carbones apagados derivan hacia el mar.

Es la confusión, es el terror, es la abundancia,

es la virginidad que comienza a perderse.

Los mangos podridos en el lecho del río ofuscan mi razón,

y escalo el árbol más alto para caer como un fruto.

Nada podría detener este cuerpo destinado a los cascos de los caballos,

turbadoramente cogido entre la poesía y el sol.

Escolto bravamente el corazón traspasado,

clavo el estilete más agudo en la nuca de los durmientes.

El trópico salta y su chorro invade mi cabeza

pegada duramente contra la costra de la noche.

La piedad original de las auríferas arenas

ahoga sonoramente las yeguas españolas,

la tromba desordena las crines más oblicuas.

No puedo mirar con estos ojos dilatados.

Nadie sabe mirar, contemplar, desnudar un cuerpo.

Es la espantosa confusión de una mano en lo verde,

los estranguladores viajando en la franja del iris.

No sabría poblar de miradas el solitario curso del amor.

Me detengo en ciertas palabras tradicionales:

el aguacero, la siesta, el cañaveral, el tabaco,

con simple ademán, apenas si onomatopéyicamente,

titánicamente paso por encima de su música,

y digo: el agua, el mediodía, el azúcar, el humo.

Yo combino:

el aguacero pega en el lomo de los caballos,

la siesta atada a la cola de un caballo,

el cañaveral devorando a los caballos,

los caballos perdiéndose sigilosamente

en la tenebrosa emanación del tabaco,

el último gesto de los siboneyes mientras el humo pasa por la horquilla

como la carreta de la muerte,

el último ademán de los siboneyes,

y cavo esta tierra para encontrar los ídolos y hacerme una historia.

Los pueblos y sus historias en boca de todo el pueblo.

De pronto, el galeón cargado de oro se mete en la boca

de uno de los narradores,

y Cadmo, desdentado, se pone a tocar el bongó.

La vieja tristeza de Cadmo y su perdido prestigio:

en una isla tropical los últimos glóbulos rojos de un dragón

tiñen con imperial dignidad el manto de una decadencia.

Las historias eternas frente a la historia de una vez del sol,

las eternas historias de estas tierras paridoras de bufones y cotorras,

las eternas historias de los negros que fueron,

y de los blancos que no fueron,

o al revés o como os parezca mejor,

las eternas historias blancas, negras, amarillas, rojas, azules,

—toda la gama cromática reventando encima de mi cabeza en llamas—,

la eterna historia de la cínica sonrisa del europeo

llegado para apretar las tetas de mi madre.

El horroroso paseo circular,

el tenebroso juego de los pies sobre la arena circular,

el envenado movimiento del talón que rehuye el abanico del erizo,

los siniestros manglares, como un cinturón canceroso,

dan la vuelta a la isla,

los manglares y la fétida arena

aprietan los riñones de los moradores de la isla.

Sólo se eleva un flamenco absolutamente.

¡Nadie puede salir, nadie puede salir!

La vida del embudo y encima la nata de la rabia.

Nadie puede salir:

el tiburón más diminuto rehusaría transportar un cuerpo intacto.

Nadie puede salir:

una uva caleta cae en la frente de la criolla

que se abanica lánguidamente en una mecedora,

y “nadie puede salir” termina espantosamente en el choque de las claves.

Cada hombre comiendo fragmentos de la isla,

cada hombre devorando los frutos, las piedras y el excremento nutridor.

Cada hombre mordiendo el sitio dejado por su sombra,

cada hombre lanzando dentelladas en el vacío donde el sol se acostumbra,

cada hombre, abriendo su boca como una cisterna, embalsa el agua

del mar, pero como el caballo del barón de Munchausen,

la arroja patéticamente por su cuarto trasero,

cada hombre en el rencoroso trabajo de recortar

los bordes de la isla más bella del mundo,

cada hombre tratando de echar a andar a la bestia cruzada de cocuyos.

Pero la bestia es perezosa como un bello macho

y terca como una hembra primitiva.

Verdad es que la bestia atraviesa diariamente los cuatro momentos caóticos,

los cuatro momentos en que se la puede contemplar

—con la cabeza metida entre sus patas—escrutando el horizonte con ojo atroz,

los cuatro momentos en que se abre el cáncer:

madrugada, mediodía, crepúsculo y noche.

Las primeras gotas de una lluvia áspera golpean su espalda

hasta que la piel toma la resonancia de dos maracas pulsadas diestramente.

En este momento, como una sábana o como un pabellón de tregua, podría

desplegarse un agradable misterio,

pero la avalancha de verdes lujuriosos ahoga los mojados sones,

y la monotonía invade el envolvente túnel de las hojas.

El rastro luminoso de un sueño mal parido,

un carnaval que empieza con el canto del gallo,

la neblina cubriendo con su helado disfraz el escándalo de la sabana,

cada palma derramándose insolentemente en un verde juego de aguas,

perforan, con un triángulo incandescente, el pecho de los primeros aguadores,

y la columna de agua lanza sus vapores a la cara del sol cosida por un gallo.

Es la hora terrible.

Los devoradores de neblina se evaporan

hacia la parte más baja de la ciénaga,

y un caimán los pasa dulcemente a ojo.

Es la hora terrible.

La última salida de la luz de Yara

empuja a los caballos contra el fango.

Es la hora terrible.

Como un bólido la espantosa gallina cae,

y todo el mundo toma su café.

¿Pero qué puede el sol en un pueblo tan triste?

Las faenas del día se enroscan al cuello de los hombres

mientras la leche cae desesperadamente.

¿Qué puede el sol en un pueblo tan triste?

Con un lujo mortal los macheteros abren grandes claros en el monte,

la tristísima iguana salta barrocamente en un caño de sangre,

los macheteros, introduciendo cargas de claridad, se van ensombreciendo

hasta adquirir el tinte de un subterráneo egipcio.

¿Quién puede esperar clemencia en esta hora?

Confusamente un pueblo escapa de su propia piel

adormeciéndose con la claridad,

la fulminante droga que puede iniciar un sueño mortal

en los bellos ojos de hombres y mujeres,

en los inmensos y tenebrosos ojos de estas gentes

por los cuales la piel entra a no sé qué extraños ritos.

La piel, en esta hora, se extiende como un arrecife

y muerde su propia limitación,

la piel se pone a gritar como una Ioca, como una puerca cebada,

la piel trata de tapar su claridad con pencas de palma,

con yaguas traídas distraídamente por el viento,

la piel se tapa furiosamente con cotorras y pitahayas,

absurdamente se tapa con sombrías hojas de tabaco

y con restos de leyendas tenebrosas,

y cuando la piel no es sino una bola oscura,

la espantosa gallina pone un huevo blanquísimo.

¡Hay que tapar! ¡Hay que tapar!

Pero la claridad avanzada, invade

perversamente, oblicuamente, perpendicularmente,

la claridad es una enorme ventosa que chupa la sombra,

y las manos van lentamente hacia los ojos.

Los secretos más inconfesables son dichos:

la claridad mueve las lenguas,

la claridad mueve los brazos,

la claridad se precipita sobre un frutero de guayabas,

la claridad se precipita sobre los negros y los blancos,

la claridad se golpea a sí misma,

va de uno a otro lado convulsivamente,

empieza a estallar, a reventar, a rajarse,

la claridad empieza el alumbramiento más horroroso,

la claridad empieza a parir claridad.

Son las doce del día.

Todo un pueblo puede morir de luz como morir de peste.

Al mediodía el monte se puebla de hamacas invisibles,

y, echados, los hombres semejan hojas a la deriva sobre aguas metálicas.

En esta hora nadie sabría pronunciar el nombre más querido,

ni levantar una mano para acariciar un seno;

en esta hora del cáncer un extranjero llegado de playas remotas

preguntaría inútilmente qué proyectos tenemos

o cuántos hombres mueren de enfermedades tropicales en esta isla.

Nadie lo escucharía: las palmas de las manos vueltas hacia arriba,

los oídos obturados por el tapón de la somnolencia,

los poros tapiados con la cera de un fastidio elegante

y la mortal deglución de las glorias pasadas.

¿Dónde encontrar en este cielo sin nubes el trueno

cuyo estampido raje, de arriba a abajo, el tímpano de los durmientes?

¿Qué concha paleolítica reventaría con su bronco cuerno

el tímpano de los durmientes?

Los hombres-conchas, los hombres-macaos, los hombres-túneles.

¡Pueblo mío, tan joven, no sabes ordenar!

¡Pueblo mío, divinamente retórico, no sabes relatar!

Como la luz o la infancia aún no tienes un rostro.

De pronto el mediodía se pone en marcha,

se pone en marcha dentro de sí mismo,

el mediodía estático se mueve, se balancea,

el mediodía empieza a elevarse flatulentamente,

sus costuras amenazan reventar,

el mediodía sin cultura, sin gravedad, sin tragedia,

el mediodía orinando hacia arriba,

orinando en sentido inverso a la gran orinada

de Gargantúa en las torres de Notre Dame,

y todas esas historias, leídas por un isleño que no sabe

lo que es un cosmos resuelto.

Pero el mediodía se resuelve en crepúsculo y el mundo se perfile.

A la luz del crepúsculo una hoja de yagruma ordena su terciopelo,

su color plateado del envés es el primer espejo.

La bestia lo mira con su ojo atroz.

En este trance la pupila se dilata, se extiende como mundo se perfila,

hasta aprehender la hoja.

Entonces la bestia recorre con su ojo las formas sembradas en su lomo

y los hombres tirados contra su pecho.

Es la hora única para mirar la realidad en esta tierra.

No una mujer y un hombre frente a frente,

sino el contorno de una mujer y un hombre frente a frente,

entran ingrávidos en el amor,

de tal modo que Newton huye avergonzado.

Una guinea chilla para indicar el angelus:

abrus precatorious, anona myristica, anona palustris.

Una letanía vegetal sin trasmundo se eleva

frente a los arcos floridos del amor:

Eugenia aromática, eugenia fragrans, eugenia plicatula.

El paraíso y el infierno estallan y sólo queda la tierra:

Ficus religiosa, ficus nitida, ficus suffocans.

La tierra produciendo por los siglos de los siglos:

Panicum colonum, panicum sanguinale, panicum maximum.

El recuerdo de una poesía natural, no codificada, me viene a los labios:

Árbol de poeta, árbol del amor, árbol del seso.

Una poesía exclusivamente de la boca como la saliva:

Flor de calentura, flor de cera, flor de la Y.

Una poesía microscópica:

Lágrimas de Job, lágrimas de Júpiter, lágrimas de amor.

Pero la noche se cierra sobre la poesía y las formas se esfuman.

En esta isla lo primero que la noche hace es despertar el olfato:

Todas las aletas de todas las narices azotan el aire

buscando una flor invisible;

la noche se pone a moler millares de pétalos,

la noche se cruza de paralelos y meridianos de olor,

los cuerpos se encuentran en el olor,

se reconocen en este olor único que nuestra noche sabe provocar;

el olor lleva la batuta de las cosas que pasan por la noche,

el olor entra en el baile, se aprieta contra el güiro,

el olor sale por la boca de los instrumentos musicales,

se posa en el pie de los bailadores,

el corro de los presentes devora cantidades de olor,

abre la puerta y las parejas se suman a la noche.

La noche es un mango, es una piña, es un jazmín,

la noche es un árbol frente a otro árbol sin mover sus ramas,

la noche es un insulto perfumado en la mejilla de la bestia;

una noche esterilizada. una noche sin almas en pena,

sin memoria, sin historia, una noche antillana;

una noche interrumpida por el europeo,

el inevitable personaje de paso que deja su cagada ilustre,

a lo sumo, quinientos años, un suspiro en el rodar de la noche antillana,

una excrecencia vencida por el olor de la noche antillana.

¡No importa que sea una procesión, una conga,

una comparsa, un desfile.

La noche invade con su olor y todos quieren copular.

El olor sabe arrancar las máscaras de la civilización,

sabe que el hombre y la mujer se encontrarán sin falta en el platanal.

¡Musa paradisíaca, ampara a los amantes!

No hay que ganar el cielo para gozarlo,

dos cuerpos en el platanal valen tanto como la primera pareja,

la odiosa pareja que sirvió para marcar la separación.

¡Musa paradisíaca, ampara a los amantes!

No queremos potencias celestiales sino presencias terrestres,

que la tierra nos ampare, que nos ampare el deseo,

felizmente no llevamos el cielo en la masa de la sangre,

sólo sentimos su realidad física

por la comunicación de la lluvia al golpear nuestras cabezas

Bajo la lluvia, bajo el olor, bajo todo lo que es una realidad,

un pueblo se hace y se deshace dejando los testimonios:

un velorio, un guateque, una mano, un crimen,

revueltos, confundidos, fundidos en la resaca perpetua,

haciendo leves saludos, enseñando los dientes, golpeando sus riñones,

un pueblo desciende resuelto en enormes postas de abono,

sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes,

más abajo, más abajo, y el mar picando en sus. espaldas;

un pueblo permanece junto a su bestia en la hora de partir,

aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales,

siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla,

el peso de una isla en el amor de un pueblo.

Crítica de la víctima. / Miguel Iturria Savón

Las víctimas y los victimarios vienen de conflictos de épocas y lugares diversos y dispersos del planeta Tierra, nacieron y acompañan a etnias, tribus, aldeas, países, religiones, mercenarios, sacerdotes, soldados, oficiales, reyes y príncipes, políticos e ideólogos. Los hebreos, por ejemplo, poseen el Muro de las Lamentaciones y patrimonializan la cultura de la queja a nivel global, evidente en la Biblia y en cientos de libros, filmes y otras expresiones del arte y la historiografía. Durante siglos miles de hebreos fueron perseguidos y expulsados de Europa. A principios del XXI aún los sucesores de Abraham se sienten víctimas del Holocausto Nazi contra los judíos, aquella cacería humana acaecida entre 1933 y 1945.

El victimismo se ha universalizado y hasta cotiza en la bolsa de valores morales,  campañas mediáticas y electorales. Veamos tres ejemplos: millones de rusos fueron víctimas -y o culpables- de los crímenes instrumentados por Lenin, Stalin y los sucesores de este en la antigua Unión Soviética (1917-1991), que expandió el comunismo hacia media Europa y países de Asia, África y América. En Asia, millones de coreanos, chinos, malayos e indonesios fueron víctimas del expansionismo japonés; mientras los japoneses, derrotados y ocupados por los Estados Unidos en agosto de 1945, fueron víctimas de los bombardeos nucleares sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.

Para esbozar un tema tan ininteligible y polémico prefiero invitar a los interesados a leer Crítica de la víctima, del profesor y ensayista italiano Daniele Giglioli, un autor lúcido, ameno, preciso y agudo, además de honesto y abarcador. El libro, publicado en italiano y español -Herder Editorial, S.L, Barcelona, 2018-, aborda en 130 páginas y tres capítulos, «los orígenes y los síntomas de la ideología de la víctima en la sociedad contemporánea»; cuestiones como “La piedad injusta”, “El siglo culpable”, “La inmunidad”, “La vergüenza y el orgullo”, “El escándalo de la historia”, “¿Por qué nos odiamos”, “La inocencia”, “La verdad es muerte” y “¿Otros mitos”.

Transcribo un párrafo ilustrativo, leed y disfrutad sin juicios previos.

“La víctima es el héroe de nuestro tiempo. Ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho, de autoestima. Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable. ¿Cómo podría la víctima ser culpable, o responsable de algo? En la víctima se articulan carencia y reivindicación, debilidad y pretensión, deseo de tener y deseo de ser. No somos lo que hacemos, sino lo que hemos padecido, lo que podemos, lo que nos han quitado.” Pág. 11.

Imagen alegórica al túnel del victimismo.

Un libro y un recuerdo de Mario Benedetti. / Miguel Iturria Savón

Acabo de leer El Césped y otros relatos, de Mario Benedetti, el escritor y poeta uruguayo exiliado en Cuba tras el golpe militar de su país (1973-1984), como si la isla fuera un paraíso de libertad bajo la dictadura que tomó el poder en 1959, año en que Benedetti escribió La Tregua, su novela más reeditada y llevada al cine al igual que Gracias por el fuego, exhibida por la televisión insular donde el rostro y la voz de Mario fueron cotidianos, sobre todo sus poemas “Padre Nuestro Latinoamericano” y “Te quiero”, ambos prescindibles pero difundidos hasta el hastío por su “estética del compromiso”.

Cuando conocí a Mario Benedetti en marzo de 1993 en un Ciclo de conferencias sobre revistas literarias de España e Hispanoamérica no lo asocié con el Gaucho Proletario del Movimiento Tupamaros, esa imagen “transferida” en sus poemas. Nos presentó Cintio Vitier, otro poeta culto, refinado y fiel a los entresijos de Palacio, quizás por cautela, no por seducción quimérica como el bardo uruguayo, tímido y respetuoso como los personajes de sus cuentos. Nadie mejor para acompañar a Benedetti en La Habana que Cintio Vitier, aunque la pasión revolucionaria de Mario antecede a la conversión de Cintio al Castrismo, pues el autor de La vida, ese paréntesis, La muerte y otras sorpresas, Montevideanos, Buzón del tiempo o El cumpleaños de Juan Ángel, fundó y dirigió el Centro de Investigación Literaria de la Casa de las Américas de 1968 a 1971 e integró el Consejo de Dirección de Casa, ese aparato de penetración cultural en el continente.

Mario Benedetti nació en 1920 y es junto a Juan Carlos Onetti e Idea Vilariño uno de los cultores más prolíficos de la Generación cultural de 1945. Antes de 1960 había publicado cuentos, poemas, novelas y reseñas sobre arte, literatura, cine y teatro, además de ganarse la vida en varios oficios antes de ejercer el periodismo y dirigir revistas literarias. Era un autor prolífico cuando lo nombraron como Jurado del Premio Casa de las Américas, le dieron trabajo en la misma y lo acogieron como exiliado entre 1976 y 1980; de La Habana se fue a Madrid, ciudad que alternó con su residencia de Montevideo.

Apenas he leído los poemas de Mario Benedetti, salvo “Táctica y estrategia”, muy útil para enamorar en años juveniles pese al lirismo austero. Supe que J. M. Serrat grabó el disco El Sur también existe y que D. Viglietti musicalizó otras piezas suyas, sin contar a los cantores y declamadores cubanos que nos agobiaron con el “Padre Nuestro”, el “Te quiero” y demás cursilerías benedettianas.

De Benedetti prefiero su novela La Tregua y colecciones de cuentos como Buzón de tiempo, Montevideanos y El césped y otros relatos. En La Tregua, su obra de más garra y vigor, aborda la soledad, la frustración y la cotidianidad gris de un hombre viudo y próximo a jubilarse que se enamora de una joven en la oficina. En casi todos sus textos de ficción el autor dialoga con ironía sobre la realidad, la mediocridad y la frustración de la clase media uruguaya, aunque Benedetti es el personaje de Benedetti en mucho de sus personajes, salvo en “La noche de los feos”, “Mis Amnesia” y “Jules y Jim”, tres cuentos inquietantes y antológicos incluidos en El césped y otros relatos.

Dictadura de la voluntad. / Miguel Iturria Savón

Miro una imagen de Kenye West, el rapero que se postula como Candidato a las elecciones presidenciales de los EE.UU, el tipo llora y promete… Abro después el diario español El Mundo y observo otra imagen absurda: jóvenes felices con bigote al estilo Hitler. Según el articulista, los chicos no temen a dictadores como Stalin, Hitler o Mao, les parecen lejanos y simpáticos.

No me importa el egocéntrico Kenye West, mas recuerdo que un rapero fue Presidente de Haití y que un actor es Presidente de Ucrania. Tampoco me sorprende lo expresado por el articulista de El Mundo sobre los jóvenes que frivolizan la historia y confunden sus deseos con la realidad. Al parecer, los diarios, telediarios y las redes sociales configuran un mundo donde lo virtual suplanta lo real, aunque la realidad existe y es dura como una roca.

Se confunden los límites y muchos piensan en la voluble dictadura de la voluntad, desde homosexuales de carroza hasta lesbianas con poder que apuestan por «borrar los géneros», es decir, negar la biología, no soy hombre ni mujer sino lo uno y lo otro, bisturí por medio e ideología para compensar triunfos o decepciones. La realidad es mas compleja: puedes llorar y prometer en un mitin, desear a dictadores brutales, negar tu condición biológica o soñar que tu región es un país, pero hay metas ajenas a la voluntad.

No voy a teorizar sobre elecciones, anhelos virtuales ni la incesante demanda de leyes y derechos ya recogidos en constituciones y decretos. La voluntad es vasta, somos complejos, pero no todo vale pese al relativismo promovido por algunos partidos e ideología que llegan al poder e intentan perpetuarse. No soy león ni jirafa, aunque lo sueñe. Soñar no es un delito, mas no es lo mismo jugar a ser Dios que poner los pies en la tierra y echar a andar…

Dios en las cárceles de Cuba. Miguel Iturria Savón

D

Tras recibir en 1989 el Premio de Poesía Julián del Casal de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), la voz de María Elena Cruz Varela resonó entre poetas, escritores y lectores de aquella isla acosada por huracanes, desfiles y discursos tribunicios. La autora de Afuera está lloviendo, Hija de Eva, El ángel agotado y La voz de Adán y yo no imaginó que pasaría de los premios al acoso policial por crear el Grupo Criterio Alternativo y difundir la Carta de los Diez, demasiado crítica para el viejo gobierno de Fidel Castro quien desató a sus jaurías contra la escritora, golpeada y encarcelada antes de irse a España como exiliada en 1994. Cruz Varela fue calumniada hasta en el Noticiero Nacional de la Televisión por Carlos Aldana -ideólogo del Politburó Comunista- que exigió a los creadores “ser oficialistas” y distanciarse de esa “escritora casi desconocida que padece de neurosis histérica y de dudosa conducta moral…”

Dos años en prisión y una campaña internacional por su liberación fue la antesala de décadas de exilio. No la recuerdo ahora por aquellos versos suyos que leíamos en los años noventa, ni por sus numerosos artículos y conferencias en España, los Estado Unidos y otros países que premiaron sus poesía y su tenaz defensa de los Derechos Humanos en el gran cortijo caribeño, sino por Dios en las cárceles de Cuba, un libro de testimonios novelados que recupera con desgarro y soplo poético la memoria de las mujeres que resistieron el presidio político en Cuba. Dolorosa y conmovedora es esta obra armada con historias reales de mujeres encarceladas entre 1960 y 1994 en aquella isla que aún fascina a millones de borregos ideológicos.

Un libro de peso no recluido en el testimonio de las protagonistas ni en la angustia de la autora como prisionera política, quien sustituye los nombres y apellidos por las letras iniciales para atenuar humillaciones y distanciarse del desgarramiento propio, aunque revive a Ana Losada Ramírez, hilo conductor de la primera parte del libro, cita a las protagonistas de historias pospuestas, a sus compañeras de sombras “como única certeza” y a personajes que enlazan el discurso narrativo: la monja misionera Sor Ada, la atea Juana (“guajira del Escambray), Mundita -abogada asesinada por defender a prisioneros políticos- y sus antípodas: la fiscal Eulalia Perdigón y la oficial Migdalia Fragoso.

Los versos del Canto III de La Divina Comedia de Dante Alighieri vislumbran el espíritu de este libro dividido en dos partes: Dios en las cárceles de Cuba y Hay en mi corazón luces y sombras. “Por mi se llega a la ciudad doliente, /…al llanto duradero, /…a la perdida gente. / Me hizo mi alto hacedor por justiciero: / el divino poder me dio semblanza, / la suma ciencia y el amor primero. / Nada hay creado que en edad me alcanza, / no siento eterno, y yo eterno duro. / ¡Perded cuantos entráis toda esperanza!” Pero la evidente pérdida de toda esperanza de las prisioneras políticas no excluye la fe religiosa que sostuvo a la mayoría de ellas en su tránsito personal por el infierno, expuesto con elegancia y claridad, sin adjetivos baldíos para “domesticar el miedo” ni “embellecer” hechos que laceran la sensibilidad humana, lo cual condujo a la autora a “crear un sosías, una cómplice que cargara con la mitad de mi dolor, de mis aciertos y equivocaciones”.

En la Carta al lector, Cruz Varela advierte: “Todo está demasiado cerca… y no logro despojarme del pudor que siento…”, por lo que -“A la manera borgiana”- cree estar “desgarrada hasta el escándalo por sucesivas y contrarias lealtades”, y encontrarse “con la trampa del libre albedrío y dos caminos a escoger: callar… y fingir, como si nada hubiera sucedido, o contarlo casi todo, liberándome… del lastre y asumiendo los versos del poeta cubano Eliseo Diego: “No es por azar que nacemos en un sitio y no en otro, sino para dar testimonio”.

Certezas y contradicciones habitan este libro que abona la tradición de testimonios, memorias y biografías de personajes encarcelados como el comandante Huber Matos, autor de Cómo llegó la noche, o Armando Valladares –Contra toda esperanza-, quienes “testificaron en negro sobre blanco” ese mundo de silencio y crueldad que representó para ellos la cárcel en las primeras décadas del Castrismo. Sin embargo, Dios en las cárceles de Cuba coincide y difiere de los autores citados. Coincide pues testimonia y certifica la barbarie como norma y la estrategia del régimen para despersonalizar a los disidentes.

Difiere porque presenta de manera coral la cálida fragilidad “de las mujeres que lo arriesgaron todo, desde su corazón hasta la libertad” en medio de “la lógica embriaguez internacional que produjo… la revolución cubana”. Como aclara Cruz Varela, estas páginas no abracan todos los matices de cada vida, sino “la principal circunstancia que torció sus destinos” y “una tímida y humana necesidad de comunicación, un contar a modo de exorcismo liberador”, sin “rencor ni revanchismo en ninguna de nosotras”.

Y por eso fluye, duele, conmueve y nos exalta esta novela testimonial de 367 que engancha al lector a los procesos sumarios, “el ruido de las rejas”, los tensos diálogos entre prisioneras y guardianes que “desordenan el ritmo del corazón”, la arrogancia del director del penal, los monólogos con Dios, las golpizas, los reglamentos esperpénticos, el castigo por organizar sesiones religiosas y denunciar al exterior lo que sucede adentro, la diatriba revolucionaria que calca el lenguaje del poder, la humillación individual y colectiva, las celdas de castigo con sus ratas, humedad y camas de piedra, los suicidios, “las voces de las sin cara que reparten la pitanza”, el ambiente sofocante y amenazador, el uso de las presas comunes contra las políticas, las cartas clandestinas, los recuerdos familiares, “la tortura blanca” en Villa Marista y en el Hospital Militar de Marianao, el consuelo de la evasión, la lascivia y algunas relaciones homoeróticas…

En Dios en las cárceles de Cuba se agradece la selección del material novelado, la síntesis y la tensión, la introspección, la fuerza de los personajes vitales que retan la rutina del desastre sin alardes de heroísmo, el desenfado y la concisión al narrar las miserias propias y ajenas, el trabajo forzado, “el corredor de los muertos”, el equipaje de dolor de las suicidas, el olor del miedo que paraliza y distancia a amigos y parientes, la diversión de los verdugos, la solidaridad en la miseria y el magistral manejo de la jerga callejera en la segunda parte de la obra, donde coinciden prisioneras políticas -Tatiana López Riera, Virginia Cuevas Vázquez y Beneranda Curbelo Santamaría- con presas comunes caladas por el virus social y “enfermas de dudas y desconfianza”, como la pedagoga Glenda, la joven prostituta Yaremi, las lesbianas Deysi, Marlen y Viviam y las negras que celebran los rituales sincréticos de los dioses del Panteón Yoruba de Cuba, tolerados por las autoridades penales.

Dios en las cárceles de Cuba es, en fin, un fragmento literario del horror oculto tras la desinformación y el miedo como instrumento de dominación. Un manto de la memoria, restos del naufragio totalitario.

Esta novela ha sido editado varias veces en español e inglés desde el 2002 al igual que Juana de Arco: el corazón del verdugo (Premio de Novela Histórica Alfonso el Sabio 2003) y La hija de Cuba. Todas inéditas en la isla.

Dos poemas de María E. Cruz Varela. / Miguel Iturria Savón

En diciembre de 2014 reseñé para el diario 14ymedio.com Dios en las cárceles de Cuba, de María Elena Cruz Varela, autora a su vez de las novelas La hija de Cuba y Juana de Arcos: el corazón del verdugo, los poemarios Mientras la espera el agua, Afuera está lloviendo, El ángel agotado, Balada de la sangre y La voz de Adán y yo, editados en Cuba, España y los Estados Unidos, itinerario vital de esta escritora premiada y hostigada en la isla tras crear el Grupo Criterio Alternativo y difundir la “Carta de los Diez” en la que propuso una apertura democrática.    

Al igual que Heberto Padilla, Reinaldo Arenas, Raúl Rivero y otros poetas obligados al exilio, María Elena Cruz Varela supo que “la poesía es un hermoso traje para andar por el mundo” pero que la disociación es esquizofrenia. Como esos poetas malditos ella desafió a la fiera y perdió la guerra. Al acoso de las hordas siguieron las detenciones, los interrogatorios y la tortura en Villa Marista y cárceles con paredes revestidas para silenciar los gritos. Entendió que “no se puede ser héroe y víctima, soy héroe”, dijo en una entrevista en el exilio y agregó: “La ética es la estética de la conducta humana…”

Les dejo dos poemas de ésta rapsoda que perdió la inocencia.

Fragmento de “La nave de los locos”

Y soy esta ciudad que se derrumba.

Y soy este país de locos náufragos.

Dejados en su nave a la deriva.

Porque ya nada sé.

Los perros devoraron mi memoria.

¿A dónde voy? ¿A dónde vamos todos? ¿A dónde van?

(…)

Locos. Locos y atados

por una misma cuerda de nudo corredizo.

Arrojados con prisa delante de los trenes.

Apurándolo todo. Vertiginosos. Áridos. No hay otra soledad.

No hay más tortura que este pozo en que estamos…

Qué recia terquedad nos inmuniza.

Qué siniestra punzada la caída…

Desde el fondo del pozo. Arrodillados.

Plegaria contra el miedo

Volando está la voz. Su frágil marioneta

con hilos invisibles.

Finísimas agujas hilvanan dulcemente

en tenue claroscuro sobre el mantel del tiempo.

Del tiempo que nos deja. Que nos levanta en vilo.

Que a veces. Por azar. Nos multiplica.

Lenta. Muy lenta. Leve. Miro a mi alrededor.

Entono esta plegaria contra el miedo. Contra el miedo

del hombre que se arrastra. Silba. Vuelve a escupir.

Maldice. Vuelve a escupir. Alaba.

Se duele. Me lastima. Se dobla. Me desplaza.

Contra ti mi plegaria. Plegaria contra el miedo.

Mezcla de horror y júbilo. De fibra lacerada.

Contra mi lado oscuro. Contra las aguas mansas.

Contra ti. Contra todo. La voz.

La voz. La frágil marioneta.

La débil manecilla pendiente de la voz.

La voz sobre su eje.

Aquí dejo el renglón de mansedumbre.

Aquí será la voz. Lenta. Lenta aclama la voz.

Se torna rictus. Regresa a los nostálgicos colores.

Imploran los que fuimos tan muertos por el fuego

y volvemos llorando al ojo de agua.

Dos poemas de Reinaldo Arenas. / Miguel Iturria Savón

El narrador, poeta y dramaturgo cubano Reinaldo Arenas Fuentes (Holguín, 1943-New York, 1990), fue un literato de estilo inconfundible, obra prolífica y retos pocos comunes. En Cuba publicó Celestino antes del alba y escribió una decena de libros editados en Francia y otros países, motivo esencial de su detención en 1973. Transitó por cárceles como El Morro, La Cabaña y el Combinado del Este. En la primavera de 1980 aprovechó el éxodo masivo por el puerto del Mariel y se marchó a la Florida. En los Estados Unidos creó la revista Mariel, disertó en universidades, grabó documentales sobre la situación de Cuba y publicó, entre otros, Otra vez el mar, El color del verano, El mundo alucinante y la biografía Antes que anochezca, llevada al cine. Su estilo mágico-realista gravita en sus novelas, relatos y poemas. Les dejo dos poemas representativos de su enorme talento, ironía y sentido crítico.   

  Soneto desde el infierno (La Habana, 1972)

Todo lo que pudo ser, aunque haya sido,
jamás ha sido como fue soñado.
El dios de la miseria se ha encargado
de darle a la realidad otro sentido.
Otro sentido, nunca presentido,
cubre hasta el deseo realizado;
de modo que el placer aun disfrutado
jamás podrá igualar al inventado.
Cuando tu sueño se haya realizado
(difícil, muy difícil cometido)
no habrá la sensación de haber triunfado,
más bien queda en el cerebro fatigado
la oscura intuición de haber vivido
bajo perenne estafa sometido.

  Autoepitafio (New York, 1989)

Mal poeta enamorado de la luna,
no tuvo más fortuna que el espanto;
y fue suficiente pues como no era un santo
sabía que la vida es riesgo o abstinencia,
que toda gran ambición es gran demencia
y que el más sórdido horror tiene su encanto.
Vivió para vivir que es ver la muerte
como algo cotidiano a la que apostamos
un cuerpo espléndido o toda nuestra suerte.
Supo que lo mejor es aquello que dejamos
-precisamente porque nos marchamos-.
Todo lo cotidiano resulta aborrecible,
sólo hay un lugar para vivir, el imposible.
Conoció la prisión, el ostracismo,
el exilio, las múltiples ofensas
típicas de la vileza humana;
pero siempre lo escoltó cierto estoicismo
que le ayudó a caminar por cuerdas tensas
o a disfrutar del esplendor de la mañana.
Y cuando ya se bamboleaba surgía una ventana
por la cual se lanzaba al infinito.
No quiso ceremonia, discurso, duelo o grito,
ni un túmulo de arena donde reposase el esqueleto
(ni después de muerto quiso vivir quieto).
Ordenó que sus cenizas fueran lanzadas al mar
donde habrán de fluir constantemente.
No ha perdido la costumbre de soñar:
espera que en sus aguas se zambulla algún adolescente.


Crónica de verano. / Miguel Iturria Savón

Me da pereza escribir sobre la realidad porque “lo real” es tan casuístico como abarcador. Tal vez porque parece otra metáfora kafkiana del confinamiento. A lo mejor por el desdén hacia quienes difuminan la realidad en ideas contra la realidad. O por la vocación de sombra del social activismo y sus marionetas de furia, los aquelarres de odio de seres drogados por la corrección política.

El verano de 2020 exhibe las trampas de la manipulación. Destruir, triturar, prohibir, censurar. La febril combinación de estupidez y paranoia enlaza con la moralina pintoresca de los mercaderes del buenismo. Los “puritanos” enseñan lo que debemos pensar, no cómo pensar, pues “todo lo que no sangra explota”.

Tragedias sin aristas ni rubor. Tirar estatuas, prohibir filmes clásicos ajenos al paladar de los radicales del fuselaje político y religioso. Minutos de gloria para los incautos  en la metacomedia del pos virus chino.

Me da pereza reseñar el ritual hipnótico y brutal del verano del 2020. Me recuerda a aquellos guerreros bárbaros que asolaron a Roma y otras ciudades y luego vagaban hambrientos entre sus templos y murallas.

Utopía de un hombre cansado. / Miguel Iturria Savón

“Utopía de un hombre que está cansado”, de Jorge Luis Borges, es uno de los relatos de El libro de arena, editado varias veces pese a no ser tan notorio como “El Aleph”, “El Congreso”, “El inmortal”, “Los teólogos”, “Deutsches Réquiem” y otros que recrean sus obsesiones y temas, enlazados con la cultura de diversos países y épocas lo cual universaliza su obra, “situada ya por encima de las diferencias idiomáticas, las posiciones ideológicas o los doctrinarismos de escuela”, pues el saber y la sensibilidad de Borges se expresan en la estética de la inteligencia, esa “inimitable fusión de mentalidad matemática, profundidad metafísica y captación poética del mundo”.

Entre sus cuentos, de prosa impecable, concisa y alegórica, Borges prefirió “El Congreso”, “El Aleph” y “El otro”, quizás porque prodigan más la fusión de los recuerdos y la fantasía. A esos títulos se añaden, entre otros, “Funes el memorioso”, “Tema del traidor y el héroe”, “La muerte y la brújula”, “El milagro secreto” y “Utopía de un hombre que está cansado”; el último asocia un ensueño humano -el no lugar como espacio deseado- con la figuración onírica y la imaginación profética.

La entrada es genial: “No hay dos cerros iguales, pero en cualquier lugar de la tierra la llanura es una y la misma. Yo iba por un camino de la llanura. Me pregunté sin mucha curiosidad si estaba en Oklahoma o en Texas o en la región que los literatos llaman la pampa…”

“El camino era disparejo. Empezó a caer la lluvia. A unos doscientos o trescientos metros vi la luz de una casa. Era baja y rectangular y cercada de árboles. Me abrió la puerta un hombre tan alto que casi me dio miedo. Estaba vestido de gris. Sentí que esperaba a alguien. No había cerradura en la puerta.

Entramos en una larga habitación con las paredes de madera. Pendía del cielo raso una lámpara de luz amarillenta… En la mesa había una clepsidra… El hombre me indicó una de las sillas”.

Resumo el diálogo entre el anfitrión, de “rostro severo y pálido”, y el visitante, un profesor y escritor de cuentos de setenta años. El anfitrión ha vivido cuatro siglos, ha construido su casa, trabajado la tierra y creado los muebles y objetos; le habló en latín, pues “la tierra ha regresado al latín”; lo invitó a comer y platicaron sin gesticular. Solo “de siglo en siglo” recibía alguna visita. Había leído Los viajes de Gulliver y la Suma Teológica, alegó que a nadie le importan los hechos, sino la duda y el arte del olvido. “Eludimos las inútiles precisiones. No hay cronología ni historia, ni estadísticas”.

El coloquio entre dos hombres de tiempos diferentes es inusual, el anfitrión no tiene nombre y afirma no leer sino releer, le muestra la Utopía, de Tomás Moro, impresa en Basilea en 1518, y agrega: “La imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios”. Habla de su “curioso ayer, cuando el planeta estaba poblado de entes colectivos, el Canadá, el Brasil, el Mercado Común… / Todo se leía para el olvido, porque a las pocas horas lo borrarían otras trivialidades…Las imágenes y la letra impresa eran más reales que las cosas…La gente era ingenua… / Ya no hay dinero, ni quien adolezca de pobreza ni de riqueza… / No hay ciudades, no hay posesiones ni herencias. Cuando el hombre madura a los cien años, está listo para enfrentarse consigo mismo y con su soledad:

Cumplidos los cien años, el individuo puede prescindir del amor y de la amistad. Los males y la muerte involuntaria no lo amenazan. Ejerce algunas de las artes, la filosofía, las matemáticas o juega a un ajedrez solitario. Cuando quiere se mata…”

Al preguntarle que sucedió con los gobiernos, responde que “fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos…”

El final es sorpresivo, recuerden que el hombre “esperaba a alguien” y “estaba vestido de gris”.

Será mejor leer el relato de Borges y otros títulos de ficción utópica como Un mundo feliz y La isla, de Aldous Huxley; Horizontes perdidos, de James Hilton, o La nueva Atlántida, de Francis Bacon. Como existe asimismo la distopía, sugiero algunas novelas distópicas: 1984 y Rebelión en la granja, de George Orwell; El fugitivo, de Stephen King; No me abandone, de Kasuo Ishiguro, o La naranja mecánica, de Anthony Burguess, llevada al cine y la Televisión como la serie Black Mirror, todas inquietantes, pero no tanto como vivir realidades terribles y encubiertas por políticos, teólogos y mercaderes de supuestos paraísos.

Breviario de escolios. / Miguel Iturria Savón

Breviario de escolios, de Nicolás Gómez Dávila, editado en España por Atalanta en 2018, no contiene los más de diez mil Escolios de un texto implícito publicados en 1977, 1986 y 1992, sino una Selección de estos realizada por José Miguel Serrano y Gonzalo Muñiz, mas el ensayo introductorio “Nicolás Gómez Dávila: el escritor secreto”, del citado J.M. Serrano, y el Índice onomástico y de materia.

Dicen que Nicolás Gómez Dávila (Bogotá, 1913-1994) fue fiel a su fórmula de “vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes”; aislado en su vasta biblioteca donde leyó libro tras libro en diversas lenguas y escribía notas que luego transcribía sin pretensión editorial, al extremo que cada obra suya corrió a cargo de sus parientes, pues evadió el entorno académico y literario de su época, seguro de que “Toda recta conduce a un infierno” y “Todo hombre vive su vida como un animal acosado”.

El escolio es una especie de nota al pie o aforismo, es decir, una frase o sentencia que en el caso de los monjes medievales expresa de qué va lo leído. Al igual que aquellos monjes bibliotecarios Gómez Dávila pasó inadvertido. Su “obra transparente de estilo eficaz” fue promovida en Colombia por sus amigos Hernando Téllez, E. Volkening y Álvaro Mutis, el poeta y narrador que le atribuyó la primacía entre los escritores de lengua hispana, quizás porque en Colombia “no hay maestros ni discípulos del género aforístico”. Gómez Dávila ya es un escritor de culto, citado y comentado por autores alemanes como Ernest Jung, Botho Strauss y Martin Mosebach; el italiano Franco Volpi, el belga Simon Leys, el francés Alain Finkielkraut y los españoles Fernando Savater, Julia Escobar, Juan Arana, Enrique García-Maiquez y otros que aprecian sus Escolios como la “obra prima del pensamiento occidental» y la expresión filosófica más clarividente y crítica de la modernidad.

Según J.M. Serrano, el rasgo esencial de la prosa de Gómez Dávila radica en su feroz e inclemente crítica de la modernidad y sus corolarios: la técnica y el progreso. “Las instituciones, el autoengaño del progreso, la igualdad, la estulticia del intelectual, las convenciones académicas, el halago de la contracultura, la vulgarización de gustos y costumbres, la infantilización de mentes y actitudes, todo cae bajo su aguda mirada, pasada siempre por lo que para él constituía la verdadera realidad: los libros”.

Gómez Dávila vivió entre libros al igual que Jorge Luis Borges, ambos intuyeron que “La imaginación es el único lugar del mundo donde se puede habitar” y “La poesía es la huella dactilar de Dios en la arcilla humana”, por eso aplicaron la estética de la inteligencia al hurgar en la naturaleza humana desde ángulos opuestos. Gómez Dávila desentrañó la modernidad y la religión democrática con “escritura a veces irritante por la inclemencia crítica”, calificada de pesimista, clasista, anti latinoamericana y de inmisericorde sinceridad hasta consigo mismo. Fue “lúcido y sincero, crítico… y extraordinariamente original”, una de las mejores prosas en español de todos los tiempos.

Sus Notas, Textos y Escolios eslabonan con maestría, agudeza, sencillez y precisión su percepción de la cultura occidental. Admiró sin apología a Homero, Tucídides, Platón, San Agustín, Montaigne, Pascal, De La Rochefoucauld, Rousseau, Burke, Schopenhauer, Nietzsche, Baudelaire, Dostoievski y otros pesimistas y derrotados a quienes leyó en su lengua original. Criticó a Hesíodo, Sade, Hegel, Marx, Freud, los estoicos, los naturalistas, los racionalistas…

Pero tornemos al Breviario de escolios, esa obra sorprendente y entrañable que reta nuestras ideas y zarandea muchos cánones. Transcribo algunos para estimular su lectura:

  • “El único sucedáneo de la grandeza es la lucidez…Es virtud de ambiciosos desengañados; es la humildad de los soberbios que, sin dimitir, se resignan.”
  • En este siglo toda empresa colectiva edifica pasiones. Solo el egoísmo nos impide colaborar en vilezas.
  • La libertad no es el fin, sino medio. Quien la toma por fin no sabe qué hacer cuando la obtiene.
  • La inteligencia consume todo lo que arrojamos a su llama, y se nutre en fin con sus propios fuegos.
  • El perdón es la forma sublime del desprecio.
  • Madurar no consiste en renunciar a nuestros anhelos, sino en admitir que el mundo no está obligado a colmarlos.
  • El pueblo no elige a quien lo cura, sino a quien lo droga.
  • El vigor del alma española es dureza de tierra erosionada.
  • La humanidad no acumula soluciones, sino problemas.
  • Un léxico de diez palabras basta al marxista para explicar la historia.
  • El militante comunista antes de su victoria merece el mayor respeto. Después no es más que un burgués atareado.
  • Ser izquierdista es creer que los presagios de catástrofes son augurios de bonanza.
  • Ser reaccionario es haber aprendido que no se puede demostrar, ni convencer, sino invitar.
  • La religión no explica nada, sino complica todo.
  • La vida es taller de jerarquías. Solo la mente es demócrata.
  • Los parlamentos democráticos no son recintos donde se discute, sino donde el absolutismo popular registra sus edictos.
  • Burguesía es todo conjunto de individuos inconformes con lo que tienen y satisfechos de lo que son.
  • El capitalismo es abominable porque logra la prosperidad repugnante vanamente prometida por el socialismo que lo odia.
  • Mientras más graves sean los problemas, mayor es el número de ineptos que la democracia llama a resolverlos.
  • La política sabia es el arte de vigorizar la sociedad y de debilitar al Estado.
  • …Es más llevadero ver vivir a los hombres que oírlos opinar.
  • Escribir es la única manera de distanciarse del siglo en el que le cupo a uno nacer”.