El Son cubano de García Lorca. / Miguel Iturria Savón

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El viernes 7 de marzo de 1930 llegó a La Habana el poeta y dramaturgo español Federico García Lorca, conocido por algunos poemas de su Romancero gitano, aparecidos en la vanguardista Revista de Avance y en otros medios de la isla, pues Lorca estaba en contacto con los escritores José M. Chacón y Calvo y Alfonso Hernández Catá, diplomáticos en Madrid, y con el ensayista y profesor Fernando Ortiz, Presidente de la Institución Hispano Cubana de Cultura, entidad que financió la estancia y organizó el Ciclo de conferencias dictado por García Lorca en la capital y en las filiales de  Cienfuegos, Santa Clara, Remedios, Sagua la Grande, Caibarién y Santiago de Cuba.

Se ha escrito muchísimo sobre la intensa presencia de Federico en Cuba quien estuvo “deslumbrado por el duende de la luz de la calle habanera”, recorrió casi toda la isla acompañado por Chacón y Calvo, F. Ortiz, Juan Marinello, la musicóloga María Muñoz de Quevedo y los hermanos Flor y Carlos Manuel Loynaz, en cuya residencia del Vedado comía y tocaba el piano junto a la tímida y célebre Dulce María Loynaz, autora de una bellísima evocación que incluí en mi libro Miradas cubanas sobre García Lorca, publicado por la editorial Renacimiento (Sevilla, España, 2006), tras ser censurado en La Habana en 1998 por incluir un ensayo del escritor exiliado Guillermo Cabrera Infante.

García Lorca fue un poeta y dramaturgo extraordinario que amó y disfrutó la vida, pero ha sido convertido en “bandera de combate” por su absurdo asesinato en julio de 1936 por los falangistas en su natal Granada. Les dejo el bello, espontáneo, luminoso y agudo Son cubano que escribió antes de regresar a España -el 12 de junio de 1930-, y sugiero comprar por Internet mi libro Miradas cubanas sobre García Lorca, una antología de textos críticos y memorialísticos sobre su estancia en la isla en los que incluyo “La ruta cubana de G.L” y piezas de Chacón y Calvo, Emilio Ballagas, Lino Novás Calvo, J. Marinello, Lezama Lima, Cabrera Infante, Dulce M. Loynaz y otros autores.

 

El Son de Santiago de Cuba

(A Don Fernando Ortiz)

Cuando llegue la luna llena,

iré a Santiago de Cuba,

iré a Santiago,

en un coche de agua negra.

Iré a Santiago.

Cantarán los techos de palmera.

Iré a Santiago.

Cuando la palma quiere ser cigüeña.

Iré a Santiago.

Y cuando quiere ser medusa el plátano.

Iré a Santiago.

Con la rubia cabeza de Fonseca.

Iré a Santiago.

Y con el rosa de Romeo y Julieta.

Iré a Santiago.

Mar de papel y plata de monedas.

Iré a Santiago.

¡Oh, Cuba, oh ritmo de semillas secas!

Iré a Santiago.

Oh cintura caliente y gota de madera.

Iré a Santiago.

¡Arpa de troncos vivos, caimán, flor de tabaco!

Iré a Santiago.

Siempre dije que yo iría a Santiago,

en un coche de agua negra.

Iré a Santiago.

Brisa y alcohol en las ruedas.

Iré a Santiago.

Mi coral en la tiniebla.

Iré a Santiago.

El mar ahogado en la arena.

Iré a Santiago.

Calor blanco, fruta muerta.

Iré a Santiago.

¡Oh bovino frescor de cañavera!

Iré a Santiago.

¡Oh Cuba! ¡Oh curva de cintura y barro!

Iré a Santiago.

Federico García Lorca, 1930.

Carta del Ministro O´Connor a una pacifista canadiense.

 

Una canadiense pacifista escribió a las autoridades de su país quejándose del trato que se da a los “insurgentes presos” (terroristas) detenidos en Afganistán. Le contesta el ministro de Defensa en los siguientes términos:

Estimada ciudadana comprometida:

Gracias por su carta en la que expresa la preocupación por el trato que damos a los terroristas talibanes y de Al Qaeda en manos de las Fuerzas Armadas Canadienses. Se los transferimos al Gobierno de Afganistán que los mantiene presos en su sistema carcelario. Pero, en atención a las quejas que recibimos de ciudadanos comprometidos como usted, hemos creado un nuevo programa LARK  [iniciales en inglés para Responsabilidad Aceptada de los Liberales para con los Asesinos].

De acuerdo con ese programa, hemos decidido seleccionar un terrorista y colocarlo bajo la dependencia de la familia de usted. El próximo lunes tendrá usted en su casa a Alí Mohamed Amé Ben Mahmud (puede llamarlo simplemente Amé). Espero que puedan tratarlo amablemente tal como exigía usted en su carta de protesta. Lo más probable es que necesite usted contratar a algunos ayudantes para esa misión.

Cada semana nuestro departamento le va a hacer una visita de inspección para comprobar que se tienen en cuenta los principios de buen trato que exigía usted en su carta. Debo advertirle que Amé es un psicópata extremadamente violento, pero confiamos en que, con la sensibilidad que usted manifestaba en su carta, logrará superar ese inconveniente.

Seguramente tiene usted razón al describir esos problemas como meras diferencias culturales. Pero insistimos en que su huésped resulta extremadamente eficiente en el combate cuerpo a cuerpo y que puede matar con un lápiz o un cortauñas. Le rogamos que no le pidan a Amé que demuestre esas habilidades en el grupo de yoga al que usted asiste.
Además, Amé es un experto en fabricar artefactos explosivos con productos caseros; así que tenga bien guardados esos productos a menos que en su opinión esa decisión pueda ofender a Amé.

El terrorista no querrá relacionarse con usted o con sus hijas (excepto sexualmente) puesto que él considera a las mujeres como meros objetos. Ese es un aspecto muy sensible, puesto que se le han observado tendencias violentas respecto a las mujeres que no cumplen con el atuendo prescrito en las costumbres islámicas. Así pues, confío en que a usted no le moleste llevar el burka; de ese modo contribuirá usted a respetar la cultura y las creencias que manifestaba en su carta.

Gracias otra vez por su preocupación. Estamos muy reconocidos a las personas como usted e informaremos a nuestros conciudadanos de su cooperación. Buena suerte y que Dios le bendiga.

Atentamente,

Gordon O’Connor, Ministro de Defensa de Canadá.

Esquivar el enfado. / Miguel Iturria Savón

Los dictadores y sus servidores niegan la libertad de expresión, censuran sus brotes alternativos e imponen periódicos que legitiman sus designios. En China, Vietnam, Norcorea, Cuba, Venezuela y en algunos países de África, los medios de comunicación están al servicio del Partido único –comunista- y del Estado que lo perpetúa en el poder. En esas naciones, revelar las parcelas silenciadas por el despotismo se paga caro.

En la vieja Europa –salvo en Rusia-, Estados Unidos y Canadá es impensable la censura a la prensa, pues la libertad de expresión y los medios de comunicación son uno de los pilares de la democracia occidental, pero los periódicos, revistas, telediarios y las redes sociales no solo difunden lo que sucede, sino que crean estados de opinión en base a las filias y fobias de quienes escriben. Es lícito ventilar los trapos sucios, pero manipular a otros y dictar condenas en las tertulias televisivas resulta abusivo.

Como toda obra humana, la prensa oral y escrita tienen luces y sombras. Por un lado, es como un sol que irradia luz y airea miserias, corruptelas y abusos de poder, además de informar y contar el drama de las gentes sin historia. Por otro lado, sirve de tribuna para enmascarar ambiciones políticas y movilizar a seguidores, lo cual cansa y hasta cancela los puntos de vistas opuestos.

En España, por ejemplo, los telediarios y los periódicos crean incesantes titulares que las gentes repiten, algunos son agudos e interesantes, otros baladíes pero políticamente correctos, es decir, tema tabú que exigen matices o silencio si no quieres que te linchen mediáticamente por facha, anti gay, machista, xenófobo y otros términos del sutil arsenal de la censura.

Si los millones de turistas que vacacionan en España vieran los telediarios, pensarían que el país es un desastre, que casi todos los políticos -desde alcaldes hasta el Presidente del Gobierno- son corruptos y que la banca es un grupúsculo de ladrones con patente de corso. La “indignación” pasa por frases tópicas desde o sobre el secesionismo catalán -un país que nunca fue país, sino un trozo del antiguo Reino de Aragón- y por el tema migratorio, como si España tuviera espacio y recursos para acoger a los millones de africanos y musulmanes que huyen de guerras y penurias propias sus países.

Para colmo de enfados, al menos desde noviembre pasado, los periódicos, las cadenas radiales y televisivas nos inundan con informaciones y análisis sobre Donald Trump, el nuevo Presidente de los Estados Unidos, quien esgrime el proteccionismo y expresa sus puntos de vistas sin pensar en la avalancha mediática que desata. Por su forma de ser y actuar y por el inmenso poder de míster Trump, es objeto de fobias y pasiones, pero  ponerle la lupa de aumento las 24 horas del día y escudriñar sus posibles decisiones y hasta la forma de vestir y peinarse resulta obsesivo y enfermizo.

Trump, como cualquier presidente o primer ministro de Europa, Asia y América son personajes transitorios. No creo que por discrepar con las líneas políticas de la Unión Europea se convierta en un déspota al estilo de Mussolini, Hitler, Stalin, Mao o Saddam Hussein. Además, Estados Unidos es una democracia con instituciones sólidas. De toda forma, los medios informativos tienen derecho a cargar la pluma y profetizar desastres, es una constante que entretiene a la masa acrítica y moviliza a los activistas.

Es tal el enfado con D. Trump y los Estados Unidos en Europa que valdría la pena preguntar ¿por qué y para qué? Si las naciones de Europa, libres y prósperas, exportan alimentos y tecnologías y constituyen la nueva Tierra prometida de millones de asiáticos, africanos y latinoamericanos, ¿qué sentido tiene estar al tanto de las decisiones tomadas en Yankilandia?

Si lo excepcional asombra y luego abruma, reduce y agobia, ¿para qué potenciarlo? ¿Qué hay detrás de tanta banalización y enfados informativos?  Sé que “las lágrimas de un ángel son mucho más perturbadoras que la risa del demonio”, pero, ¿existen ángeles y demonios?

Adios Disneylandia. / Miguel Iturria Savón

 

https://www.youtube.com/watch?v=eH7MksWrdNY

México no es el ombligo de la Luna como suponían los antiguos náhuatl, ni el reino del terrible Huizilopochtli, sino un país megadiverso y plural con 31 estados y la capital federal, casi dos millones de kilómetros cuadrados, 119 millones de personas, una lengua oficial -español- y 67 idiomas nativos cuyos hablantes preservan sus ancestrales ritos y costumbres, evidentes en el folklor y en cientos de pirámides, esculturas y ruinas que atraen a turistas y exploradores.

México, ese micro universo mecido entre el océano Pacífico y las aguas del golfo homónimo, tiene 3 155 km de frontera con los Estados Unidos de América, al norte, y casi mil km al sur con Guatemala; además del pequeño Bélice. Las enormes fronteras de México son, más que límites, centro de sueños y tensiones del incesante trasvase humano donde operan narcotraficantes y otros personajes llevados al cine, la literatura y la música popular.

México es un crisol de lenguas y culturas, un país tan diverso, rico y complejo, como lleno de mitos y sueños milenarios. ¿Por qué añorar otros sueños, cruzar fronteras o sentirse víctimas ante muros propios o ajenos?

Si “no hay peor desprecio que no hacer aprecio” y peor exilio que el exilio interior, México debe mirar hacia dentro, no hacia los pasos fronterizos ni la posible remesa del que se va en busca del sueño americano. Con tantos sueños propios…

En días de agravios y victimismo, una vieja ranchera mexicana parodia la creciente pulsión fronteriza con el vecino del norte, cuyo Presidente habla de muros y multas a los fabricantes que inviertan al sur del río Bravo. Más que una canción, es un contrapunteo satírico audiovisual con datos e imágenes que invitan a desatar amarras. Ver “Adiós a Disneylandia” en You Tube.

Por amor a México. Si queremos rescatar al hermoso país que tenemos, hay que unirnos

Adios Disneylandia / New York / Las Vegas.

Adios California / Miami…

Hola México /Hola Ciudad México / Cancún.

Hola Los Cabos / Puerto Vallarta / Acapulco.

Hola a los más de cien pueblos mágicos, destino de europeos, canadienses y norteamericanos. Bienvenidos…

Adios Ford / Chevrolet / Chrysler.

Bienvenidos Toyota, Nissan, Audi

Bienvenidos KIA, BMV, Honda, Mazda.

Adios Home Deport…

Adios Start buck Coffee / Macdonald / Bugar King.

Hola a locales de comida mexicana…

Adios tiendas gringas.

Hola tiendita de la esquina…

Adios Whisky / Hola Tequila.

Adios costumbres estadounidenses…

Hola tradiciones mexicanas.

¡México, México, te llevo en el alma!

 

Donald Trump, ¿hombre alfombra? / Miguel Iturria Savón

Donald Trump jura y asume la Presidencia de Estados Unidos

Donald Trump asume la Presidencia de Estados Unidos.

No sé si la Oficina de Prensa de la Casa Blanca, la CIA u otra institución estadounidense monitorea y procesa los artículos de los medios de comunicación internacionales sobre sus líderes. Si lo hicieran, la faena es enorme, al menos desde los días previos a cada elección presidencial -en noviembre cada cuatro años- hasta la toma de posesión del nuevo mandatario ejecutivo, cuyo programa electoral, entrevistas y discursos provocan enormes expectativas en medio mundo.

A Donald Trump, nuevo inquilino de la Oficina Oval, los medios informativos le pusieron la lupa encima desde que rivalizó con los contrincantes de su propio partido, a los cuales se impuso antes de ser nominado y enfrentarse a Hilary Clinton, a quien derrotó pese a liderar las encuestas, expresarse en un lenguaje políticamente correcto y contar con la simpatías de las estrellas de Hollywood y de los líderes de opinión de su país y medio mundo.

A esta altura del juego, no vale la pena reproducir titulares, casi todo se ha dicho desde todos los ángulos mediáticos, políticos, económicos, militares y académicos. Un brevísimo análisis desvela, sin embargo, el enfoque binario y simplificador del “bueno” que se fue -B. Obama- y el “malo” que lo sustituye -D. Trump-, además del “papel” -real o sobrevalorado- concedido a los Estados Unidos como garante militar, financiero y político del orden mundial en momentos de fragilidad de Europa, Asia y América ante la expansión terrorista y el rearme y liderazgo de dos potencias emergentes: Rusia y China.

Donald Trump despierta pasiones, inquietudes, temores, odios, desdén y desesperanza, salvo en los millones de electores que lo catapultaron a la Casa Blanca y en los medios de información que apostaron por él. Antes de ocupar el sillón presidencial lo calificaron de “nacionalista”, “proteccionista”, “populista”, “racista”, “redentor de todos los males”… Según un Premio Nobel de Literatura: solo desde la ficción se concibe que ganara Trump.

No estoy a favor ni en contra de Donald Trump, pero le deseo suerte ante los retos y desafíos que asume. Quizás al gobernar, apacigüe las expectativas creadas en su contra. Tal vez Estados Unidos no sea el ombligo del mundo ni D.T se comporte como Hitler o Stalin. A lo mejor la “real polítik” se ha convertido en Reality Show.

Como no creo en buenismo ni en malismo político, pienso que el impredecible D. Trump es un hombre alfombra que un día se sacude el polvo y sale a volar ante el asombro de quienes están sentados en el salón y se quedan con los pies al aire mirando la mierda acumulada. Ese hombre alfombra desata el inconsciente colectivo y expresa sin filtros los miedos y prejuicios que nos corroen, pero callamos para evitar malentendidos y ser políticamente correctos.

 

Ain’t Got No-I Got Life. / Miguel Iturria Savón.

<nina Simone, cantante, pianista y compositora estadounidense.

Hay discos que viajan en la mochila y canciones alojadas en la memoria, escucharlos es desatar la balsa de la nostalgia, viajar con los recuerdos de  nuestros años oscuros o felices, cuando éramos jóvenes y apenas pensábamos en utopías ni futuros. Entre las viejas canciones emotivas, escuché por Youtube “Ain’t Got No – I Got Life”, de la hipnótica Nina Simone, aquella pianista, compositora y cantante de voz grave y dulce que fluyó desde las entrañas del dolor como un rayo justiciero a mediados del siglo XX.

“No tengo casa. / No tengo zapatos, / ni dinero, /ni estilo, /ni faldas, /ni jersey. /No tengo perfumes, /ni cervezas. /No tengo hombre. /No tengo madre, /ni cultura, /ni amigos, /ni escuela. /No tengo amor, /ni nombre, /ni ticket, /ni pase. /No tengo Dios.”

Así trota la voz de Nina sobre el pentagrama relatando el cuadro de  carencias e infortunios de la minoría negra estadounidense que, liderada por Martin Luther King, luchó por sus derechos cívicos en las décadas del sesenta y el setenta. A ellos se sumó la rebelde Eunice Katheen Waymon, nacida en 1932 en un pueblito de Carolina del Norte, de donde se trasladó a New York y transitó de la música clásica a los tugurios y clubes de segunda, buscando su identidad artística contra la exclusión de la época.

En la segunda parte, la canción da un giro, la intérprete pasa de la negación casi absoluta a la interrogación:

“¿Qué es lo que tengo?

¿Por qué estoy viviendo entonces?

¿Qué es lo que tengo?”

Y grita sus razones: no tengo, pero me tengo a mi misma y “Nadie me puede quitar nada”.

“Nadie me puede quitar nada…

Tengo mi pelo, / mi cabeza, / mi cerebro / mis ojos.

Mis orejas y mi nariz.

Y mi sonrisa.

Tengo mi lengua y mi barbilla.

Mi cuello, /mis tetas, /mi alma, /mi corazón, /mi boca.

Tengo mis brazos y mis manos.

Tengo mi sexo, / mis dedos, /mis piernas.

Tengo mi dedo gordo, / mi hígado /y mi sangre.

Tengo mi vida.

Tengo mi libertad.

Y la voy a utilizar.

Y nadie me la va a quitar… /…/

“Ain’t Got No – I Got Life”-  relata la mísera vida de los marginados, es un vibrante himno de rebeldía y reivindicación, una canción-manifiesto como  “Gracias a la vida”, de la apasionada y trágica Violeta Parra, y otros poemas y baladas conmovedoras que viajan en la memoria porque apresaron instantes de dolor, intolerancia, desamor, locura…

Su autora, Eunice Katheen Waymon, se cambió hasta el nombre -Nina Simone es su homenaje a la actriz francesa Simone Signoret- y se autoexilió en Francia. Eunice fue la primera pianista negra en subir al escenario del Carnegie Hall para interpretar música clásica, pero su virtuosismo instrumental cedió ante los prejuicios raciales; triunfó como cantante con I Love You, Porgy y sus excepcionales versiones de  Ne me quitte pas, My Way y otras, llegando a ser la Diva del jazz y del soul tras la muerte de Ella Fitzgerald.

Os invito a escuchar a Nina Simone (1933-2003), la atemporal intérprete de jazz, blues y soul sigue siendo un torrente de agua y energía que ilustra y desata recuerdos y emociones olvidados con el tiempo. Si apenas la conocéis, sugiero visionar el documental What happened, Miss Simone.

 

La pared de las palabras. / Miguel Iturria Savón

Imagen de la película La pared de las palabras.

Imagen de la película La pared de las palabras.

Hay películas que desafían las potencias del espectador, quizás por ser concebidas para perturbar o erosionar sus arquetipos, al igual que esos libros de risa oscura de escritores desconcertantes que sacuden nuestras certezas con historias reales o ficticias.

El drama La pared de las palabras, del cineasta cubano Fernando Pérez, es una cinta inquietante que visualizamos por el prestigio del realizador y los actores del reparto, además del título, poético y sugerente. Minutos después de sentarnos, la cinta nos desborda, agobia y golpea. ¿Qué pasa? ¿Por qué regodea ese mundo oscuro que preferimos evadir? ¿Otra cubanada de Fernando Pérez? ¿Hasta cuándo bordeará el desastre cotidiano de aquella isla?

Sí, el cine cubano llega y se pasa, testimonia y estira los pliegues inertes de la realidad maniatada por la infinita utopía socialista vendida por los Castro y sus fieles. Esa utopía forjada a contraluz se trocó en manicomio, delirante, oscuro y regresivo como todo manicomio.

Desde ese punto de vista, es válida la última película de Fernando Pérez, un realizador intuitivo y testimonial cuyos filmes se aproximan a la vida cotidiana, exaltan el valor de las pequeñas cosas y recrean los problemas reales de personas sumergidas, sin voz ni sueños. Es el tema esencial de sus largometrajes Hello Hemingway (1990), La vida es silbar (1998), Suite Habana (2003) y La pared de las palabras (2014).

En La pared… hay tres escenarios esenciales: el manicomio, la casa junto mar rodeado de objetos en ruinas, y La Habana como telón de fondo con sus basureros, automóviles viejos, gentes apresuradas y edificaciones deprimentes. Los escenarios y los personajes del filme son una metáfora de Cuba, dolorosa y sombría como los ocho personajes dramáticos de la conmovedora Suite Habana. Las escenas principales transcurren en el manicomio -la antigua Quinta Canaria, al sur de la ciudad-, donde sobrevive Luís -interpretado magistralmente por Jorge Perugorría-, recluido por padecer una distonía que le impide comunicarse a través del lenguaje hablado y corporal. Luis oscila como un muro infranqueable entre la institución médica y la casa familiar, gracias a su sacrificada madre -Isabel Santos-, buena de telenovela al igual que la enfermera encarnada por Ana J. Buduén. En torno a Luís cabalga la locura: un rubio rapado de mirada perdida, la maniática que altera el silencio -Laura de La Uz-, la síndrome de Down -Maritza Ortega- fascinada por Luís, y otros pacientes fantasmales. En la casa del protagonista deambulan su madre, el hijo menor que pinta -Carlos E. Almirante- y es mimado por la abuela llegada de Miami -Verónica Lynn- y la novia, colega laboral de la madre obsesionada, diferentes pero cubanísimas. El resto de la trama radica en los planos marineros y urbanos, cual contrapeso fílmico de la rutina del manicomio y el difícil ejercicio de comunicación que reta los límites del sacrificio.

Este filme, el más desolador de Fernando Pérez, es una reflexión patética, aunque al final ofrece una perspectiva plástica emotiva con el mar como referente. No es una película inferior, sino interior, hermética y alusiva. Muy diferente de Madrigal, una historia de amor convertida en ejercicio de estilo, “más artificioso que complejo”; de Madagascar, inspirada en el relato “Beatles contra Duran Duran” sobre el deterioro de la relación entre una madre y su hija adolescente.

El multipremiado Fernando Pérez es recordado por sus largometrajes poliédricos en los que la imagen narrativa desata perspectivas emotivas y alegóricas, en algunos recrea hechos y personajes históricos –Clandestinos, 1987, y José Martí, el ojo del canario, 2010-, mientras otros enlazan elementos futuristas con la visión micro del ciudadano, ligados a veces a íconos de la cultura –Hello Hemingway-.

Si en Clandestinos Fernando se suma a la “saga heroica” legitimadora de la revolución convertida en dictadura, en José Martí, el ojo del canario, se arriesga como guionista y director al tratar de humanizar al mítico Héroe Nacional, manipulado por políticos e historiadores y convertido en símbolo intelectual del Castrismo. El Martí de F.P no ofrece la biografía del personaje, sino fragmentos de su itinerario espiritual, anécdotas de vida entre los 9 y los 17 años, recreadas de forma lineal, quizás muy larga pero salvada por la fotografía de Raúl Pérez Ureta, cuyos lentes se tragan el filme, no así la música, de Edesio Alejandro, empeñado en calzar con sonidos las imágenes que fluyen de escenas sucesivas que a veces rompen el hilo y confunden al espectador.

En la vasta filmografía de ficción de Fernando Pérez, La pared de las palabras trascenderá como un doloroso testimonio  humano y epocal que agota la línea coral iniciada en Suite Habana, de mayor policromía, factura artística e impacto de público y crítica. Basta con verla una vez, pues la cinta desborda, agobia y golpea nuestra sensibilidad humana. Si es su propósito, vale.

Fernando Pérez, director de  cine

Fernando Pérez, director de cine

Cubalandia en New York. / Miguel Iturria Savón

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Cuando un espectáculo teatral escenifica pliegues inertes de la realidad, apenas envejece, o envejece a ritmo lento con las oscilaciones pendulares del entorno y la época que inspira o nutre esperpentos como Cubalandia Excursiones, el monólogo en tono de farsa devenido imagen de esa Cuba espesa, gris, bulliciosa y absurda del Castrismo tardío que fue exhibida en New York.

Cinco años después del estreno de Cubalandia en agosto del 2011 en el teatro “El ciervo encantado”, frente al Parque Villalón del Vedado, el discreto y sostenido desempeño profesional del elenco habanero volvió a resonar, pero no en La Habana ni en otra ciudad de Cuba, sino en mítica New York, donde fue nominado a los Premios ACE -Asociación de Cronistas de Espectáculos de New York- en actuación y dirección, galardones que quizás reciban Nelda Castillo y la camaleónica actriz Mariela Brito, quien impactó a críticos y espectadores de la gran city americana.

¿Cuál es el tema de Cubalandia? ¿Por qué impacta a espectadores y críticos que desconocen y, tal vez deploren, la algarabía y la patética realidad que satiriza? Recuerdo aquella noche de agosto del 2011: caminábamos hacia la entrada del pequeño teatro, ansiosos por ocupar las incómodas butacas, cuando escuchamos la peculiar voz de la actriz Mariela Brito, que avanzó de afuera hacia adentro -vestida y maquillada para actuar- mientras saludaba con jerga marginal a quienes esperábamos la apertura del salón. Fue un buen preámbulo, propio de un performance que “pasea por la realidad más actual de Cuba” e implica al público con el desenfado, la empatía, las gangarrias y la acentuada gestualidad de la protagonista, cuyo vestuario calza la riesgosa hermenéutica del lenguaje callejero.

Ya en escena, Mariela demostró que la “bolá”, “el acere”, “el cabilla”, el “trapicheo”, el peso convertible y el peso cubano no son simples vocablos cotidianos, sino soportes sociolingüísticos de las personas que intentan cambiar su estatus con nuevas relaciones o a través del comercio alternativo y otras formas de sobrevida urbana.

La actriz sabe apropiarse y encarnar a los jóvenes de esa Cuba veleidosa y gris, mujeres alegres, optimistas y audaces que oscilan entre el pillaje, la locuacidad y el deseo de imponerse saltando las excesivas normas y trabas burocráticas. Cubalandia Excursiones es una especie de agencia turística por cuenta propia, con “paquete a tu medida en cuc o pesos cubanos”; tiene un sabor satírico corrosivo condimentado en la mordacidad y el añadido de convertirse en instrumento visual y locuaz, al ofrecer el ángulo más ríspido de la realidad insular.

Para la actriz es un reto. Durante una hora de actuación tiene que derrochar talento y sentido del humor en un escenario negro y desolado, acompañada por efectos lumínicos y mucho regatón para enfatizar el discurso verbal que transporta al público a la calle, mientras ella responde al celular y explica su propuesta de viaje turístico por centros de La Habana, Varadero, Viñales, Trinidad y Santiago de Cuba, auxiliada por la efigie del Indio de la suerte, un poster panfletario de los hermanos Castro y, como telón de fondo, el mapa “Doble Moneda” del pintor Lázaro Saavedra.

Hasta la complicidad del público, dispuesto a resolver las cuentas y la conversión en divisas, parece concebida en el guión del vibrante e incisivo monólogo de “Yara La China”. Casi todo se dice sobre la Cuba de los de abajo. No faltan el camuflaje, las paradojas cotidianas, la cautela, la picaresca, el transporte y otros virus que degradan y contagian. El despliegue de energía de la actriz mantiene al público en jaque. Su desempeño escénico provoca sonrisas y carcajadas sombrías. A veces tensión e inquietud.

Bajo la dirección de Nelda Castillo y la asistencia de Sahily Tamayo, la actuación y performance Cubalandia Excursiones fue una propuesta de verano que un lustro después destila frescura y acerca al público de otros contextos a los problemas de aquella isla desde la representación teatral.

 

Norberto Fuentes, ¿ave fénix del Castrismo? / Miguel Iturria Savón

La autobiografía de Fidel Castro, de Norberto Fuentes

La autobiografía de Fidel Castro, de Norberto Fuentes

En medio del oleaje mediático sobre Fidel Castro y la caravana fúnebre que condujo sus restos de La Habana a Santiago de Cuba,  recibí un enlace de una amiga de Alicante con la “inaudita” declaración del escritor Norberto Fuentes sobre el difunto.

A mi amiga, como a muchos exiliados cubanos y, sobre todo, a los herederos dinásticos de F.C y sus devotos de la izquierda ingenua o caníbal de América y Europa, no le gustó lo expresado por Norberto acerca del Caudillo; sin embargo, nadie mejor que el autor de Condenados de Condado para desentrañar la personalidad, las vísceras y el legado de odio y manipulación del dictador caribeño.

No leí el enlace con las palabras o el escrito de N. Fuentes acerca de F. Castro o el Castrismo, cuya desmesura desborda mi sensibilidad. Pasé página, pero esbozo unas líneas sobre el escritor, quizás el heredero espiritual mejor modelado por el déspota fallecido.

De Norberto Fuentes (La Habana, 1943) solo leí su excelente colección de relatos Condenados del Condado (1968) y Hemingway en Cuba, un libraco imprescindible sobre la vida y milagros del gran narrador estadounidense en la isla. He leído, por supuesto, el Prólogo y varias reseñas críticas de Dulces guerreros cubanos (Seix Barral, 1999) y Narcotráfico y tareas revolucionarias (Universal, 2002); además de hojear La autobiografía de Fidel Castro, editada en dos volúmenes por Destino en 2007. Si Dulces guerreros… es una versión cínica y amoral de las aventuras y desventuras bélicas del General Arnaldo Ochoa y los gemelos Tony y Patricio de la Guardia, en la biografía novelada de F.C el escritor asume la voz del dictador, “encarnado por sí mismo”, lo cual libera al biógrafo de romper el cordón umbilical que aún lo ata al biografiado.

Hay que tener tiempo, paciencia y ganas de hurgar en la vida de Fidel y su dilatada castradura revolucionaria para leer esas obras del talentoso y tenaz N. Fuentes, quien sirvió sin pudor al régimen como periodista, militar, espía, narcotraficante y escritor, llegando a ser amigo personal de Fidel y Raúl Castro e íntimo del Coronel Antonio de la Guardia y del General Arnaldo Ochoa, ambos fusilados por orden de F.C en 1889, instante de blindaje castrense que puso fin a la luna de miel de Norberto con los Castro.

Creo que Norberto Fuentes fue -o es- un prisionero del límite, incapaz de romper el vínculo con aquella revolución del siglo XX que transitó de la libertad a la dictadura. Fuentes escribió en los diarios Hoy y Granma crónicas y reportajes compilados en antologías “épicas” –Cazabandido, 1963-69, Nos impusieron la violencia, 1986, y El último santuario, 1992- que le abrieron las puertas del poder. Al igual que el poeta Heberto Padilla, en cuyo caso estuvo implicado en 1971, Norberto fue premiado y demonizado, pero a diferencia de Padilla fue reivindicado y mimado con misiones secretas, medallas, dineros y residencias hasta caer en desgracia y naufragar en el limbo transitorio del ostracismo, del cual salió en avión exclusivo hacia el  exilio en 1994, gracias a la mediación del PEN American Center, de Gabriel García Márquez, William Kennedy, Felipe González y Carlos Salinas de Gortari.

En el exilio, Norberto no combinó las armas con la escritura, sino la pluma con los recuerdos de sus múltiples datos, enlaces y capacidad literaria. En los Estados Unidos y España publicó libros que desmitifican la ilusión épica pregonada por la maquinaria cultural del Castrismo. Pasó, pues, de pregonero a crítico del pregón sin perder la desmesura inoculada por la poética del desparpajo, ajena a expiación de culpas y juicios morales. Fiel a sus admirados Ernest Hemingway y F. Castro, paradigmas del macho-macho y de la casta guerrera que lo aupó y aún le sirve de referente y tema literario.

No sé si N. F es un exiliado de los Castro o el Ave fénix del Castrismo. No me interesa la literatura infinita sobre revoluciones y personajes épicos. Por eso no leo al prolífico Norberto Fuentes, pero cito sus libros para quienes deseen desandar aquel proceso lúgubre que dispersó por medio mundo a casi tres millones de cubanos, ávidos por sobrevivir al difunto F.C y sacudir tantos mitos, agonías y hojarasca patriótica.

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Lenin, seducción y mausoleo. / Miguel Iturria Savón

Imagen del libro Un seductor...

Imagen del libro Un seductor…

Un seductor llamado Lenin, de Cecilia Molinero Flores, publicado por Fussion Editorial, devuelve a mi memoria el retrato del personaje calvo, serio y enigmático que presidía los salones y actos de la Cuba pro soviética de mi infancia y juventud, donde fue un vértice del triángulo divino junto a F. Castro y K. Marx, cuyos panfletos políticos estudiamos en la Universidad.

El Lenin de Cecilia Molinero es el mismo, pero menos anacrónico, hierático y santurrón; un hombre de su tiempo con sus gustos, manías, virtudes y defectos que amó y manipuló a su madre, hermanas, esposa y amantes, con las cuales sostuvo una vasta correspondencia y tuvo hijos -y nietos- a los que abandonó por su “entrega absoluta al Partido y la Revolución”, centro de su labor política antes y después de tomar el poder, cuando sus camaradas del Politburó comunista le inventan una leyenda rosa y momifican sus restos, aún en el Mausoleo de Moscú, como pirámide de peregrinos del socialismo.

Para mí, es difícil leer de o sobre Lenin, pero el libro de Cecilia, breve, cálido y explícito, puede ser de interés en días de otoño para lectores curiosos que, recogidos en el sofá, deseen redescubrir al líder ruso con vocación de profeta y alma de Robín Hood.

Cien años después, ¿quién pensaría que el guardián del Kremlin no fue el personaje ascético casado con su virtuosa esposa-secretaria, sino un seductor que desató pasiones entre amantes y secretarias, una de las cuales lo chantajeó por desdén?

La autora apenas bucea en la biografía del protagonista, sino en instantes de su vida íntima y familiar asociados al hombre en sí -y para sí-, sin la rigidez expositiva pautada por biógrafos e historiadores ligados al mito ideológico del Estado soviético. Su estilo, sencillo y directo, oscila entre la crónica, el ensayo creativo y la síntesis biográfica. Se nutre, por supuesto, de artículos y testimonios, biografías, cartas, memorias y otros documentos y fotos obtenidos en archivos de París, Suiza, Estocolmo y Moscú.

Sabíamos que Lenin, además de escribir ensayos y discursos sobre el capitalismo, el imperialismo y las tácticas y estrategias para tomar el poder y adecuar la realidad a la doctrina marxista, fue un conspirador hermético y un gobernante tenaz que escuchaba, persuadía o excluía para lograr sus fines. ¿Qué aporta entonces Cecilia Molinero en su cálida, amena y honesta mirada sobre Lenin?

Lo esencial está en la relectura femenina y el enfoque humano dado al personaje que trasmutó la dictadura de los zares por la dictadura del proletariado en Rusia. Cecilia le resta capas al mito al revelar la dependencia de Lenin de su madre y hermanas, dependientes a su vez de la pensión de estado del padre difunto y de las propiedades heredadas del abuelo -el judío converso Moisesh Blank-, lo que les permitió estudiar, viajar y vivir sin agobios en varios países de Europa, donde se camufló como “un artista del engaño” y usó nombres falsos: Volodia, Toulin, William Frey, Petroff, Iván Fedorowitsch…

Un seductor… corre la cortina sobre los rasgos personales relegados por la historiografía oficial de Lenin, ese hombre de “figura tosca y fornida”, “tacaño y ahorrativo, orgulloso y desconfiado”; a veces “distante, frío y no amable, pero con absoluta confianza en sí mismo…” Sin “amigos íntimos, sino compañeros pues valoraba la lealtad política por encima de la simpatía…”; además de “detestar las críticas, los chismes y la libertad de expresión”.

Según la autora, Lenin “No era hombre de acción, como… Trotsky e incluso Stalin; nunca participó en una manifestación… Era un táctico, lo suyo era la clandestinidad…”, aunque “…se movía bien entre bastidores…” y obtuvo la protección de Fedor Kerensky -padre de A. Kerensky al que Lenin le dio el golpe de Estado en octubre de 1917- y se relacionó con personajes variopintos: Kamo -célebre atracador de bancos y amigo de Stalin-, el agente zarista Malinovski -fusilado por Stalin después-, el cantautor Montehus, los escritores M. Gorki y Curzio Malaparte, y camaradas del Partido como Martov, Trotsky, Lev Kamenev o Clara Zetkin.

El plato fuerte de Un seductor llamado Lenin, reside en sus nexos pasionales y utilitarios con las mujeres. “Le gustaban las mujeres con clase, detestaba la vulgaridad y nunca se relacionó a nivel personal con miembros de la clase obrera…” El tema  contradice la mojigatería adjudicada por sus biógrafos, cuando “tener una amante formaba parte de la idiosincrasia rusa, había una alta tasa de prostitución y las enfermedades se propagaban”. Lenin recibió tratamiento contra la sífilis.

Advierte que “…fue un hombre de ideas bastantes conservadoras en cuanto al sexo”, es decir, “un progre de galería”; pero le dedica un capítulo breve a cada una de las mujeres de su vida, incluidas la madre, hermanas, la esposa y las principales amantes: detalles de encuentros, citas de cartas cruzadas y las posibles huellas dejadas en él por María Ivanova, Apolinaria Yakuvoba, Nadia Constantinova -o Krupskaia, su esposa-, Alexandra Mihailkovna, Lena -con la que tuvo un hijo que reconoció y abandonó-, Lise de K. (una “burguesa virtuosa del piano” que publicó sus memorias), Inesa Armand, la más mediática y amada por Lenin, pese a estar casada, tener varios hijos y otro con Lenin -entregado a un matrimonio comunista-, y Lidia Alexandrovna Fotieva, Secretaria, confidente y última amante.

En el capítulo final, “Claroscuros de un hombre”, Cecilia culmina el retrato de Lenin con pinceladas sin morbo. Evoca, por ejemplo, su primer encuentro con Trotsky y la impresión de cada uno; la “monótona vida en el Kremlin”, los últimos días, el “secretismo absoluto” sobre su vida, sus gastos y la leyenda de modestia “espartana”, las calles, estatuas y museos dedicados a él, venerado como el Dios de la revolución, pese a sus manías y banalidades anotadas en los diarios del Kremlin, donde aún reposa en su urna de cristal.

Como Happy end, un dato curioso: Vladimir Putin, Presidente de Rusia, está vinculado a Lenin a través de su abuelo, cocinero personal de este y luego de Stalin.