Bilbao, itinerario emocional. / Miguel Iturria Savón

Bilbao, Puente Zubiri sobre la ría, obra del arquitecto Calatrava.

Bilbao, Puente Zubiri sobre la ría, obra del arquitecto Calatrava.

Solo la ría, las montañas que escoltan el valle urbanizado, algunas iglesias góticas y barrocas, un puñado de muelles, callejuelas y fragmentos de  historia, visan el origen de Bilbao, cuyo itinerario armoniza pasado-presente-futuro, aunque la ciudad comercial prevalece sobre el origen de la villa, evidente en el Casco Viejo, donde al vagar por el Paseo del Arenal tropiezo con la iglesia de San Nicolás, patrón de los navegantes y umbral de la Semana Grande Bilbaína desde 1756.

Colmado de barroco e imaginería religiosa, ansío unos txikitos acompañados de pintxos en la Plaza Nueva; luego, ligeros de pies y estómago, bajo por “Libertad” a la Plaza de “Unamuno”, presidida por la estatua del intelectual más ibérico y más español de los vascos, “frugal, abstemio y casto; soberbio y ególatra”, según el maldiciente Valle Inclán.

“Unamuno” ofrece dos caminos: ascender los 213 escalones de la calzada de Mallona hasta la basílica gótica de Begoña, la “Amatxu” o Patrona de los vizcaínos; o continuar por “Cruz” hasta el Museo Vasco, espejo interactivo de historia, tradiciones y costumbres; desde donde visualizo la barroca y clasicista Iglesia de los Santos Juanes con el colosal Sagrado Corazón de Jesús, tan impar que asustaría al mismísimo Jesús de Nazareno si apareciera por la cercana -y antigua- puerta a la Villa de Bilbao o Portal de Zamudio, antesala de “Somera”, primera de las Siete calles que guía al viajero hasta otro templo gótico, el antiquísimo San Antón, donde Don Diego López de de Haro leyó la Carta fundacional de la Villa, el 15 de junio del año 1300. A unos pasos, observo el “mercado cubierto más grande de Europa” -de la Ribera-, construido en 1930 por el racionalista Pedro Ispizua.

Al salir del mercado de la Ribera omito la calle Carnicería Vieja, la arcaica Catedral de Santiago, el Palacio Yonh -o edificio de la Bolsa-, las calles del Perro y Bidebarrieta, y los eclécticos  Teatro Arriaga y la Estación de Santander, donde estuve en septiembre del 2014.

Cansado y atónito por el Casco Viejo, el mercado de la Ribera me conectó con la ría, que atravesé despacio por el puente de la Ribera para internarme en la calle Conde Mirasol y buscar el número 1, 4to piso, donde murió mi padre al amanecer del 24 de junio de 1968, mientras yo, ajeno a su partida, vivía la insípida gritería revolucionaria desde un orfelinato en La Habana.

Desbordado por las emociones, lloré en silencio por el paseo de la ría, conté sus puentes y muelles, mientras miraba con nostalgia a los elegantes Bilboats que navegan hacia el mar Cantábrico. El Ensanche bilbaíno, Abando y el Funicular del monte Artxanda quedaron para el día siguiente.

Bilbao es intenso y fascinante, vital como su céntrica y sinuosa ría, frontera navegable rodeada de paseos y atravesada por una decena de puentes citadinos que enlazan sus orillas, a cuyos lados -y bajo tierra-, circula el Metro con su red de estaciones: de Basauri a Kabiezes o Basauri-Plentzia, según el ramal, la metrópolis acopla a sus periferias: Barakaldo, Sestao, Portugalete, las Arenas, Getxo, Leioa, Argorta y Santurtzi, en cuyo cementerio reposan los restos de mi padre.

El Metro, preciso como un reloj suizo, el Euskotran o tranvía ecológico lateral a la ría, los autobuses -urbanos e interurbanos-, los taxis y el Autobús turístico, aproximan barrios, plazas, museos, hoteles y mercados; pero no sustituyen el placer de caminar y apropiarnos del ritmo de la ciudad y de su atmósfera gris de llovizna alterna que rediseña un vergel de verdes, azules y ocres cernidos por la luz.

Millares de visitantes llegan por la estación de Abando, ubicada en la plaza Circular presidida por el Monumento a Diego López de Haro -obra de Mariano Benlliure-, inicio de la gran vía homónima, artería principal y eje de la City, poblado de bancos, comercios y edificios eclécticos que “hablan”, como el de la Diputación Foral de Vizcaya, o “cantan”: el Palacio Chavarri, cuyas ventanas y balcones son diferentes, y el Hotel Carlton, sede Gobierno Vasco durante la Guerra Civil Española, ambos en la plaza Moyúa, con la entrada al Metro diseñada por el célebre Sir Norman Foster.

En una de las intersecciones de López de Haro, me desvié por “Berástegui” para descansar en los bellos Jardines de Albia, cuyas palmeras resguardan la estatua del escritor Antonio María de Trueba -el “Antón de los Cantares”, de Benlliure-, y arropan a viajeros y vecinos con niños. De Berasategui pasé a “Ercilla” en busca del impresionante Azkuna Zentroa -Alhóndiga Bilbao- y luego, cruzando la neomudéjar Plaza de toros, busco San Mamés, catedral del fútbol y enlace del Metro, el tranvía y la Termibus.

Si el Ensanche modela el centro urbano, en “Abando”, bordeando la ría por el paseo Arenal, llego al Ayuntamiento, un edificio sobrio de estilo conventual, compensado por la moderna estatua de Jorge Oteiza, de donde avanzo hasta el impresionante puente Zubiri, obra ideada como pasarela de cristal sobre las aguas por el arquitecto Santiago Calatrava. Y en la margen derecha del Zubiri, la opción más espectacular de Bilbao: ascender al monte Artxanda en el funicular, conmovedor por la vista panorámica del paisaje citadino y rural y, en especial, la visión del aeropuerto internacional (La Paloma) y de la desembocadura de la ría.

De regreso, por el Paseo Uribarte, nos atrapa el Museo Guggenheim con su estructura oval de barco que se adentra en la ría, su ciclópea araña metálica y el hermoso perro floral de 12 metros de altura. El Guggenheim de Bilbao, obra del arquitecto y diseñador canadiense Frank O. Gehry, es el conjunto artístico de mayor atractivo internacional de la capital de Vizcaya; se inspira y supera al Museo Guggenheim de New York, al menos por su extensión y por la fascinante estructura de cristal, piedra caliza y metal -aleación de zinc y titanio en forma de escamas-.

Tras la impactante visualidad externa del Guggenheim, reservo la entrada para el día siguiente y camino hasta el hospedaje, frente al Museo de Bellas Artes, que acoge la tercera pinacoteca más importante de España. El Guggenheim y el “Paseo de la Memoria”, con su pasarela de esculturas al aire libre desde Abandodoibarra hasta la Universidad de Deusto, serán objeto de la próxima crónica.

Bilbao, la ciudad y la ría, puente lateral al Museo Guggenheim.

Bilbao, la ciudad y la ría, puente lateral al Museo Guggenheim.

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