De Atenas a Milán. / Miguel Iturria Savón

Imagen del Estadio Panathenaiko de Atenas

Imagen del Estadio Panathenaiko de Atenas

Miguel Iturria Savón en la Acrópolis de Atenas

Miguel Iturria Savón en la Acrópolis de Atenas

Viajar es descubrir rostros y paisajes, acopiar emociones y experiencias, admirar plazas, estatuas y catedrales cotidianas para los vecinos de las urbes que transitamos por placer o necesidad. El viajero agudiza los sentidos, busca lo disímil, traza su itinerario, escoge y se detiene, o sigue. Tras regresar a casa, antes de caer en la rutina, intentará ordenar lo memorable y elegir las imágenes que testimonian instantes y vivencias.

Hay viajes de valor sentimental y simbólico, difíciles de apresar en crónicas y viñetas. ¿Cómo describir en 500 o mil  palabras los paseos por calles, barrios, plazas, museos y estatuas de personajes que visan el origen y el estilo de una ciudad? Escribir sobre Bilbao, por ejemplo, fue para mí emotivo y arduo por la presencia inasible de mi padre, vecino de la calle Conde Mirasol, próxima a la Ría, esa herida navegable escoltada por montañas y atravesada por puentes que enlazan orillas y calzadas transitadas por el Metro que conecta a la city con el Cantábrico.

Una semana después de Bilbao, invitado por mi hijo, volé hacia Atenas, la mítica ciudad-estado de aquellos patricios y plebeyos que hace más de dos mil años esbozaron los cimientos de la democracia, la filosofía y la cultura occidental. Atenas seduce y desborda al viajero por su carga histórica y su legado espiritual, redivivo y reivindicado en la misma península del mar Egeo que lideró al ramillete de islas griegas unificadas contra los persas. Algunas capas de ese mundo remoto de dioses, oráculos, guerreros, templos, artistas y pensadores trepidan en el atractivo y colorido barrio Plaka, a los pies de la Acrópolis -cuyos restos arqueológicos nutren su asombroso Museo-, el Partenón, el Templo de Zeus y otros sitios del Ágora ateniense: la Plaza Sintagma, el moderno Estadio Panathinaiko, el neoclásico Parlamento Helénico o los fastuosos Jardines de la reina Amalia.

En Atenas, el trazado urbanístico combina el racionalismo moderno cruzado por autobuses, tranvías, taxis y metros con las antiguas callecitas estrechas que suben -o bajan- laderas llenas de pequeños restaurantes, gatos vagabundos, mercadillos de arte atiborrados de ánforas y mini estatuas de Pericles, Homero, Sócrates, Aristóteles, Platón, Aristófanes, Demócrito, Héctor y Aquiles, rodeados de reproducciones de artefactos arcaicos  ofrecidos a los turistas a precios módicos en diversas lenguas.

Como tantos peregrinos sensibles y con el ABC de la historia, los mitos y leyendas griegas, no escapé del itinerario ritual por el barrio Plaka, la Acrópolis, el Partenón, la Plaza Sintagma y un manojo de construcciones clásicas griegas, romanas y bizantinas, apreciadas a pie y panoramicamente desde la cima del Monte Lecabeto, a 299 metros sobre la ciudad. Tampoco me libré del proverbial aguacero lanzado por Zeus desde el Olimpo contra los intrusos que, tras pagar 20 euros, “profanábamos” la sagrada Acrópolis.

Después de ascender al Lecabeto, y sin ánimo de verlo todo, valió la pena despedirse con un paseo por el mar y abordar en el puerto de Atenas un crucero, no hacia la mítica Creta, sino a otras islas del archipiélago griego; en nuestro caso, nos conformamos con navegar y desembarcar en Hydra -donde vivió y compuso Leonard Cohen su célebre So long, Marianne-, Poros y Aegina. De las tres, me gustaría quedarme en Hydra una temporada, no porque viviera allí el elegante cantautor canadiense de voz cálida y cavernosa, sino por la auténtica atmósfera insular de pasado detenido, por las casitas blancas y las calles estrechas que cuelgan de la ladera hacia el mar y el puerto de agua transparente, rodeado de tabernas, gatos vagabundos y mulos de carga que suplen a los modernos automóviles, comunes en Poros y Aegina.

Atenas desde el Monte Lecabeto

Atenas desde el Monte Lecabeto

Al regresar de Grecia, una larga escala en Bérgamo favoreció nuestra travesía del territorio de Lombardía con destino a Milán, la monumental capital del norte de Italia y de la región lombarda, líder de la industria textil, de la moda y el diseño, del arte y la cultura desde el Renacimiento.

Milán bajo la llovizna, con sus tranvías tradicionales y sus modernos autobuses que trasladan a millares de pasajeros hacia las entradas del Metro, ese bólido soterrado que abordamos en Céntrale hasta la Piazza del Duomo, la Catedral de catedrales fundada en 1386, símbolo por excelencia de Milán y la tercera iglesia del mundo, construida totalmente con mármol y sostenida por inmensas columnas, estatuas, arcos, pináculos y vitrales que filtran la luz y crean una atmósfera impresionante e impresionista. Es tal el derroche artístico y arquitectónico del Duomo que nos deja sin aliento. Después, solo después, pensamos en la ostentación eclesiástica y en la exhibición de riquezas encarnadas en el Duomo, tan elegante y extraordinario que roza la lujuria y parece ajeno a la sencillez y la simplicidad del cristianismo primitivo pregonado por Jesús y sus apóstoles.

Al salir del Duomo, atravesamos la fastuosa Galería Víctor Manuel II, luego caminamos hasta el Teatro La Escala, sede de los triunfos de la divina María Callas y de los mágicos acordes del gran Giuseppe Verdi; después, apresuramos el paso hasta el Castillo Sforzesco, evocador del poderío del Duque de Sforza, contemporáneo de los Visconti y otras familias linajudas impulsoras del esplendor de Milán tras las guerras contra Venecia y Florencia.

Milán, la ciudad fundada por los galos que derrotaron a los etruscos cuatro siglos antes de nuestra era, no pierde su monumental esplendor ni bajo la llovizna. La urbe, de más de un millón de habitantes y cuatro millones en el área metropolitana, sorprende y asombra a los viajeros, además del Duomo, por sus enormes plazas con esculturas y palomas rodeadas de cafés y restaurantes, por red de calzadas y museos de estilo clásico, neoclásico, ecléctico y moderno y por la colección de obras de Leonardo da Vinci y otros artistas, algunos incluidos en la céntrica y célebre Pinacoteca de Brea.

El retorno en ómnibus de Céntrale al Aeropuerto internacional de Bérgamo -una urbe más pequeña pero igual de rica, cara y fascinante-, representa otra aventura visual y emotiva por los pueblos y el entorno rural de Lombardía.

El Duomo de Milán, símbolo de la ciudad

El Duomo de Milán, símbolo de la ciudad, foto del autor.