De Milán a Barcelona. / Miguel Iturria Savón

Miguel y Yasser Iturria en la Plaza del Duomo de Milán

Miguel y Yasser Iturria en la Plaza del Duomo de Milán

Si miramos por la ventanilla mientras volamos de Atenas a Milán, nos extasía la colorida alfombra de islas, lagos y montañas del mar Egeo y el magnetismo de las ciudades del Adriático italiano columpiado por trombas de azules y grises fríos. De Milán a Valencia o Barcelona, la escotilla del pájaro de metal ofrece otro tapiz de ínsulas en movimiento que desvelan colinas verdes o nevadas, ríos sinuosos, playas ocres y amarillas próximas a pueblitos con iglesias desperdigados por Córcega o Cerdeña, Eolias, Palma de Mallorca, Ibiza…

Con el susurro de voces y el ruido de motores al aterrizar, caemos de los predios de Dios y sus fronteras de algodón destiladas por la cascada de luces del Mediterráneo, relegada por el ajetreo del  aeropuerto y por la búsqueda del Metro, el taxi o el autobús hacia la ciudad.

Si el cielo es una estela rasgada de azul, Valencia seduce con su elegancia y por el ritmo marino de azafrán ibérico zarandeado por fenicios, cartagineses, romanos, godos y árabes, cuyas huellas resurgen en la toponimia metropolitana -de millón y medio de habitantes- y en la famosa huerta, fabulada en Cañas y barro, La barraca y Entre naranjos por el prolífico Vicente Blasco Ibáñez,  contemporáneo del escultor Mariano Benlliure y el pintor Joaquín Sorolla, maestros del realismo y el impresionismo español y europeo.

Valencia, luminosa y colorida como los lienzos de Sorolla, está situada a orillas del río Turia, el Golfo de Valencia y del Parque natural La Albufera. Es municipio y capital de la provincia y la Comunidad homónima del Mediterráneo oeste español, célebre por sus playas, puertos y ciudades balnearios articulados por tren y carreteras con decenas de pueblos festivos que aún cultivan cítricos, olivas, flores, frutas y vegetales.

El ritmo de proporciones y medidas del contorno urbano, bulle en la red de hoteles, plazas, museos, universidades, comercios y edificios neoclásicos, eclécticos y futuristas de Valencia, decorados con colores claros y rodeados de flores y fuentes de agua que cautivan a residentes y viajeros.

A quien no conozco a Valencia, le sugiero sumergirse en la tribu de turistas que en primavera recorre las Fallas, ese festival de esculturas satíricas labradas en cartón piedra y destinadas al fuego-; disfrutar una corrida de toros en la plaza circular que colinda con la bellísima Estació Nord -de trenes-, o vagabundear como yo por el Palau de la música, sede del Concurso Internacional de piano de Valencia, y luego tomar el ómnibus hacia la futurista Ciudad de las artes y las ciencias, o el modernista Mercado Central, la Lonja de la Seda, el Instituto Valenciano de Arte Moderno, el imponente Museo nacional de cerámica y, si queda tiempo, comer en la Ciutat Vella- y entrar en la Catedral de Santa María de Valencia, consagrada en 1238 pero aún sugestiva por su estilo gótico con elementos renacentistas, barroco y neoclásico.

De Valencia a Barcelona prefiero ir en tren, rápido y paralelo a la costa.

 

Barcelona, la antigua Ciudad Condal y capital de Cataluña, es tan cosmopolita como Madrid y notoria por sus exposiciones internacionales, desarrollo financiero, turístico, comercial y por sus editoriales, teatros, museos y fastuosas edificaciones góticas, neoclásicas y modernistas, en especial las del mítico arquitecto Antonio Gaudí, diseñador de la indescriptible basílica católica La Sagrada Familia -iniciada en 1882 y aún en construcción-, el onírico y extraño Parque Güell, la Casa Milá o Pedrera, o el Mercado del paseo La Rambla en el céntrico Barrio Gótico, que no es tan gótico pero fascina y atrae a barceloneses y a turistas por la vitalidad y elegancia de su enorme calzada rodeada de árboles, cafés y edificios que desembocan en el puerto, frente a la imponente estatua de Colón.

Cuiudad de las artes de Valencia, detalle

Ciudad de las artes de Valencia, detalle

El autor en la Ciudad de las Artes de Valencia

El autor en la Ciudad de las Artes de Valencia

Barcelona, la antigua Ciudad Condal y capital de Cataluña, es tan cosmopolita como Madrid y notoria por sus exposiciones internacionales, desarrollo financiero, turístico, comercial y por sus editoriales, teatros, museos y fastuosas edificaciones góticas, neoclásicas y modernistas, en especial las del mítico arquitecto Antonio Gaudí, diseñador de la indescriptible basílica católica La Sagrada Familia -iniciada en 1882 y aún en construcción-, el onírico y extraño Parque Güell, la Casa Milá o Pedrera, o el Mercado del paseo La Rambla en el céntrico Barrio Gótico, que no es tan gótico pero fascina y atrae a barceloneses y a turistas por la vitalidad y elegancia de su enorme calzada rodeada de árboles, cafés y edificios que desembocan en el puerto, frente a la imponente estatua de Colón.

Dicen que Barcelona vivió entre sus murallas hasta el ensanche urbano de 1859, evidente en la sobriedad de sus edificios remodelados, el decorado decimonónico de muchos cafés y viejas callecitas que susurran historias, validadas por casi 200 iglesias, desde el citado Templo Expiatorio de la Sagrada Familia y las ineludibles -por antiguas y góticas- Catedral de Santa Cruz y Santa Eulalia de Barcelona y la Basílica de Santa María del Mar, así como la Basílica de la Mercé, el Templo Sagrado Corazón de Jesús -alias el Tibidabo-, el Monasterio de Santa María de Pedralbes y las iglesias de Santa Ana, Santa María del Pi y Sant Pau del Camp, de menor ringorrango pero con elementos del neogótico catalán, el arte románico, neoclásico o ecléctico.

La opción más curiosa ofrecida al enjambre de turistas es la Ruta de los Cementerios de Barcelona, encabezada por el Montjuic, ubicado en la ladera homónima del sudoeste urbano; célebre por su estilo ecléctico con elementos neoclásicos e historicistas, su gran extensión y los panteones de personajes ilustres, algunos monumentales o de valía artística; más el Museo de carrozas fúnebres. El Montjuic, con sus calles interiores, árboles, símbolos religiosos, panteones y derroche de arte fúnebre, recuerda a la famosa necrópolis de Colón en La Habana.

En la superpoblada Barcelona -más de un millón y medio de habitantes y cinco en la región metropolitana-, el viajero tropieza con turistas de medio mundo que preguntan en castellano, inglés o francés por la estación de Sants -Metro-, el Palau de la Música o por los museos de Picasso, Dalí y Miró.

Quizás algún turista, como yo, pregunte antes de irse de Barcelona por la bandera que cuelga de tantos balcones -la senyera en catalán o valenciano-, estrellada como la cubana pero con triángulo azul en vez de blanco y franjas rojas sobre fondo amarillo. La respuesta sorprende: es el estandarte de los reyes de Aragón desde el siglo XI y se usa por igual en Aragón, Cataluña, la Comunidad Valenciana, las Islas Baleares y otros territorios de aquella Corona, aunque cambia el escudo en cada uno.

Al margen de la revelación histórica, os invito a visitar y recorrer las ciudades de Barcelona y Valencia, ambas son antiguas y modernas, rebosan historia, arte, cultura y fascinan al turista.

Barcelona, detalle urbano