La pared de las palabras. / Miguel Iturria Savón

Imagen de la película La pared de las palabras.

Imagen de la película La pared de las palabras.

Hay películas que desafían las potencias del espectador, quizás por ser concebidas para perturbar o erosionar sus arquetipos, al igual que esos libros de risa oscura de escritores desconcertantes que sacuden nuestras certezas con historias reales o ficticias.

El drama La pared de las palabras, del cineasta cubano Fernando Pérez, es una cinta inquietante que visualizamos por el prestigio del realizador y los actores del reparto, además del título, poético y sugerente. Minutos después de sentarnos, la cinta nos desborda, agobia y golpea. ¿Qué pasa? ¿Por qué regodea ese mundo oscuro que preferimos evadir? ¿Otra cubanada de Fernando Pérez? ¿Hasta cuándo bordeará el desastre cotidiano de aquella isla?

Sí, el cine cubano llega y se pasa, testimonia y estira los pliegues inertes de la realidad maniatada por la infinita utopía socialista vendida por los Castro y sus fieles. Esa utopía forjada a contraluz se trocó en manicomio, delirante, oscuro y regresivo como todo manicomio.

Desde ese punto de vista, es válida la última película de Fernando Pérez, un realizador intuitivo y testimonial cuyos filmes se aproximan a la vida cotidiana, exaltan el valor de las pequeñas cosas y recrean los problemas reales de personas sumergidas, sin voz ni sueños. Es el tema esencial de sus largometrajes Hello Hemingway (1990), La vida es silbar (1998), Suite Habana (2003) y La pared de las palabras (2014).

En La pared… hay tres escenarios esenciales: el manicomio, la casa junto mar rodeado de objetos en ruinas, y La Habana como telón de fondo con sus basureros, automóviles viejos, gentes apresuradas y edificaciones deprimentes. Los escenarios y los personajes del filme son una metáfora de Cuba, dolorosa y sombría como los ocho personajes dramáticos de la conmovedora Suite Habana. Las escenas principales transcurren en el manicomio -la antigua Quinta Canaria, al sur de la ciudad-, donde sobrevive Luís -interpretado magistralmente por Jorge Perugorría-, recluido por padecer una distonía que le impide comunicarse a través del lenguaje hablado y corporal. Luis oscila como un muro infranqueable entre la institución médica y la casa familiar, gracias a su sacrificada madre -Isabel Santos-, buena de telenovela al igual que la enfermera encarnada por Ana J. Buduén. En torno a Luís cabalga la locura: un rubio rapado de mirada perdida, la maniática que altera el silencio -Laura de La Uz-, la síndrome de Down -Maritza Ortega- fascinada por Luís, y otros pacientes fantasmales. En la casa del protagonista deambulan su madre, el hijo menor que pinta -Carlos E. Almirante- y es mimado por la abuela llegada de Miami -Verónica Lynn- y la novia, colega laboral de la madre obsesionada, diferentes pero cubanísimas. El resto de la trama radica en los planos marineros y urbanos, cual contrapeso fílmico de la rutina del manicomio y el difícil ejercicio de comunicación que reta los límites del sacrificio.

Este filme, el más desolador de Fernando Pérez, es una reflexión patética, aunque al final ofrece una perspectiva plástica emotiva con el mar como referente. No es una película inferior, sino interior, hermética y alusiva. Muy diferente de Madrigal, una historia de amor convertida en ejercicio de estilo, “más artificioso que complejo”; de Madagascar, inspirada en el relato “Beatles contra Duran Duran” sobre el deterioro de la relación entre una madre y su hija adolescente.

El multipremiado Fernando Pérez es recordado por sus largometrajes poliédricos en los que la imagen narrativa desata perspectivas emotivas y alegóricas, en algunos recrea hechos y personajes históricos –Clandestinos, 1987, y José Martí, el ojo del canario, 2010-, mientras otros enlazan elementos futuristas con la visión micro del ciudadano, ligados a veces a íconos de la cultura –Hello Hemingway-.

Si en Clandestinos Fernando se suma a la “saga heroica” legitimadora de la revolución convertida en dictadura, en José Martí, el ojo del canario, se arriesga como guionista y director al tratar de humanizar al mítico Héroe Nacional, manipulado por políticos e historiadores y convertido en símbolo intelectual del Castrismo. El Martí de F.P no ofrece la biografía del personaje, sino fragmentos de su itinerario espiritual, anécdotas de vida entre los 9 y los 17 años, recreadas de forma lineal, quizás muy larga pero salvada por la fotografía de Raúl Pérez Ureta, cuyos lentes se tragan el filme, no así la música, de Edesio Alejandro, empeñado en calzar con sonidos las imágenes que fluyen de escenas sucesivas que a veces rompen el hilo y confunden al espectador.

En la vasta filmografía de ficción de Fernando Pérez, La pared de las palabras trascenderá como un doloroso testimonio  humano y epocal que agota la línea coral iniciada en Suite Habana, de mayor policromía, factura artística e impacto de público y crítica. Basta con verla una vez, pues la cinta desborda, agobia y golpea nuestra sensibilidad humana. Si es su propósito, vale.

Fernando Pérez, director de  cine

Fernando Pérez, director de cine