Esquivar el enfado. / Miguel Iturria Savón

Los dictadores y sus servidores niegan la libertad de expresión, censuran sus brotes alternativos e imponen periódicos que legitiman sus designios. En China, Vietnam, Norcorea, Cuba, Venezuela y en algunos países de África, los medios de comunicación están al servicio del Partido único –comunista- y del Estado que lo perpetúa en el poder. En esas naciones, revelar las parcelas silenciadas por el despotismo se paga caro.

En la vieja Europa –salvo en Rusia-, Estados Unidos y Canadá es impensable la censura a la prensa, pues la libertad de expresión y los medios de comunicación son uno de los pilares de la democracia occidental, pero los periódicos, revistas, telediarios y las redes sociales no solo difunden lo que sucede, sino que crean estados de opinión en base a las filias y fobias de quienes escriben. Es lícito ventilar los trapos sucios, pero manipular a otros y dictar condenas en las tertulias televisivas resulta abusivo.

Como toda obra humana, la prensa oral y escrita tienen luces y sombras. Por un lado, es como un sol que irradia luz y airea miserias, corruptelas y abusos de poder, además de informar y contar el drama de las gentes sin historia. Por otro lado, sirve de tribuna para enmascarar ambiciones políticas y movilizar a seguidores, lo cual cansa y hasta cancela los puntos de vistas opuestos.

En España, por ejemplo, los telediarios y los periódicos crean incesantes titulares que las gentes repiten, algunos son agudos e interesantes, otros baladíes pero políticamente correctos, es decir, tema tabú que exigen matices o silencio si no quieres que te linchen mediáticamente por facha, anti gay, machista, xenófobo y otros términos del sutil arsenal de la censura.

Si los millones de turistas que vacacionan en España vieran los telediarios, pensarían que el país es un desastre, que casi todos los políticos -desde alcaldes hasta el Presidente del Gobierno- son corruptos y que la banca es un grupúsculo de ladrones con patente de corso. La “indignación” pasa por frases tópicas desde o sobre el secesionismo catalán -un país que nunca fue país, sino un trozo del antiguo Reino de Aragón- y por el tema migratorio, como si España tuviera espacio y recursos para acoger a los millones de africanos y musulmanes que huyen de guerras y penurias propias sus países.

Para colmo de enfados, al menos desde noviembre pasado, los periódicos, las cadenas radiales y televisivas nos inundan con informaciones y análisis sobre Donald Trump, el nuevo Presidente de los Estados Unidos, quien esgrime el proteccionismo y expresa sus puntos de vistas sin pensar en la avalancha mediática que desata. Por su forma de ser y actuar y por el inmenso poder de míster Trump, es objeto de fobias y pasiones, pero  ponerle la lupa de aumento las 24 horas del día y escudriñar sus posibles decisiones y hasta la forma de vestir y peinarse resulta obsesivo y enfermizo.

Trump, como cualquier presidente o primer ministro de Europa, Asia y América son personajes transitorios. No creo que por discrepar con las líneas políticas de la Unión Europea se convierta en un déspota al estilo de Mussolini, Hitler, Stalin, Mao o Saddam Hussein. Además, Estados Unidos es una democracia con instituciones sólidas. De toda forma, los medios informativos tienen derecho a cargar la pluma y profetizar desastres, es una constante que entretiene a la masa acrítica y moviliza a los activistas.

Es tal el enfado con D. Trump y los Estados Unidos en Europa que valdría la pena preguntar ¿por qué y para qué? Si las naciones de Europa, libres y prósperas, exportan alimentos y tecnologías y constituyen la nueva Tierra prometida de millones de asiáticos, africanos y latinoamericanos, ¿qué sentido tiene estar al tanto de las decisiones tomadas en Yankilandia?

Si lo excepcional asombra y luego abruma, reduce y agobia, ¿para qué potenciarlo? ¿Qué hay detrás de tanta banalización y enfados informativos?  Sé que “las lágrimas de un ángel son mucho más perturbadoras que la risa del demonio”, pero, ¿existen ángeles y demonios?