Cuba, ¿isla extraordinaria? / Miguel Iturria Savón

Cuba y otras islas del Caribe

En Las islas extraordinarias, de Gonzalo Torrente Ballester, autor de la trilogía Los gozos y las sombras, Don Juan y otras novelas por las que recibió en 1985 el Premio Cervantes de Literatura, un detective extranjero debe abortar una conjura brumosa en un país formado por tres pequeñas islas sometidas a una dictadura caricaturesca de notable perfección técnica. Mientras recorre cada isla y se entrevista con los personajes que las rige, el narrador entreteje “Una fantasía burlona, divertida y más bien amarga sobre el poder absoluto”.

Al leer “la novela insular” de Torrente Ballester, pensamos en la República Dominicana del despótico Leónidas R. Trujillo, en la vieja tiranía de los Castro en Cuba y en la España de Francisco Franco, aunque como alegoría de su natal España la novela apenas funciona, pues esta ocupa la Península Ibérica y posee dos archipiélagos y dos ciudades autónomas al norte de África. Además, en Las islas del escritor gallego no hay cárceles, huelgas ni conflictos con obreros, estudiantes ni drogadictos, sino normas y formas de adhesión sujetas a una voluntad clasificadora que descansa en un pueblo uniformado acostumbrado a recibir mentiras necesarias para mantener el entusiasmo y la pasión, la disciplina y la obediencia al Estado. Los obreros vivían felices en edificios grises, grandes y pesados.

Medio siglo después de la publicación de Las islas extraordinarias, suponemos que Torrente Ballester pasó la censura en la España del Caudillo por situar el escenario de la ficción fuera de su país. Se refería a España, por supuesto, y también a la Cuba de Fidel Castro, hijo de un emigrante gallego y admirado por Franco.

Al margen de posibles analogías, ambos personajes gobernaron de forma absoluta y encarnaron la parte sublime del poder en España y en Cuba, respectivamente; ambos lideraron una guerra civil, crearon un nuevo Estado, domesticaron la rebeldía y abolieron todo lo que les estorbara, como en la novela, pero sin obreros felices, con muchas cárceles, órdenes militares, prohibiciones y una Dieta -Parlamento que no parla- que elige al Colegio de Notables y este al Gobierno. ¿Inspiración casual?

“No hay nada tan pacífico como el estiércol”, dice la esposa de su Excelencia quien no vive con su marido porque no es capaz de resistir su grandeza, cree que lo excepcional abruma y anula.

Otro personaje de la novela, el Ideólogo de las islas -Politburó en Cuba-, “erudito, cínico y anticuado”, afirma: “Dios es el origen y la causa de todo mal, un Estado inteligente previene las rebeldías disimulando la explotación: justicia social, además de curar a los hombres de sentimentalismos, practicar la muerte preventiva…; la gente no necesita pensar, pensar es peligroso pero la gente debe creer que piensa por sí misma”.

El Caudillo español no blasfemó contra Dios ni habló de justicia social, pero F. Castro sí. Ambos, como el personaje de “Su Excelencia” en Las islas extraordinarias, se creyeron excepcionales, prohibieron la importación de libros, desdeñaron la poesía, contrataron detectives contra posibles conjuras e intentaron “dejarlo todo bien atado”, lo cual no sucedió en España ni será posible en Cuba, esa isla rodeada de pequeñas islas donde el poder absoluto parece una fantasía burlona y amarga.