¿Se inspira Black Mirror en el Decálogo de K. Kieslowski? Miguel Iturria Savón

Después de aquella serie sobre la mafia –Los Sopranos-, evadí Juego de tronos y otros audiovisuales con millones de seguidos, pero en julio del 2017 sucumbí a las turbadoras entregas de Black Mirror -Espejo negro-, ofrecida por la plataforma digital Netflix. Black Mirror es una saga de la Televisión británica creada por Charlie Brooker,  guionista de cada capítulo -salvo “Toda tu historia”, escrita por Jesse Armstrong-, y producida por Zeppotron para Endemol.

No me hubiera enganchado la futurista Black Mirror si comienzo por “El himno nacional”, impactante historia del secuestro de una princesa fanática de las redes sociales que presionan al Primer Ministro para que satisfaga la absurda exigencia del secuestrador: tener sexo -filmado y transmitido en vivo- con un cerdo, el animal más desdeñado por algunas religiones. Me alegra no seguir el orden de filmación de las tres series ni los capítulos de cada una; fui descubriendo ese mundo de ciencia ficción que explora el futuro próximo desde las innovaciones tecnológicas y su capacidad para sacar el lado oscuro de nuestras vidas.

Si “El himno nacional” es -o parece ser- una parábola retorcida en la era de Twitter, el resto de los sorprendentes capítulos de esta antología no se aleja mucho del presente y del espectáculo banal favorecido por la conexión a espacios televisivos y virtuales que seduce a millones de internautas ávidos por reafirmarse en la tribu y posar como crones de sí mismos o de quienes cultivan la visceralidad, maldicen, denigran y usan las redes con fines personales, mercantiles, políticos, etc.

La paranoia y el terror tecnológico gravitan, por ejemplo, en “15 millones de méritos”, “Oso blanco”, “Playtesting”, “Odio nacional”, “Blanca navidad” o “La ciencia de matar”. Cada una, como cada episodio, “tiene su tono, su entorno y su realidad diferente”; cada una muestra los efectos secundarios de la tecnología como droga, es decir, se aproximan “a la forma en que podríamos estar viviendo en diez minutos si somos torpes”. Según Brooker, “el espejo negro está en cada pared, en cada escritorio, en la palma de la mano: la pantalla fría y brillante de una tele, un monitor, un teléfono inteligente”.

No voy a contar las historias citadas, el desempeño de los actores y realizadores, sino invitar a los lectores a visualizar los fascinantes capítulos de Black Mirror, calificada de heredera de La dimensión desconocida y de híbrido entre The Twilight Zone y Tales of The Unexpected, lo cual no le resta interés y originalidad. Me detengo, por último, en un antecesor audiovisual memorable de fines del XX, el Decálogo de Kieslowski, el realizador polaco que interrogó el presente mirando las señales del pasado.

En el Decálogo de Kieślowski varios personajes conocidos entre sí interactúan en el espacio configurado por un complejo de edificios de Varsovia. El fondo es opaco y el tono melancólico al igual otras obras suyas, a excepción del capítulo final que comparte elementos de la comedia negra. Según la crítica, el director tuvo la idea del Decálogo “cuando Krzystof Piesiewicz vio una obra de arte del siglo XV que ilustraba los Diez Mandamientos en escenarios de ese periodo de tiempo…”. El Decálogo es un equivalente moderno con cada “mandamiento” como trasfondo y los problemas de la sociedad polaca en cada capítulo, narrado en forma oscura para evadir la censura comunista, por lo cual se valió de melodramas y conflictos morales cargados de hondura psicológica y metafísica.

Kieslowski, director y guionista, utilizó a varios directores de fotografía y a dos actores principales: Jerzy Stuhr y Zbigniew Zamachowski, además de un personaje sin nombre (Artur Barcis) en todos los episodios, exceptuando el VII y el X, que observa en silencio a los protagonistas en sus momentos claves, quizás una figura sobrenatural.

No haré la reseña de cada episodio, del reparto ni del director de fotografía, pues por la  gran recepción e influencia del Decálogo de Kieslowski es posible visualizarlos por Internet. Fue concebida para la televisión polaca en 1989 pero su impacto llegó al Vaticano y fascinó al mítico director estadounidense Stanley Kubrick. La versión en​ DVD obtuvo el 100% de votos en la encuesta de expertos del Rotten Tomatoes. Fue celebrada por críticos como Roger Ebert y Robert Fulford, e incluida en el 2002 entre las Diez mejores películas del último cuarto del siglo XX por la revista​ Sight and Sound junto a tres filmes anteriores de Kieślowski: Tres colores: azul, Tres colores: blanco y La doble vida de Verónica. Ese año, El decálogo quedó entre las 100 mejores “películas esenciales” por la National Society of Film Critics y ocupó el puesto 36 de la revista Empire sobre las “100 mejores películas de cine mundial”.

¿Coinciden y difieren Black Mirror y el Decálogo de Kieslowski? Sí, ambas interrogan el mundo, sacuden sus certezas, muestran sin ñoñerías las miserias humanas, las tentaciones inmediatas y las consecuencias de nuestros posibles actos, sobre todo cuando la inmediatez contagia, reporta y pretende rediseñar la realidad.