En nombre de Alá. / Miguel Iturria Savón

La prensa española y europea aún aporta detalles sobre el comando yihadista que el jueves 17 de agosto asesinó a 15 personas en la Rambla de Barcelona e intentó hacer lo mismo en Cambrils y otros lugares de Cataluña, donde días antes jóvenes exaltados acosaban a los turistas y una huelga ponía en crisis al aeropuerto principal.

Como si fuera poco el reporte mediático de periódicos y telediarios, las redes sociales se sumaron con imágenes, vídeos y opiniones contrapuestas en “tiempo real” sobre los “hermanos del mal”, el imán de Ripoll que adoctrinó a los homicidas marroquíes y las ideas a favor o en contra del Islam y su cruzada internacional. En las redes hay enfado y buenismo extremo, mitos religiosos y notas acerca de la expansión del Islam sobre África y España, la canción Imagine de John Lenon y llamados al control migratorio, la expulsión de los radicales y sus familiares, etc.

Lo sucedido en Barcelona es otro episodio de la yihad. Recordemos los miles de muertos cuando el comando de Bin Laden derribó las Torres gemelas de New York en el 2001, o los atentados posteriores en la Estación Atocha de Madrid, el Metro de Londres, el Charlie Hebdo en París y las masacres urbanas en Niza, Bélgica, Alemania y, sobre todo, en países musulmanes -Egipto, Irak, Siria, Afganistán o Pakistán- donde el terrorismo es tan habitual que apenas nos conmueve, como si la “banalidad del mal” nos anestesiara.

Todo mensaje es maleable y requiere glosa e interpretación. No existen, por ejemplo, diferencias esenciales entre las religiones. Ninguna nació para promover la violencia, pero todas tuvieron personajes que manipularon al rebaño de fieles contra los infieles. Hasta el manso Jesús tuvo momentos de ira y, en su nombre, hubo cruzadas a “Tierra Santa”, Tribunal de la Santa Inquisición y la Noche de San Bartolomé en Francia -cuchillos católicos contra los protestantes-.

Pese a sus pasajes oscuros y sus veleidades despóticas, el catolicismo y su variante reformista aprendieron a conjurar a sus demonios y rechazar los  brotes de fanatismo que enlodaron sus preceptos teológicos, puestos en solfa por la evolución filosófica y científica, la Ilustración, la revolución industrial, el liberalismo, la democracia y otros embates que limitaron al clero y el monopolio espiritual de la Iglesia sobre la sociedad.

Al parecer, la religión Islámica sigue atrincherada en sus preceptos medievales. El monopolio de sus ayatolas e imanes ahogó la Ilustración, las revoluciones liberales, la pluralidad de creencias y las conquistas sociales, acentuando su crisis y generando tensiones entre chiitas y sunitas, nucleados en torno a estados teocráticos como Arabia Saudí, Irán y Turquía, quienes rivalizan por imponerse en el Próximo Oriente y expandirse sobre España y Europa.

Esa crispación de fondo desencadena violencia y terrorismo dentro y fuera de las naciones islamizadas. Los yihadistas que asesinan en nombre de Alá contextualizan aquellos versículos atribuidos al profeta Mahoma en el Corán:

“Que no crean los infieles que van a escapar. ¡No podrán! Preparad contra ellos toda la fuerza… (8:59) ¡Creyentes! ¡Combatid contra los infieles que tengáis cerca! ¡Sed duros! Sabed que Alá está con los que le temen! (9:123); Matad a los idólatras donde quiera que les encontréis; capturarlos, sitiadlos, tenderle emboscada por todas partes” (9:5)

Con un texto así y los pretextos utilizados por los fanáticos para aplicarlo, casi todos somos infieles y estamos en riesgo de ser agredidos. Ojalá la mayoría musulmana no violenta salga del anonimato y se manifieste contra los caballos de Alá que obsequian la muerte a quienes disfrutamos de libertades negadas por peligrosas normas religiosas.

Yihadistas