¿Rumba o desafío catalán? / Miguel Iturria Savón

Caricatura de El Roto sobre el secesionismo…

Si París fue una fiesta para Hemingway, quien corrió con los toros de San Fermines en Pamplona; ¿qué será Barcelona para los jóvenes y adultos convocados por los soviets de la CUP y el Parlamento catalán? Quizás una fiesta sin rumba, sustituida por banderas, mitos y construcciones históricas afines a la élite que activa el potencial destructivo del nacionalismo y las dicotomías del laberinto español, donde el desborde emocional suele sustituir a la razón.

Hay mucha contaminación identitaria, división, cizaña e hispanofobia tras la provocadora declaración unilateral del Parlamento y su convocatoria a votar por la independencia de una región que no fue ni es un reino o un país ocupado. Las máscaras del poder se nutren del pasado, la defensa de la lengua propia -cuyo predominio es apabullante- y otros bulos del relato narcisista, simplificador de hechos complejos.

Al apelar a la emoción y evadir debates reflexivos, tanto Ezquerra Republicana como la CUP y sus rehenes liberales –Convergencia y luego PDCat- usan ideas anacrónicas con lenguaje bélico y slogan atractivos. El relato hipersensible de la nación histórica no reconocida pretende memorizar la desmemoria de símbolos trasmutados: el uso de la bandera del Reino de Aragón como señera del nacionalismo catalán decimonónico, reintroducido por un grupo filonazi en la década del 30, cuando Lluís Companys intentó desmembrar a Cataluña de la República española, derrotada por los militares falangistas en marzo de 1939.

Tras el aire de azufre y el verdor ondulado de la costa mediterránea de Tarragona a Gerona, gravitan el miedo, las presiones y el estado de sitio ideado por los secesionistas durante décadas de adoctrinamiento y banderas escolares. Hay una teatralización de fondo, necesidad de enemigos y el uso de símbolos y los medios de comunicación para atraer a la masa y desafiar al Estado Central, obligándolo a intervenir y pactar con los sediciosos, quienes ven en el referéndum la antesala de su maquiavélico propósito.

Los políticos neopopulistas y los mercaderes del proceso catalán juegan con fuego al difundir el fanatismo étnico. La España que maldicen fue forjada por la unión de diversos reinos. 500 años después la fractura huele a tragedia y deja huellas, pero los jóvenes y adultos que caminan con banderas por las calles de Barcelona y otras ciudades catalanas creen que asisten a una fiesta. Gritan la rabia propia o inducida sin que nadie los reprima porque desde 1978 viven en un estado democrático español que, pese al centralismo, les concedió la autonomía y favorece su desarrollo tecnológico, urbano y cultural.

Quizás el problema radica en la crisis económica y en el choque de las élites y los partidos. O entre “la indisoluble unidad de la nación” y la concesión de las autonomías a las regiones y naciones históricas. Es posible pues en España casi todos se entienden y las gentes viven su propia historia. Espero que Barcelona, como Madrid y el París de Hemingway, siga de fiestas después del “referéndum” con sus gentes amables, sus libros, flores, ramblas y rumbas, pero sin banderas, cizañas ni políticos iracundos.