Patria, una historia del fanatismo vasco. / Miguel Iturria Savón

Fernando Aramburu, escritor vasco, autor de…

Como soy hijo y nieto de vascos y publiqué Los vascos en Cuba, a veces me preguntan a quemarropa mi opinión sobre ETA y el nacionalismo vasco. Para evitar los tópicos y lugares comunes de una trama tan ríspida, doliente y controversial, en vez de opinar, les recomiendo a mis interlocutores leer algunas obras de escritores vascos contemporáneos como Bernardo Atxaga, –El hombre solo-, Edurne Portela –El eco de los disparos y Mejor la ausencia– y Fernando Aramburu, autor de Patria, esa novela puzle que recibió el Premio de la crítica y de “Mejor libro del 2016” en España y ha sido editada 19 veces por Tusquets entre septiembre de 2016 y julio de 2017.

Los títulos citados revelan la complejidad del tema y disienten del absolutismo mal o biempensante sobre el nacionalismo vasco y el pistolerismo etarra, tan atractivo en México, Cuba o Venezuela como sugestivo para académicos y periodistas ligados a leyendas románticas y mitos legendarios sobre pueblos y etnias sometidos.

Si en El hombre solo Bernardo Atxaga -seudónimo de Joseba Irazu Garmendia- novela la tragedia de Carlos, un etarra obligado a pactar con los seres vivos y muertos que modelan su presente en un hotelito periférico de Barcelona donde reside con otros colegas retirados, con quienes reflexiona en los días previos a otra acción; en Patria, Aramburu recrea la tragedia coral de dos familia de un pueblo interior -conectado a Bilbao y San Sebastián- que sufre la impunidad de la banda y el silencio cómplice de los vecinos, el sacerdote, los maestros…

“El día en que ETA anuncia el abandono de las armas, Bittori se dirige al cementerio para contarle a la tumba de su marido el Txato, asesinado por los terroristas, que ha decidido volver a la casa donde vivieron. ¿Podrá convivir con quienes la acosaron antes y después del atentado que trastocó su vida y la de su familia? ¿Podrá saber quien fue el encapuchado que un día lluvioso mató a su marido cuando volvía de su empresa de transporte? Por más que llegue a escondidas, la presencia de Bittori alterará la falsa tranquilidad del pueblo, sobre todo de su vecina Miren, amiga íntima en otro tiempo, y madre de Joxe Mari, un terrorista encarcelado y sospechoso de los peores temores de Bittori. ¿Qué paso entre esas dos mujeres? ¿Qué ha envenenado la vida de sus hijos y sus maridos en el pasado? Con sus desgarros disimulados inquebrantables, con sus heridas y sus valentías, la historia incandescente de sus vidas antes y después del cráter que fue la muerte del Txato, nos habla de la imposibilidad de olvidar y de la necesidad de perdón en una comunidad rota por el fanatismo político”.

Estructurada en 125 mini relatos entrelazados y un Glosario con vocablos y modismos del euskera, Patria es una novela entrañable, conmovedora e inteligente sobre ese mundo paranoide regido por el rencor, la ira y la venganza que nutre historias personales coligadas con la sombra de Herri Batasuna, el sindicato LAB, los actos simbólicos abertzales, los crímenes con excusa política, la certeza étnica de superioridad, el automatismo de muerte, el síndrome de cautiverio y otros ismos que contagian a la iglesia, la taberna, el cementerio y demás espacios poblados de “miradas vacías de cordialidad”, disimulo, delirio armado y afán de camuflarse y pasar de perfil.

A diferencia de El hombre solo de B. Atxaga, en Patria  no impera el trasfondo ideológico marxista que sostiene la acción -abierta o soterrada- del héroe solitario y reflexivo obligado a pactar con el pasado. Patria es una especie de historia de “gentes sin historia”, sumergida en la cotidianidad de un entorno en conflicto que los supera. Por eso vemos crecer a los personajes, enfrentarse al vecino, rememorar las comidas familiares, evocar las acciones del Comando Oria, relatar la “procesión de los asesinos” en “el país de los callados” o las conversaciones de Bittori con su marido -en el cementerio y bajo la lluvia, dos personajes  recurrentes- y las oraciones imperativas de Miren a San Ignacio de Loyola.

Esa mirada tempo espacial ofrecida por Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) sobre los años duros de ETA, novelados con personajes entrañables liados al fanatismo vasco, es favorecida, sin duda, por la distancia geográfica de un escritor que reside en Alemania desde 1985 y publicó antes la trilogía de Antíbula –Los ojos vacíos, Bami sin sombra y La gran Marivián-, las colecciones de cuentos Los peces de la amargura –XI Premio Vargas Llosa, VII Premio D. Chacón 2006 y Premio de la Real Academia Española 2008- y El vigilante del fiordo (2011) y las novelas Fuegos con limón (1996), El trompetista del Utopía (2003), Años lentos -Premio de los libreros de Madrid y VII Premio Tusquets, 2012- y El artista y su cadáver, entre otras que  acreditan su maestría narrativa y universalizan lo local.