Cuba, tiempo de hastío. / Miguel Iturria Savón

Imagen del huracán Irma, devastador como el Castrismo.

El tiempo, lo efímero, lo eterno y otros vocablos creados para conjugar los anhelos, certezas y desafíos humanos, resultan paródicos cuando un grupo político se perpetúa en el poder, cambia el orden social e interrumpe la convivencia lógica de millones de personas de un país. Sucedió en Rusia en 1917, en España en 1939 y veinte años después en Cuba donde aún “la vida sigue igual”.

Lo anterior viene a cuento tras vivir un lustro en España, normalizada al morir el Caudillo a pesar  desafío secesionista vasco y catalán que recuerdan el desastre del nacionalismo cubano bajo otro líder militar que aprovechó la euforia y el autoengaño paradisiaco para aplicar la dictadura más larga de América.

Seis décadas después basta leer algunos titulares sobre aquella isla para caer en el hastío. Los guardianes del proceso aceleran el desvío hacia la tragicomedia infernal: lo mismo y más de lo mismo con formulario incluido. El burladero político con repertorio trovadoresco y reggaetón como postre del desvarío.

“Un año sin F. Castro”, es decir, con su Heredero dinástico de igual apellido, quien en el 2018 investirá a otro sucesor porque la muerte asecha y hay que dejarlo todo bien atado. Parodia tras parodia. Crímenes sin castigos ni desenlace a la vista.

¿Qué ha cambiado en Cuba? ¿La llegada de inversionistas para salvar el socialismo comunista? ¿La supresión del Permiso de Salida para que los cubanos busquen otra tierra prometida? ¿La “normalización” diplomática con USA? ¿La estampida de los médicos enviados a Brasil y Venezuela?

Los costos del desvarío son tan visibles como las estadísticas y malabarismos para engañar a la ONU, la Unión Europea y otros aliados de circunstancias que aprueban resoluciones y presupuestos favorables al Castrismo tardío. Mientras tanto, la población resiste, los maestros adoctrinan, los jóvenes intentan escapar, la oposición es reprimida, los periodistas independientes denuncian el descalabro cotidiano, los ciclones erosionan la isla, los turistas llegan y se van y el régimen baraja la crisis. ¡Qué hastío!