Dos novelas de Cohen. / Miguel Iturria Savón

Cohen en España en 2011

Casi nadie imagina al polifacético Leonard Cohen (Montreal, 1934-Los Ángeles, noviembre de 2016) como escritor, sino como músico y cantante de voz magnética y susurrante, sin embargo, Cohen inició su carrera con la publicación en 1956 del poemario Let Us Compare Mytologies, al cual siguieron dos novelas, once obras de poesía, entre ellos el Libro del anhelo -editado por Lumen en 2006-, más 17 discos y numerosos conciertos con los que conquistó a millones de seguidores, fascinados por su forma de reflejar las emociones y transmitir aliento y consuelo en medio de tantos sucesos y enredos cotidianos.

El intérprete de Songs o Leonard Cohen y Songs From a Room es y será recordado por sus discos y espectáculos, pero un año después de su muerte la editorial Lumen reedita en España sus novelas juveniles: El juego favorito (1963) y Hermosos perdedores (1966), ambas con prólogo del escritor Ray Loriga y traducidas por Agustín Pico Estrada y Laura Wittner, respectivamente.

No voy a reseñar las novelas ni los poemarios de Cohen, tan popular en Canadá y los Estados Unidos como en España, donde en el 2011 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Solo unas líneas para estimular la lectura de dichas novelas.

Según R. Loriga, Cohen consiguió, como Proust, “devolver a cada cosa, a cada instante, el brillo que tuvo en el pasado”, es decir, “la intensidad que impregnó ese recuerdo, sea dolor, deseo, dulzura, crueldad, desprecio, miedo, extrañeza o desconcierto, y el resto de las causas imprecisas que condenan y a la vez salvan un recuerdo”.

El juego favorito es una obra de autoficción, pues el protagonista principal -Lawrence Breavman- es, como Cohen, hijo único de una familia judía de Montreal que “va descubriendo los rincones secretos de su ciudad en compañía de Krantz, su mejor amigo de la infancia”, con quien “se encamina hacia la adolescencia y el encuentro del primer amor, Lisa…” No en vano esta novela inicial es “digna heredera de El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger, y de Retrato del artista adolescente, de James Joyce, pero hija de la estética de los años sesenta…”

Hermosos perdedores, apreciada por la crítica de los sesenta como “una fusión ingeniosa de sexualidad y espiritualidad, una mezcla de talento profético y profano, una invitación a jugar a la ruleta rusa con una pistola fálica”. Aquel triángulo pasional, lleno de humor y belleza, fue -y es-, una combinación de técnicas narrativas que “presenta el erotismo como fuente de sabiduría”, aunque en ella el autor mostró un compendio de los temas y obsesiones que marcaron los primeros años de su carrera”.