Navidad, navidades. / Miguel Iturria Savón

Papá Noel recorre el mundo

Se va diciembre de 2017, un año agridulce para mi, enrolado como estuve en publicar y presentar mi libro Los vascos en Cuba, además de palear la rutina familiar y leer, escribir algunos relatos y reseñas y podar los textos del próximo libro, si la editorial no lo rechaza por raro, es decir, de poco interés para el mercado libresco.

Tan entretenido estuve que me sorprendió la Navidad, esa tradición religiosa con trasfondo festivo, popular porque sienta a la mesa a familiares y amigos que cenan y beben en nombre del Dios o de Jesús, aquel niño hebrero santificado como hijo de Dios, aunque nadie exhiba su partida de nacimiento y los israelíes continúen esperando al Mesías, lo cual enreda el “Milagro” y mi herejía racionalista: todos los días nacen miles de personas en el planeta, todos los días son Navidad, pero celebramos solo un día, por supuesto, como el Día de la Mujer, del Trabajo, de los enamorados, etc.

¿Qué seríamos sin los mitos, las efemérides y las celebraciones? ¿Qué seríamos sin los sacerdotes que adoctrinan a los fieles en la Casa de Dios, llámese sinagoga, iglesia o mezquita? ¿Qué seríamos sin los mercaderes, los médicos, los militares, empresarios y políticos? Todo vale. Los humanos poseemos imaginación, somos homoerectus y homoreligioso.

No llego a ateo practicante. Me gustan los antiguos dioses griegos, tan humanos que parecen una copia multiplicada de sus creadores. No soporto al terrible Dios de los hebreos, pero disfruto al leer la Biblia por la fantasía de sus autores y la diversidad de historias y personajes que desfilan por sus páginas. De Alá, Mahoma y el Corán, ni hablar…

Hay más imaginación en el colorido invernal de la Navidad que en el cuento infantil que la inspira: el niño pobre de una muchacha de quince años que parió en un establo, rodeada por la vaca, el burro y dos ángeles guardianes, emisarios de tres reyes magos. Como relato mítico y base de una nueva religión no está mal.