Pedir perdón. / Miguel iturria Savón

Pedir perdón por una torpeza -un tropezón o una palabrota, por ejemplo- ,  es común en casa y en la calle. Sorry en inglés. Pero pedir perdón por crímenes propios o ajenos es palabra mayor, sobre todo si lo hace un un presidente, un general o el Papa.  Nunca entendí porqué Barack Obama, ex presidente de los Estados Unidos, pidió perdón en Egipto a principios de su mandato. Me pareció “políticamente correcto” pero innecesario por el excesivo orgullo de los musulmanes y su tradición de ocupar y conservar durante siglos a los territorios que invadieron desde la península arábiga.

Pedir perdón está sobredimensionado, como el futboll y el vedetismo de actores, cantantes, modelos, periodistas, escritores y hasta políticos. Casi siempre se pide perdón bajo circunstancias extremas y por conveniencia propia, no por evolución moral del sujeto que creó problemas. Pienso en esto tras leer el titular de El País “ETA pide perdón insuficiente”. Según el diario español, “La banda terrorista ETA, que mató a más de 850 personas a lo largo de medio siglo de asesinatos, secuestros y sabotajes, reconoció ayer “el daño causado” y admitió su responsabilidad. Pero… solo “a los que no tenían una participación directa en el conflicto…” O sea: excluyen a los políticos y a los soldados y oficiales que mataron por enfrentar a la banda, cuyos miembros aún los llaman txacurra -perro-, como los secesionistas catalanes a los charnegos -perros- que llegan de otras regiones de España.

El titular agrega “Los obispos vascos piden también perdón por sus complicidades con ETA”, mientras el lehendakari -presidente- Urkullu se une a las críticas de las víctimas discriminadas -esposas e hijos de los guardias civiles y políticos asesinados-.

La solicitud de perdón por parte de ETA me recuerda los carteles de exaltación del terrorismo que vi en Bilbao, Guernica, Portugalete y Santurce en junio de 2017 cuando fui a presentar mi libro Los vascos en Cuba y ofrecí entrevistas a dos programas de radio y dos periódicos de Euskadi, término que incluye a las provincias de Álava, Guipuzkoa y Vizcaya. En la proximidad del Cementerio de Santurce, donde reposan los restos de mi padre y mis hermanos vascos, hallé dos carteles con el rostro y textos sobre “héroes” etarras, en cuya camiseta figuraban la imagen de Fidel Castro y E. Guevara, el dictador cubano y su escudero argentino, símbolos de los terroristas que intentan doblegar al estado español.

Recuerdo que Otegui, líder de EH Bildu, fue recibido años atrás dos o tres veces por Fidel Castro Ruz, quien murió a los 90 años sin pedir perdón por sus miles de crímenes, por destrozar la economía de Cuba, exportar el terrorismo y empujar al exilio a tres millones de cubanos. ¿Elecciones para qué?, dijo Castro en 1959. ¿Perdón por qué? dicen los chicos de EH Bildu, presentes en las instituciones democráticas de España para minarlas por dentro, como los separatistas catalanes.

ETA pide perdón porque es un cadáver mal enterrado que cambia de estrategia: crear en localidades mediadas o pequeñas una hegemonía separatista, de “corte ideológico festivo” -lengua y folclor mediante- que acorrale a quienes se sienten españoles en Navarra, sede del antiguo reino, y en el resto de las provincias vascongadas, mal llamadas País vasco. La golpiza a varios guardias civiles en un bar de Alsasua el año pasado y la manifestación masiva de los terroristas y sus cómplices contra los “txakurras” revela la hipocresía del perdón de ETA y hasta del PNV y el lehendakari vasco, siempre presionando al Estado a favor de “más libertades y autonomía”, como si no fueran libres y autónomos en el país de las autonomías.

Si algún lector desea ahondar en el fanatismo y el horror desatado por los herederos políticos de Sabino Arana, les sugiero leer la novela Patria, del donostiarra Fernando Aramburu.

El perdón. La soberanía del yo, de Javier Sádaba, es otro libro esencial sobre el perdón y sus límites, “porque el perdón que se presenta diariamente como exclamación, etiqueta o modo culto de hablar, esconde toda la carga de lo que toca la raíz de nuestra existencia en común” y “no se confunde con el amor, la caridad” ni otros conceptos de la teología cristiana. En fin, “el perdón es virtud moral… la parte más extrema y exigente de la justicia”.