La mitad del cielo. / Miguel Iturria Savón

Pilar de roca venerado en Georgia

Cada persona es un planeta infinito en sí mismo. Somos únicos e inigualables: nuestro olfato, el iris de los ojos, las huellas dactilares y otros detalles corporales y psicológicos nos distinguen de los ancestros y contemporáneos: sean hermanos, hijos, la pareja escogida, los amigos y vecinos. Somos exclusivos pero vivimos en sociedad, condicionados por leyes e instituciones, libros y periódicos, grupos y tribus urbanas o rurales que influyen hasta en nuestra forma de ser, decir, actuar…

Pienso así tras leer el catálogo Ellas tienen la palabra. Un recorrido por el papel de la mujer en la sociedad y en la literatura. Lo reviso y anoto títulos de autoras fascinantes, pero me repele el enfoque neomarxista y feminazi de obras excluyentes para “empoderar a las mujeres”, lo cual sería bueno en la India, Pakistán, Arabia Saudí, Irán, Irák, Siria y otras teocracias islámicas o satrapías de África que proscriben la libertad y los derechos de las mujeres; no en Europa, ese oasis de cultura, paz, riquezas, derechos e igualdad donde las mujeres estudian, trabajan, votan en las elecciones, ascienden en la pirámide estatal y no necesitan permisos para casarse, divorciarse o viajar libremente, lo cual las diferencia de las aguerridas feministas de principios del siglo XX .

El catálogo citado ofrece títulos cañeros para el “mercado de género”: El feminismo en 100 preguntas, de Pilar Pardo; Educar en el feminismo, de Iria Marañón; El Club de la lucha feminista. Manual de supervivencia…, de Jessica Bennet; Todos deberíamos ser feministas, de Chimamanda Ngorzi Adichie; Feminismo para principiantes, de Nuria Varela y Antonia Santolaya; El hombre que no deberíamos ser, de Octavio Salazar, o El valor es cosa de mujeres, de Silvia Casasola y Juan A. Cebrián.

Otros volúmenes propagan el papel de la mujer en las ciencias, la historia o la sociedad en contraposición al predominio masculino: Mujeres en las ciencias: 50 intrépidas pioneras que cambiaron el mundo, de Rachel Ignotofsky; Las mentiras científicas sobre las mujeres, de Eulalia Pérez Sedeño; Marie Curie. Una vida para la ciencia, Historia de las mujeres filósofas, de Gilles Ménage, y Feminismo ilustrado. Ideas para combatir el machismo, de María Murnau y Helen Sotillo; Heroínas de la II Guerra Mundial, de Kathryn J. Atwood, y Lo que aprendí viviendo, de Eleanor Roosevelt.

No faltan reediciones de escritoras esenciales en la historia de la literatura: Diarios (Vol. 1, 1915-1919) de Virginia Woolf, autora de La señora Dalloway, Orlando, sobre la cual Lyndall Gordon publica Virginia Woolf. Vida de una escritora; Espejismos. Diario inexpurgado (1939-1947), de Anais Nin; más Jane Austen en la intimidad, de Lucy Worsley; El cuento de la criada y La semilla de la bruja, de Margaret Atwood; La librería, de Penélope Fitzgerald; La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexiévich; El segundo sexo y Memoria de una joven formal, de Simone de Beauvoir; El cuaderno dorado, de Doris Lessing y clásicos con personajes femeninos: Madame Bovary, de Gustave Flaubert; El amante de Lady Chatterley, de D.H. Lawrence; La casa de Bernarda Alba, de F. García Lorca; Demasiada felicidad, de Alice Munro, así como Españolas del Nuevo Mundo, de Eloísa Gómez-Lucena; América y sus mujeres, de Emilia Serrano, y El misterio de la vida y de la muerte de Mata Hari, escrito por Enrique Gómez Carrillo.

Sería infinito recrear el vasto recorrido de la mujer por la sociedad y la literatura. Tan infinito como las entretelas de sucesos históricos, sociales y familiares, simplificados desde la cultura de la queja, la idealización femenina y la simplificación binaria de escritoras y escritores, como si el sexo condicionara el talento. Yo, por lo menos, cuando pienso en las mujeres, evoco a mi madre, a mis novias y esposa; luego me vienen a la mente féminas memorables que vindicaron a la mujer como tal: Christine de Pizan, Teresa de Ávila, Sor Juana Inés de la Cruz, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Jane Austen, Lou Andreas Salomé, Simone Weil, Anaïs Nin, Rosario Castellanos o Gabriela Mistral, todas complejas, sensibles, auténticas y de espíritu libre.

La mujer no es el universo, sino la mitad del cielo. El género humano es cosa de dos. Ambos oscilan entre el cielo y la tierra.