El viaje de Tania Díaz Castro. / Miguel iturria Savón

Tania Díaz Castro es más conocida por sus crónicas en Cubanet y otros medios que por sus poemarios, sin embargo, la mejor pólvora de esta escritora irreverente y memoriosa no está en sus excelentes entregas a la prensa del exilio, sino en su lirismo anticonvencional, signado por el desenfado, la expresión cruda con tendencia al absurdo, a veces grotesca, tremendista, veraz y casi violenta.

Nacida en 1939 en Camajuaní, Las Villas, Tania atravesó la poética de los sesenta sin sucumbir a la eufórica “poesía bajo consignas” que enmascaró la domesticación del “hombre nuevo” y el “compromiso” con las metas, consignas y la gritería revolucionaria que empujó a muchos creadores a la cárcel, el exilio y los campos de trabajo forzoso. Su modo de asumir la poesía atisba la antipoesía acuñada después por el chileno Nicanor Parra.

Apuntes para el tiempo (1964), Todos me van a tener que oír (1970) y Mientras giran las hojas del arce (escrito en Japón en 1972 y publicado en La Habana) son sus cuadernos más difundidos en la isla. El segundo fue ampliado, traducido al inglés y reeditado en 1990, cuando Tania sufría la embestida de la policía secreta de Castro por sus críticas y activismo cívico.

Les dejo un fragmento de “El viaje”, poema dedicado al poeta y ensayista Alberto Rocasolano, autor de la antología Yo te conozco, amor, publicada en La  Habana en 1999 y 2011.

El viaje

Hacemos el amor. Ya no estás vestido.

Escribo nuestra historia junto a tu cuerpo.

Me pregunto qué hacia sin él,

entre los negros pájaros de tu memoria y la mía,

sobre los árboles grises por donde anduve perdida siempre.

Hacemos el amor. Te asombras ante las brasas

de mi fragua diabólica.

Recuperas el olor olvidado de la mujer.

Decides volverte loco entre mis brazos,

dulcemente loco…

Yo me siento virgen en este momento,

inexperta… Confundo al cielo

con tu frente de pez,

el aire con que tu voz ineluctable

de viejo lobo de mar.

Ignoro si viajo al pasado o al futuro.

No sé como saldarnos, tocar tus muslos, tus caderas,

cómo lograr equilibrio por los bordes

de tu corazón marino,

de tu sexo,

saludable como un niño,

mientras el amor nos vuelve menos animal de monte.

Pero recobro mi vieja memoria de salitre

y preparo mi viaje, el más importante:

de un salto llego hasta tu cuerpo

sobre el lomo de un maravilloso hipocampo.

Salto de mi cuerpo al tuyo!

Me hundo hasta los hombros en tu boca.

………………………………………………………..

 

En verdad eres un hombre de costa a costa,

al que buscaba con una lámpara a cuesta en plena noche.

¿Cómo te sientes, amor, después de tan largo viaje?

Al menos yo, soy un animal doméstico satisfecho.

No sé si reposo o estoy muerta,

si me sobra el cuerpo;

pero puedo gritar a toda voz que hago el amor

entre guijarros dorados y algas mágicas

con un hombre que jamás fue siervo.

………………………………………………….