Ciudadanos de Internet. / Miguel Iturria Savón

Internet, redes e íconos...

Internet, redes, iconos…

 

En el verano del 2014 se habló del proyecto O3b, una iniciativa empresarial de impacto informativo para países de las tres A -América Latina, África y Asia- cuyos gobiernos apenas invierten en conexión satelital y dejan a millones de habitantes al margen de las tecnologías que revolucionan los medios de comunicación. Se habla, por supuesto, de otros proyectos, bondades y excesos de ese Padre Nuestro llamado Internet, amado por infinidad de fieles y denostado por grupúsculos de herejes que actúan como los antiguos sacerdotes que escondían los papiros del saber.

Con Internet no hay secretos ni crisis de ausencias, el ciberespacio aproxima islas y continentes, calles y plazas y atrae los cuadrantes de rebeldes y tiranos. Casi todo es posible en ese país universal sin fronteras, provincias, municipios, parlamentos, partidos ni elecciones que articula a la industria y el comercio desde el ordenador, la Tablet o el teléfono móvil, cuyos soportes tecnológicos “producen y venden” mercancías ofrecidas por agencias de viajes, bibliotecas virtuales, sitios de arte, periódicos online, fundaciones, gobiernos y ciudadanos que crean, difunden o interactúan a través de Facebook, Twitter, blog, Whatsapp, páginas Web y otros soportes y programas que atraen, asustan, amenazan o enriquecen la imaginación de niños, jóvenes y adultos con acceso a las redes sociales, pantalla y clic mediantes.

Internet es un país con ciudadanos multinacionales, hijos legítimos y bastardos, padres fundadores, madrastras, huérfanos, hermanos, primos, sobrinos, tíos, novios (as), esposas (os), amigos y personajes con perfiles de ensueños. No es el País del Nunca Jamás pues cada día se acerca más al Medio Oriente y sus guerras, al Islam y sus fantasmas, a los mitos culturales de China, la India, Europa o el Perú. Es un país-mundo adscrito a la Sociedad de la Información, sin ONU, OTAN, OEA, banderas, partidos e ideologías, aunque no faltan filias y fobias diseñadas por poderes, etnias, sectas y ciudadanos.

Internet es una tierra encantada con fábulas, monstruos, bosques, ríos, océanos y  avatares. Un país etéreo y gigantesco, bullicioso y laberíntico, sin fronteras, pasaportes ni documento de identidad. Sus habitantes están conectados a satélites que transmiten lenguajes, creencias, leyes y normas trucadas en imágenes -binarias y metafóricas- que activan a los monstruos de la razón y desatan pesadillas: Slender Man de Wisconsin, por ejemplo, o los bulos de nacionalistas, comunistas y progres que dictan la corrección política, ataditos a causas fallidas y elefantes blancos.

Como ciudadanos de Internet, estamos expuestos al ruido de las redes y sus mensajeros de odio y difamación, sean terroristas islámicos guardianes de la fe, nacionalistas de ADN superior y exclusivo, los chinos herederos del camarada Mao o los mercaderes de checepelo tecnológicos y videojuegos adictivos que roban el tiempo y la energía de millones de niños, adolescentes y jóvenes nacidos con Internet, es decir, con opciones a exploración y discernir.

En la antípoda de ese “Padre Nuestro” llamado Internet, están los desconectados del país virtual: pobladores de África, Asia, Amazonas o el Caribe que aún carecen de las opciones de ese mundo de espejos, narcisismos y mutaciones tecnológicas usados como pasarela, laberinto o atalaya crítica sobre realidades que hieren y laceran a millones de personas en la India, Siria, Zimbabue, Cuba, Norcorea, Venezuela o Nicaragua.

Internet es, en fin, espejo del mundo que refleja y escaparate de estrellas humanas que buscan espacios nucleares, semidioses del deporte, el cine, los medios de comunicación, los negocios, la política, la Iglesia y la economía. Saltos y sobresaltos, certezas e incertidumbres narradas por telediarios y televerdugos. Protagonismos e inocencia, denuncias y manipulaciones, ciudades visuales y bibliotecas virtuales, hackers, leyendas y mitos, discursos banales, burbujas y pinchazos.

Click desde el móvil, la tablet o el ordenador.