Literatura y política en Václav Havel. / Miguel Iturria Savón

Como en verano las editoriales y los semanarios culturales de los principales periódicos de Europa y América recomiendan libros a sus lectores, evoco a un autor checo posterior al célebre Frank Kafka, pero tan preocupado como aquel por ficcional realidades absurdas; me refiero a Vaclav Havel (Praga, 1936-2011), escritor y político que creció en aquella Europa arruinada por la II Guerra Mundial y por la ocupación soviética de Hungría, Bulgaria, Polonia, Checoslovaquia y otros países del este donde impusieron dictaduras comunistas hasta 1989 o 90.

Desde la firma de la Carta 77 y su posterior liderazgo de la Revolución de Terciopelo, en noviembre de 1989, cuando el gobierno comunista prosoviético hizo las maletas ante las manifestaciones masivas de la Plaza de Wenceslao, el escritor checo Vaclav Havel fue reconocido como un político audaz, sensible y bondadoso. No es para menos pues Havel combinó la creación literaria con la acción cívica, devino símbolo de lucha por las libertades y fue elegido último Presidente de la República Checoslovaca (diciembre 1989 a 1993) y primero de la República Checa (1993 y 1998).

Tras estudiar teatro en la Academia de Artes de Praga, Havel se encausó como dramaturgo con obras que recrean el absurdo social: Fiesta en el jardín (1963), El Comunicado (1965), Dificultad de concertación (1968), La audiencia (1975), Protesta (1979), Largo desolato (1985) y La tentación (1986). Como presidente del Club de Escritores Independientes apoyó la Primavera de Praga (1968), aplastada por la invasión rusa, por lo cual pasó al ostracismo y sufrió prisión por defender los derechos humanos y preferir el “socialismo con rostro humano” del defenestrado Alexander Dubcek.

Como presidente de Checoslovaquia Havel aceptó la separación pacífica de Eslovaquia, que puso fin a la estructura creada por la ocupación rusa tras la Segunda Guerra Mundial. Por el manejo de tan medular transición y su trayectoria intelectual y política fue distinguido con el Premio Nobel de la Paz.

En países como China, Cuba o Venezuela, Havel es un símbolo para la oposición pacífica, al tanto de su trayectoria en el Foro Cívico y del protagonismo democrático que ejerció al frente de la nación centroeuropea. Los libros de Havel, sin embargo, son ignorados por las editoriales supeditadas a los gobiernos comunistas. En Cuba circuló clandestinamente el ensayo El poder de los sin poder, de enorme impacto por su lúcida y concisa ilustración de la atmósfera opresiva y las máscaras del “socialismo real”.

El creador checo es autor de otros dramas, poemarios y ensayos, como Memorando, El foniatra, Anticódigos, Los conspiradores y El hotel de montaña, acreditados por la crítica en su país, Europa y Norteamérica. Por su agudeza sociológica han sido reeditados y traducidos a varios idiomas sus ensayos Cartas a Olga (esposa de Havel), La reconstrucción moral de la sociedad y El poder de los sin poder.

El poder de los sin poder es uno de esos libros que solo puede ser escrito por quien padece los problemas que describe, lo cual vivifica al texto literario e ilumina las experiencias de las multitudes que sufrieron el fenómeno analizado. La mesura de la prosa, el estilo conciso, los ejemplos empleados y las formulaciones ideoestéticas contribuyen a la comprensión del desastre que representó “la construcción del socialismo” en Europa del Este y otras latitudes.

El ejemplar que leí corresponde a Ediciones Encuentro (Madrid, 1996) y corrobora la coincidencia de aquellos “modelos sociopolíticos” edificados a partir de 1917. Havel desnuda las herramientas que les permiten sostenerse, reflexiona sobre el sentido excluyente del concepto “disidencia” y la necesaria “oposición de los ciudadanos de segunda”, su papel en el cambio, el lenguaje como instrumento del poder, el sistema de gobierno totalitario, la actuación de los sin poder y la respuesta de la élite burocrática contra los luchadores pacíficos.

Señala que el socialismo difiere de las dictaduras tradicionales, pues su extensión es ilimitada y común a un bloque, aunque posee peculiaridades temporales y locales. Se basa en la autenticidad de los movimientos sociales que le dieron origen, lo cual legitima su permanencia en el poder mediante principios comunes y una red de instrumentos de manipulación que garantiza su estabilidad. Advierte que el sistema asume o hereda “la inteligencia de la lucha originaria, pero dispone de una ideología mejor estructurada”, adquiriendo rango de una religión secularizada que sugestiona al hombre y le ofrece respuesta a sus incertidumbres.

Valora el lenguaje comunista como “…uno de los instrumentos más diabólicos de avasallamiento de los unos y del embelesamiento de los otros. Es un lenguaje lleno de señuelos, esquemas ideológicos, flores retóricas y estereotipos idiomáticos; capaz… de maravillar enormemente a las personas que no hayan descubierto su falsedad o a las que no han tenido que vivir en ese mundo manipulado…, y al mismo tiempo, capaz de despertar en otras personas el miedo y el terror, obligándolas a disimular permanentemente”. Agrega que “la gran ventaja de ese lenguaje radica en que todo está enlazado en acoplamientos mutuos del sistema cerrado de dogmas que excluye todo lo que no encaja en él, calificándolo de subversión ideológica…”

Además de definir “el lenguaje charlatán y seudo heroico”, hay que agradecerle al ensayista checo otras coordenadas que orientan la lucha pacífica contra el sistema totalitario que justifica las persecuciones, denuncias, censuras y elecciones obligatorias; mientras “califica la esclavitud como una forma superior de libertad, al pensamiento independiente una servidumbre al imperialismo, al espíritu de iniciativa personal una depauperación de los otros y a los derechos humanos un invento de la burguesía”.

En dicho ensayo Havel desnuda la esencia inhumana del régimen dogmático que exige la incondicionalidad del ciudadano al orden político, imponiendo el silencio, la mentira, la purga, la cárcel o el exilio. En los casos de Cuba o China vale preguntar: ¿Cómo romper las tribulaciones de un sistema cerrado?; ¿cómo discernir el discurso de la nomenclatura oficial que denigra al pensamiento liberador? El autor se detuvo al respecto en el difícil camino de la liberación personal y de la necesidad de una revolución espiritual para frenar el totalitarismo y emprender la reconstrucción moral, a fin de poner el poder al servicio del hombre y no a la inversa.

Havel esclareció el papel dominante desempeñado por la ideología bajo la dictadura burocrática sobre la sociedad igualitaria. La misma se sitúa por encima del hombre y hasta del propio poder. Esto es posible pues, al basarse en la propiedad, estatal el régimen se erige en único gestor de trabajo, invierte en sí mismo y manipula la existencia humana, convirtiendo al ciudadano en rehén de una patria exclusiva con rango de Dios omnisciente y omnipresente.

Los regímenes de Cuba o Venezuela, por ejemplo, ilustran tales certezas porque son dictaduras que finge no serlo y pregonan valores como la libertad, mientras aplastan cualquier intento liberador con habilidad de prestidigitador.