Cubaba… / Miguel Iturria Savón

Me da mucha pereza hablar o escribir sobre Cuba, la isla donde nací, estudié, tuve hijos y un manojo de amigos que recuerdo con cariño desde el mediterráneo español. Quizás escribí mucho sobre aquel país devastado por la revolución y el colectivismo. No es que yo sea demasiado impersonal, inteligente, crítico, sensible o contemplativo. Tal vez mi pereza se deba a que pertenecí a la inmensa, musculosa y popular mayoría, esa que llaman pueblo y posa de ingenua, cómplice u optimista, sumándose con avidez o temor a causas propias o ajenas, casi siempre a causas ajenas soñadas como propias por la necesidad de autoengaño.

Cuba no es ni fue el centro de América, aunque La Habana fue el centro de reunión de las naves españolas que salían en grupo con las mercancías de América hacia Sevilla o Cádiz entre los siglos XVI y XVIII. Pero eso es historia al igual que las tardías y mitificadas guerras de independencia, ganadas por los indepes gracias a la intervención en 1898 de las tropas de los Estados Unidos, que higienizaron y reordenaron la isla, en manos del Homo Cubensi desde 1902, es decir, 57 años antes del triunfo de la revolución de Castro, ese huracán que haitianizó al país con la complicidad de la musculosa y oportunista mayoría, además de la imperial Unión Soviética y otros socios de ocasión, útiles o desechables.

Me da pereza hablar o escribir sobre Cuba, aunque tengo amigos que exploran y narran, a veces con lupa de aumento, la inhóspita realidad insular, llena de humo, basureros, derrumbes, mendigos, policías y otras secuelas del incesante experimento socialista, llamado utopía revolucionaria por los progres equidistantes, como si la utopía no fuera una línea en el horizonte, brumosa e inalcanzable.

Por suerte, aquella isla atenazada por la dictadura más burda y larga de América, no necesita de escépticos o perezosos para seguir con su cruz a cuesta, es decir, con la casi invisible evolución interna hacia el puerto llamado libertad, tan asociado al sistema democrático, anhelado solo cuando no lo tenemos.

Si Juan Rulfo creó la ficticia Comala para pintar la desmesura fantasmal de Pedro Páramo, metáfora de México tras la revolución, y Bernardo Atxaga ideó a Obaba al recrear el ambiente rural vasco desde lo legendario en su Obabakoak, creo que es hora de crear a Cubaba, es decir, imaginar a esa Cuba sumergida y agónica que se aproxima a otra realidad, menos patética y nostálgica, pero compulsiva como el mundo de la infancia, con sus misterios y orbes fantásticos que la universalizan. Cubaba, los de Cuba, hablarían al mundo desde la fabulación cubensis, incluidas, por supuesto, las inquietudes primarias -soledad, marginación, muerte, etc-.

La ficción como enlace que apresa fragmentos de la realidad, menos ríspida que el relato castrador del Castrismo, aburrido e increíble.