Paisajes, molinos, castillos…/ Miguel Iturria Savón

Millones de personas viajan en verano, yo prefiero la primavera y el otoño, en verano leo más, escucho música y, a veces, paseo por la playa al anochecer. Pero el fin de semana recorrí parte de Castilla la Mancha: la ruta de los molinos de vientos -los de Puerto Lápice, evocados por Cervantes en El Quijote, los de Campo de Criptana que confundió con gigantes y los de Herencia y Alcázar de San Juan-, casi todos del siglo XV y XVII. Los molinos marcan el insólito y apacible paisaje de esos campos amarillentos transitados durante milenios, lugares de paso con tesoros naturales y patrimoniales, espacios únicos en el mundo como las minas de Almadén, el Valle de Alcudia y Sierra Madrona, el río Guadiana, las lagunas de Ruideras, los parques nacionales las Tablas de Daimiel y Cabañeros, el Campo volcánico de Calatrava y la red de castillos, conventos, iglesias, plazas y museos de Ciudad Real y pueblos como Tomelloso, Villamanrique, Almagro o Argamasilla de Alba, «el lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiso acordarse» Cervantes al escribir El Quijote pues estuvo preso allí y conoció al enloquecido hidalgo Rodrigo Pacheco y a su sobrina Aldonza, protagonistas de su novela.

El paisaje aún es cervantino en casi toda Castilla la Mancha donde hay más estatuas de Sancho y El Quijote que de los Maestres de las órdenes militares de Santiago, Calatrava y San Juan, figuras que forcejean en el imaginario local con las fiestas y tradiciones. Impresionan al visitante el Museo del Queso Manchego, la Torre del vino en Socuéllamos, la Fiesta del vino en Valdepeñas, el Carnaval de la apacible Ciudad Real y el famoso Corral de Comedias de Almagro, sede del Festival Internacional de Teatro Clásico, tema del próximo post.