Humillación cotidiana. / Miguel Iturria Savón

Con casi 110 mil kilómetros cuadrados y 14 millones de personas (once en la isla y tres por medio mundo) Cuba es la isla más extensa del mar Caribe y un referente internacional por su música y su literatura. La mayor del Caribe, situada a la entrada del Golfo de México, es ruidosa pero no es excepcional como creen algunos intelectuales y políticos nacionalistas; allí, al igual que en Bahamas, Guadalupe, Puerto Rico o República Dominicana, el mar, el sol, las playas y sus palmeras modelan el paisaje, barrido por los ciclones tropicales entre mayo y noviembre de cada año. Ni siquiera por su historia o su economía, devastada por seis décadas de dictadura comunista, es atractiva la isla azul varada en el tiempo.

Si en algo es singular aquella isla es por la humillación cotidiana que padecen los cubanos, atados a mitos mesiánicos acuñados por los nacionalistas del siglo XIX y reproducidos como mantras por la aristocracia verde oliva que gobierna desde 1959. La Patria como un fardo ideológico, bandera y deberes, no derechos. Marginación progresiva, domesticación cotidiana, el éxodo como alternativa, la cárcel para quienes desafían la letanía de Palacio. Hasta la rebeldía digital es inimaginable por el monopolio que controla la radio, la televisión, la enseñanza… Hay, por supuesto, gentes con madera de héroes, activistas cívicos y brechas informativas: Primavera digital, Convivencia, Estado de Sats, 14ymedio.com y, desde Miami, Cubanet y otras páginas independientes.

Muchos sueñan, algunos luchan por la posibilidad de gritar, informarse, recibir un poco de comprensión, vivir una vida normal con algo de comer y vestir sin tener que gritar o ponerse la máscara. Predominan los zombis de laboratorio, los que callan, desfilan y aplauden, ajenos a la tolerancia como experiencia cotidiana, las leyes y los derechos ciudadanos donde la democracia es una palabra que asusta.

Por la insólita involución insular, lo cubano se asocia con la miseria, la falta de libertad y de alternativas al desarrollo personal, la grosería colectiva y el silencio cómplice. Si no es posible vivir libremente y cada día es un reto bajo el sol la Patria deviene apéndice peligroso. La Patria son los parientes y los amigos, no la bandera y los símbolos del pasado, la Patria la podemos llevar a cuesta, tirarla al rincón de los recuerdos o reinventarla sin fatalismo étnico.

La humillación colectiva enlaza con el escenario de ruinas, los automóviles de mediados del XX, los éxodos masivos y jóvenes vestidos con la bandera americana. Vivir sin programa propio crea seres inertes, sombras chinescas manoseando contra el vacío, personajes circulares que no vienen ni van a ninguna parte, nadadores de orilla, duros, fríos, calculadores. Si vivir es acumular derrotas, ahogarse en lo cotidiano y callar -o simular silencio-, Cuba es agónica y aburrida, al menos desde hace sesenta años. Quizás por eso hay que liberar la mente, informar para descodificar y tirar el muro levantado en nombre de la libertad.