El problema de Spinoza. / Miguel Iturria Savón

Hay libros excepcionales desdeñados por la mayoría de los lectores a pesar de tamizar la realidad desde la ficción o la memoria, como El mundo de ayer, de Stefan Zweig, y ensayos de agudeza filosófica como La conquista de la felicidad, del matemático y pensador inglés Bertrand Russell; Escritos esenciales y A la espera de Dios, de  Simone Weil; Los orígenes del totalitarismo, de Hannah Arendt, y El poder de los sin poder, de Vaclav Havel, todos al margen de la obsesión política, el entusiasmo imbécil por las modas, el cotilleo audiovisual y los dogmas étnicos y religiosos que coartan la búsqueda de soluciones complejas a un mundo cada vez más complejo.   

A esos títulos del siglo XX le preceden libros ineludibles de autores que expusieron los postulados básicos sobre la naturaleza, la sociedad y el pensamiento, como los griegos Platón –La República, Las leyes– y Aristóteles –Política, Poética, Metafísica-; los italianos Marco T. Cicerón y Nicolás Maquiavelo, los holandeses Erasmo de Rotterdam –Elogio de la locura, Elogio de la estupidez– y B. Espinoza –Ética y Tratado teológico político-; los ingleses John Locke –Ensayo sobre el entendimiento humano, Carta sobre la tolerancia– y Thomas Hobbes –Leviatán, De Cive-; los franceses R. Descartes –Discurso del método-, Montesquieu –Del espíritu de las leyes-, J.J. Rousseau –Del contrato social- y Montaigne –Ensayos-; y los filósofos alemanes E. Kant, Hegel, Fuerbach, Marx, F. Nietzsche, A. Schopenhauer y M. Heidegger.

Por suerte, esos y otros pensadores relevantes son incluidos en programas y cátedras de estudios que reúnen a eruditos, críticos, biógrafos y editores que publican sus obras, sus biografías y le erigen estatuas y museos donde palpamos los escritos, libros y objetos personales de cada uno. Algunos han inspirado a pintores, cineastas y novelistas como el doctor Irvin D. Yalom, profesor de psiquiatría de la Universidad de Stanford, quien noveló las circunstancias vitales y creativas de Nietzsche –El día que Nietzsche lloró-, de Schopenhauer –La cura de Schopenhauer– y de Baruch, Bento o Benedictus Spinoza –El problema de Spinoza-. Tres obras literarias amenas, sagaces y atractivas sobre tres pensadores geniales que influyeron en científicos, escritores, historiadores, teólogos, juristas y políticos.

En El problema de Spinoza, editada por Basic Books (2012) y por Planeta en España (2013 y 2018), Irvin Yalom despliega los recursos del análisis psicológico y de la intriga para hablar del miedo, la fe y la conquista de la libertad individual al recrear la silenciosa odisea intelectual del pensador holandés de origen sefardí y portugués  excomulgado por la sinagoga de Ámsterdam, liberándose de la servidumbre étnica y religiosa, aislado y sin familia pero entregado a sus ideas, estudios y a pulir cristales para sobrevivir con lo mínimo en la periferia de Ámsterdam y La Haya donde murió en 1677, a los 43 años.  

La novela se centra en dos personajes y en dos épocas: Spinoza (1656 a 1677 en Holanda) y el ideólogo nazi Alfred Rosenberg (Reval, Estonia, 1910 a Núremberg, 1946), aunque crea a protagonistas ficticios ligados a Spinoza y a Rosenberg quien pasó de su ciudad natal a Múnich donde se convirtió en periodista antisemita, escribió y publicó La huella de los judíos en tiempos cambiantes y El mito del siglo XX, además de interactuar con Hitler, Dietrich Ecrart, Goebbels y otros jerarcas del Partido Nacionalsocialista alemán. Hitler creó el Einsatzersitab Reichsleiter Rosenberg para confiscar libros y obras de arte en los territorios ocupados, incluida la Biblioteca de Spinoza en Rijnsburg pues Rosenberg leyó desde joven los textos de Spinoza.

Tan vasta perspectiva espaciotemporal, los conocimientos teológicos, históricos y biográficos de Spinoza y su antípoda contemporáneo (Alfred Rosenberg), más el uso de las técnicas narrativas y del psicoanálisis hacen de la novela de Irvin D. Yalom un libro redentor del filósofo y humanista que desafió los dogmas religiosos, las costumbres hebreas y zarandeó la forma de pensar oponiendo la razón a la pasión.

Al decir de Yalom, Bento se anticipó a la secularización del judaísmo, al estado democrático liberal y al auge de las ciencias naturales. Los hebreos lo expulsaron a los 24 años (1656) y luego prohibieron la circulación de sus libros e ideas al igual que los cristianos, los protestantes y los musulmanes a pesar de publicarlos en forma anónima y con editor, imprenta y ciudades ficticias. Spinoza es racionalista y no creyó en rituales ni milagros, se opuso a todo tipo de servidumbre étnica, religiosa y política. Para él, “Dios es la naturaleza. La naturaleza es Dios”. Ironizó: “si los triángulos pudiesen pensar, crearían un Dios con la apariencia y los atributos de un triángulo, y los círculos lo crearían circular”, pues es una falacia imaginar a Dios a nuestra imagen y semejanza. “Dios no nos hizo a nuestra imagen y semejanza, fuimos nosotros quienes lo hicimos a él a nuestra imagen y semejanza”.

Y agrega: “Mientras haya ignorancia, habrá adhesión a la superstición… Los judíos no han sido elegidos por Dios, no se diferencia en ningún sentido de los demás pueblos. Los profetas solo imaginaban cosas… (pág. 100). Cuando los israelitas tenían poder, eran tan crueles y tan implacables como cualquier otra nación. No eran moralmente superiores, más justos o más inteligentes que otras naciones antiguas”. (pp. 96)

Como el personaje central estuvo ligado a la sinagoga hasta 1656, el autor glosa aspectos interesantes de la misma y de la Torá. En la página 173, por ejemplo, Baruch afirma: “…La autoridad rabínica no está basada en la pureza de la verdad. Solo se apoya en las opiniones expresadas por generaciones de eruditos supersticiosos, que creían que la Tierra era plana, el Sol giraba alrededor de ella y que un hombre llamado Adán apareció y fue el padre de la raza humana…” “Los rabinos intentan controlar al pueblo a través del poder del miedo y la esperanza. Proclaman tener las llaves de la otra vida”. Spinoza propuso “la libertad como antídoto para liberarse del yugo de la tradición, la oración, el ritual, la superstición y otros mandamientos que controlan la vida judía.”

En el diálogo previo a la excomunión entre Rabí Morteira y Spinoza, el autor precisa: “Los judíos se han mantenido separados en virtud de sus complejos ritos, sus normas alimentarias y la señal de la circuncisión. Eso ha provocado un odio universal hacia ellos” (pp. 146)

“En los siglos XIII y XIV, fuimos expulsados de un país tras otro, Inglaterra, Francia, las ciudades de Alemania, Italia, Sicilia, salvo España… donde hubo expulsiones y matanzas en 1391 en Castilla y Aragón. Los judíos empezaron a convertirse al cristianismo…” Cita, asimismo, las matanzas durante las cruzadas de 1096 en Mainz y otras partes de Renania.

Sorprende la sencillez de Yalom en el montaje de diálogo entre Spinoza y sus contemporáneos, la forma de exponer los razonamientos que sacuden los cimientos de las religiones: “todas las religiones bloquean nuestra visión de las verdades religiosas básicas”. / “Nada es bueno o malo, es la mente la que lo percibe así” / “La fama contribuye a enajenar la mente…” / “Las emociones humanas podrían entenderse como líneas planos y cuerpos”. / “Mi tarea es aprender a convertir la razón en una pasión”.

El lector se preguntará, ¿qué nexos unió al Bendito (Bento, Baruch, Benedictus) Spinoza con Alfred Rosenberg, “el sumo sacerdote intelectual de la raza superior”? La respuesta a esa y otras preguntas están en el libro.