Volver a Octavio Paz. / Miguel Iturria Savón

Releer Corriente alterna, Las peras del olmo y otros poemas y ensayos de Octavio Paz es volver a ese torrente de palabras, ideas e imágenes poéticas de resonancia alegórica que atravesó casi todo el siglo XX -nació en 1914 y murió en 1998- y retornó en 1914 cuando México celebró su primer cumplesiglo. Al  intelectual mexicano de más renombre universal le pusieron entonces alfombras en el Congreso y el Senado, el Ministerio de Cultura y en las universidades y autobuses, mientras revistas y editoriales de su país e instituciones de Estados Unidos, Europa y capitales de centro y Sudamérica reeditaron sus poemarios y ensayos. Fue emocionante e inolvidable.

“Para mí la poesía y el pensamiento son un sistema de vasos comunicantes”, dijo Octavio, el oceánico e intuitivo descubridor de ideas y palabras, el transgresor cosmopolita distinguido con los premios Nobel y Cervantes, el ex embajador en París, Tokio y Nueva Delhi, cargo al que renunció en 1968 tras la masacre gubernamental en la plaza de Tlatelolco, hecho que lo indujo a dedicarse por completo a su obra, amplificada en las revistas Taller, Plural (1971-1976) y Vueltas (1976- 1998), desde las que renovó el panorama literario y lo enlazó con temas y autores de hondura crítica, poética, ensayística, artística y filosófica que reanimaron la lengua desde el pasado prehispánico, nutridos por la soledad, el tiempo, el erotismo, el amor y la poesía como vehículos de trascendencia del hombre, temas recurrentes de “su pensamiento incómodo y disidente”, capaz de “transformar la palabra en visión y reflexión”.

“La muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida”, advirtió en su ensayo más reeditado y conmovedor –El laberinto de la soledad-. La sangre como talismán verbal desde su primigenio Raíz de hombre, aquel “poemario torpe, una tentativa fallida de búsquedas”, al que siguen textos medulares: Piedra de sol, Poesía de soledad y poesía de comunión, El arco y la lira, Ladera este, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, entre otros poemarios, ensayos y conferencias recogidos en sus Obras completas.

Octavio, el clásico contemporáneo, incursionó en la política, el arte, la historia y la antropología; el “menos mexicano”, el más universal de los creadores mexicas, tan vivaz y simpático como curioso e insaciable palabrista retornó entonces para entrar en la memoria colectiva mediante un torrente de actividades que actualizó su legado lírico y reflexivo.

Mutó del marxismo al pluralismo democrático y criticó el estalinismo y el dogmatismo de la izquierda, creía que a pesar del culto al progreso el hombre “es un animal que fabrica útiles, un animal racional, político, un ser que desea e imagina”. Y “generó un sistema de pensamiento que incluía un riguroso elemento especulativo” capaz de enturbiar el ruido de sus versos, aunque su poesía, de alta calidad formal, renace como “un culto secreto”, expulsado y consagrado.

El poeta de la exploración -“el amor, siendo deseo, es hambre de comunión”-; el ensayista que hablaba de “lo que veía suceder y de lo que era posible y deseable…”; el hombre controversial y agnóstico fue (y es) el humanista que regresa desde la palabra porque muchos deletreamos Corriente alterna, Las peras del olmo, Libertad bajo palabra y otros versos y ensayos suyos.