Un poema de Gastón Baquero


En la noche, camino de Siberia

          I

Toda la noche

estuve soñando que paseaba en un largo trineo:

la música de fondo, desde luego, era ofrecida

por las Danzas Alemanas de Beethoven.

Los perros de inevitable pelaje grisáceo,

llenos de cascabeles y de correajes rojos,

ladraban tan armoniosamente, que la nieve,

por escucharlos, hacía más lenta su caída.

Íbamos hacia un punto secreto de Siberia;

un punto borrado del mapa, reservado

para guardar allí a los más odiados prisioneros.

Todo mi delito había consistido en recitar en voz alta a Mallarmé,

mientras el camarada Stalin leía monótonamente

su Informe anual al Partido: cuando él decía usina,

yo decía “Aparición”; cuando él hablaba del Este,

yo decía en voz muy alta: “!esa noche Idumea, esa noche Idumea!”.

Y en los momentos en que enumeraba tanques, cañones y tractores,

yo decía: Nevar blanco racimos de estrellas perfumadas.

Y de pronto el tirano puso a un lado sus papeles,

descolgó de la pared un corto látigo de seis colas,

y comenzó a golpearme en las piernas y en los brazos,

rítmicamente, mientras gritaba (con entonación afinada, lo reconozco):

-“!Toma poesía!, ¡toma decadencia!, ¡toma putrefacta Europa!”.

Luego clavó sus ojos grisoverdes en Beria, y no dijo nada:

guiñole picarescamente el párpado izquierdo, pues ese era su lenguaje;

era su púdica clave de Señor de la Vida de todos para decir al otro:

“Mándamelo a Siberia hasta que yo te avise”.

Y en el largo trineo íbamos rodando toda la noche,

al galope, azuzados por las Danzas Alemanas, llenos de gozo:

nos bebíamos el horizonte reposadamente, en sorbos paradisiacos,

como si hubiese sido una copia de Marie Brizard después de

        comer bombones rellenos;

íbamos contentos, arrastrados por la música, no por los perros,

y a precipitarnos en un baile muy hermoso, no en una prisión.

         Nadie lloraba.

Tarareábamos a ritmo con los cascabeles, y dijérase que nos dirigíamos

en busca de Erika, de Catalina, de Alejandro Feodorovna para

         sumergirlas

en el río del vals, junto al pardo Danubio, un domingo por la tarde,

llenándoles el pelo de violetas.

          II

Al despertar me dije: he de ir hoy mismo al psiquiatra,

este sueño me parece altamente complicado, y quizás sea hasta inmoral,

porque acaso anuncia que voy a deslizarme por las paredes del masoquismo.

Entré en el despacho del psiquiatra, a quien creía conocer,

pero era la primera vez en mi vida que lo veía. Me dijo impersonalmente:

“¿qué lo trae por aquí penado doce mil quinientos treinta y seis?”.

Y al explicarle el sueño tan lleno de perros, de nieve, de danzas,

de latigazos, de cascabeles, de alegre temor de llegar al confín de Siberia,

me dijo de nuevo: “Ya estás curado, ya no tienes nada: penado

doce mil quinientos treinta y seis; llegaste a Siberia anoche,

sobre las doce y treinta y seis minutos: no has soñado nada:

eres prisionero y morirás en prisión. Soñaste lo que vivías. Ahora,

disponte para siempre a vivir como soñando de continuo que vas hacia allá,

que regresas en un largo trineo, arrastrado por perros de pelaje grisáceo,

corriendo jubilosos por la nieve, bajo el látigo incesante

de las Danzas Alemanas de Beethoven.   

          Gastón Baquero, tomado del poemario Magias e invenciones, 1894