10 de diciembre. / Miguel Iturria Savón

Eleanor Roosevelt con la Declaración de los Derechos Humanos.

Por muy trascendente que sea el 10 de diciembre en el cronograma de algunos países, nada como el 10 de diciembre de 1948 en New York, cuando fue aprobada por las Naciones Unidas la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la «Carta Magna de la Humanidad» según Eleanor Roosevelt, una de sus impulsoras, quien presidió entre 1947 y 1951 la Comisión de Derechos Humanos de la ONU y ejerció un protagonismo mundial en la promoción de las libertades de las personas.

La instrumentación de aquel documento en la legislación internacional influyó muchísimo en la dinámica de los estados y en la liberación de diversos pueblos de América, África, Asia y Europa, pero bastaría echarle un vistazo a los nombres de los países miembros de la actual Comisión de Derechos Humanos para inferir que aún los lobos conducen el rebaño en Cuba y Venezuela, China y Rusia, Norcorea, Vietnam y en la mayoría de los países árabes, africanos y asiáticos. No todos son dictaduras comunistas, hay teocracias islámicas, gobiernos populistas y otros en los que predominan etnias y tribus ajenas al liberalismo occidental, antropológicamente atados al despotismo y la negación de los derechos y libertades humanas.

El tema es vasto y casi inagotable. En principio, hasta las más viejas dictaduras comunistas -China y Cuba- pasan de puntillas ante la aplicación de la Carta de los Derechos Humanos, devenida en referente para los activistas y disidentes de La Habana, Caracas o Hong Kong.

Si leemos cada uno de los 30 artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos apreciaríamos su magnitud. Son conceptos claros, precisos y abarcadores, no hablan de razas, sexos, profesiones, etnias, tribus, pueblos o naciones. Como apreció Eleonor Roosevelt, es una «Carta Magna de la Humanidad», es decir, una Constitución de Constituciones, un punto de partida legal en el lento y gradual ascenso de la especie humana.