Cuba, cultura cautiva. / Miguel Iturria Savón

La literatura se inició con el verso, la política con el debate, al menos en Atenas, cuna de la oratoria pública, la épica, la tragedia, la comedia, la filosofía y la historia, afines al relato racional (logos) frente al discurso mítico o ficticio que intenta cohesionar al grupo con hechos del pasado (dioses, leyendas de héroes…), repite respuestas sin formular los problemas e idea el eterno retorno en vez del tiempo lineal.

Más de dos mil años después de los argumentos racionales de Tucídides, Mileto o Sócrates, el discurso lógico domina los ámbitos sociales -la política, la administración, las instituciones y la cultura académica-, pero convive con la ficción literaria, aspectos del relato histórico y político y la costumbre de crear leyendas de hechos y personajes públicos, sobre todo en las dictaduras con líderes mesiánicos basadas en supuestas teorías científicas como el marxismo, abatido durante su aplicación en Rusia, China, Cuba o Venezuela.

En Cuba, la teoría sirvió para expropiar y socializar los medios de producción, de comunicación y transporte, monopolizar la enseñanza, las expresiones del arte y la literatura y la red de instituciones cívicas, sustituidas por el discurso del  Partido Único con Líder “sublime” y maquinaria burocrática-clientelar que ejecuta sus órdenes mientras atrae a la población hacia la utopía social, cercena las libertades y encubre crímenes y éxodos de quienes disienten de ensueños sonoros y cultura cautiva.

Es difícil glosar seis décadas de experimento social, signado por tentativas y errores que encubren el horror inducido; son tantos los sucesos, personajes, éxodos y expectativas que apenas esbozo la cultura cubana, hecha, deshecha y rehecha a partir de 1959, cuando la locura “constituye el clima propio e intransferible” y las costas confinan o expulsan a escritores y artistas hacia Miami, México, Madrid o New York, mientras en la isla surgen monopolios estatales que pliegan la cultura al discurso del poder.

Instituciones que frenan la evolución espontánea de las expresiones del arte y la literatura como la Casa de las Américas, núcleo de programas y concursos para propagar el socialismo en el continente; la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica, el Instituto del Libro y otras que pastorean a escritores, músicos, pintores, actores, cineastas e historiadores inducidos a glorificar al Líder y sus aventuras bélicas y verbales, crear expiaciones colectivas e “intelectuales orgánicos” -Nicolás Guillén, Fernández Retamar, Lisandro Otero o Abel Prieto-, silenciar a poetas críticos -Reinaldo Arenas, Heberto Padilla, María E. Cruz Varela o Raúl Rivero-, desdeñar a escritores disidentes -Jorge Mañach, Gastón Baquero, Cabrera Infante o Manuel Díaz Martínez- y a historiadores heterodoxos como Levi Marrero y Moreno Fraginals.

No todos corearon la épica del “Hombre nuevo” ni aceptaron la narrativa de la violencia, la poesía bajo consignas o el “realismo socialista”. El precio del desafío generó sigilos y éxodos de periodistas, literatos y artistas que reinventaron el imaginario insular desde la nostalgia y la ruptura. Si en la primera mitad del XX la cultura cubana recibió el influjo trasnacional de los Estados Unidos, el encanto por las utopías, las dudas, melancolías y zozobras que imaginaron la escritura como restitución de mitos nacionales; la oleada intelectual empujada al exilio a partir de 1959 rediseñó el canon estético recibido y superó el mito de “la revolución inconclusa y el regreso del Mesías”, asumido por el nacionalismo desde plataformas simbólicas como el liberalismo, el catolicismo, el vanguardismo y el marxismo, tendencia impuesta por el Estado en la década del sesenta, cuando cesan los desafíos ideológicos y la cultura deviene en apéndice del Partido único -comunista-.

La usura del poder impuso el relato del poder, ceñido a la nueva órbita de influencia -la Unión Soviética, China y Europa del Este- que modela las relaciones de producción e intercambio, la enseñanza y la cultura, los medios de comunicación, el deporte y la estructura militar y política mediante asesores y suministro de recursos y tecnología. En tales circunstancias el periodismo, el arte y la literatura acataron las normas y lineamientos partidarios. El Noticiero Nacional de la Televisión, por ejemplo, aún difunde los desastres reales o soñados del mundo occidental, las maravillas del socialismo y los supuestos avances de la economía nacional. Similar letanía repiten el Noticiero del ICAIC, el diario oficial (Granma) y sus clones provinciales; así como la producción fílmica hasta fines de los 90. Todos apuntalan el relato épico y los pregones del socialismo.

Por su parte, las editoriales, reunidas en el Instituto Cubano del Libro, deciden qué  textos y autores deben circular o ser censurados. El mantra lectivo/selectivo es válido para las artes visuales, la música, el teatro, el ballet y espectáculos de la cultura tradicional -ferias, carnavales, guateques-, pues la estética se supedita a la política.  

El diseño de la cultura como instrumento del poder creó una cultura cautiva, salvo para los creadores exiliados y los comunicadores independientes nucleados en Convivencia, el Semanario digital Primavera, Cubanet, Estado de Sats, 14ymedio.com, Diario de Cuba y en diversos blogs y otras páginas online que desnudan la desmesura totalitaria y el pensamiento único aplicado por un ejército de comisarios políticos con lenguaje hostil, paranoias, censuras, y situaciones entre patéticas y esperpénticas recreadas por autores que fabulan con sorna e ironía ese mundo en crisis poblado de “hombres nuevos”, es decir, de seres miserables y oportunistas que delatan, aplauden, huyen…

A principios del siglo XXI casi nadie recuerda la épica de los años sesenta, son muchos los ecos de lejanas escaramuzas, discursos, desfiles y batallas del imaginario simbólico entre una isla autobloqueada y su vecino del norte, receptor de exiliados y posible exportador de capitales y tecnologías para rasgar el muro del viejo señorío marxista del Caribe. A modo de contrapeso, se internacionalizó la cultura desde el exilio, mientras en la década del noventa “la narrativa cubana dio vida a nuevos personajes que invadieron las fábulas” e incorporan “mundos alegóricos y simbólicos de espesor”, además de “observar la realidad inmediata desde otra tensión social” y reescribir la actitud juvenil ante la historia.

Roberto Fabelo, óleo Equilibrista y teatro de títeres.