Good Bye, London. / Miguel Iturria Savón

Imagen de Londres

El Reino Unido le dice adiós a la Unión Europea. Se sumó en 1973 y en 2016 aprobó el Brexit para divorciarse, un referéndum que enconó la dinámica interna y los nexos del continente con Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda del Norte, más los 14 territorios de ultramar, pues Reino Unido es centro de la Mancomunidad Británica -Commonwealth- formada por 3 países de Europa, 13 de América, 7 de Asia, 11 en Oceanía y 19 en África, todos independientes pero dieciséis de ellos representados por la Monarquía británica.

Good Bye, London, dicen en Europa, donde el desdén rumia y las entidades burocráticas se reajustan. ¿Qué pasará? Nada. Cada cual seguirá su rumbo, dejan de ser aliados, competirán por los mercados, el flujo de capitales, los recursos y el turismo. Los datos hablan. El mapa de Europa incluye a 49 naciones con un área de 10,18 millones de kilómetros cuadrados y 742,6 millones de personas en 2018; solo 27 de esos países forman la Unión Europea -fundada en Roma en 1957 como Unión Económica y reciclada en 1993 como Unión Europea- cuya área es de 4, 325 millones de kilómetros cuadrados y 512,5 millones de habitantes.

Al aplicarse el Brexit en 2020, la Unión Europea pierde 244,023 kilómetros cuadrados y 66 millones de personas. El Reino Unido dejará de obedecer y de nutrir con impuestos al Parlamento Europeo -del cual se retiran sus 73 Eurodiputados-, el Consejo Europeo, el Consejo de la Unión Europea, la Comisión Europea, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, el Banco Central Europeo y el Tribunal de Cuentas. La fractura era evidente pues el Reino Unido es una de las diez economías más importantes del mundo y parte de su élite se sentía «oprimida» por las regulaciones burocráticas de la Unión Europea, una Unión que es o intenta ser un Bloque Geopolítico y actúa como «Comunidad política de régimen sui géneris que propicia y acoge la integración y gobernanza en común de sus estados…»

La Unión Europea es realmente sui géneris porque auspicia la fusión económica y política, el mercado sin fronteras, la moneda común, el libre flujo de productos y personas -Espacio Schengen-, pero su demencial burocracia supraestatal, la complejidad multicultural y el desnivel económico entre las naciones del norte -Alemania, Suecia o Francia- con las del este -ocupadas por la URSS de 1945 al 1991- y del sur -Grecia, Italia, España, Portugal-, más la presión imperial de Rusia y las oleadas migratorias de asiáticos y africanos ponen en peligro el «sueno humanista europeo».

La Unión asume el Adiós de Reino Unido y la posible fragmentación de países con movimientos nacionalistas -España, Bélgica, los Balcanes-. Europa teme a los nacionalismos desintegradores pero permite que políticos prófugos de la justicia española vivan en libertad en Bruselas -capital de la Unión- y les concede el Acta de Eurodiputado aunque no puedan ir a Madrid a firmar la designación. La ambivalencia gravita a su vez en las relaciones con Rusia, Turquía y China.

La Unión Europea, en fin, es más frágil que la gélida y eficaz Canadá, un estado federal adscripto a la monarquía británica que posee casi diez millones de kilómetros cuadrados, enormes recursos y solo 36 millones de habitantes en diez provincias y tres regiones. Por no hablar de los Estados Unidos de América, la primera potencia económica, política, tecnológica, cultural y militar del planeta, aliado del Reino Unido y de la Unión Europea, aunque compiten entre sí y les exige mayor aporte en la lucha contra el terrorismo internacional lo cual provoca discrepancias…

El Reino Unido se va de la Unión Europea pero ambos siguen su marcha. Cada país enfrenta sus desafíos. Las élites se reciclan en el poder. Good Bye, London.