Kikomoris y algo más. / Miguel Iturria Savón

Imagen de Tokio, capital de Japón

¿Qué haríamos si fuéramos japoneses? ¿Será atractivo vivir en una de las 6852 islas del archipiélago del Sol naciente, o transitar por la superpoblada Tokio, capital del Estado imperial asiático? Mi primer encuentro con lo japonés fue en la adolescencia gracias al cine, aquellos filmes sobre batalladas medievales dirigidos, entre otros, por Kurosawa, e interpretados por Toshiro Mifune o Tzintaro Katsu, despertaron mi admiración por los samuráis, las artes marciales, los haikus y la historia de Japón. Japón fue después una asignatura en la Universidad y el preámbulo para leer las narraciones de Mishima, Murakami y Kawabata, además de visualizar a Mazinger, Voltun 5, Akira y otros dibujos animados durante el boom de la manga.

Sé quién soy y no quiero convertirme en tantas cosas promovidas por mercaderes y políticos. Me atrae lo japonés pero no me imagino en Honshu, Hokkaido, Shikoku ni en ninguna islita de la Prefectura de Okinawa, famosas por el karate y otras artes marciales. Nací en una isla y me abruman las islas. Los japoneses, además de laboriosos y tenaces, son belicosos y me asustan. Me explico: con menos de medio millón de kilómetros cuadrados vencieron en 1905 a Rusia -de 17 millones de kilómetros cuadrados-, invadieron y ocuparon en 1937 a China -otro súper dragón- y atacaron la base naval de los Estados Unidos en Pearl Harbor (Hawái), el 7 de diciembre de 1941 y, como si fuera poco, se lanzaron contra las posesiones del Imperio Británico en Hong Kong, Malasia y Singapur. Tras dominar casi toda Asía, los nipones fueron vencidos y ocupados en 1945, con bomba atómica en Nagasaki e Hiroshima.

Me lío con la historia pero no sigo. Los japoneses son raros y fascinantes, quizás más herméticos que los hebreos. Cada vez que leo algo de o acerca de Japón, resulta sorpresivo, por absurdo, interesante o desconocido. Casi todo fluye entre los nipones: geishas, robots, ninjas, yakuzas (familias mafiosas más crueles que la mafia rusa o la italiana), monjes sintoístas, budistas o cristianos -minoritarios-, más los antiguos rituales y ceremonias, sobre todo el de la casta imperial, tan hierática como los faraones egipcios.

Para no abrumar con historias y leyendas japonesas refiero mi sorpresa al visualizar un video sobre los Kikikomoris, unos jóvenes entre 18 y 28 años que se aíslan en casa y no se asoman ni a las ventanas, lo cual preocupa a los padres quienes contratan a una “hermana de alquiler” que cobran diez mil yenes al mes para visitar una vez a la semana al chico auto recluido. Hay diversa notas e imágenes en Internet sobre el tema. ¿Son raros, depresivos, noctámbulos o se sienten mejor consigo mismo? Quizás los Kikikomoris de Japón sean asimilados en Suecia, Noruega o Finlandia, donde millones de personas se aíslan y borran hasta la dirección y el teléfono de sus hermanos, padres y abuelos. En España ni se enterarían de su existencia. En África y en países de Hispanoamérica serían objeto de burla.