Utopía de un hombre cansado. / Miguel Iturria Savón

“Utopía de un hombre que está cansado”, de Jorge Luis Borges, es uno de los relatos de El libro de arena, editado varias veces pese a no ser tan notorio como “El Aleph”, “El Congreso”, “El inmortal”, “Los teólogos”, “Deutsches Réquiem” y otros que recrean sus obsesiones y temas, enlazados con la cultura de diversos países y épocas lo cual universaliza su obra, “situada ya por encima de las diferencias idiomáticas, las posiciones ideológicas o los doctrinarismos de escuela”, pues el saber y la sensibilidad de Borges se expresan en la estética de la inteligencia, esa “inimitable fusión de mentalidad matemática, profundidad metafísica y captación poética del mundo”.

Entre sus cuentos, de prosa impecable, concisa y alegórica, Borges prefirió “El Congreso”, “El Aleph” y “El otro”, quizás porque prodigan más la fusión de los recuerdos y la fantasía. A esos títulos se añaden, entre otros, “Funes el memorioso”, “Tema del traidor y el héroe”, “La muerte y la brújula”, “El milagro secreto” y “Utopía de un hombre que está cansado”; el último asocia un ensueño humano -el no lugar como espacio deseado- con la figuración onírica y la imaginación profética.

La entrada es genial: “No hay dos cerros iguales, pero en cualquier lugar de la tierra la llanura es una y la misma. Yo iba por un camino de la llanura. Me pregunté sin mucha curiosidad si estaba en Oklahoma o en Texas o en la región que los literatos llaman la pampa…”

“El camino era disparejo. Empezó a caer la lluvia. A unos doscientos o trescientos metros vi la luz de una casa. Era baja y rectangular y cercada de árboles. Me abrió la puerta un hombre tan alto que casi me dio miedo. Estaba vestido de gris. Sentí que esperaba a alguien. No había cerradura en la puerta.

Entramos en una larga habitación con las paredes de madera. Pendía del cielo raso una lámpara de luz amarillenta… En la mesa había una clepsidra… El hombre me indicó una de las sillas”.

Resumo el diálogo entre el anfitrión, de “rostro severo y pálido”, y el visitante, un profesor y escritor de cuentos de setenta años. El anfitrión ha vivido cuatro siglos, ha construido su casa, trabajado la tierra y creado los muebles y objetos; le habló en latín, pues “la tierra ha regresado al latín”; lo invitó a comer y platicaron sin gesticular. Solo “de siglo en siglo” recibía alguna visita. Había leído Los viajes de Gulliver y la Suma Teológica, alegó que a nadie le importan los hechos, sino la duda y el arte del olvido. “Eludimos las inútiles precisiones. No hay cronología ni historia, ni estadísticas”.

El coloquio entre dos hombres de tiempos diferentes es inusual, el anfitrión no tiene nombre y afirma no leer sino releer, le muestra la Utopía, de Tomás Moro, impresa en Basilea en 1518, y agrega: “La imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios”. Habla de su “curioso ayer, cuando el planeta estaba poblado de entes colectivos, el Canadá, el Brasil, el Mercado Común… / Todo se leía para el olvido, porque a las pocas horas lo borrarían otras trivialidades…Las imágenes y la letra impresa eran más reales que las cosas…La gente era ingenua… / Ya no hay dinero, ni quien adolezca de pobreza ni de riqueza… / No hay ciudades, no hay posesiones ni herencias. Cuando el hombre madura a los cien años, está listo para enfrentarse consigo mismo y con su soledad:

Cumplidos los cien años, el individuo puede prescindir del amor y de la amistad. Los males y la muerte involuntaria no lo amenazan. Ejerce algunas de las artes, la filosofía, las matemáticas o juega a un ajedrez solitario. Cuando quiere se mata…”

Al preguntarle que sucedió con los gobiernos, responde que “fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos…”

El final es sorpresivo, recuerden que el hombre “esperaba a alguien” y “estaba vestido de gris”.

Será mejor leer el relato de Borges y otros títulos de ficción utópica como Un mundo feliz y La isla, de Aldous Huxley; Horizontes perdidos, de James Hilton, o La nueva Atlántida, de Francis Bacon. Como existe asimismo la distopía, sugiero algunas novelas distópicas: 1984 y Rebelión en la granja, de George Orwell; El fugitivo, de Stephen King; No me abandone, de Kasuo Ishiguro, o La naranja mecánica, de Anthony Burguess, llevada al cine y la Televisión como la serie Black Mirror, todas inquietantes, pero no tanto como vivir realidades terribles y encubiertas por políticos, teólogos y mercaderes de supuestos paraísos.