Crónica de verano. / Miguel Iturria Savón

Me da pereza escribir sobre la realidad porque “lo real” es tan casuístico como abarcador. Tal vez porque parece otra metáfora kafkiana del confinamiento. A lo mejor por el desdén hacia quienes difuminan la realidad en ideas contra la realidad. O por la vocación de sombra del social activismo y sus marionetas de furia, los aquelarres de odio de seres drogados por la corrección política.

El verano de 2020 exhibe las trampas de la manipulación. Destruir, triturar, prohibir, censurar. La febril combinación de estupidez y paranoia enlaza con la moralina pintoresca de los mercaderes del buenismo. Los “puritanos” enseñan lo que debemos pensar, no cómo pensar, pues “todo lo que no sangra explota”.

Tragedias sin aristas ni rubor. Tirar estatuas, prohibir filmes clásicos ajenos al paladar de los radicales del fuselaje político y religioso. Minutos de gloria para los incautos  en la metacomedia del pos virus chino.

Me da pereza reseñar el ritual hipnótico y brutal del verano del 2020. Me recuerda a aquellos guerreros bárbaros que asolaron a Roma y otras ciudades y luego vagaban hambrientos entre sus templos y murallas.