Dos poemas de Reinaldo Arenas. / Miguel Iturria Savón

El narrador, poeta y dramaturgo cubano Reinaldo Arenas Fuentes (Holguín, 1943-New York, 1990), fue un literato de estilo inconfundible, obra prolífica y retos pocos comunes. En Cuba publicó Celestino antes del alba y escribió una decena de libros editados en Francia y otros países, motivo esencial de su detención en 1973. Transitó por cárceles como El Morro, La Cabaña y el Combinado del Este. En la primavera de 1980 aprovechó el éxodo masivo por el puerto del Mariel y se marchó a la Florida. En los Estados Unidos creó la revista Mariel, disertó en universidades, grabó documentales sobre la situación de Cuba y publicó, entre otros, Otra vez el mar, El color del verano, El mundo alucinante y la biografía Antes que anochezca, llevada al cine. Su estilo mágico-realista gravita en sus novelas, relatos y poemas. Les dejo dos poemas representativos de su enorme talento, ironía y sentido crítico.   

  Soneto desde el infierno (La Habana, 1972)

Todo lo que pudo ser, aunque haya sido,
jamás ha sido como fue soñado.
El dios de la miseria se ha encargado
de darle a la realidad otro sentido.
Otro sentido, nunca presentido,
cubre hasta el deseo realizado;
de modo que el placer aun disfrutado
jamás podrá igualar al inventado.
Cuando tu sueño se haya realizado
(difícil, muy difícil cometido)
no habrá la sensación de haber triunfado,
más bien queda en el cerebro fatigado
la oscura intuición de haber vivido
bajo perenne estafa sometido.

  Autoepitafio (New York, 1989)

Mal poeta enamorado de la luna,
no tuvo más fortuna que el espanto;
y fue suficiente pues como no era un santo
sabía que la vida es riesgo o abstinencia,
que toda gran ambición es gran demencia
y que el más sórdido horror tiene su encanto.
Vivió para vivir que es ver la muerte
como algo cotidiano a la que apostamos
un cuerpo espléndido o toda nuestra suerte.
Supo que lo mejor es aquello que dejamos
-precisamente porque nos marchamos-.
Todo lo cotidiano resulta aborrecible,
sólo hay un lugar para vivir, el imposible.
Conoció la prisión, el ostracismo,
el exilio, las múltiples ofensas
típicas de la vileza humana;
pero siempre lo escoltó cierto estoicismo
que le ayudó a caminar por cuerdas tensas
o a disfrutar del esplendor de la mañana.
Y cuando ya se bamboleaba surgía una ventana
por la cual se lanzaba al infinito.
No quiso ceremonia, discurso, duelo o grito,
ni un túmulo de arena donde reposase el esqueleto
(ni después de muerto quiso vivir quieto).
Ordenó que sus cenizas fueran lanzadas al mar
donde habrán de fluir constantemente.
No ha perdido la costumbre de soñar:
espera que en sus aguas se zambulla algún adolescente.