Dios en las cárceles de Cuba. Miguel Iturria Savón

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Tras recibir en 1989 el Premio de Poesía Julián del Casal de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), la voz de María Elena Cruz Varela resonó entre poetas, escritores y lectores de aquella isla acosada por huracanes, desfiles y discursos tribunicios. La autora de Afuera está lloviendo, Hija de Eva, El ángel agotado y La voz de Adán y yo no imaginó que pasaría de los premios al acoso policial por crear el Grupo Criterio Alternativo y difundir la Carta de los Diez, demasiado crítica para el viejo gobierno de Fidel Castro quien desató a sus jaurías contra la escritora, golpeada y encarcelada antes de irse a España como exiliada en 1994. Cruz Varela fue calumniada hasta en el Noticiero Nacional de la Televisión por Carlos Aldana -ideólogo del Politburó Comunista- que exigió a los creadores “ser oficialistas” y distanciarse de esa “escritora casi desconocida que padece de neurosis histérica y de dudosa conducta moral…”

Dos años en prisión y una campaña internacional por su liberación fue la antesala de décadas de exilio. No la recuerdo ahora por aquellos versos suyos que leíamos en los años noventa, ni por sus numerosos artículos y conferencias en España, los Estado Unidos y otros países que premiaron sus poesía y su tenaz defensa de los Derechos Humanos en el gran cortijo caribeño, sino por Dios en las cárceles de Cuba, un libro de testimonios novelados que recupera con desgarro y soplo poético la memoria de las mujeres que resistieron el presidio político en Cuba. Dolorosa y conmovedora es esta obra armada con historias reales de mujeres encarceladas entre 1960 y 1994 en aquella isla que aún fascina a millones de borregos ideológicos.

Un libro de peso no recluido en el testimonio de las protagonistas ni en la angustia de la autora como prisionera política, quien sustituye los nombres y apellidos por las letras iniciales para atenuar humillaciones y distanciarse del desgarramiento propio, aunque revive a Ana Losada Ramírez, hilo conductor de la primera parte del libro, cita a las protagonistas de historias pospuestas, a sus compañeras de sombras “como única certeza” y a personajes que enlazan el discurso narrativo: la monja misionera Sor Ada, la atea Juana (“guajira del Escambray), Mundita -abogada asesinada por defender a prisioneros políticos- y sus antípodas: la fiscal Eulalia Perdigón y la oficial Migdalia Fragoso.

Los versos del Canto III de La Divina Comedia de Dante Alighieri vislumbran el espíritu de este libro dividido en dos partes: Dios en las cárceles de Cuba y Hay en mi corazón luces y sombras. “Por mi se llega a la ciudad doliente, /…al llanto duradero, /…a la perdida gente. / Me hizo mi alto hacedor por justiciero: / el divino poder me dio semblanza, / la suma ciencia y el amor primero. / Nada hay creado que en edad me alcanza, / no siento eterno, y yo eterno duro. / ¡Perded cuantos entráis toda esperanza!” Pero la evidente pérdida de toda esperanza de las prisioneras políticas no excluye la fe religiosa que sostuvo a la mayoría de ellas en su tránsito personal por el infierno, expuesto con elegancia y claridad, sin adjetivos baldíos para “domesticar el miedo” ni “embellecer” hechos que laceran la sensibilidad humana, lo cual condujo a la autora a “crear un sosías, una cómplice que cargara con la mitad de mi dolor, de mis aciertos y equivocaciones”.

En la Carta al lector, Cruz Varela advierte: “Todo está demasiado cerca… y no logro despojarme del pudor que siento…”, por lo que -“A la manera borgiana”- cree estar “desgarrada hasta el escándalo por sucesivas y contrarias lealtades”, y encontrarse “con la trampa del libre albedrío y dos caminos a escoger: callar… y fingir, como si nada hubiera sucedido, o contarlo casi todo, liberándome… del lastre y asumiendo los versos del poeta cubano Eliseo Diego: “No es por azar que nacemos en un sitio y no en otro, sino para dar testimonio”.

Certezas y contradicciones habitan este libro que abona la tradición de testimonios, memorias y biografías de personajes encarcelados como el comandante Huber Matos, autor de Cómo llegó la noche, o Armando Valladares –Contra toda esperanza-, quienes “testificaron en negro sobre blanco” ese mundo de silencio y crueldad que representó para ellos la cárcel en las primeras décadas del Castrismo. Sin embargo, Dios en las cárceles de Cuba coincide y difiere de los autores citados. Coincide pues testimonia y certifica la barbarie como norma y la estrategia del régimen para despersonalizar a los disidentes.

Difiere porque presenta de manera coral la cálida fragilidad “de las mujeres que lo arriesgaron todo, desde su corazón hasta la libertad” en medio de “la lógica embriaguez internacional que produjo… la revolución cubana”. Como aclara Cruz Varela, estas páginas no abracan todos los matices de cada vida, sino “la principal circunstancia que torció sus destinos” y “una tímida y humana necesidad de comunicación, un contar a modo de exorcismo liberador”, sin “rencor ni revanchismo en ninguna de nosotras”.

Y por eso fluye, duele, conmueve y nos exalta esta novela testimonial de 367 que engancha al lector a los procesos sumarios, “el ruido de las rejas”, los tensos diálogos entre prisioneras y guardianes que “desordenan el ritmo del corazón”, la arrogancia del director del penal, los monólogos con Dios, las golpizas, los reglamentos esperpénticos, el castigo por organizar sesiones religiosas y denunciar al exterior lo que sucede adentro, la diatriba revolucionaria que calca el lenguaje del poder, la humillación individual y colectiva, las celdas de castigo con sus ratas, humedad y camas de piedra, los suicidios, “las voces de las sin cara que reparten la pitanza”, el ambiente sofocante y amenazador, el uso de las presas comunes contra las políticas, las cartas clandestinas, los recuerdos familiares, “la tortura blanca” en Villa Marista y en el Hospital Militar de Marianao, el consuelo de la evasión, la lascivia y algunas relaciones homoeróticas…

En Dios en las cárceles de Cuba se agradece la selección del material novelado, la síntesis y la tensión, la introspección, la fuerza de los personajes vitales que retan la rutina del desastre sin alardes de heroísmo, el desenfado y la concisión al narrar las miserias propias y ajenas, el trabajo forzado, “el corredor de los muertos”, el equipaje de dolor de las suicidas, el olor del miedo que paraliza y distancia a amigos y parientes, la diversión de los verdugos, la solidaridad en la miseria y el magistral manejo de la jerga callejera en la segunda parte de la obra, donde coinciden prisioneras políticas -Tatiana López Riera, Virginia Cuevas Vázquez y Beneranda Curbelo Santamaría- con presas comunes caladas por el virus social y “enfermas de dudas y desconfianza”, como la pedagoga Glenda, la joven prostituta Yaremi, las lesbianas Deysi, Marlen y Viviam y las negras que celebran los rituales sincréticos de los dioses del Panteón Yoruba de Cuba, tolerados por las autoridades penales.

Dios en las cárceles de Cuba es, en fin, un fragmento literario del horror oculto tras la desinformación y el miedo como instrumento de dominación. Un manto de la memoria, restos del naufragio totalitario.

Esta novela ha sido editado varias veces en español e inglés desde el 2002 al igual que Juana de Arco: el corazón del verdugo (Premio de Novela Histórica Alfonso el Sabio 2003) y La hija de Cuba. Todas inéditas en la isla.