Un libro y un recuerdo de Mario Benedetti. / Miguel Iturria Savón

Acabo de leer El Césped y otros relatos, de Mario Benedetti, el escritor y poeta uruguayo exiliado en Cuba tras el golpe militar de su país (1973-1984), como si la isla fuera un paraíso de libertad bajo la dictadura que tomó el poder en 1959, año en que Benedetti escribió La Tregua, su novela más reeditada y llevada al cine al igual que Gracias por el fuego, exhibida por la televisión insular donde el rostro y la voz de Mario fueron cotidianos, sobre todo sus poemas “Padre Nuestro Latinoamericano” y “Te quiero”, ambos prescindibles pero difundidos hasta el hastío por su “estética del compromiso”.

Cuando conocí a Mario Benedetti en marzo de 1993 en un Ciclo de conferencias sobre revistas literarias de España e Hispanoamérica no lo asocié con el Gaucho Proletario del Movimiento Tupamaros, esa imagen “transferida” en sus poemas. Nos presentó Cintio Vitier, otro poeta culto, refinado y fiel a los entresijos de Palacio, quizás por cautela, no por seducción quimérica como el bardo uruguayo, tímido y respetuoso como los personajes de sus cuentos. Nadie mejor para acompañar a Benedetti en La Habana que Cintio Vitier, aunque la pasión revolucionaria de Mario antecede a la conversión de Cintio al Castrismo, pues el autor de La vida, ese paréntesis, La muerte y otras sorpresas, Montevideanos, Buzón del tiempo o El cumpleaños de Juan Ángel, fundó y dirigió el Centro de Investigación Literaria de la Casa de las Américas de 1968 a 1971 e integró el Consejo de Dirección de Casa, ese aparato de penetración cultural en el continente.

Mario Benedetti nació en 1920 y es junto a Juan Carlos Onetti e Idea Vilariño uno de los cultores más prolíficos de la Generación cultural de 1945. Antes de 1960 había publicado cuentos, poemas, novelas y reseñas sobre arte, literatura, cine y teatro, además de ganarse la vida en varios oficios antes de ejercer el periodismo y dirigir revistas literarias. Era un autor prolífico cuando lo nombraron como Jurado del Premio Casa de las Américas, le dieron trabajo en la misma y lo acogieron como exiliado entre 1976 y 1980; de La Habana se fue a Madrid, ciudad que alternó con su residencia de Montevideo.

Apenas he leído los poemas de Mario Benedetti, salvo “Táctica y estrategia”, muy útil para enamorar en años juveniles pese al lirismo austero. Supe que J. M. Serrat grabó el disco El Sur también existe y que D. Viglietti musicalizó otras piezas suyas, sin contar a los cantores y declamadores cubanos que nos agobiaron con el “Padre Nuestro”, el “Te quiero” y demás cursilerías benedettianas.

De Benedetti prefiero su novela La Tregua y colecciones de cuentos como Buzón de tiempo, Montevideanos y El césped y otros relatos. En La Tregua, su obra de más garra y vigor, aborda la soledad, la frustración y la cotidianidad gris de un hombre viudo y próximo a jubilarse que se enamora de una joven en la oficina. En casi todos sus textos de ficción el autor dialoga con ironía sobre la realidad, la mediocridad y la frustración de la clase media uruguaya, aunque Benedetti es el personaje de Benedetti en mucho de sus personajes, salvo en “La noche de los feos”, “Mis Amnesia” y “Jules y Jim”, tres cuentos inquietantes y antológicos incluidos en El césped y otros relatos.