Pirómanos. / Miguel Iturria Savón

Imagen del incendio de la Biblioteca de Alejandría

El tiempo, ese río que nos arrebata y nos consume como el fuego, ha sido testigo silente de éxodos, guerras, culturas, religiones e ideologías que acentúan mitos y coligan con la realidad y la historia, ligadas al tiempo como los objetos y los seres vivos, incluidos los humanos, la única especie que se cree inmortal e interroga a la naturaleza.

Pienso en el tiempo y recuerdo aquella crónica del narrador y periodista cubano Manuel Pereira quien asegura que Jorge Luis Borges expuso en Otras inquisiciones que el emperador Shih Huang Ti ordenó quemar todos los libros anteriores a él desdeñando tres mil años de historia y cultura china. A ese acto de piromanía dinástica le suceden otros de índole histórica, teológica, arquitectónica, literaria y jurídica.

Dicen que el emperador Nerón ordenó incendiar a Roma y subió a una colina para visualizar las llamas; el hecho no ha sido probado pero un sucesor de Nerón, Dioclesiano, redujo a cenizas en el 292 los manuscritos de alquimia de la Biblioteca de Alejandría. Décadas después el emperador Constantino, convertido al Cristianismo, tiró a la hoguera los escritos del herético Arrio.

Entre los incendiarios con poder figuran el Inquisidor hispano Torquemada quien en 1480 quemó el Talmud y libros escritos en árabe; mientras el monje Savonarola, de Florencia, promovió las “hogueras de vanidades” que redujo a cenizas a muchos espejos, cuadros, libros como el Decamerón y hasta cosméticos y utensilios de belleza. Por su parte, la Iglesia Católica creó en 1559 el Índice de libros prohibidos que durante siglos relegó los textos de literatos, filósofos y científicos como Rebeláis, Descartes, Montesquieu o Copérnico, además de códices prehispánicos de América y obras de artífices “infieles”; algo similar hicieron los pastores luteranos y calvinistas contra diversos autores y científicos ajenos a su versión teológica del mundo. La piromanía fue extensiva a califas, reyes, emires y Ayatolas del Islam.

El escritor español Miguel de Cervantes recreó en uno de los capítulos del Quijote la escena del cura, el barbero, la sobrina y la sirvienta del ilustre caballero tirando al fuego los libros de su biblioteca que lo enloquecieron. Ese ejemplo de censura doméstica tiene ecos en censores de estados, ideólogos y editores que intentan “salvarnos y protegernos” de textos nocivos. El fascismo alemán, el leninismo y/o estalinismo ruso, el Maoísmo chino o el Castrismo en Cuba santificaron el fuego y la censura para depurar a sus súbditos, aunque los constructores del socialismo usan mejor el filtro editorial que la hoguera pública.  

Los pirómanos siguen, como los narcisistas Shih Huang Ti o Nerón y los sectarios Torquemada o Savonarola. Desde fines del siglo XX contra Internet y la libertad de expresión, de asociación y libertades que pregonan la dictadura de la libertad. Internet, sin embargo, es un espacio de ideas, noticias, pugnas, agravios, tribus e imágenes que rivalizan y “queman” a los infieles del relato propagado. El fuego, invisible o ruidoso, echa raíces en diarios y telediarios enlazados a poderes públicos y/o privados.