Nota sobre el Tratado de Spinoza. / Miguel Iturria Savón

Releo el Tratado teológico político de B. Spinoza, publicado en 1670 en forma anónima y con lugar de edición falseado para evadir la censura y la demonización del autor, quien supo el impacto que causaría. No leo el original editado en latín, prohibido, traducido, reeditado y leído por filósofos, teólogos, historiadores y escritores como Goethe, Hegel y otras figuras que desdeñaron la prohibición y se hicieron spinocistas.

El Tratado fue -y es- tan iconoclasta que «amenazó los cimientos de la religión organizada». Alguien lo calificó entonces como «un libro forjado en el infierno», lo cual es absurdo pues Baruch Spinoza solo expuso con modestia, agudeza y respeto sus reflexiones sobre los seres humanos, la superstición, las religiones y la libertad de pensar sin miedo ni condicionamientos, además de disertar, como nadie hasta entonces, sobre las Escrituras: La Profecía, Los Profetas, La vocación de los hebreos, La ley divina, El motivo de la institución de la ceremonia, Los milagros, La interpretación de la Escritura, El Pentateuco y otros libros, La República y el derecho a pensar libremente.

Sin embargo, «pocos libros han suscitado tantas refutaciones, tantos anatemas, insultos y maldiciones: judíos, católicos, calvinistas y luteranos, todos los círculos bien pensantes y los mismos cartesianos rivalizaron en denunciarlo».

Ese libro explosivo ejerció una influencia enorme en la filosofía, la teología, el derecho y la sociología. Su autor fue un holandés de origen hispano portugués que vivió entre 1632 y 1677, al margen de Dios y de su familia desde que expulsaron de la Comunidad hebrea de Ámsterdam donde se vinculó a los círculos eruditos y sobrevivió puliendo cristales para instrumentos ópticos.

Spinoza, amado y denostado, es aún un antídoto contra los dogmas religiosos y políticos, contra la banalidad y la estupidez humanas. Les dejo unas notas de su Tratado teológico político y la invitación a leer aunque sea el Prólogo.

«Si los seres humanos pudieran dirigir todos sus asuntos con criterio seguro o si la suerte les fuese siempre próspera, no estarían dominados por ninguna superstición. Pero fluctúan penosamente entre la esperanza y el miedo… su alma es muy propensa a creer cualquier cosa…»

«… la mayoría de la gente se desconoce a sí misma… en su mayor parte, rebosan sabiduría cuando las cosas les va bien… cuando les va mal, no saben qué rumbo tomar e imploran consejo a todo el mundo…»

«… los más adictos a cualquier superstición son, precisamente, quienes sienten un deseo desmedido de bienes inciertos. Y… cuando se encuentran en algún peligro y no son capaces de valerse por sí mismos, imploran la ayuda divina… tachan de ciega a la razón… y creen, en cambio, que los delirios de su imaginación, sus sueños y sus pueriles necedades son respuestas de la divinidad…»

Glosa como ejemplo de miedo y superstición a Alejandro Magno, el cual, «…comenzó a recorrer a los adivinos en el momento en que aprendió a temer a la suerte en la Puerta de Susa… pero «tras vencer a Darío dejó de consultar a vates y adivinos…»

«… todo el mundo está expuesto a la superstición… diversa y voluble, como lo son todas las fantasías ridículas de la mente y los impulsos de la demencia, y que se sustentará en la esperanza, el odio, la ira, el engaño…»

«… resulta fácil inducir a la gente a adorar a sus reyes como dioses con el pretexto de la religión… / que realiza ingentes esfuerzos por adornar mediante el culto y la pompa con el fin de que se le considere un asunto de elevada importancia. Los musulmanes lo han logrado con gran éxito. Piensan que es, incluso, impío debatir, y lastran el juicio individual con tantos prejuicios que no dejan en la mente espacio alguno para razonar… ni dudar…»

«… para el pueblo, la religión consiste en considerar que los ministerios eclesiásticos son cargos, y sus oficios beneficios, y en tener en sumo honor a sus pastores…» Pero… la voluntad de propagar la religión divina degeneró en sórdida avaricia y ambición…»

«… de la religión quedó solo el culto externo, la fe como credulidad y prejuicios… para apagar la luz del entendimiento…»