La política según Hannah Arendt. / Miguel Iturria Savón

Leo La promesa de la política, de Hannah Arendt (Hannover, Alemania, 1906-New York, 1975), quien no escribió por encargo y honró el orgullo de pensar mientras ejerció como profesora de filosofía en las universidades de Berkeley, Princeton, Columbia y Chicago tras huir de Berlín y París donde vivió la erosión de Europa, arrasada por la guerra y el totalitarismo ruso y alemán.

Hannah fue discípula de Heidegger y Husserl y colega de Karl Jaspers quienes la ayudaron a liberarse de la tradición y aventurarse en la exploración del pensamiento occidental, expresada por ella en ensayos y conferencias sobre el poder y la autoridad: Los orígenes del totalitarismo (1951), La condición humana (1969), De la historia a la acción, Una revisión de la historia judía, La promesa de la política y otros reseñados, traducidos y editados en diversos países.

Si La condición humana es un libro básico para entender hacia donde se dirige la contemporaneidad, La promesa de la política -precedida por ¿Qué es la política y La vida del espíritu– reúne los escritos que redactó tras abordar el marxismo y publicar Los orígenes del totalitarismo. El mismo “constituye un examen crítico de la tradición occidental de pensamiento político desde sus orígenes en Platón y Aristóteles hasta Marx”, quien dinamitó la tradición, pero no se liberó de ella.

“Desde los tiempos en que Sócrates fue condenado a muerte por sus compatriotas, Arendt analiza a los filósofos que siguieron a Platón al construir sus teorías políticas a expensas de las experiencias políticas, incluyendo la experiencia griega pre filosófica del comienzo, la experiencia romana de la fundación y la experiencia cristiana del perdón. Es una narración fascinante, ingeniosa y original, que trata del conflicto entre filosofía y política…”

Para Arendt, la política no posee un “fin”, sino “el empeño nunca acabado por parte de la gran pluralidad de seres humanos por vivir juntos y compartir la tierra bajo una libertad mutuamente garantizada.

Lo más interesante de esta pensadora radica en la agudeza y el vigor de sus ideas y escritos, defendidos a contrapelo en medio de la Guerra Fría -décadas de 1950 a los 70-, cuando tras el fin de la Segunda Mundial la Unión Soviética ocupó parte de Europa e impuso su modelo totalitario, que intentó fabricar la realidad en base a los preceptos de Marx, “canonizado en la URSS como el filósofo rey de Platón”.

Hannah, como Sócrates, buscó la ecuación entre pensar y actuar; entendió que “no hay una ecuación política de la pluralidad con la libertad”, que los asuntos humanos suelen descarrilarse, que la fusión de  ideología y terror generó una nueva forma de gobierno en el siglo XX y la sociedad no es inmune al totalitarismo político.

Al decir de Jerome Kohn, “…Para Arendt, el mundo no es ni un producto natural ni la creación de Dios; el mundo solo puede aparecer por medio de la política, que en su sentido más amplio… es el conjunto de condiciones bajo las cuales los hombres y las mujeres en su pluralidad, en su absoluta distinción los unos respecto de los otros, viven juntos y se aproximan entre ellos para hablar con una libertad que solamente ellos mismos pueden otorgar y garantizarse mutuamente…”

Hannah Arendt creyó “que la política y la libertad son idénticas”, pero “la “libertad de hablar los unos con los otros” de la que emerge el mundo, “la libertad para independizarse y emprender algo nuevo”, la “libertad para interactuar por medio del discurso con otros muchos y experimentar la libertad…” es frágil y depende de factores y proyectos humanos que, como la serpiente, se enrosca sobre sí misma y se devora, y nos devora.