Ángel Pérez Cuza, ¿escritor del sur? / Miguel Iturria Savón

Ángel Pérez Cuza nació en 1955 en Guantánamo, ciudad y capital homónima del sudeste de Cuba, pero reside y ejerce como profesor de matemática en La Habana donde escribe crónicas y reseñas literarias en su blog. Entre sus libros aún circulan la novela Delito mayor y los cuadernos de relatos Ternera macho y otros absurdos y Anita y las cinco gordas, difundidos en España por Ediciones Espuela de Plata en 2005, 2007 y 2009. La Habana es el escenario esencial de su novela, en sus cuentos gravita lo rural, el mundo arcaico con acento paródico, un road movie con personajes que bordean el folklor y las tradiciones de la zona oriental de Cuba.   

Hay que tener talento, cultura asociativa, sensibilidad, agudeza y sentido del humor para escribir una obra como Delito mayor, cuyo centro estructural es La Habana, eje de aquella isla a la deriva entre 1990 y 2005, cuando la crisis devastó casi todo y la corrupción, el éxodo masivo y la represión sortearon la caída. Es difícil novelar con vigor y aparente sencillez expresiva la travesía cotidiana del personaje y la red de funcionarios y seres marginales que brotan en esta fantasía onírica que atrapa por igual al protagonista y su familia, a los vecinos, amigos y colegas de trabajo que pactan para subsistir en circunstancias adversas.

Como advierte el editor, Delito mayor “es la novela de un hombre que sueña para escapar de las angustiosas condiciones de su vida cotidiana. Las peripecias picarescas que realiza en el ambiente corrupto en que sobrevive lo llevan a buscar soluciones permanentes desesperadas, percibiendo la pobreza y la corrupción, su medio natural, como detalles del entorno, simple utilería de un escenario en que transcurren sus sueños. Pero sueña más de lo que supone, y debe pagar, como todos los que han cometido el delito mayor del hombre”.  

Si filmáramos Delito mayor, el guión adaptaría los sueños diarios del protagonista -Jorge Luis Falcón- con imágenes de su mísera vida y breves diálogos con personajes de su entorno real. En el primer plano un hombre pedalea al amanecer sobre la bicicleta, cruza ensimismado la ciudad hasta el almacén donde trabaja, la cámara lo sigue al bajarse, muestra a quienes saluda, la oficina con papeles dispersos, las naves de metal con mercancías, el timbre que suena… En los paneos sucesivos Falcón retorna abstraído, mira al asfalto e imagina escenas de una película, una mansión, la cárcel; al llegar al edificio sube la escalera con la bici al hombro, besa a la mujer y a los niños, limpia la jaula de los pollos y les echa pienso, después se ducha y, al cenar, los sorprende el apagón. En otras escenas, el protagonista visita en la cafetería del barrio a la amante negra que le ofrece ron y comida; es testigo del registro policial en la casa del vecino enriquecido; visita al Jefe de la empresa en su lujoso piso de la playa y acepta irse al Campamento del Plan alimentario (agrícola) donde todos trapichean al igual que en la gasolinera de Miramar, su nuevo empleo. Al final, la cámara recrea fragmentos de la última peripecia de Falcón: la construcción de la balsa y la trágica travesía marítima hacia la Florida, ¿real o soñada?  

“Sueña el que a medrar empieza, sueña el que afana y pretende”, evoca Falcón y pensamos en La vida es sueño, El gran teatro del mundo y otros dramas de Calderón de la Barca (Madrid, 1600-1681) manejados con originalidad por el imaginativo escritor cubano que explora los problemas sin ofrecer solución, quizás porque sabe, como Henry Beyle (Stendhal), que “Las novelas son espejos que pasean por la vía pública y reflejan tanto el purísimo azul del cielo, como el cieno de los lodazales de la calle”. 

El asombro, lo paradójico y alegorías que infieren hechos o tuercen realidades desde la fantasía componen la treintena de textos de Ternera macho y otros absurdos, un muestrario que deleita al lector e “invita a pensar en un mundo que es exótico para algunos e imposible para otros. Un mundo… con moralejas erróneas” y preguntas paródicas: “¿Puede un buey ser preñado? ¿Regresarían en masa los balseros? ¿Hasta dónde llega la fidelidad de un individuo maltratado por su señor?”

En Anita y las cinco gordas reúne varios relatos centrados en el reencuentro familiar de cuatro hermanas en el caserío del cual partieron para mejorar sus vidas. Como en algunos filmes cubanos de los años noventa, al retornar a la ciudad, la travesía deviene en odisea de carreteras. Brillan por su estructura, ritmo narrativo y sentido paródico los relatos “El Santo de San Luis”, “El hombre que viajaba demasiado”, “Matavacas” y las tres “Historias del Botero”. Según el editor, “Anita y las cinco gordas es una aproximación a los temas que han marcado la vida de muchos cubanos y conforman la peculiar idiosincrasia que les permite sobrevivir con dignidad en medio de las ruinas de sus sueños”.

Ángel Pérez Cuza tiene más libros inéditos que publicados en su país, quizás por ser un “electrón libre” y vivir al margen del monopolio cultural cubense. Tal vez por eso el blog es su “prueba de vida” y narra en sus post las angustias y ensueños de ese “pueblo virtual que parece un juego de la Deuda Eterna”. Ángel dispara a la inmediatez en “Clima e información”, de valor ensayístico, sobre el Calentamiento Global y la IPCC-Al Gore, cuestionada por científicos por ser “un grupo político que solo financia los proyectos que apoyan sus posiciones”; en “Rojo y negro” usa al mítico personaje de Stendhal al glosar la corrupción y los muertos por frío e inanición en el hospital siquiátrico de La Habana. El blog, bien, pero mejor sus libros, clic mediante en Internet.