Centenario de Astor Piazzolla. / Miguel Iturria Savón

Pocos genios de la música han sido tan denostados como Astor Piazzolla Manetti (Mar del Plata, 1921-Buenos Aires, 1992), quien arriba a su primer centenario de vida con homenajes en Argentina y otros países. El bandoneonista, compositor y arreglista renovó el tango con elementos del jazz y la música clásica; fue un virtuoso que vivió en New York y viajó por Europa donde estudió armonía, música clásica y contemporánea, evidente en sus aportes al ritmo, el timbre y la armonía de un género cuyos cultores tradicionales parecían hundirse en la nostalgia, el dolor y el desarraigo de cantores y orquestas.

Piazzolla no fue un snob irrespetuoso que compuso piezas híbridas de armonías disonantes, sino un artista sensible y febril de enorme talento y cultura musical, ajeno a compadritos, farolitos, esquinas de barrios bajos y otros tópicos recreados por los cantores de tangos y repetidos hasta el hastío después de Carlos Gardel, con quien tocó y actuó en uno de sus filmes siendo un adolescente.

“Vas a ser algo grande, pibe, te lo digo yo. Pero el tango lo tocás como un gallego”, le dijo Carlos Gardel en Manhattan al “canillita” de su filme El día que me quieras. Y fue profético. No imaginó, por supuesto, los tangos sinfónicos de aquel chico que triunfaría a pesar de los tangueros.

No voy a reseñar la vida y la carrera musical del gran Astor Piazzolla, sus maestros, influencias, composiciones y orquestas, pues ha sido redimido por jazzistas, interpretes de tango, de rock y cineastas -compuso decenas de piezas para el cine-, además de críticos, poetas y productores que lo consideran entre los músicos argentinos de mayor influencia internacional.