¿La guerra por otros miedos? / Miguel Iturria Savón

¿Alguien imagina un faro en la cima de una montaña? No, pues los faros suelen estar en un acantilado agreste para orientar a los barcos que cruzan bahías, fiordos y costas peligrosas. ¿Alguien ha visto molinos de viento en las costas? No, aunque algunas islas griegas exhiben esos artilugios antiguos. Los molinos de viento son comunes en la llanura de la Mancha donde Don Quijote los confundió con gigantes. Hay, sin embargo, artefactos eólicos, altos y blancos, en planicies y montañas de España; no son exclusivos del entorno rural de Hispania ni instrumentos de ficción especulativa.   

¿Alguien ha leído Utopía?, escrita en 1516 por el inglés Thomas More, al cual Erasmo de Rotterdam le dedicó el Elogio de la locura. Por su origen griego la palabra utopía se asocia con “buen lugar”, inversa al vocablo distopía, igual a “mal lugar”. Pero, Groenlandia, el Sahara y otros espacios nevados o desérticos del planeta Tierra no son buenos lugares para vivir pese a  estar habitados.  

La Utopía de Tomás Moro recrea una isla hipotética, un “no lugar”, irreal y ficticio, con un sistema político, legal y social perfecto según el imaginativo noble inglés, quien fue plagiado por Saint Simon y otros socialistas utópicos, y luego por el distópico Karl Marx, propagador del sistema social instrumentado por sus partidarios en Rusia, China y una isla del Caribe.   

Si la Utopía es un mundo ideal con seres iguales, seguros y asegurados por el trabajo, la salud y otros bienes garantizados por el Gobierno; la distopía desborda ese ámbito de apariencias, no porque desdeñe lo estático y lo homogéneo, sino porque novela un mundo imperfecto con brechas sociales, gobierno opresivo, censura,  vigilancia y prohibiciones.

Moro fue lector de Platón, aquel filósofo griego que escribió La República, donde narró una sociedad perfecta y utópica. Al género utópico de Moro se inscriben, por ejemplo, Una utopía moderna (1905), del inglés H.G Wells; El fin de la infancia (1953), de Arthur C. Clarke; La isla (1962), de Aldous Huxley, quien en 1932 publicó la distópica Un mundo feliz, antecesora, entre otras, de Nunca me abandones, del narrador anglo japonés Kasuo Ishiguro, distinguido con el Premio Nobel de Literatura.

La lista es tan ingente como el imaginario distópico de escritores, pintores, cineastas y productores de series audiovisuales atraídos por mundos raros y ensueños felices o monstruosos.

Las historias distópicas se inspiran en conflictos y desafíos que alteran la dinámica de un país o una región. Casi nadie asocia a Jack London, autor de Colmillo blanco, El lobo de mar y La llamada de la selva, con el género distópico, en el cual clasifica su memorable La peste escarlata y otros relatos de ciencia ficción, tan apocalípticos y angustiantes que no es posible leerlos de un tirón.

Las novelas Nosotros (1924), de Yevgueni Zamiatin; 1984 y Rebelión en la granja, de George Orwell; Fahrenheit 451, de Ray Bradbury; El cuento de la criada (1985), de Margaret Atwood; Los juegos del hambre, de Suzanne Collins y otras visiones apocalípticas, algunas llevadas al cine o a series de televisión como Black Mirror.

¿Pero por qué hablo de un tema tan literario? Quizás porque a  principios del siglo XXI la realidad empequeñece a la ficción y decenas de gobiernos decretaron estados de alarma en torno a un Virus, un virus entre los virus, pero usado como arma de parálisis social. ¿La guerra por otros miedos?

¿Alguien imaginó a millones de personas varados en aeropuertos? ¿Alguien supuso a medio mundo caminando con mascarillas? ¿Alguien imaginó los partidos de fútbol o de baseboll sin público, ciudades sin discotecas, cines, teatros, festivales de música; Semanas Santas sin procesiones, playas sin bañistas, gobiernos sin oposición? ¿El planeta silenciado por el miedo?