La pared de las palabras. / Miguel Iturria Savón

Imagen de la película La pared de las palabras.

Imagen de la película La pared de las palabras.

Hay películas que desafían las potencias del espectador, quizás por ser concebidas para perturbar o erosionar sus arquetipos, al igual que esos libros de risa oscura de escritores desconcertantes que sacuden nuestras certezas con historias reales o ficticias.

El drama La pared de las palabras, del cineasta cubano Fernando Pérez, es una cinta inquietante que visualizamos por el prestigio del realizador y los actores del reparto, además del título, poético y sugerente. Minutos después de sentarnos, la cinta nos desborda, agobia y golpea. ¿Qué pasa? ¿Por qué regodea ese mundo oscuro que preferimos evadir? ¿Otra cubanada de Fernando Pérez? ¿Hasta cuándo bordeará el desastre cotidiano de aquella isla?

Sí, el cine cubano llega y se pasa, testimonia y estira los pliegues inertes de la realidad maniatada por la infinita utopía socialista vendida por los Castro y sus fieles. Esa utopía forjada a contraluz se trocó en manicomio, delirante, oscuro y regresivo como todo manicomio.

Desde ese punto de vista, es válida la última película de Fernando Pérez, un realizador intuitivo y testimonial cuyos filmes se aproximan a la vida cotidiana, exaltan el valor de las pequeñas cosas y recrean los problemas reales de personas sumergidas, sin voz ni sueños. Es el tema esencial de sus largometrajes Hello Hemingway (1990), La vida es silbar (1998), Suite Habana (2003) y La pared de las palabras (2014).

En La pared… hay tres escenarios esenciales: el manicomio, la casa junto mar rodeado de objetos en ruinas, y La Habana como telón de fondo con sus basureros, automóviles viejos, gentes apresuradas y edificaciones deprimentes. Los escenarios y los personajes del filme son una metáfora de Cuba, dolorosa y sombría como los ocho personajes dramáticos de la conmovedora Suite Habana. Las escenas principales transcurren en el manicomio -la antigua Quinta Canaria, al sur de la ciudad-, donde sobrevive Luís -interpretado magistralmente por Jorge Perugorría-, recluido por padecer una distonía que le impide comunicarse a través del lenguaje hablado y corporal. Luis oscila como un muro infranqueable entre la institución médica y la casa familiar, gracias a su sacrificada madre -Isabel Santos-, buena de telenovela al igual que la enfermera encarnada por Ana J. Buduén. En torno a Luís cabalga la locura: un rubio rapado de mirada perdida, la maniática que altera el silencio -Laura de La Uz-, la síndrome de Down -Maritza Ortega- fascinada por Luís, y otros pacientes fantasmales. En la casa del protagonista deambulan su madre, el hijo menor que pinta -Carlos E. Almirante- y es mimado por la abuela llegada de Miami -Verónica Lynn- y la novia, colega laboral de la madre obsesionada, diferentes pero cubanísimas. El resto de la trama radica en los planos marineros y urbanos, cual contrapeso fílmico de la rutina del manicomio y el difícil ejercicio de comunicación que reta los límites del sacrificio.

Este filme, el más desolador de Fernando Pérez, es una reflexión patética, aunque al final ofrece una perspectiva plástica emotiva con el mar como referente. No es una película inferior, sino interior, hermética y alusiva. Muy diferente de Madrigal, una historia de amor convertida en ejercicio de estilo, “más artificioso que complejo”; de Madagascar, inspirada en el relato “Beatles contra Duran Duran” sobre el deterioro de la relación entre una madre y su hija adolescente.

El multipremiado Fernando Pérez es recordado por sus largometrajes poliédricos en los que la imagen narrativa desata perspectivas emotivas y alegóricas, en algunos recrea hechos y personajes históricos –Clandestinos, 1987, y José Martí, el ojo del canario, 2010-, mientras otros enlazan elementos futuristas con la visión micro del ciudadano, ligados a veces a íconos de la cultura –Hello Hemingway-.

Si en Clandestinos Fernando se suma a la “saga heroica” legitimadora de la revolución convertida en dictadura, en José Martí, el ojo del canario, se arriesga como guionista y director al tratar de humanizar al mítico Héroe Nacional, manipulado por políticos e historiadores y convertido en símbolo intelectual del Castrismo. El Martí de F.P no ofrece la biografía del personaje, sino fragmentos de su itinerario espiritual, anécdotas de vida entre los 9 y los 17 años, recreadas de forma lineal, quizás muy larga pero salvada por la fotografía de Raúl Pérez Ureta, cuyos lentes se tragan el filme, no así la música, de Edesio Alejandro, empeñado en calzar con sonidos las imágenes que fluyen de escenas sucesivas que a veces rompen el hilo y confunden al espectador.

En la vasta filmografía de ficción de Fernando Pérez, La pared de las palabras trascenderá como un doloroso testimonio  humano y epocal que agota la línea coral iniciada en Suite Habana, de mayor policromía, factura artística e impacto de público y crítica. Basta con verla una vez, pues la cinta desborda, agobia y golpea nuestra sensibilidad humana. Si es su propósito, vale.

Fernando Pérez, director de  cine

Fernando Pérez, director de cine

Cubalandia en New York. / Miguel Iturria Savón

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Cuando un espectáculo teatral escenifica pliegues inertes de la realidad, apenas envejece, o envejece a ritmo lento con las oscilaciones pendulares del entorno y la época que inspira o nutre esperpentos como Cubalandia Excursiones, el monólogo en tono de farsa devenido imagen de esa Cuba espesa, gris, bulliciosa y absurda del Castrismo tardío que fue exhibida en New York.

Cinco años después del estreno de Cubalandia en agosto del 2011 en el teatro “El ciervo encantado”, frente al Parque Villalón del Vedado, el discreto y sostenido desempeño profesional del elenco habanero volvió a resonar, pero no en La Habana ni en otra ciudad de Cuba, sino en mítica New York, donde fue nominado a los Premios ACE -Asociación de Cronistas de Espectáculos de New York- en actuación y dirección, galardones que quizás reciban Nelda Castillo y la camaleónica actriz Mariela Brito, quien impactó a críticos y espectadores de la gran city americana.

¿Cuál es el tema de Cubalandia? ¿Por qué impacta a espectadores y críticos que desconocen y, tal vez deploren, la algarabía y la patética realidad que satiriza? Recuerdo aquella noche de agosto del 2011: caminábamos hacia la entrada del pequeño teatro, ansiosos por ocupar las incómodas butacas, cuando escuchamos la peculiar voz de la actriz Mariela Brito, que avanzó de afuera hacia adentro -vestida y maquillada para actuar- mientras saludaba con jerga marginal a quienes esperábamos la apertura del salón. Fue un buen preámbulo, propio de un performance que “pasea por la realidad más actual de Cuba” e implica al público con el desenfado, la empatía, las gangarrias y la acentuada gestualidad de la protagonista, cuyo vestuario calza la riesgosa hermenéutica del lenguaje callejero.

Ya en escena, Mariela demostró que la “bolá”, “el acere”, “el cabilla”, el “trapicheo”, el peso convertible y el peso cubano no son simples vocablos cotidianos, sino soportes sociolingüísticos de las personas que intentan cambiar su estatus con nuevas relaciones o a través del comercio alternativo y otras formas de sobrevida urbana.

La actriz sabe apropiarse y encarnar a los jóvenes de esa Cuba veleidosa y gris, mujeres alegres, optimistas y audaces que oscilan entre el pillaje, la locuacidad y el deseo de imponerse saltando las excesivas normas y trabas burocráticas. Cubalandia Excursiones es una especie de agencia turística por cuenta propia, con “paquete a tu medida en cuc o pesos cubanos”; tiene un sabor satírico corrosivo condimentado en la mordacidad y el añadido de convertirse en instrumento visual y locuaz, al ofrecer el ángulo más ríspido de la realidad insular.

Para la actriz es un reto. Durante una hora de actuación tiene que derrochar talento y sentido del humor en un escenario negro y desolado, acompañada por efectos lumínicos y mucho regatón para enfatizar el discurso verbal que transporta al público a la calle, mientras ella responde al celular y explica su propuesta de viaje turístico por centros de La Habana, Varadero, Viñales, Trinidad y Santiago de Cuba, auxiliada por la efigie del Indio de la suerte, un poster panfletario de los hermanos Castro y, como telón de fondo, el mapa “Doble Moneda” del pintor Lázaro Saavedra.

Hasta la complicidad del público, dispuesto a resolver las cuentas y la conversión en divisas, parece concebida en el guión del vibrante e incisivo monólogo de “Yara La China”. Casi todo se dice sobre la Cuba de los de abajo. No faltan el camuflaje, las paradojas cotidianas, la cautela, la picaresca, el transporte y otros virus que degradan y contagian. El despliegue de energía de la actriz mantiene al público en jaque. Su desempeño escénico provoca sonrisas y carcajadas sombrías. A veces tensión e inquietud.

Bajo la dirección de Nelda Castillo y la asistencia de Sahily Tamayo, la actuación y performance Cubalandia Excursiones fue una propuesta de verano que un lustro después destila frescura y acerca al público de otros contextos a los problemas de aquella isla desde la representación teatral.

 

Norberto Fuentes, ¿ave fénix del Castrismo? / Miguel Iturria Savón

La autobiografía de Fidel Castro, de Norberto Fuentes

La autobiografía de Fidel Castro, de Norberto Fuentes

En medio del oleaje mediático sobre Fidel Castro y la caravana fúnebre que condujo sus restos de La Habana a Santiago de Cuba,  recibí un enlace de una amiga de Alicante con la “inaudita” declaración del escritor Norberto Fuentes sobre el difunto.

A mi amiga, como a muchos exiliados cubanos y, sobre todo, a los herederos dinásticos de F.C y sus devotos de la izquierda ingenua o caníbal de América y Europa, no le gustó lo expresado por Norberto acerca del Caudillo; sin embargo, nadie mejor que el autor de Condenados de Condado para desentrañar la personalidad, las vísceras y el legado de odio y manipulación del dictador caribeño.

No leí el enlace con las palabras o el escrito de N. Fuentes acerca de F. Castro o el Castrismo, cuya desmesura desborda mi sensibilidad. Pasé página, pero esbozo unas líneas sobre el escritor, quizás el heredero espiritual mejor modelado por el déspota fallecido.

De Norberto Fuentes (La Habana, 1943) solo leí su excelente colección de relatos Condenados del Condado (1968) y Hemingway en Cuba, un libraco imprescindible sobre la vida y milagros del gran narrador estadounidense en la isla. He leído, por supuesto, el Prólogo y varias reseñas críticas de Dulces guerreros cubanos (Seix Barral, 1999) y Narcotráfico y tareas revolucionarias (Universal, 2002); además de hojear La autobiografía de Fidel Castro, editada en dos volúmenes por Destino en 2007. Si Dulces guerreros… es una versión cínica y amoral de las aventuras y desventuras bélicas del General Arnaldo Ochoa y los gemelos Tony y Patricio de la Guardia, en la biografía novelada de F.C el escritor asume la voz del dictador, “encarnado por sí mismo”, lo cual libera al biógrafo de romper el cordón umbilical que aún lo ata al biografiado.

Hay que tener tiempo, paciencia y ganas de hurgar en la vida de Fidel y su dilatada castradura revolucionaria para leer esas obras del talentoso y tenaz N. Fuentes, quien sirvió sin pudor al régimen como periodista, militar, espía, narcotraficante y escritor, llegando a ser amigo personal de Fidel y Raúl Castro e íntimo del Coronel Antonio de la Guardia y del General Arnaldo Ochoa, ambos fusilados por orden de F.C en 1889, instante de blindaje castrense que puso fin a la luna de miel de Norberto con los Castro.

Creo que Norberto Fuentes fue -o es- un prisionero del límite, incapaz de romper el vínculo con aquella revolución del siglo XX que transitó de la libertad a la dictadura. Fuentes escribió en los diarios Hoy y Granma crónicas y reportajes compilados en antologías “épicas” –Cazabandido, 1963-69, Nos impusieron la violencia, 1986, y El último santuario, 1992- que le abrieron las puertas del poder. Al igual que el poeta Heberto Padilla, en cuyo caso estuvo implicado en 1971, Norberto fue premiado y demonizado, pero a diferencia de Padilla fue reivindicado y mimado con misiones secretas, medallas, dineros y residencias hasta caer en desgracia y naufragar en el limbo transitorio del ostracismo, del cual salió en avión exclusivo hacia el  exilio en 1994, gracias a la mediación del PEN American Center, de Gabriel García Márquez, William Kennedy, Felipe González y Carlos Salinas de Gortari.

En el exilio, Norberto no combinó las armas con la escritura, sino la pluma con los recuerdos de sus múltiples datos, enlaces y capacidad literaria. En los Estados Unidos y España publicó libros que desmitifican la ilusión épica pregonada por la maquinaria cultural del Castrismo. Pasó, pues, de pregonero a crítico del pregón sin perder la desmesura inoculada por la poética del desparpajo, ajena a expiación de culpas y juicios morales. Fiel a sus admirados Ernest Hemingway y F. Castro, paradigmas del macho-macho y de la casta guerrera que lo aupó y aún le sirve de referente y tema literario.

No sé si N. F es un exiliado de los Castro o el Ave fénix del Castrismo. No me interesa la literatura infinita sobre revoluciones y personajes épicos. Por eso no leo al prolífico Norberto Fuentes, pero cito sus libros para quienes deseen desandar aquel proceso lúgubre que dispersó por medio mundo a casi tres millones de cubanos, ávidos por sobrevivir al difunto F.C y sacudir tantos mitos, agonías y hojarasca patriótica.

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Lenin, seducción y mausoleo. / Miguel Iturria Savón

Imagen del libro Un seductor...

Imagen del libro Un seductor…

Un seductor llamado Lenin, de Cecilia Molinero Flores, publicado por Fussion Editorial, devuelve a mi memoria el retrato del personaje calvo, serio y enigmático que presidía los salones y actos de la Cuba pro soviética de mi infancia y juventud, donde fue un vértice del triángulo divino junto a F. Castro y K. Marx, cuyos panfletos políticos estudiamos en la Universidad.

El Lenin de Cecilia Molinero es el mismo, pero menos anacrónico, hierático y santurrón; un hombre de su tiempo con sus gustos, manías, virtudes y defectos que amó y manipuló a su madre, hermanas, esposa y amantes, con las cuales sostuvo una vasta correspondencia y tuvo hijos -y nietos- a los que abandonó por su “entrega absoluta al Partido y la Revolución”, centro de su labor política antes y después de tomar el poder, cuando sus camaradas del Politburó comunista le inventan una leyenda rosa y momifican sus restos, aún en el Mausoleo de Moscú, como pirámide de peregrinos del socialismo.

Para mí, es difícil leer de o sobre Lenin, pero el libro de Cecilia, breve, cálido y explícito, puede ser de interés en días de otoño para lectores curiosos que, recogidos en el sofá, deseen redescubrir al líder ruso con vocación de profeta y alma de Robín Hood.

Cien años después, ¿quién pensaría que el guardián del Kremlin no fue el personaje ascético casado con su virtuosa esposa-secretaria, sino un seductor que desató pasiones entre amantes y secretarias, una de las cuales lo chantajeó por desdén?

La autora apenas bucea en la biografía del protagonista, sino en instantes de su vida íntima y familiar asociados al hombre en sí -y para sí-, sin la rigidez expositiva pautada por biógrafos e historiadores ligados al mito ideológico del Estado soviético. Su estilo, sencillo y directo, oscila entre la crónica, el ensayo creativo y la síntesis biográfica. Se nutre, por supuesto, de artículos y testimonios, biografías, cartas, memorias y otros documentos y fotos obtenidos en archivos de París, Suiza, Estocolmo y Moscú.

Sabíamos que Lenin, además de escribir ensayos y discursos sobre el capitalismo, el imperialismo y las tácticas y estrategias para tomar el poder y adecuar la realidad a la doctrina marxista, fue un conspirador hermético y un gobernante tenaz que escuchaba, persuadía o excluía para lograr sus fines. ¿Qué aporta entonces Cecilia Molinero en su cálida, amena y honesta mirada sobre Lenin?

Lo esencial está en la relectura femenina y el enfoque humano dado al personaje que trasmutó la dictadura de los zares por la dictadura del proletariado en Rusia. Cecilia le resta capas al mito al revelar la dependencia de Lenin de su madre y hermanas, dependientes a su vez de la pensión de estado del padre difunto y de las propiedades heredadas del abuelo -el judío converso Moisesh Blank-, lo que les permitió estudiar, viajar y vivir sin agobios en varios países de Europa, donde se camufló como “un artista del engaño” y usó nombres falsos: Volodia, Toulin, William Frey, Petroff, Iván Fedorowitsch…

Un seductor… corre la cortina sobre los rasgos personales relegados por la historiografía oficial de Lenin, ese hombre de “figura tosca y fornida”, “tacaño y ahorrativo, orgulloso y desconfiado”; a veces “distante, frío y no amable, pero con absoluta confianza en sí mismo…” Sin “amigos íntimos, sino compañeros pues valoraba la lealtad política por encima de la simpatía…”; además de “detestar las críticas, los chismes y la libertad de expresión”.

Según la autora, Lenin “No era hombre de acción, como… Trotsky e incluso Stalin; nunca participó en una manifestación… Era un táctico, lo suyo era la clandestinidad…”, aunque “…se movía bien entre bastidores…” y obtuvo la protección de Fedor Kerensky -padre de A. Kerensky al que Lenin le dio el golpe de Estado en octubre de 1917- y se relacionó con personajes variopintos: Kamo -célebre atracador de bancos y amigo de Stalin-, el agente zarista Malinovski -fusilado por Stalin después-, el cantautor Montehus, los escritores M. Gorki y Curzio Malaparte, y camaradas del Partido como Martov, Trotsky, Lev Kamenev o Clara Zetkin.

El plato fuerte de Un seductor llamado Lenin, reside en sus nexos pasionales y utilitarios con las mujeres. “Le gustaban las mujeres con clase, detestaba la vulgaridad y nunca se relacionó a nivel personal con miembros de la clase obrera…” El tema  contradice la mojigatería adjudicada por sus biógrafos, cuando “tener una amante formaba parte de la idiosincrasia rusa, había una alta tasa de prostitución y las enfermedades se propagaban”. Lenin recibió tratamiento contra la sífilis.

Advierte que “…fue un hombre de ideas bastantes conservadoras en cuanto al sexo”, es decir, “un progre de galería”; pero le dedica un capítulo breve a cada una de las mujeres de su vida, incluidas la madre, hermanas, la esposa y las principales amantes: detalles de encuentros, citas de cartas cruzadas y las posibles huellas dejadas en él por María Ivanova, Apolinaria Yakuvoba, Nadia Constantinova -o Krupskaia, su esposa-, Alexandra Mihailkovna, Lena -con la que tuvo un hijo que reconoció y abandonó-, Lise de K. (una “burguesa virtuosa del piano” que publicó sus memorias), Inesa Armand, la más mediática y amada por Lenin, pese a estar casada, tener varios hijos y otro con Lenin -entregado a un matrimonio comunista-, y Lidia Alexandrovna Fotieva, Secretaria, confidente y última amante.

En el capítulo final, “Claroscuros de un hombre”, Cecilia culmina el retrato de Lenin con pinceladas sin morbo. Evoca, por ejemplo, su primer encuentro con Trotsky y la impresión de cada uno; la “monótona vida en el Kremlin”, los últimos días, el “secretismo absoluto” sobre su vida, sus gastos y la leyenda de modestia “espartana”, las calles, estatuas y museos dedicados a él, venerado como el Dios de la revolución, pese a sus manías y banalidades anotadas en los diarios del Kremlin, donde aún reposa en su urna de cristal.

Como Happy end, un dato curioso: Vladimir Putin, Presidente de Rusia, está vinculado a Lenin a través de su abuelo, cocinero personal de este y luego de Stalin.

De Milán a Barcelona. / Miguel Iturria Savón

Miguel y Yasser Iturria en la Plaza del Duomo de Milán

Miguel y Yasser Iturria en la Plaza del Duomo de Milán

Si miramos por la ventanilla mientras volamos de Atenas a Milán, nos extasía la colorida alfombra de islas, lagos y montañas del mar Egeo y el magnetismo de las ciudades del Adriático italiano columpiado por trombas de azules y grises fríos. De Milán a Valencia o Barcelona, la escotilla del pájaro de metal ofrece otro tapiz de ínsulas en movimiento que desvelan colinas verdes o nevadas, ríos sinuosos, playas ocres y amarillas próximas a pueblitos con iglesias desperdigados por Córcega o Cerdeña, Eolias, Palma de Mallorca, Ibiza…

Con el susurro de voces y el ruido de motores al aterrizar, caemos de los predios de Dios y sus fronteras de algodón destiladas por la cascada de luces del Mediterráneo, relegada por el ajetreo del  aeropuerto y por la búsqueda del Metro, el taxi o el autobús hacia la ciudad.

Si el cielo es una estela rasgada de azul, Valencia seduce con su elegancia y por el ritmo marino de azafrán ibérico zarandeado por fenicios, cartagineses, romanos, godos y árabes, cuyas huellas resurgen en la toponimia metropolitana -de millón y medio de habitantes- y en la famosa huerta, fabulada en Cañas y barro, La barraca y Entre naranjos por el prolífico Vicente Blasco Ibáñez,  contemporáneo del escultor Mariano Benlliure y el pintor Joaquín Sorolla, maestros del realismo y el impresionismo español y europeo.

Valencia, luminosa y colorida como los lienzos de Sorolla, está situada a orillas del río Turia, el Golfo de Valencia y del Parque natural La Albufera. Es municipio y capital de la provincia y la Comunidad homónima del Mediterráneo oeste español, célebre por sus playas, puertos y ciudades balnearios articulados por tren y carreteras con decenas de pueblos festivos que aún cultivan cítricos, olivas, flores, frutas y vegetales.

El ritmo de proporciones y medidas del contorno urbano, bulle en la red de hoteles, plazas, museos, universidades, comercios y edificios neoclásicos, eclécticos y futuristas de Valencia, decorados con colores claros y rodeados de flores y fuentes de agua que cautivan a residentes y viajeros.

A quien no conozco a Valencia, le sugiero sumergirse en la tribu de turistas que en primavera recorre las Fallas, ese festival de esculturas satíricas labradas en cartón piedra y destinadas al fuego-; disfrutar una corrida de toros en la plaza circular que colinda con la bellísima Estació Nord -de trenes-, o vagabundear como yo por el Palau de la música, sede del Concurso Internacional de piano de Valencia, y luego tomar el ómnibus hacia la futurista Ciudad de las artes y las ciencias, o el modernista Mercado Central, la Lonja de la Seda, el Instituto Valenciano de Arte Moderno, el imponente Museo nacional de cerámica y, si queda tiempo, comer en la Ciutat Vella- y entrar en la Catedral de Santa María de Valencia, consagrada en 1238 pero aún sugestiva por su estilo gótico con elementos renacentistas, barroco y neoclásico.

De Valencia a Barcelona prefiero ir en tren, rápido y paralelo a la costa.

 

Barcelona, la antigua Ciudad Condal y capital de Cataluña, es tan cosmopolita como Madrid y notoria por sus exposiciones internacionales, desarrollo financiero, turístico, comercial y por sus editoriales, teatros, museos y fastuosas edificaciones góticas, neoclásicas y modernistas, en especial las del mítico arquitecto Antonio Gaudí, diseñador de la indescriptible basílica católica La Sagrada Familia -iniciada en 1882 y aún en construcción-, el onírico y extraño Parque Güell, la Casa Milá o Pedrera, o el Mercado del paseo La Rambla en el céntrico Barrio Gótico, que no es tan gótico pero fascina y atrae a barceloneses y a turistas por la vitalidad y elegancia de su enorme calzada rodeada de árboles, cafés y edificios que desembocan en el puerto, frente a la imponente estatua de Colón.

Cuiudad de las artes de Valencia, detalle

Ciudad de las artes de Valencia, detalle

El autor en la Ciudad de las Artes de Valencia

El autor en la Ciudad de las Artes de Valencia

Barcelona, la antigua Ciudad Condal y capital de Cataluña, es tan cosmopolita como Madrid y notoria por sus exposiciones internacionales, desarrollo financiero, turístico, comercial y por sus editoriales, teatros, museos y fastuosas edificaciones góticas, neoclásicas y modernistas, en especial las del mítico arquitecto Antonio Gaudí, diseñador de la indescriptible basílica católica La Sagrada Familia -iniciada en 1882 y aún en construcción-, el onírico y extraño Parque Güell, la Casa Milá o Pedrera, o el Mercado del paseo La Rambla en el céntrico Barrio Gótico, que no es tan gótico pero fascina y atrae a barceloneses y a turistas por la vitalidad y elegancia de su enorme calzada rodeada de árboles, cafés y edificios que desembocan en el puerto, frente a la imponente estatua de Colón.

Dicen que Barcelona vivió entre sus murallas hasta el ensanche urbano de 1859, evidente en la sobriedad de sus edificios remodelados, el decorado decimonónico de muchos cafés y viejas callecitas que susurran historias, validadas por casi 200 iglesias, desde el citado Templo Expiatorio de la Sagrada Familia y las ineludibles -por antiguas y góticas- Catedral de Santa Cruz y Santa Eulalia de Barcelona y la Basílica de Santa María del Mar, así como la Basílica de la Mercé, el Templo Sagrado Corazón de Jesús -alias el Tibidabo-, el Monasterio de Santa María de Pedralbes y las iglesias de Santa Ana, Santa María del Pi y Sant Pau del Camp, de menor ringorrango pero con elementos del neogótico catalán, el arte románico, neoclásico o ecléctico.

La opción más curiosa ofrecida al enjambre de turistas es la Ruta de los Cementerios de Barcelona, encabezada por el Montjuic, ubicado en la ladera homónima del sudoeste urbano; célebre por su estilo ecléctico con elementos neoclásicos e historicistas, su gran extensión y los panteones de personajes ilustres, algunos monumentales o de valía artística; más el Museo de carrozas fúnebres. El Montjuic, con sus calles interiores, árboles, símbolos religiosos, panteones y derroche de arte fúnebre, recuerda a la famosa necrópolis de Colón en La Habana.

En la superpoblada Barcelona -más de un millón y medio de habitantes y cinco en la región metropolitana-, el viajero tropieza con turistas de medio mundo que preguntan en castellano, inglés o francés por la estación de Sants -Metro-, el Palau de la Música o por los museos de Picasso, Dalí y Miró.

Quizás algún turista, como yo, pregunte antes de irse de Barcelona por la bandera que cuelga de tantos balcones -la senyera en catalán o valenciano-, estrellada como la cubana pero con triángulo azul en vez de blanco y franjas rojas sobre fondo amarillo. La respuesta sorprende: es el estandarte de los reyes de Aragón desde el siglo XI y se usa por igual en Aragón, Cataluña, la Comunidad Valenciana, las Islas Baleares y otros territorios de aquella Corona, aunque cambia el escudo en cada uno.

Al margen de la revelación histórica, os invito a visitar y recorrer las ciudades de Barcelona y Valencia, ambas son antiguas y modernas, rebosan historia, arte, cultura y fascinan al turista.

Barcelona, detalle urbano

De Atenas a Milán. / Miguel Iturria Savón

Imagen del Estadio Panathenaiko de Atenas

Imagen del Estadio Panathenaiko de Atenas

Miguel Iturria Savón en la Acrópolis de Atenas

Miguel Iturria Savón en la Acrópolis de Atenas

Viajar es descubrir rostros y paisajes, acopiar emociones y experiencias, admirar plazas, estatuas y catedrales cotidianas para los vecinos de las urbes que transitamos por placer o necesidad. El viajero agudiza los sentidos, busca lo disímil, traza su itinerario, escoge y se detiene, o sigue. Tras regresar a casa, antes de caer en la rutina, intentará ordenar lo memorable y elegir las imágenes que testimonian instantes y vivencias.

Hay viajes de valor sentimental y simbólico, difíciles de apresar en crónicas y viñetas. ¿Cómo describir en 500 o mil  palabras los paseos por calles, barrios, plazas, museos y estatuas de personajes que visan el origen y el estilo de una ciudad? Escribir sobre Bilbao, por ejemplo, fue para mí emotivo y arduo por la presencia inasible de mi padre, vecino de la calle Conde Mirasol, próxima a la Ría, esa herida navegable escoltada por montañas y atravesada por puentes que enlazan orillas y calzadas transitadas por el Metro que conecta a la city con el Cantábrico.

Una semana después de Bilbao, invitado por mi hijo, volé hacia Atenas, la mítica ciudad-estado de aquellos patricios y plebeyos que hace más de dos mil años esbozaron los cimientos de la democracia, la filosofía y la cultura occidental. Atenas seduce y desborda al viajero por su carga histórica y su legado espiritual, redivivo y reivindicado en la misma península del mar Egeo que lideró al ramillete de islas griegas unificadas contra los persas. Algunas capas de ese mundo remoto de dioses, oráculos, guerreros, templos, artistas y pensadores trepidan en el atractivo y colorido barrio Plaka, a los pies de la Acrópolis -cuyos restos arqueológicos nutren su asombroso Museo-, el Partenón, el Templo de Zeus y otros sitios del Ágora ateniense: la Plaza Sintagma, el moderno Estadio Panathinaiko, el neoclásico Parlamento Helénico o los fastuosos Jardines de la reina Amalia.

En Atenas, el trazado urbanístico combina el racionalismo moderno cruzado por autobuses, tranvías, taxis y metros con las antiguas callecitas estrechas que suben -o bajan- laderas llenas de pequeños restaurantes, gatos vagabundos, mercadillos de arte atiborrados de ánforas y mini estatuas de Pericles, Homero, Sócrates, Aristóteles, Platón, Aristófanes, Demócrito, Héctor y Aquiles, rodeados de reproducciones de artefactos arcaicos  ofrecidos a los turistas a precios módicos en diversas lenguas.

Como tantos peregrinos sensibles y con el ABC de la historia, los mitos y leyendas griegas, no escapé del itinerario ritual por el barrio Plaka, la Acrópolis, el Partenón, la Plaza Sintagma y un manojo de construcciones clásicas griegas, romanas y bizantinas, apreciadas a pie y panoramicamente desde la cima del Monte Lecabeto, a 299 metros sobre la ciudad. Tampoco me libré del proverbial aguacero lanzado por Zeus desde el Olimpo contra los intrusos que, tras pagar 20 euros, “profanábamos” la sagrada Acrópolis.

Después de ascender al Lecabeto, y sin ánimo de verlo todo, valió la pena despedirse con un paseo por el mar y abordar en el puerto de Atenas un crucero, no hacia la mítica Creta, sino a otras islas del archipiélago griego; en nuestro caso, nos conformamos con navegar y desembarcar en Hydra -donde vivió y compuso Leonard Cohen su célebre So long, Marianne-, Poros y Aegina. De las tres, me gustaría quedarme en Hydra una temporada, no porque viviera allí el elegante cantautor canadiense de voz cálida y cavernosa, sino por la auténtica atmósfera insular de pasado detenido, por las casitas blancas y las calles estrechas que cuelgan de la ladera hacia el mar y el puerto de agua transparente, rodeado de tabernas, gatos vagabundos y mulos de carga que suplen a los modernos automóviles, comunes en Poros y Aegina.

Atenas desde el Monte Lecabeto

Atenas desde el Monte Lecabeto

Al regresar de Grecia, una larga escala en Bérgamo favoreció nuestra travesía del territorio de Lombardía con destino a Milán, la monumental capital del norte de Italia y de la región lombarda, líder de la industria textil, de la moda y el diseño, del arte y la cultura desde el Renacimiento.

Milán bajo la llovizna, con sus tranvías tradicionales y sus modernos autobuses que trasladan a millares de pasajeros hacia las entradas del Metro, ese bólido soterrado que abordamos en Céntrale hasta la Piazza del Duomo, la Catedral de catedrales fundada en 1386, símbolo por excelencia de Milán y la tercera iglesia del mundo, construida totalmente con mármol y sostenida por inmensas columnas, estatuas, arcos, pináculos y vitrales que filtran la luz y crean una atmósfera impresionante e impresionista. Es tal el derroche artístico y arquitectónico del Duomo que nos deja sin aliento. Después, solo después, pensamos en la ostentación eclesiástica y en la exhibición de riquezas encarnadas en el Duomo, tan elegante y extraordinario que roza la lujuria y parece ajeno a la sencillez y la simplicidad del cristianismo primitivo pregonado por Jesús y sus apóstoles.

Al salir del Duomo, atravesamos la fastuosa Galería Víctor Manuel II, luego caminamos hasta el Teatro La Escala, sede de los triunfos de la divina María Callas y de los mágicos acordes del gran Giuseppe Verdi; después, apresuramos el paso hasta el Castillo Sforzesco, evocador del poderío del Duque de Sforza, contemporáneo de los Visconti y otras familias linajudas impulsoras del esplendor de Milán tras las guerras contra Venecia y Florencia.

Milán, la ciudad fundada por los galos que derrotaron a los etruscos cuatro siglos antes de nuestra era, no pierde su monumental esplendor ni bajo la llovizna. La urbe, de más de un millón de habitantes y cuatro millones en el área metropolitana, sorprende y asombra a los viajeros, además del Duomo, por sus enormes plazas con esculturas y palomas rodeadas de cafés y restaurantes, por red de calzadas y museos de estilo clásico, neoclásico, ecléctico y moderno y por la colección de obras de Leonardo da Vinci y otros artistas, algunos incluidos en la céntrica y célebre Pinacoteca de Brea.

El retorno en ómnibus de Céntrale al Aeropuerto internacional de Bérgamo -una urbe más pequeña pero igual de rica, cara y fascinante-, representa otra aventura visual y emotiva por los pueblos y el entorno rural de Lombardía.

El Duomo de Milán, símbolo de la ciudad

El Duomo de Milán, símbolo de la ciudad, foto del autor.

Bilbao, itinerario emocional. / Miguel Iturria Savón

Bilbao, Puente Zubiri sobre la ría, obra del arquitecto Calatrava.

Bilbao, Puente Zubiri sobre la ría, obra del arquitecto Calatrava.

Solo la ría, las montañas que escoltan el valle urbanizado, algunas iglesias góticas y barrocas, un puñado de muelles, callejuelas y fragmentos de  historia, visan el origen de Bilbao, cuyo itinerario armoniza pasado-presente-futuro, aunque la ciudad comercial prevalece sobre el origen de la villa, evidente en el Casco Viejo, donde al vagar por el Paseo del Arenal tropiezo con la iglesia de San Nicolás, patrón de los navegantes y umbral de la Semana Grande Bilbaína desde 1756.

Colmado de barroco e imaginería religiosa, ansío unos txikitos acompañados de pintxos en la Plaza Nueva; luego, ligeros de pies y estómago, bajo por “Libertad” a la Plaza de “Unamuno”, presidida por la estatua del intelectual más ibérico y más español de los vascos, “frugal, abstemio y casto; soberbio y ególatra”, según el maldiciente Valle Inclán.

“Unamuno” ofrece dos caminos: ascender los 213 escalones de la calzada de Mallona hasta la basílica gótica de Begoña, la “Amatxu” o Patrona de los vizcaínos; o continuar por “Cruz” hasta el Museo Vasco, espejo interactivo de historia, tradiciones y costumbres; desde donde visualizo la barroca y clasicista Iglesia de los Santos Juanes con el colosal Sagrado Corazón de Jesús, tan impar que asustaría al mismísimo Jesús de Nazareno si apareciera por la cercana -y antigua- puerta a la Villa de Bilbao o Portal de Zamudio, antesala de “Somera”, primera de las Siete calles que guía al viajero hasta otro templo gótico, el antiquísimo San Antón, donde Don Diego López de de Haro leyó la Carta fundacional de la Villa, el 15 de junio del año 1300. A unos pasos, observo el “mercado cubierto más grande de Europa” -de la Ribera-, construido en 1930 por el racionalista Pedro Ispizua.

Al salir del mercado de la Ribera omito la calle Carnicería Vieja, la arcaica Catedral de Santiago, el Palacio Yonh -o edificio de la Bolsa-, las calles del Perro y Bidebarrieta, y los eclécticos  Teatro Arriaga y la Estación de Santander, donde estuve en septiembre del 2014.

Cansado y atónito por el Casco Viejo, el mercado de la Ribera me conectó con la ría, que atravesé despacio por el puente de la Ribera para internarme en la calle Conde Mirasol y buscar el número 1, 4to piso, donde murió mi padre al amanecer del 24 de junio de 1968, mientras yo, ajeno a su partida, vivía la insípida gritería revolucionaria desde un orfelinato en La Habana.

Desbordado por las emociones, lloré en silencio por el paseo de la ría, conté sus puentes y muelles, mientras miraba con nostalgia a los elegantes Bilboats que navegan hacia el mar Cantábrico. El Ensanche bilbaíno, Abando y el Funicular del monte Artxanda quedaron para el día siguiente.

Bilbao es intenso y fascinante, vital como su céntrica y sinuosa ría, frontera navegable rodeada de paseos y atravesada por una decena de puentes citadinos que enlazan sus orillas, a cuyos lados -y bajo tierra-, circula el Metro con su red de estaciones: de Basauri a Kabiezes o Basauri-Plentzia, según el ramal, la metrópolis acopla a sus periferias: Barakaldo, Sestao, Portugalete, las Arenas, Getxo, Leioa, Argorta y Santurtzi, en cuyo cementerio reposan los restos de mi padre.

El Metro, preciso como un reloj suizo, el Euskotran o tranvía ecológico lateral a la ría, los autobuses -urbanos e interurbanos-, los taxis y el Autobús turístico, aproximan barrios, plazas, museos, hoteles y mercados; pero no sustituyen el placer de caminar y apropiarnos del ritmo de la ciudad y de su atmósfera gris de llovizna alterna que rediseña un vergel de verdes, azules y ocres cernidos por la luz.

Millares de visitantes llegan por la estación de Abando, ubicada en la plaza Circular presidida por el Monumento a Diego López de Haro -obra de Mariano Benlliure-, inicio de la gran vía homónima, artería principal y eje de la City, poblado de bancos, comercios y edificios eclécticos que “hablan”, como el de la Diputación Foral de Vizcaya, o “cantan”: el Palacio Chavarri, cuyas ventanas y balcones son diferentes, y el Hotel Carlton, sede Gobierno Vasco durante la Guerra Civil Española, ambos en la plaza Moyúa, con la entrada al Metro diseñada por el célebre Sir Norman Foster.

En una de las intersecciones de López de Haro, me desvié por “Berástegui” para descansar en los bellos Jardines de Albia, cuyas palmeras resguardan la estatua del escritor Antonio María de Trueba -el “Antón de los Cantares”, de Benlliure-, y arropan a viajeros y vecinos con niños. De Berasategui pasé a “Ercilla” en busca del impresionante Azkuna Zentroa -Alhóndiga Bilbao- y luego, cruzando la neomudéjar Plaza de toros, busco San Mamés, catedral del fútbol y enlace del Metro, el tranvía y la Termibus.

Si el Ensanche modela el centro urbano, en “Abando”, bordeando la ría por el paseo Arenal, llego al Ayuntamiento, un edificio sobrio de estilo conventual, compensado por la moderna estatua de Jorge Oteiza, de donde avanzo hasta el impresionante puente Zubiri, obra ideada como pasarela de cristal sobre las aguas por el arquitecto Santiago Calatrava. Y en la margen derecha del Zubiri, la opción más espectacular de Bilbao: ascender al monte Artxanda en el funicular, conmovedor por la vista panorámica del paisaje citadino y rural y, en especial, la visión del aeropuerto internacional (La Paloma) y de la desembocadura de la ría.

De regreso, por el Paseo Uribarte, nos atrapa el Museo Guggenheim con su estructura oval de barco que se adentra en la ría, su ciclópea araña metálica y el hermoso perro floral de 12 metros de altura. El Guggenheim de Bilbao, obra del arquitecto y diseñador canadiense Frank O. Gehry, es el conjunto artístico de mayor atractivo internacional de la capital de Vizcaya; se inspira y supera al Museo Guggenheim de New York, al menos por su extensión y por la fascinante estructura de cristal, piedra caliza y metal -aleación de zinc y titanio en forma de escamas-.

Tras la impactante visualidad externa del Guggenheim, reservo la entrada para el día siguiente y camino hasta el hospedaje, frente al Museo de Bellas Artes, que acoge la tercera pinacoteca más importante de España. El Guggenheim y el “Paseo de la Memoria”, con su pasarela de esculturas al aire libre desde Abandodoibarra hasta la Universidad de Deusto, serán objeto de la próxima crónica.

Bilbao, la ciudad y la ría, puente lateral al Museo Guggenheim.

Bilbao, la ciudad y la ría, puente lateral al Museo Guggenheim.

De Bilbao a Guernika. / Miguel Iturria Savón

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De Bilbao a Guernika, la Termibus bajo la neblina del amanecer, intermitente como la humedad sobre ciudad modelada por la ría, camino del Cantábrico. La ciudad, huésped del valle escoltado por montañas, atraviesa el tiempo y desdibuja el caldero de brujas del pasado.

De Bilbao a Guernika, los robles y hayas vigorizados por la llovizna descienden laderas, mientras los caseríos brotan como manada del tiempo sobre la carretera, y acompañan en silencio a los viajeros que renacen en paisajes de ensueños, sorprendidos por puentes, señales y luces de los vehículos que alumbran rótulos escritos en lengua toponímica.

De Bilbao a Guernika, pastan carneros blancos en las laderas y evocamos a invisibles pastores, perdidos en algún mito del pasado que germina en libros, fiestas y rituales.

De Bilbao a Guernika, brota la urdimbre del ayer sobre el presente-pasado-porvenir, como el río que fluye y nos hace pensar en el tiempo y en las severas páginas de la historia que prescinde de nosotros.

De Bilbao a Guernika, nos arropa el asombro, retoñan hechos que gravitan sobre la superstición anclada en montes custodiados por montañas.

De Bilbao a Guernika, la soledad resbala sobre el paisaje húmedo donde reinan viejos caseríos, y lo circunstancial intercala sus rasgos y acentúa los límites del milagro.

De Bilbao a Guernika, vibran aún sueños inaugurales y palabras símbolos, el Árbol mítico de las libertades que cobijó a los reyes de Castilla y a los señores de Bizcaia al jurar los Fueros; el roble y la Casa de Juntas con su Templete grecolatino, reproducido por el obispo Espada y Landa en La Habana hacia 1828.

En Guernika, canta todavía Iparraguirre desde su estatua de bronce en medio de una plaza, al costado del barroco Palacio de la Alegría, sede del Museo de Euskal Herria, guardián de siglos de historia, mapas, lengua, audiovisuales sobre el folklor e imágenes de personajes célebres que interactúan con visitantes racionalistas atraídos por mitos y leyendas milenarias.

En Guernika, un mural artístico perpetúa el bombardeo nazi de abril de 1937, la tragedia recreada por Picasso: el caballo aturdido, el toro de la muerte, la madre con el niño, el guerrero, la paloma y el hombre que suplica en los predios de la muerte.

Guernika y el Museo de la paz, viejos símbolos e incertidumbres modernas, ría y puerto, caseríos inamovibles que esculpen el paisaje desde el pasado y trotan sobre el futuro.

Caserío de Vizcaya, reconstruido...

Caserío ubicado entre Bilbao y Guernika.

 

La Habana de Lezama Lima. / Miguel Iturria Savón

Vista de La Habana desde el mar.

Vista de La Habana desde el mar.

Es posible ofrecer las coordenadas geográficas de cualquier ciudad, ubicarla en el mapa, describir el trasvase humano de sus pobladores y viajeros, contar su historia, fiestas y ceremonias, o enaltecer a sus personajes. Es casi absurdo, sin embargo, predecir el destino y el ritmo de una ciudad, aproximarnos a su espíritu, apresar su estilo y poetizar los límites y contornos que configuran su carapacho arquitectónico y social.

Pero hay ciudades que desafían el imaginario de poetas y viajeros, quienes al describir los nudos ilegibles de la sorpresa, colorean la alfombra urbana grabada en su interior y regurgitan las emociones.

La Habana, Buenos Aires y New York son, quizás, las ciudades de América más descritas por cronistas, poetas, pintores y cineastas. La Vía Cubis pasa por La Habana, venida a menos como la isla pero aún en pie. La Habana de la Condesa de Merlín, Jorge Mañach, Joseph Hergesheimer, José Lezama Lima, Cabrera Infante y Zoe Valdés, van del impresionismo al realismo mitificador, pero coinciden en el aire de irrealidad y ensueños entrevistos desde el mar, cuyo puerto parece bombardeado, no así el malecón, sofá de la ciudad y trinchera de la enorme fila de edificios blancos de donde emerge el bullicio vital que inspira a fotógrafos y poetas.

De esas “miradas evocadoras”, retomo la más inquietante y profética, la del gran poeta José Lezama Lima (La Habana, 1910-1976), autor de Muerte de Narciso -1937- y Paradiso -1966-, ícono de las letras de Hispanoamérica y testigo del ritmo, el destino y “la trágica perdurabilidad” de la capital cubana.

 

“La Habana puede demostrar que es fiel a un estilo.

Sus fidelidades están en pie.

Zarandeada, estirada, desmembrada por piernas y brazos, muestra todavía ese ritmo.

Ritmo que entre la diversidad rodeante es el predominante azafrán hispánico.

Tiene un ritmo de crecimiento vivo, vivaz, de relumbrante presto, de respiración de ciudad no surgida en una semana de planos y ecuaciones.

Tiene un destino y un ritmo.

Sus asimilaciones, sus exigencias de ciudad necesaria y fatal, todo ese conglomerado que se ha ido formando a través de las mil puertas, mantiene todavía ese ritmo.

Ritmo de pasos lentos, de estoica despreocupación ante las horas, de sueño con ritmo marino, de elegante aceptación trágica de su descomposición portuaria porque conoce su trágica perdurabilidad.

Ese ritmo -invariable lección desde las constelaciones pitagóricas- nace de proporciones y medidas.

La Habana conserva todavía la medida humana.

El ser recorre los contornos, le encuentra su centro, tiene sus zonas de infinitud y soledad donde le llega lo terrible.”

 

-Y el habanero, ¿qué?-, preguntamos.

 

“El habanero se ha acostumbrado, desde hace muchos años, a ese juego donde silenciosamente se apuestan los años y se gana la perdida de los mismos.

No importa, “la última semana del mes” representa un estilo, una forma en la que la gente se juega su destino y una manera secreta y perdurable de fabricar frustraciones y voluptuosidades.”

El escritor José Lezama Lima...

El escritor José Lezama Lima…

Orlandismo a la carta. / Miguel Iturria Savón

Orlando Luis en La Habana, foto del autor.

Orlando Luis en La Habana, foto de Miturrias

No veía a Orlando Luis Pardo Lazo desde mediados o fines del 2012, no pude despedirme de él ni de otros colegas antes de viajar España, donde  intento cerrar la herida antropológica inoculada por el Castrismo, esa época límite que conjura en sus crónicas OLPL con “lenguaje evangélico”, como un profeta desterrado que drena el dolor a través de la escritura, las letras como antídoto del horror y ADN semántico para zarandear la narrativa surrealista del régimen incivil que nos ofreció la Luna, mientras nos hundía en el agujero negro de su historia catatónica, aún en pie.

El pasado 7 de julio reencontré a Orlando Luis en el Círculo de Bellas Artes de Valencia, donde presentó Del clarín escuchad el silencio. 59 poemas de amor y una canción contrarrevolucionaria. Su título, paródico al cuadrado -combina una estrofa del belicoso Himno Nacional de Cuba y del primer poemario de Neruda-, enuncia lo que viene después en su nutrida selección de crónicas, mini ensayos y el poema “Letanía de Lawton”, su barrio amado y desacralizado, como La Habana y Cuba, centros de su galopante introspección, pesadillas, delirios, evocaciones y anhelos “del paraíso perdido e imperdible”.

Pensé leer el libraco escatológico de nuestro Orlando en tres semanas y escribir una reseña equilibrada, pero no pude con tanta energía, imágenes, metáforas, aforismos, palabrotas, juicios y prejuicios, denuncias, homenajes y esperpentos expresados con humor, dolor y esperanza.

Todo lo que escribe Orlando Luis es Orlandista, aunque a veces recuerda el estilo de Cabrera Infante, Norman Mailer o Pedro Juan Gutiérrez, modernos destiladores de personajes desubicados, perdidos y reencontrados por la prosa cruda, sin límites ni temores. El Orlandismo, aclaro, bebe y se nutre pero es orlandista: paródico y lúcido al borde de la locura, neurótico, sarcástico y obsesivo, sensible y memorioso, siempre estético y hasta  patriótico sin patrias ni trapo heroico, además de poético y soez, autobiográfico y catártico, desterrado en su exilio insular y en su inxilio interior y exterior, postcastrista…

Tres semanas no, estuve dos meses con las páginas Landy acuesta, entre risas y asombro, enganchado y sobresaturado, deseoso de tirar sus crónicas y revisar las mías, amables y pacatas al lado del desborde torrencial del peripatético escribidor habanero -“hablanero” de “Habanemia”- que piensa en “los cubanos sin Cuba”, pero comienza con “No somos nada”, sobre el encorvado y vultúrido “Autócrata autista Ciudadano Kastro”, quien “vive en Braille su muerte táctil”.

A la crónica del tirano -omnipresente en “Teoría del 13 de agosto” y otras-, siguen algunas más personales y asociativas, recuerdos agridulces de su infancia anestesiada y rediviva, por ejemplo, en La Comedia Silente del excepcional Armando Calderón -ícono de la “mediocre y represiva televisión cubana-”. En “Penúltimos miedos”, “Carta al mundo…”, “Esto no es un discurso”, “Rezando a Ratzinger entre las rejas de la revolución”, “¿Quién eres tú, virgencita”, “El último Rincón” o “Los libros de la muerte cubana -glosa irreverente de El furor y el delirio, de Jorge Masetti-, Orlandine certifica hechos absurdos y desmitifica tonterías cubensis sobre “nuestra desolación domesticada”, el amor, éxodos y miedos, las procesiones religiosas y la veleidosa Iglesia católica encarnada por su apaleado Cardenal -Jaime Ortega Alaminos-.

En esta Mea culpa cubana hay planos y recuadros casi fílmicos, crónicas de tragedias personales en Sol mayor político: “Espérame en el capitalismo, mi amor”, “Adiós Laura”, “Mi Payá personal”, “Mi tío ríe”; retratos de personajes oficiosos como Randy Alonso, Reinaldo Taladrid y el ministro Abel Prieto; evocaciones de escritores y artistas –“Gabo y yo”, “Póstuma ballerina assoluta”, “Leer a Lichi en el Consejo de Estado”, “Silvito, el lóbrego”, “Eslinda de noviembre” y “Del vuelo del gato al coño de tu madre”-sobre J. Lezama Lima-.

El Orlandismo destila sensibilidad en crónicas -¿o relatos crónicos?- conmovedores que reviven como un Dios pagano a sucesos, personajes y traumas personales -y sociales-, sacadas del baúl de sastre de su memoria fotográfica: “Réquiem por Gía” (su gata), “La muerte del caballo”, “Conúzcole” y “Yo, Camilo”.

El menú desatado Del clarín Orlandista, ofrece en estas páginas de verano tropical, retratos que emocionan y erosionan al lector sumergido en las trampas líricas de este mago de la crudeza, capaz de entretenernos con “viditas” oscuras del Castrismo tardío: “El evangelio según los extras”, “Tristes hombres del Chaplin que mil…”, “Los detectives domésticos” y “Play It Gay, Tío Sam!

Leemos con pulsión su agudo repaso de monje liberal que peregrina por ínsulas y continentes. Fascinan sus hilarantes “Taiwantánamo” -crear una isla dentro de la isla para el exilio cubano en la Base naval yanqui-, “Las mil y 959 noches” -me fui de Cuba porque…- y “Semen y ciclón, bandera y barbarie”; sin olvidar páginas “más serias”: “De un águila las dos alas”, “Lágrimas plásticas”, “Camila de mi corazón contracomunista” y “El Sexto o el ruido del pueblo”.

No sigo, es imposible atrapar el Orlandismo, genio y figura sin sepultura, páginas por medio. Sugiero leer Del clarín escuchad el silencio y, si quedáis atrapados, buscar sus libros de cuentos Mi nombre es William Soroyan (2006) y Boring Home (2008). Por ahora, basta, adiós.