Viaje al País de los Blancos. / Miguel Iturria Savón

No leo libros de autoayuda, novelas policiales ni memorias de personajes que cuentan su historia, prefiero a los clásicos, los “raros y valiosos” y, a veces, algún cuaderno de poemas o relatos de un autor nuevo, pues hay mucho artificio, mercadeo y textos por encargo en la literatura de principios del XXI, más interesada en vender que en promover a escritores creativos y cultivar la espiritualidad de los lectores.

Viaje al País de los Blancos, de Ousman Umar, editado por Plaza Janés en España en abril de 2019, es un libro sin artificios que narra el viaje hacia Europa de un adolescente de la tribu wala (de Ghana) que sobrevivió y decidió “contar esta historia hasta que no haya más historias como esta que contar”. El azaroso viaje de Ousman, más que una historia, es el relato épico de las andanzas del autor y otros jóvenes ingenuos de países de África Subsahariana que deciden irse al País de los Blancos (Europa) sin imaginar los riesgos de la travesía por selvas, desiertos, aldeas y ciudades donde pactan con los traficantes de personas y trabajan para sobrevivir y costearse la estancia en Libia, Túnez, Argelia, Marruecos o Mauritania, acosados por la policía, el hambre, la discriminación y la incertidumbre.   

“Aquel hombre se quedó sentado. Solo. En medio de las dunas del desierto. Llevábamos ya varios días caminando…No teníamos comida ni agua. El viento soplaba, el aire quemaba al respirar. / Seguid sin mí- dijo.

Así comienza este libro de 222 páginas estructurado en siete capítulos -El camino del infierno, Ciudad de los sinkers, La sangre de un negro es peor que la de un perro,  En busca del salto, La ciudad de la mafia, Polvo en medio del océano y El paraíso era esto-; además del Epílogo “Alimentando mentes” y una Nota final: “Soy consciente de que mi caso es una excepción… He tenido suerte, y se la quiero devolver a todos los niños y niñas de mi país, dándoles herramientas para que puedan decidir su futuro…con educación e información…”, pues tras llegar a Canarias Ousman fue acogido en Barcelona donde estudió y fundó la ONG Nasco Feeding Minds, la cual gestiona miles de aulas con ordenadores para cultivar la mente y evitar la emigración…

No voy a reseñar Viaje al País de los Blancos, pero sugiero leerlo. A mí me impactó su prosa limpia y sencilla, las descripciones precisas, entre poéticas, desgarradas y agudas al pintar travesías y horrores sin sensiblería ni victimismo. La selva, el desierto, el mar, la muerte, los traficantes, policías y otros seres miserables o solidarios pueblan las páginas de esta odisea contemporánea que por cotidiana pasa desapercibida para las élites de África y millones de europeos.

Cuba, cultura cautiva. / Miguel Iturria Savón

La literatura se inició con el verso, la política con el debate, al menos en Atenas, cuna de la oratoria pública, la épica, la tragedia, la comedia, la filosofía y la historia, afines al relato racional (logos) frente al discurso mítico o ficticio que intenta cohesionar al grupo con hechos del pasado (dioses, leyendas de héroes…), repite respuestas sin formular los problemas e idea el eterno retorno en vez del tiempo lineal.

Más de dos mil años después de los argumentos racionales de Tucídides, Mileto o Sócrates, el discurso lógico domina los ámbitos sociales -la política, la administración, las instituciones y la cultura académica-, pero convive con la ficción literaria, aspectos del relato histórico y político y la costumbre de crear leyendas de hechos y personajes públicos, sobre todo en las dictaduras con líderes mesiánicos basadas en supuestas teorías científicas como el marxismo, abatido durante su aplicación en Rusia, China, Cuba o Venezuela.

En Cuba, la teoría sirvió para expropiar y socializar los medios de producción, de comunicación y transporte, monopolizar la enseñanza, las expresiones del arte y la literatura y la red de instituciones cívicas, sustituidas por el discurso del  Partido Único con Líder “sublime” y maquinaria burocrática-clientelar que ejecuta sus órdenes mientras atrae a la población hacia la utopía social, cercena las libertades y encubre crímenes y éxodos de quienes disienten de ensueños sonoros y cultura cautiva.

Es difícil glosar seis décadas de experimento social, signado por tentativas y errores que encubren el horror inducido; son tantos los sucesos, personajes, éxodos y expectativas que apenas esbozo la cultura cubana, hecha, deshecha y rehecha a partir de 1959, cuando la locura “constituye el clima propio e intransferible” y las costas confinan o expulsan a escritores y artistas hacia Miami, México, Madrid o New York, mientras en la isla surgen monopolios estatales que pliegan la cultura al discurso del poder.

Instituciones que frenan la evolución espontánea de las expresiones del arte y la literatura como la Casa de las Américas, núcleo de programas y concursos para propagar el socialismo en el continente; la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica, el Instituto del Libro y otras que pastorean a escritores, músicos, pintores, actores, cineastas e historiadores inducidos a glorificar al Líder y sus aventuras bélicas y verbales, crear expiaciones colectivas e “intelectuales orgánicos” -Nicolás Guillén, Fernández Retamar, Lisandro Otero o Abel Prieto-, silenciar a poetas críticos -Reinaldo Arenas, Heberto Padilla, María E. Cruz Varela o Raúl Rivero-, desdeñar a escritores disidentes -Jorge Mañach, Gastón Baquero, Cabrera Infante o Manuel Díaz Martínez- y a historiadores heterodoxos como Levi Marrero y Moreno Fraginals.

No todos corearon la épica del “Hombre nuevo” ni aceptaron la narrativa de la violencia, la poesía bajo consignas o el “realismo socialista”. El precio del desafío generó sigilos y éxodos de periodistas, literatos y artistas que reinventaron el imaginario insular desde la nostalgia y la ruptura. Si en la primera mitad del XX la cultura cubana recibió el influjo trasnacional de los Estados Unidos, el encanto por las utopías, las dudas, melancolías y zozobras que imaginaron la escritura como restitución de mitos nacionales; la oleada intelectual empujada al exilio a partir de 1959 rediseñó el canon estético recibido y superó el mito de “la revolución inconclusa y el regreso del Mesías”, asumido por el nacionalismo desde plataformas simbólicas como el liberalismo, el catolicismo, el vanguardismo y el marxismo, tendencia impuesta por el Estado en la década del sesenta, cuando cesan los desafíos ideológicos y la cultura deviene en apéndice del Partido único -comunista-.

La usura del poder impuso el relato del poder, ceñido a la nueva órbita de influencia -la Unión Soviética, China y Europa del Este- que modela las relaciones de producción e intercambio, la enseñanza y la cultura, los medios de comunicación, el deporte y la estructura militar y política mediante asesores y suministro de recursos y tecnología. En tales circunstancias el periodismo, el arte y la literatura acataron las normas y lineamientos partidarios. El Noticiero Nacional de la Televisión, por ejemplo, aún difunde los desastres reales o soñados del mundo occidental, las maravillas del socialismo y los supuestos avances de la economía nacional. Similar letanía repiten el Noticiero del ICAIC, el diario oficial (Granma) y sus clones provinciales; así como la producción fílmica hasta fines de los 90. Todos apuntalan el relato épico y los pregones del socialismo.

Por su parte, las editoriales, reunidas en el Instituto Cubano del Libro, deciden qué  textos y autores deben circular o ser censurados. El mantra lectivo/selectivo es válido para las artes visuales, la música, el teatro, el ballet y espectáculos de la cultura tradicional -ferias, carnavales, guateques-, pues la estética se supedita a la política.  

El diseño de la cultura como instrumento del poder creó una cultura cautiva, salvo para los creadores exiliados y los comunicadores independientes nucleados en Convivencia, el Semanario digital Primavera, Cubanet, Estado de Sats, 14ymedio.com, Diario de Cuba y en diversos blogs y otras páginas online que desnudan la desmesura totalitaria y el pensamiento único aplicado por un ejército de comisarios políticos con lenguaje hostil, paranoias, censuras, y situaciones entre patéticas y esperpénticas recreadas por autores que fabulan con sorna e ironía ese mundo en crisis poblado de “hombres nuevos”, es decir, de seres miserables y oportunistas que delatan, aplauden, huyen…

A principios del siglo XXI casi nadie recuerda la épica de los años sesenta, son muchos los ecos de lejanas escaramuzas, discursos, desfiles y batallas del imaginario simbólico entre una isla autobloqueada y su vecino del norte, receptor de exiliados y posible exportador de capitales y tecnologías para rasgar el muro del viejo señorío marxista del Caribe. A modo de contrapeso, se internacionalizó la cultura desde el exilio, mientras en la década del noventa “la narrativa cubana dio vida a nuevos personajes que invadieron las fábulas” e incorporan “mundos alegóricos y simbólicos de espesor”, además de “observar la realidad inmediata desde otra tensión social” y reescribir la actitud juvenil ante la historia.

Roberto Fabelo, óleo Equilibrista y teatro de títeres.

Descubrir el Viejo Mundo. / Miguel Iturria Savón

Cuando Cristóbal Colón llegó a Bahamas en 1492 creyó haber desembarcado en la India, no en una isla del Caribe. Era tal el despiste del Almirante y sus marineros que pensaron en ciudades fabulosas con cortesanos ricos que bebían canela y otras especies aromáticas en palacios plateados, pero aquellos “indios” desnudos le ofrecieron frutas, peces, calabaza, maíz y un manojo de piedrecitas amarillas que despertó el interés mercantil de Colón, quien regresó a España y organizó otras expediciones para descubrir el Nuevo Mundo, es decir, las Indias Occidentales, actual América.

Ha pasado medio milenio de las travesías oceánicas de Colón, pero lo evoco porque ayer me llamó un amigo de La Habana y, tras felicitarme por las Navidades me dijo que su hija llegará a Roma el 30 de diciembre con el novio y tal vez no regresen. La parejita piensa descubrir a la Vieja Europa como si fuera el Nuevo Mundo. Como imaginará el lector, los novios no vienen en una exótica carabela a buscar especies aromáticas, piedras preciosas y convertir a la fe tropical a los escépticos europeos; vienen en avión, se hospedarán dos noches en Roma y luego volarán a Madrid o Sevilla donde rastrearán posibles opciones de trabajo y estancia; quizás porque en aquella isla del Caribe hace tiempo desapareció el oro, la plata y hasta los sueños.

Respondí a las preguntas de mi amigo y luego a las de su hija y el novio quienes me llamaron por WhatsApp desde el teléfono móvil, un objeto más útil que la brújula y el astrolabio del famoso Almirante, sobre todo si usan Google, un espacio virtual que les revelará información sobre ese mundo viejo y estructurado que no los espera ni los necesita. Tal vez su estancia en Italia, España u otro país de Europa, más que una conquista, les sirva para distinguir nuevos paisajes, lenguas, monumentos, instituciones y costumbres que contribuirán a redescubrirse a sí mismos, constatar sus límites y las incesantes potencialidades humanas negadas aún en diversos puntos geográficos.

Tania Bruguera, arte útil frente al poder. / Miguel Iturria Savón

Tania Bruguera en performance, 1996

En el arte contemporáneo hay nombres representativos de las tendencias predominantes entre fines del siglo XIX y mediados del XX, como los impresionistas franceses Eugene Boudin y Claude Monet, los españoles Pablo Picasso y Salvador Dalí -surrealismo al cubismo-, los muralistas mexicanos D. Rivera, D. Siqueiros y José C. Orozco y los vanguardistas cubanos Víctor Manuel García, Wilfredo Lam, Servando Cabrera y Ana Mendieta, artífice del arte conceptual y referente de Tania Bruguera (La Habana, 1968), quien estudió en el Instituto Superior de Arte de La Habana y en el Instituto de Arte de Chicago donde ejerció como profesora.   

Tania inició en 1986 su turbadora  cruzada artística en la Fototeca de Cuba con la reconstrucción de «Blood Trace», de Mendieta, aquel rastro de sangre, creo que de cerdo, con la artista de 18 años que sumergía los brazos en la sangre, se pegaba a  la pared y se arrastraba formando una V hasta el suelo. Fue el comienzo de una serie de performances en torno al arte de conducta, “focalizado en los límites del lenguaje y del cuerpo” para provocar e influir en la actitud del público ante dilemas políticos y legales de la sociedad.

El “arte útil” que intenta renovar conductas ha sido el eje de sus interactivas exposiciones sobre poder y control, temas que interrogan el contexto cubano e internacional. Entre 1986 y 1996 Tania realizó el “Homenaje a Ana Mendieta”, centrado en «performances» y objetos representativos del trabajo de la artista fallecida, cuya memoria fue oficialmente borrada del arte cubano por residir y crear en los Estados Unidos, sede esencial del exilio y de las alucinaciones políticas del régimen castrense insular, difusor del realismo socialista y el “arte comprometido”. La performance “Memoria de la postguerra”, financiada por la propia Tania, apostó por tendencias artísticas desdeñadas por los comisarios de la cultura, ajenos a la libertad de expresión y a la convergencia de creadores de diversas generaciones, entre estos Sandra Ceballos y Ezequiel Suárez, quienes abrieron después la exhibición “Espacio Aglutinador”.

En esa línea se inscribe su performance “El peso de la culpa” (1998) en la cual Tania reinterpretó a los nativos del Caribe ante la conquista europea, cuando comer tierra fue un “arma de resistencia”. En medio del museo la artista desnuda con un cordero colgado del cuello, comió tierra y tomó agua con sal como ejemplo de resistencia corporal en un país hambreado y silenciado, como los aborígenes durante la conquista y los prisioneros políticos en huelga de hambre. Según Tania, «comer tierra, la cual es sagrada y un símbolo de permanencia, es como tragarse las propias tradiciones, el propio patrimonio, es como borrarse uno mismo. Es elegir el suicidio.»

Ese año obtuvo la Beca Guggenheim y en el 2000 el Premio Príncipe Claus. En 2002 creó la Cátedra Arte de Conducta en La Habana y en 2011 fundó la Asociación de Arte Útil como plataformas de encuentro e implementación de sus proyectos, siendo invitada a exponer en ciudades como Venecia, San Pablo, Shanghái y en Museos y galerías como el Tate Modern, el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago, el Museo de Santa Mónica, el New Museum de New York y otros.

Las performances de Tania se aproximan a la historia de las personas sin poder, a veces en primera persona, a veces de forma alegórica para adentrarse en procesos históricos o situaciones del presente. En “El cuerpo del silencio” cubrió su cuerpo desnudo con un cordero abierto y limpió con su lengua la sangre en “gesto de auto humillación y auto censura”, tras lo cual empezó a comerse las páginas de un libro. Otra de sus obras polémicas y desdeñada por el Gobierno tuvo lugar en la Bienal de La Habana del 2000, cuando un grupo de personas desnudas se adentran en uno de los túneles de “La Cabaña” -la fortaleza reciclada en sede de eventos culturales- y contrarrestan la oscuridad con un televisor que exhibe imágenes de F. Castro hablando sin cesar a principios de la revolución, mientras los seres enclaustrados intentan sacudirse la diatriba del Orate.

En el 2008, Tania Bruguera escenificó su performance El Susurro de Tatlin 5 en el Tate Modern, donde el público no visualiza obras pictóricas o escultóricas, sino que “rivaliza” con dos policías montados a caballo que se mueven de un lado a otro, preguntan y ejercen la autoridad como en las calles, haciendo pensar a los asistentes en los límites entre el arte y la autoridad, el régimen conductual impositivo y la presencia del poder en los aspectos de la vida. Hubo otras versiones de El Susurro de Tatlin. La realizada en el patio central del Centro Wilfredo Lam de La Habana tuvo enorme resonancia porque puso un micrófono e invitó al público a expresar libremente sus opiniones. Entre los ponentes varios blogueros pidieron que la libertad de expresión no se limitara a un minuto en una performance.

Otra performance llevó a Tania Bruguera a la cárcel por orden de Raúl Castro entre diciembre de 2015 y enero de 2016, cuando la artista intentó poner un micrófono abierto en la Plaza de la Revolución para que los cubanos expresaran sus opiniones durante la Campaña “Yo también exijo”.  La repercusión internacional del evento favoreció la libertad de la artista y de los activistas y artistas enrolados en las demandas. El Susurro de Tatlin 6 se escenificó después en el Times Square de New York.

Desde la estética del “arte útil” Tania Bruguera indaga y aborda tramas de interés socio experimental, como el Movimiento Inmigrante Internacional, patrocinado en 2011 por el Queens Museum of Art y la fundación Creative Time. En el 20013 inició el proyecto Museo de Arte Útil con el Queens Museum y el Van Abbemuseum en Eindhoven, génesis de la Asociación de Arte Útil, de proyección internacional al igual que el INSTAR -Instituto de Artivismo Hannah Arendt-, creado en el 2016 con una lectura colectiva del libro Los orígenes del Totalitarismo y “la misión de crear una plataforma institucional en la cual los cubanos puedan informarse sobre sus derechos civiles, promuevan discusiones críticas y formen parte de un espacio alternativo con diferentes posiciones políticas…”

Talking To Power, de Tania Bruguera.

10 de diciembre. / Miguel Iturria Savón

Eleanor Roosevelt con la Declaración de los Derechos Humanos.

Por muy trascendente que sea el 10 de diciembre en el cronograma de algunos países, nada como el 10 de diciembre de 1948 en New York, cuando fue aprobada por las Naciones Unidas la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la «Carta Magna de la Humanidad» según Eleanor Roosevelt, una de sus impulsoras, quien presidió entre 1947 y 1951 la Comisión de Derechos Humanos de la ONU y ejerció un protagonismo mundial en la promoción de las libertades de las personas.

La instrumentación de aquel documento en la legislación internacional influyó muchísimo en la dinámica de los estados y en la liberación de diversos pueblos de América, África, Asia y Europa, pero bastaría echarle un vistazo a los nombres de los países miembros de la actual Comisión de Derechos Humanos para inferir que aún los lobos conducen el rebaño en Cuba y Venezuela, China y Rusia, Norcorea, Vietnam y en la mayoría de los países árabes, africanos y asiáticos. No todos son dictaduras comunistas, hay teocracias islámicas, gobiernos populistas y otros en los que predominan etnias y tribus ajenas al liberalismo occidental, antropológicamente atados al despotismo y la negación de los derechos y libertades humanas.

El tema es vasto y casi inagotable. En principio, hasta las más viejas dictaduras comunistas -China y Cuba- pasan de puntillas ante la aplicación de la Carta de los Derechos Humanos, devenida en referente para los activistas y disidentes de La Habana, Caracas o Hong Kong.

Si leemos cada uno de los 30 artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos apreciaríamos su magnitud. Son conceptos claros, precisos y abarcadores, no hablan de razas, sexos, profesiones, etnias, tribus, pueblos o naciones. Como apreció Eleonor Roosevelt, es una «Carta Magna de la Humanidad», es decir, una Constitución de Constituciones, un punto de partida legal en el lento y gradual ascenso de la especie humana.

Borges como antídoto. / Miguel Iturria Savón

Cuando los diarios y telediarios nos abruman con el reporte de tensiones y frivolidades, es mejor leer y disfrutar “otros cotos de mayor realeza”, asociados, por supuesto, al arte, la literatura y el paisaje desde el yo subliminal. Decía Borges: “…sabemos qué es la poesía”, pero “no sabemos definirla con otras palabras, como somos incapaces de definir el sabor del café, el color rojo o amarillo o el significado de la ira, el amor, el odio, el amanecer, el atardecer o el amor por nuestro país…”

Cito a Borges porque releo su Arte poética. Seis conferencias, reeditada en España en 2005 por Crítica con Prólogo del poeta Pere Gimferrer, Traducción de Justo Navarro y Notas y epílogo de Carlin-Andrei Mihailescu. Sugiero ese libro de páginas brillantes y precisas que recopila las conferencias pronunciadas en inglés por el escritor argentino en la Universidad de Harvard durante el curso 1967-1968, cuando parecía que el mundo caía al abismo con las revueltas juveniles en París, la Guerra entre el norte y el sur de Vietnam, la “revolución cultural” de Mao en China y la Ofensiva revo de F. Castro en Cuba.

Arte poética. Seis conferencia son ensayos imaginativos que abordan con agudeza, sutil ironía y prodigiosa memoria “El enigma de la poesía”, “La metáfora”, “El arte de contar historias”, “La música de las palabras y la traducción”, “Pensamiento y poesía” y “Credo de poeta”. En cada uno gravita la magia de ese “Hombre invisible” que ha sobrevivido al paso de los años. Ese Borges de prosa nítida y elegante, llena de humor, ironía y alusión metafísica, puede ser un antídoto contra las tensiones y banalidades cotidianas.

Y hablando de Borges como antídoto al desvarío social, sugiero leer, además, sus relatos y poemas, eje esencial de su obra creativa; o Borges oral, publicado por Emecé en Buenos Aires en 1979, y recopilaciones como Borges el memorioso: conversaciones de J.L. Borges con A. Carrizo (México, 1982), Dos palabras antes de morir y otras entrevistas (B. A., 1994), Borges-Bioy: confesiones, confesiones (B. A, 1997).

A quienes eligen la palabra viva, le propongo visualizar en Internet algunas filmaciones al autor de El Aleph, “El inmortal”, “La escritura de Dios”, El libro de arena y Antología poética. Escuchad o leer sin temor, pues la obra de J.L. Borges explora realidades y territorios ignorados pero afines a diversas épocas y culturas y alejados de diferencias idiomáticas, doctrinales e ideológicas.

Izquierda, derecha… / Miguel Iturria Savón

A veces, mientras leo algún periódico o escucho a los tertulianos de un telediario, recuerdo los versos de La isla en peso, escrito por Virgilio Piñera en 1943. Aquellos versos infieren la relevancia de la subjetividad: «Las historias eternas frente a la historia de una vez del sol, las eternas historias de los negros que fueron, y de los blancos que no fueron, o al revés…»
Esas «historias blancas, negras, amarillas» no cotizan en los fantasmas redimidos por quienes intentan reescribir la Memoria histórica de una guerrita incivil que hubo en España, ni en los delirios de los nacionalistas de genes superiores cuyos chillidos deleitan al Work progre peninsular, tan cándidos… Tampoco importa a los pirómanos que incendian ciudades o joden la convivencia en España o Chile, por ejemplo.

Un poco de humor conviene a la tara política mediática que banaliza el dualismo -izquierda/derecha, progre/facha, orden/violencia, hombre/mujer, etc-.Lo light contra lo lúdico resucita pero es volátil. Hay adultos infantilizados y jóvenes de clase media o alta que invocan derechos conquistados por sus padres.

Aún quedan historias reales y gentes violentas que desatan sus demonios personales en las redes sociales. Entre esas historias blancas, negras, rojas o amarillas suelen naufragar algunos políticos y muchos creadores de opinión, es decir, gentes con agendas e intereses.

Para frivolizar sobre el binomio izquierda/derecha transcribo un texto en clave de humor que me envió un amigo: ¿Cómo saber quién es de izquierdas o de derechas?

«Cuando a un tipo de derechas no le gustan las armas, no las compra y listo. Cuando a un tipo de izquierdas no le gustan las armas, quiere prohibirlas hasta en las Fuerzas armadas.

Cuando a un tipo de derechas no le gustan los toros, no asiste a la plaza. Cuando a un tipo de izquierdas no le gustan los toros, intenta prohibirlos y dedicar las plazas a mítines de su partido.

Cuando a un tipo de derechas no le gusta el tabaco, no fuma. Cuando a un tipo de izquierdas no le gusta el tabaco, no descansa hasta intentar vetarlo para que nadie fume.

Cuando un tipo de derechas es homosexual, vive su vida como tal sin molestar a nadie. Cuando un tipo de izquierdas es homosexual, hace ostentación de ello, participa «orgullosamente» en desfiles horteras y exige, además, una subversión pública.

Cuando un tipo de derechas tiene problemas en su trabajo, pide la cuenta y se marcha. Cuando un tipo de izquierdas discrepa en el trabajo, levanta una queja por acoso laboral y hace huelga contra la discriminación con el apoyo de su sindicato.

Cuando a un tipo de derechas no le agrada un programa de la televisión, la apaga o cambia de canal. Cuando a un tipo de izquierdas no le agrada un programa de la televisión, demanda judicialmente al canal que emite el programa por ser «facha».

Cuando un tipo de derechas es ateo, no va a la iglesia, ni a la sinagoga ni a la mezquita. Cuando un tipo de izquierdas es ateo, no quiere ninguna alusión a Dios en ninguna parte y protesta contra las religiones y sus símbolos (salvo el Islam porque…)

Cuando un tipo de derechas tiene problemas económicos, trabaja todo lo que puede e intenta pagar sus deudas. Cuando un tipo de izquierda tiene problemas económicos, le echa la culpa al Gobierno, si este no es de izquierda, claro; a los empresarios, a la burguesía, a los bancos y al capitalismo, a la globalización, a los americanos, a Felipe II, al difunto Franco, al Papa, al Real Madrid y a los extraterrestres.»

Nota: Ríe o rabia, según tu filia y fobias. Vale hacer catarsis, diálisis o metástasis, según…

Retrato del Libertino. / Miguel Iturria Savón

El prolífico Antonio Escohotado Espinosa (Madrid, 1941) es uno de los principales pensadores de habla hispana de fines del siglo XX y principios del XXI. El autor de Historia de las drogas, Los enemigos del comercio y otras obras ha expandido los saberes históricos, filosóficos, sociológicos y jurídicos. Bastaría escuchar en Internet algunas entrevistas y conferencias suyas o leer, por ejemplo, Sesenta semanas en el trópico, El espíritu de la comedia y Mi Ibiza privada para apreciar su agudeza, agilidad verbal y esa honestidad suicida que revela su valor ético y profesional.

Escohotado ha declarado «no tener otro estímulo que la auto aclaración, ni brújula distinta de averiguar cómo nace y acaba cada cosa». Esa forma de crear como ejercicio de autoaprendizaje es palpable en la variedad de temas que aborda, inspirado en las fuentes primarias, en los métodos de investigación, el análisis económico y el retrato psicológico, siempre libre y ajeno al dogmatismo.

En ocasiones anteriores comenté Los enemigos del comercio y la Historia de las drogas, les invito a disfrutar otro libro de Antonio Escohotado, Retrato del libertino, donde reúne siete ensayos breves y magistralmente escritos. Advierto: es una lectura para mentes desprejuiciadas.

José L. Pardo describe la Tragedia y farsa del socialismo.

El filósofo y profesor español José Luis Pardo Torío, autor de libros como La regla del juego y Estudios del malestar, publicó en Letras Libres del 1 de octubre de 2019 el ensayo «Tragedia y farsa del socialismo», un texto medular para entender el blanqueo del socialismo y la fallida doctrina marxista que pese al horror ocasionados en su aplicación es retomada por intelectuales y grupos políticos a través de «la farsa de la lucha de identidades» y «disputas nacionales, de cultura, de lengua, de tribu o de género».

Letras Libres es una revista mexicana mensual, de crítica y creación, dirigida por Enrique Krauze. Se edita en México y en España y es sucesora de Vueltas, de Octavio Paz. Les dejo el texto íntegro del ensayista hispano y la invitación a visitar Letras Libres.

Tragedia y farsa del socialismo. Por José Luis Pardo, en Revista Letras Libres, el 01.10.2019

¿Es correcto identificar la caída del muro de Berlín con el fracaso del comunismo? En un sentido bastante razonable, por supuesto que lo es. El principal encanto que, comparado con otras doctrinas revolucionarias, presentó el comunismo, tanto para los cientos de intelectuales que se adhirieron a él como para los miles de militantes que lo defendieron con todas sus fuerzas, e incluso para los millones de personas que lo padecieron en sus carnes convencidas de que el sacrificio merecía la pena, procede de la gran reputación de su fundamento teórico, el marxismo.

Porque, además de ser la inspiración de un movimiento revolucionario, el marxismo siempre tuvo (y conserva) la fama de ser una teoría científica, e incluso una filosofía científica. Lo más importante, por supuesto, es lo primero. Lo es al menos desde el siglo XIX, cuando se pudo experimentar que las teorías científicas ya no eran solo divertimentos más o menos sofisticados de algunos sabios chiflados, sino instrumentos que servían para levantar puentes, erradicar enfermedades endémicas, hacer marchar barcos y ferrocarriles, comunicarse a miles de kilómetros de distancia, producir masivamente bienes y servicios, ganar guerras e inmortalizar al instante, mediante la fotografía, cualquier cosa que se pusiera ante nuestros ojos.

Lo mínimo que podía esperarse era que, cuando este saber tan beneficiosamente probado en la naturaleza se aplicase a la historia, cosechase parecidos éxitos en el ámbito del progreso social, político y moral de la humanidad. La mayoría de los marxistas que han leído (entero) El capital aseguran que, en sus páginas, Marx cumple lo que promete en el prólogo y enuncia una ley científica acerca del “movimiento histórico de las sociedades modernas”, es decir, acerca de la palanca que hace que la historia avance (quienes también han leído entero El capital sin ser marxistas no están tan seguros).

Si esta hipótesis científica (sobre la sociedad moderna) lleva aparejada una filosofía (de la historia universal) es para asegurar que el movimiento que la teoría predice (o sea, la autodestrucción del capitalismo) no es meramente mecánico, sino moralmente correcto, es decir, que la historia se mueve hacia donde debe moverse (la desaparición de las clases sociales). Naturalmente, para que esta hipótesis se convierta en teoría científica tiene que confirmarse experimentalmente (o, lo que es popperianamente lo mismo, tiene que arriesgarse a ser refutada por los hechos). Como alguien ha dicho, Marx llegó a fundar una organización política destinada a cumplir su predicción teórica. Y, algunos años después de su muerte, la revolución llevada a cabo en Rusia por esa organización pareció ser precisamente esa prueba que aseguraba la cientificidad de la teoría marxista y la moralidad de su filosofía de la historia.

Desde este punto de vista, la desaparición de la Unión Soviética y sus satélites fue la refutación definitiva, tras una gigantesca acumulación de evidencias, de la supuesta teoría científica y, dado el grado de persecución política y de corrupción institucional reinante en la URSS, también de la superioridad moral de aquel movimiento histórico. Por ello, la hipótesis habría debido quedar arrinconada en el desván histórico de la ciencia, como el flogisto o la frenología.

Pero no fue tan sencillo. La desastrosa realidad práctica de la Unión Soviética y sus satélites era bien conocida desde mucho antes de 1989, aunque notables intelectuales comprometidos colaborasen durante décadas a su ocultación, en un ejercicio de tergiversación histórica tal que, como dice Steven Pinker, en comparación con él nuestras actuales fake news son un juego de niños. La razón de ello la enunció Orwell en 1944: “El punto de vista de los intelectuales es más totalitario que el del ciudadano corriente. La mayoría de ellos acepta sin problemas los métodos dictatoriales, la policía secreta, la falsificación sistemática de la historia, etc., siempre que crean que todo ello beneficia a ‘los nuestros’.”

Pero cuando la realidad de la URSS ya resultó innegable, la mayoría de los intelectuales marxistas occidentales dejaron de percibir el resultado de la Revolución rusa como un foco de esperanza. Como se trataba, precisamente, de intelectuales, la razón aducida para explicar la catástrofe de la práctica comunista histórica fue que la teoría aplicada por el Soviet Supremo no había sido la auténtica teoría marxista, sino una caricatura vulgar y grosera de la misma. Así que el quehacer de estos intelectuales, cómodamente aposentados en los nichos culturales de la democracia liberal, consistió en un ejercicio infatigable de depuración, refinamiento y sofisticación de la teoría marxista para evitar los errores soviéticos, y en el recambio de la imaginería de la Revolución rusa por la mitología subversiva de Cuba, China, Camboya o Vietnam (aunque, por supuesto, no trasladaron su residencia a ninguno de estos escenarios), cuyos sucesivos fracasos fueron poniéndose en la creciente cuenta de una deficiente comprensión del marxismo y, por tanto, aumentando la urgencia de la reconstrucción teórica.

Este fue el objetivo de la Crítica de la razón dialéctica de Sartre, pero también de la obra completa de Th. W. Adorno, de la “revolución teórica” de Althusser y de un largo rosario de redescubrimientos teóricos del auténtico Marx (acompañados de nuevas y sugerentes relecturas de Spinoza, Hegel o Fichte) que ha llegado hasta nuestros días en las obras de Antonio Negri, Michael Heinrich o Moishe Postone, entre muchos otros. En las páginas escritas por estos pensadores –algunos de los cuales alcanzaron indiscutibles logros teóricos– el marxismo quedó, en efecto, teóricamente redimido de toda responsabilidad por los crímenes históricos cometidos en su nombre, pero al mismo tiempo la práctica política comunista que había de ser iluminada por la teoría depurada parecía quedar reducida a una distinguida retórica radical especialmente recomendada para profesores universitarios (sobre todo de filosofía) y profesionales del sector artístico-cultural.

El año 1968 marcó la llegada al poder cultural de una nueva generación de intelectuales que, o bien no eran marxistas (como Michel Foucault), o bien lo eran de una manera heterodoxa (como Marcuse, Chomsky, Deleuze, Guattari, Derrida o Lyotard), es decir, que pensaban que la teoría de Marx debía ser “completada” con las de Freud, Nietzsche o Heidegger, y que su escasa efectividad en el siglo XX se había debido a estas carencias.

También ellos se aplicaron con denuedo a la reconstrucción de la teoría revolucionaria que habría de servir de base a una actualización de la práctica política, pero su principal diferencia con sus predecesores consistía en que ya no preveían una conquista violenta del poder del Estado por parte del proletariado apoyada en la contradicción central del capitalismo, sino la detección de las líneas de fuga y los puntos de resistencia múltiples alumbrados por los nuevos movimientos sociales surgidos de la revuelta del Mayo francés y americano: ecologismo, feminismo, movimientos de liberación sexual, motines carcelarios, disturbios raciales, antipsiquiatría, revueltas estudiantiles y reivindicaciones nacionalitarias, que en ese momento no solo caían fuera del ámbito de representación de los partidos gobernantes sino también de los partidos comunistas.

Sin embargo, esta nueva imagen diversificada y variopinta del “sujeto revolucionario” se quedó, por el momento, en una revolución cultural (sobre todo universitaria) que, a la altura de la década de 1980, parecía completamente integrada en el “sistema” y desactivada por el triunfo del neoconservadurismo de Thatcher y Reagan. De manera que, cuando el muro de Berlín se vino abajo, lo único que vieron tras él aquellos que, desde el marxismo ortodoxo o desde el heterodoxo, se consideraban herederos intelectuales del espíritu revolucionario fueron los escombros de una gran potencia nuclear y de una burocracia obsoleta cuyos crímenes, a pesar de no ser menores, ni siquiera despertaban el horror que había suscitado la barbarie del nazismo, sino, como explicó en su día Martin Amis, únicamente la misma risa que los estrambóticos comisarios soviéticos de 1,2,3, de Billy Wilder.

Sin embargo –“la vida te da sorpresas”, decía el remake de Rubén Blades de la célebre canción de Kurt Weil–, el capitalismo acudió en su ayuda. La crisis económica de 2008 provocó un razonable descontento ciudadano que pronto se contempló como un capital políticamente aprovechable, lo que, unido a la irrupción de las llamadas “redes sociales”, fue el caldo de cultivo de un revival del comunismo que una vez más puso de actualidad aquel sarcasmo de Marx de que los acontecimientos históricos trágicos siempre se repiten en forma de farsa.

Lo que en esta farsa nos recuerda tragedias del pasado reciente no es solamente la resurrección de consignas y discursos asociados al fascismo y al comunismo, sino la insistencia en analizarlos mediante la distinción entre izquierda y derecha. Durante muchos años, hubo una gran resistencia por parte de los intelectuales aludidos a aceptar la designación “totalitarismo” para referirse colectivamente a los regímenes de Lenin o Stalin y los de Hitler o Mussolini. Ya he explicado las razones de esta resistencia: ellos consideraban que el comunismo era teórica y moralmente (o, si se prefiere, científica y filosóficamente) superior al fascismo, aunque una insuficiente comprensión de sus fundamentos hubiese provocado algunos errores históricos. Por tanto, había que distinguir entre un totalitarismo malo y otro bueno.

Hoy solemos utilizar la expresión “populismo” para referirnos a los farsantes que imitan cómicamente los argumentos de aquella tragedia. El término, desde luego, es tan impreciso como su contraparte, “neoliberalismo”, y seguramente debe su éxito actual a que algunos de sus representantes, en lugar de rechazarlo como una descalificación, lo han asumido como un signo de distinción y le han otorgado cierta densidad teórica de ascendencia lacaniana.

Porque también en este caso los nuevos (aunque algunos muy viejos) intelectuales revolucionarios –a mucha distancia de la finesse de Adorno o de Derrida–, que han mezclado el marxismo auténtico con la revolución molecular sesentayochista, se empeñan en distinguir entre un populismo malo, heredero del fascismo, y otro bueno (el de izquierdas, heredero del comunismo), y en apuntalar la superioridad moral de este último sobre presuntos fundamentos científicos. Fundamentos que ahora ya no persiguen profundizando hasta los más recónditos abismos de El capital, sino surfeando por la epidermis simbólica del tejido civil para detectar las zonas irritables de la democracia liberal, los focos de descontento, sin distinguir entre los grandes y los pequeños. Y como se trata de intelectuales revolucionarios, no reformistas, no pretenden con ello contribuir a resolver o minimizar esos descontentos por vías institucionales, sino capitalizarlos políticamente para desbordar las instituciones.

Fue Foucault quien dijo que la revolución es la codificación estratégica de todos los (irregulares, dispersos, diversos) puntos de resistencia. Convertida cada una de estas zonas de fricción en un área de investigación teórica, y si es posible en un departamento universitario, se declara en ellas una guerra (simbólica) entre el establishment canónico (que para estos teóricos siempre es deleznable) y los modelos contrahegemónicos que se le oponen o se le resisten (que para ellos son siempre moralmente superiores en cuanto potencialmente revolucionarios). Y en esta actividad –la de codificar un variado antiestablishment que acaba siendo tan asfixiante como cualquier establishment– los nuevos teóricos muestran el mismo infatigable ahínco que sus predecesores para hacer aparecer como una evidencia empírica de las ciencias sociales lo que es en realidad un presupuesto ideológico: que ellos conocen la hidra de mil cabezas que causa todos los males del mundo.

Esta guerra simbólica no pretende disciplinar a una clase explotada para hacer de ella el ejército de choque que acelere la autodestrucción del capitalismo; ahora se trata de aglutinar un malestar difuso y heterogéneo para obtener respaldo electoral y así poder “superar” las instituciones del Estado de derecho desde dentro. Y, en este ejercicio, la tragedia de la lucha de clases ha sido sustituida por la farsa de la lucha de identidades. Ya sean estas nacionales, de género, de especie, de genética, de cultura, de lengua o de tribu, el objetivo es que todas ellas converjan hacia el cuestionamiento de la democracia liberal, que consiguió pacificar los irresolubles enfrentamientos identitarios anteriores al Estado de derecho (cuyo combustible era la religión) justamente subordinando la identidad a la igualdad jurídica, esa misma igualdad de derechos cuestionada ahora por todas estas diversidades de hecho (es decir, identidades) que se sienten agraviadas.

Incluso el alineamiento con un partido político, que empezó siendo una forma de participar en los asuntos públicos, se ha convertido hoy en un signo de identidad (y, por tanto, de aversión tribal al enemigo) más que en un cauce de resolución de conflictos. La diversidad –entendida como el derecho de cada cual a desarrollar libremente su proyecto de vida sin conformarse a un modelo único y obligatorio–, que fue uno de los grandes logros de la Ilustración, se ha convertido ahora en un arma que se levanta contra ella.

Quienes han vivido bajo un régimen totalitario saben perfectamente hasta qué punto es perverso creer que hay algún totalitarismo bueno o pretender que Hitler era de derechas (¿como Churchill?) y que Stalin era de izquierdas (¿como Willy Brandt?): la distinción solo es practicable cuando existe pluralismo político, algo que estaba por principio excluido en los regímenes de ambos líderes, de modo que a sus víctimas no les sirvió de mucho consuelo pensar que en el caso de Stalin se les perseguía o torturaba por razones científica y moralmente “justificadas”.

El populismo de farsa del siglo XXI no anula de iure la distinción izquierda/derecha, pero la diluye de facto porque la columna vertebral de su discurso es la oposición transversal entre “los de arriba” y “los de abajo” (el pueblo y las élites, la gente y la casta, etc.). El enemigo al que se atribuye la causa de toda infelicidad es tan borroso, fluido y maleable como heterogéneo y diversificado es el “pueblo” al que se intenta organizar para combatirlo, sin que los sesudos codificadores de los puntos de resistencia tengan a estas alturas la menor idea de cómo conciliar políticamente las tan disparejas aspiraciones de esa marea de identidades a la que pretenden tutelar, como otros pretendieron antes tutelar a “las masas proletarias”, sin tener la menor idea de lo que hacer con ellas una vez utilizadas como ariete para lograr el poder. Cosa de farsa, en efecto, parecen los liderazgos antiliberales surgidos en Europa y América para capitalizar políticamente el malestar, como lo parece sin duda escuchar al secretario general del Partido Comunista Chino defender el libre movimiento de capitales contra el proteccionismo económico del presidente de los Estados Unidos.

Ni el comunismo ni el capitalismo parecen ya ser lo que eran. Pero la farsa, por el momento, no solamente ha determinado una progresiva pérdida de relevancia de los partidos de centroizquierda y centroderecha que gestionaron el Estado del bienestar posterior a la Segunda Guerra Mundial (y que a menudo, con la comprensible intención de sobrevivir, eligen desplazarse –aunque solo sea de palabra– hacia los extremos, que son justamente los que minan sus expectativas), sino que ha provocado una crisis institucional sin precedentes en la Unión Europea. Ninguno de estos problemas es efecto de la caída del muro de Berlín, pero todos ellos contribuyen a neutralizar la ilusión óptica de que tal caída, que sin duda fue un triunfo de la democracia liberal, era el fin de los problemas para esta última.

A veces la política… / Miguel Iturria Savón

A veces la política asume la forma de relato, un relato que intenta convencer y atraer a la población hacia el discurso de un partido cuya maquinaria electoral usa propuestas como señuelos, es decir, verdades posibles y ensueños sonoros. La meta es el poder, esa pradera donde habitan profesionales de la política y funcionarios que manejan la maquinaria burocrática del país.

Se monta un partido para gobernar, o sea, para “gestionar la convivencia” desde las leyes y en nombre de los ciudadanos, pues todo grupo político está formado por personas, algunos sin ideología, que aspiran a ser profesionales de la política: ocupar cargos burocráticos… Existen, por supuesto, profesionales de la política en diversas cátedras de universidades, en asociaciones gremiales y grupos de debate con espacio en la radio, la televisión y otros medios de comunicación.  

A veces el relato político es la guerra por otros medios. A veces el relato político se adueña de la televisión y aprovecha cualquier suceso para arruinar el discurso electoral del partido contrincante. A veces un partido sin nada nuevo que ofrecer monta una maquinaria de seducción para adueñarse del voto de homosexuales, ecologistas, jubilados y feministas cañeras. A veces un partido le echa mano al pasado y “revive” a una ideología fallida -comunismo, fascismo-, a una contienda perdida -la Guerra incivil española de 1936 a 1939, por ejemplo- o le echa mano al victimismo para enmascarar los fines de un sector de la élite.

A veces triunfa un relato político que desde el poder arruina al país. En el siglo XXI “venezolizar un país” equivale a tomar el poder para demoler la economía y la convivencia nacional, es decir, arruinarlo todo, como Castro en Cuba (socialismo antropológico) y Chávez en Venezuela (socialismo bolivariano y ornitológico).